lunes, 13 de abril de 2026

Si entiende esto, ya es colombiano

Expresiones colombianas
Expresiones colombianas - CEPR
Hacía mucho tiempo no caminábamos por el centro histórico de Bogotá. Esta vez, con una intención muy clara, entrar al Museo del Oro: una verdadera joya de la cultura precolombina. Grande, sí… aunque uno no puede evitar pensar que sería aún más grande si parte de esa “colección” no hubiera salido en modalidad de exportación temprana en la era de la conquista, con destino más bien cierto y tiquete solo de ida.

A la salida, tomamos la calle 11, que desemboca en La Casa del Florero —como recordatorio poco sutil— en otra capa de nuestra historia: la independencia… y, más acá en el tiempo, la toma y destrucción del Palacio de Justicia. Bogotá siendo Bogotá: te educa y te confronta en la misma cuadra.

Luego, iniciamos el regreso por la séptima hacia la 19. Peatonal, sí… pero hoy más parecida a un bazar con especialización en el rebusque. Se vende de todo, absolutamente todo. Y entre ese “de todo”, un escaparate, llamó mi atención, unas placas que imitan las de los carros, pero que, en lugar de números, traen algo mucho más útil: palabras o expresiones muy propias del lenguaje colombiano.

Porque, claro, si algo sabemos hacer es ponerle matrícula al lenguaje. ¿Quién usa estas expresiones? Fácil: todo el mundo… aunque nadie admita que las usa tanto.

En cada una de estas placas hay más que humor: hay calle, memoria y una manera muy nuestra de procesar la realidad. Son palabras o expresiones que nacen en la esquina, en la tienda, en el bus, el transmi o en la charla improvisada, y que —sin pedir permiso— terminan convertidas en identidad nacional.

Porque en Colombia no solo hablamos… reinterpretamos, exageramos y, si hace falta, sobrevivimos con estilo.

Algunas joyas del repertorio —no porque sean las más sobresalientes, sino porque a mí me impactan más—. No vale preguntarse si vienen del latín o del griego, ni ponerse a rastrear etimologías: simplemente se entienden.

• “¿Qué hubo?” → Saludo exprés, sin rodeos ni protocolo.
• “Parce / parcero” → Amigo, hermano no oficial, socio de anécdotas.
• “A camellar” → Elegante forma de decir: toca trabajar.
• “De una” → Aprobado sin comité ni segunda lectura.
• “La buena” → Deseo de bienestar, buena energía para el otro.
• “Qué chimba” → Categoría superior de aprobación (depende del tono… y del contexto).
• “Paila” → Diagnóstico breve: nada que hacer.
• “Quiubo pues” → Saludo con identidad regional incluida.
• “No dar papaya” → Filosofía preventiva nacional.
• “Severa vuelta” → Nivel de complejidad: mejor dicho, complicado.

Estas palabras o expresiones no solo comunican: identifican. Son códigos que nos permiten reconocernos en cualquier parte, como si lleváramos una cédula invisible en la forma de hablar.

Después de ver lo que nuestras comunidades indígenas eran capaces de hacer con los metales —especialmente el oro—, con una destreza que hoy sigue asombrando, uno entiende que también sabían contar quiénes eran. Hoy, los colombianos hacemos algo parecido con el lenguaje: entendemos, nombramos y, a nuestra manera, le damos sentido a la realidad. Porque ser colombiano también es eso: decir mucho con poco… y que igual se entienda.


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