viernes, 4 de septiembre de 2026

¿Combatir el adoctrinamiento con más adoctrinamiento?

Hablar de adoctrinamiento en los colegios es, en palabras sencillas, hablar de "lavarle el cerebro" a un estudiante. La expresión puede sonar fuerte, pero todos entendemos

lo que quiere decir: intentar que una persona acepte una idea, una creencia o una forma de pensar sin darle espacio para preguntar, dudar o pensar diferente.

Educar debería ser todo lo contrario. Un buen profesor no debería decirle al estudiante qué tiene que pensar, sino enseñarle a pensar, a buscar pruebas, a hacer preguntas y a escuchar opiniones diferentes. Paulo Freire criticó lo que llamó "educación bancaria": llenar al estudiante de información para que después la repita, como si fuera un recipiente vacío, en lugar de ayudarlo a construir su propio criterio.

Esto no significa que en los colegios no se deban enseñar valores. Claro que deben enseñarse. El problema aparece cuando una cosa es invitar al estudiante a reflexionar sobre lo que está bien o mal y otra muy distinta decirle qué debe creer, sin derecho a preguntar ni a discrepar.

En Colombia, la imposición de ideas en la educación no es un asunto nuevo. Tiene una historia bastante larga. Después de la Constitución de 1886 y del Concordato de 1887, la Iglesia católica tuvo durante muchos años una enorme influencia en la educación. En buena parte de ese período, la formación religiosa ocupó un lugar central y hubo poco espacio para otras creencias y formas de pensar.

Con el paso de los años el país cambió. Pero el problema de utilizar la educación para imponer ideas no desapareció. Durante el conflicto armado, por ejemplo, las escuelas también terminaron en medio de la guerra.

La Comisión de la Verdad documentó que diferentes grupos armados ocuparon, destruyeron o utilizaron escuelas para ejercer control sobre las comunidades. Incluso hubo grupos que crearon sus propios colegios como una forma de ganar influencia y legitimidad. Uno de los casos documentados fue el Liceo Villanueva, creado por Fidel Castaño.

La Comisión registró 881 afectaciones a comunidades escolares entre 1980 y 2021. Esto muestra que la escuela colombiana no ha sido ajena a las disputas por el poder y por el control de las comunidades.

Y aquí hay algo importante: el adoctrinamiento no es patrimonio de una sola ideología. Puede venir de una religión, de un partido político, de un grupo armado, de una organización sindical o incluso del propio Estado.

Cualquier grupo que tenga suficiente poder puede intentar utilizar la educación para formar seguidores en lugar de ciudadanos.

Por eso la Constitución de 1991 marcó un cambio importante. Colombia pasó a reconocerse como un Estado laico y estableció la libertad de conciencia y de cultos. La Ley General de Educación de 1994 también estableció principios relacionados con el respeto por la pluralidad y la formación democrática.

En otras palabras, el colegio público no debería ser el lugar donde el Estado le diga a un niño qué religión debe tener o qué ideología debe defender.

Pero ¿cómo sabemos si hoy en día se está adoctrinando?

Aquí aparece otra dificultad: no existe una prueba que diga si un estudiante ha sido sometido a una determinada forma de adoctrinamiento.

Las pruebas Saber 11, por ejemplo, miden competencias académicas como lectura crítica, matemáticas y ciencias. Son importantes, pero no fueron diseñadas para saber si un joven es capaz de cuestionar una idea o respetar a quien piensa diferente.

Un estudiante puede obtener excelentes resultados académicos y, al mismo tiempo, ser incapaz de aceptar una opinión distinta de la suya.

Las competencias ciudadanas se acercan un poco más al problema. Allí interesa saber si los jóvenes pueden resolver conflictos sin violencia, participar en la sociedad, respetar las diferencias y convivir con personas que piensan distinto. Sin embargo el resultado en las pruebas Saber 11 muestran resultados deficientes; algo no está funcionando.

Porque saber muchas cosas no necesariamente significa saber pensar.

Y hay otro asunto todavía más delicado: la forma como se enseña la historia.

Si a un estudiante se le cuenta una sola versión de la historia y se eliminan las voces de quienes sufrieron, de quienes fueron perseguidos o de quienes pensaban diferente, también se está construyendo una visión parcial del país.

La memoria histórica tiene precisamente ese reto: mostrar que los acontecimientos no siempre tienen una sola explicación y que detrás de cada conflicto hay diferentes actores, víctimas y responsabilidades.

Una sociedad que enseña una sola versión de su historia corre el riesgo de formar jóvenes que conocen una verdad oficial, pero no necesariamente entienden la complejidad de su propio país.

En medio de esta discusión, el gobierno del presidente Abelardo de la Espriella ha vuelto a poner el tema sobre la mesa, pero desde una perspectiva diferente.

Desde la campaña, De la Espriella cuestionó la influencia de Fecode en la educación y planteó una frase que generó polémica: "sacar a Fecode de los salones y meter a Dios de donde nunca debió salir".

Ya en el gobierno, el Ministerio de Educación publicó para comentarios un proyecto de decreto que permitiría que particulares y organizaciones religiosas administren colegios oficiales durante períodos de hasta 12 años.

La propuesta busca extender al ámbito nacional un modelo de concesión que ya existe en Bogotá.

La iniciativa ha generado respaldo y críticas. Sus defensores sostienen, entre otras cosas, que la participación de organizaciones religiosas no significa imponer una religión y que la experiencia de los colegios en concesión puede ser aprovechada para mejorar la educación.

Pero aquí aparece una pregunta que vale la pena hacerse: ¿cómo se combate el adoctrinamiento sin terminar haciendo algo parecido a lo que se está criticando?

Colombia es un Estado laico. Dicho en palabras sencillas: el colegio público no tiene religión oficial.

Eso no significa que la religión deba desaparecer de la sociedad. Tampoco significa que los creyentes no puedan participar en la educación.

Significa que el Estado debe respetar por igual al católico, al evangélico, al musulmán, al judío, al que pertenece a otra religión y también al que no cree en ninguna.

En un mismo salón pueden sentarse todos ellos.

Por eso la frase "meter a Dios donde nunca debió salir" merece una discusión seria.

¿De qué Dios estamos hablando?

Porque para millones de colombianos la respuesta puede ser diferente. Y un colegio público no puede asumir que todos los estudiantes tienen la misma fe.

Los defensores de la propuesta pueden responder que la educación religiosa sería voluntaria y que una cosa es que una organización religiosa administre un colegio y otra que imponga su religión.

Ese argumento debe ser tenido en cuenta.

Pero también es razonable preguntar qué controles existirán para garantizar que la libertad de conciencia de los estudiantes sea respetada cuando una organización religiosa tenga la administración de un colegio público.

Ahí está una parte importante de la discusión.

Porque si el problema es que una organización política, sindical o ideológica puede influir demasiado en la educación, la solución no debería consistir simplemente en cambiar al grupo que tiene la influencia.

El adoctrinamiento no deja de ser adoctrinamiento porque cambie de dueño.

Si antes se pretendía que el estudiante pensara de determinada manera porque así lo decía una organización política o ideológica, tampoco sería una solución que ahora tenga que pensar de determinada manera porque así lo establece una autoridad religiosa.

La escuela pública debería ser un espacio donde el estudiante pueda preguntar incluso aquello que incomoda.

Debería poder decirle al profesor: "¿y por qué?".

Y el profesor debería tener argumentos para responderle, no simplemente decirle: "porque así es".

La discusión de fondo no debería ser solamente Fecode sí o Fecode no. Tampoco debería ser Dios sí o Dios no.

La discusión debería ser mucho más sencilla: "¿queremos colegios que enseñen a pensar o colegios que enseñen qué pensar?"

Una educación de calidad debe enseñar matemáticas, ciencias, historia, literatura y muchas otras cosas. Pero también debe enseñar algo que no aparece fácilmente en un boletín de notas: la capacidad de pensar por cuenta propia.

Un estudiante debería aprender a cuestionar al profesor, al político, al sacerdote, al pastor, al sindicalista, al empresario y hasta a sus propios padres cuando encuentre razones para hacerlo.

Eso no significa enseñarle a irrespetar a nadie.

Significa enseñarle que tener autoridad no convierte automáticamente una opinión en verdad.

La verdadera lucha contra el adoctrinamiento no consiste en sacar una ideología para meter otra. Consiste en darle al estudiante las herramientas necesarias para pensar por sí mismo, cuestionar lo que escucha y formarse su propio criterio.

Porque una educación que enseña qué pensar puede terminar haciendo aquello que supuestamente pretende combatir: "lavarle el cerebro al estudiante".

Más preguntas. Más argumentos. Más ciencia. Más debate.

Y, sobre todo, más libertad para pensar diferente.

Referencias
El Tiempo, "De la Espriella en su discurso de posesión: 'La educación no puede convertirse jamás en un instrumento de adoctrinamiento ideológico'" → https://www.eltiempo.com/vida/educacion/de-la-espriella-en-su-discurso-de-posesion-la-educacion-no-puede-convertirse-jamas-en-un-instrumento-de-adoctrinamiento-ideologico-3576950
La Silla Vacía tiene cobertura extensa sobre De la Espriella, religión y laicidad (aunque el artículo exacto con el título citado no lo pude ubicar con ese titular preciso; sí existe uno muy cercano en tema: "El discurso de posesión: el Tigre que promete gobernar con límites" → https://www.lasillavacia.com/silla-nacional/el-discurso-de-posesion-el-tigre-que-promete-gobernar-con-limites/)
Colombia.com, sobre De la Espriella y Fecode/educación religiosa (contenido consistente con lo citado de Infobae, aunque no localicé el artículo de Infobae con ese titular exacto) → https://www.colombia.com/actualidad/politica/abelardo-de-la-espriella-quiere-rescatar-la-educacion-en-colombia-y-rescatar-el-icetex-540851

Siegel, H. (1979). Indoctrination, rationality, and commitment, Journal of Philosophy of Education 13(2) 
Snook, I. A. (1972). Indoctrination and education — libro real, Routledge & Kegan Paul.
Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido 
Callan & Arena, "Indoctrination" en The Blackwell Guide to the Philosophy of Education (2003) 
Ley 115 de 1994, Congreso de Colombia 
CNMH, ¡Basta ya! (2013) 
Comisión de la Verdad, Hay futuro si hay verdad (2022) 

Educación pública: ¿se está abriendo la puerta a una nueva forma de privatización?

La educación pública entró en discusión a raíz del Proyecto de Decreto PN-2026-32629, conel que el Ministerio de Educación propone modificar parcialmente el Decreto 1075 de 2015 en lo relacionado con la prestación y administración del servicio educativo por parte de las entidades territoriales certificadas.El proyecto fue sometido a consulta pública durante agosto de 2026. 

No es todavía un decreto vigente y, por tanto, no significa que los colegios oficiales estén siendo entregados a operadores privados. Precisamente por eso vale la pena revisar qué propone, qué puede cambiar y cuáles son las preguntas que debería responder el Gobierno antes de convertirlo en una norma.

Lo que propone el proyecto

El proyecto plantea varias modificaciones a las reglas que permiten a las entidades territoriales contratar la prestación del servicio educativo y, además, contempla la posibilidad de contratar con terceros determinadas actividades relacionadas con la administración y operación de establecimientos educativos oficiales.

Entre los posibles operadores aparecen entidades sin ánimo de lucro, entidades estatales, establecimientos educativos privados y, bajo determinadas condiciones, iglesias y confesiones religiosas.

El punto que más llama la atención es la duración de los contratos: el proyecto contempla períodos que pueden llegar hasta los 12 años.Esto significa que un colegio podría seguir siendo oficialmente público —su infraestructura, matrícula y financiación continuarían dentro del sistema público— mientras algunas funciones de administración, operación o apoyo quedan en manos de un tercero.Es importante hacer esta distinción porque evita dos extremos: decir que el proyecto no cambia nada o afirmar que ya estamos frente a una privatización de la educación pública.No es ninguna de las dos cosas.

Esto significa privatizar la educación pública

Desde el punto de vista jurídico, no necesariamente. El Gobierno ha sostenido que el proyecto no transfiere la propiedad de los colegios ni elimina su carácter oficial. Además, la legislación colombiana ya contempla desde hace años la posibilidad de que particulares y determinadas organizaciones participen en la prestación del servicio educativo.

La Constitución también reconoce la participación de particulares en la educación y establece que el Estado conserva la regulación, inspección y vigilancia del servicio. En los establecimientos estatales, además, nadie puede ser obligado a recibir educación religiosa. 

Por eso, decir simplemente "van a privatizar los colegios públicos" sería una conclusión que el proyecto, por sí solo, no permite sostener. Pero tampoco sería correcto concluir que no hay ningún cambio importante.La discusión está precisamente en hasta dónde puede llegar un tercero en la administración de una institución que sigue siendo oficial y bajo qué condiciones puede hacerlo.

Dónde está entonces la preocupación

A mi juicio, el punto más importante.La legislación vigente establece que, cuando una entidad territorial recurre a particulares para prestar el servicio educativo, debe demostrarse que existe insuficiencia en la capacidad de las instituciones educativas oficiales. El proyecto modifica las reglas relacionadas con la prestación y la administración del servicio y abre un espacio mayor para que terceros participen en la operación de establecimientos oficiales. 

Por eso, la pregunta no es solamente si el colegio seguirá siendo público.La pregunta es si la participación de terceros seguirá siendo una solución excepcional ante una insuficiencia real del Estado o si, con el tiempo, puede convertirse en una modalidad habitual de administración.

Y aquí aparece una diferencia que puede parecer pequeña, pero no lo es. 

Una cosa es decir:

"Donde el Estado no tiene capacidad suficiente, acudimos temporalmente a un tercero para garantizar que los estudiantes tengan educación."

Y otra muy distinta:

"El Estado puede prestar directamente el servicio, pero resulta más conveniente contratar a un tercero para que lo haga."En el primer caso estamos hablando de una solución a una situación concreta.En el segundo, estamos hablando de una forma diferente de organizar la educación pública.

Qué preocupa a los docentes

Es importante separar estas dos cosas. FECODE y otros sectores del magisterio han expresado preocupación por el riesgo de una ampliación de la participación privada, por el manejo de recursos públicos y, especialmente, por las condiciones laborales de quienes sean contratados directamente por los operadores. El proyecto contempla que el personal contratado por estos operadores tenga vínculo con ellos y no ingrese por esa vía a la planta oficial.

Esa es la posición de los gremios y debe ser escuchada. Pero surgen otras preguntas. Si un tercero administra durante varios años un colegio oficial y contrata parte del personal bajo el régimen laboral privado, ¿qué pasa con la relación que tradicionalmente ha existido entre el Estado y los trabajadores de la educación? 

Porque podría ocurrir algo parecido a lo que ha sucedido en otros sectores: que el Estado deje de ser directamente el empleador y pase a relacionarse con los trabajadores a través de un operador.

En ese escenario, si el servicio funciona mal, la solución podría terminar siendo cambiar de operador en lugar de fortalecer la capacidad del propio Estado. No digo que esa sea la intención del Gobierno actual. Digo que es una posibilidad que debe analizarse antes de convertir esta modalidad en una práctica extendida.

También ha generado discusión la posibilidad de que iglesias y confesiones religiosas participen en la administración u operación de instituciones educativas oficiales. Quienes cuestionan este aspecto consideran necesario establecer con claridad cuáles serían los límites de esa participación, especialmente cuando se trata de instituciones financiadas con recursos públicos.

En este punto también conviene distinguir entre lo que establece la legislación y las preguntas que puede generar el proyecto. La participación de organizaciones religiosas en determinadas actividades educativas no es una figura nueva en Colombia. Pero una cosa es esa participación y otra que una organización religiosa llegue a administrar durante varios años una institución educativa oficial.

La pregunta, entonces, es qué límites tendría esa participación cuando se trate de administrar una institución educativa oficial financiada con recursos públicos y cómo se garantizaría el respeto por la libertad de conciencia y de cultos (en un pais constituonalmente laico)

Las experiencias de otros países y de Bogotá

Mirar lo ocurrido en otros lugares no significa afirmar que Colombia necesariamente seguirá el mismo camino.Cada sistema educativo tiene su propia historia, sus propias leyes y sus propias condiciones.Pero las experiencias internacionales sirven para identificar problemas que después pueden resultar difíciles de corregir.

Nueva Orleans: el cambio más profundo

El caso de Nueva Orleans es probablemente el más claro.Después del huracán Katrina, prácticamente todo el sistema escolar público de la ciudad fue transformado en escuelas charter. La reforma implicó el despido de todo el personal docente y la terminación del contrato sindical. Con el paso de los años, prácticamente todas las escuelas públicas de la ciudad quedaron bajo ese modelo.Por eso, en este caso sí puede decirse que el cambio de la relación laboral con los docentes fue parte central de la reforma y no simplemente una consecuencia secundaria. Eso no significa que el modelo sea necesariamente bueno o malo. Significa que demuestra algo que conviene tener presente: cambiar quién administra una escuela también puede terminar cambiando quién contrata a los docentes y bajo qué condiciones trabajan.

Chile: cuando cambia el empleador

Chile ofrece una experiencia diferente. A partir de 1980 comenzó el traslado de la administración de establecimientos públicos desde el Ministerio de Educación hacia las municipalidades y otras entidades. Ese cambio también modificó la situación laboral de miles de docentes.Una de las consecuencias que todavía tiene efectos es la llamada "deuda histórica" del magisterio. Según la propia documentación del Congreso chileno y del Ministerio de Educación, durante el proceso de traspaso algunas municipalidades y corporaciones no reconocieron íntegramente una asignación establecida para los docentes, situación que dio origen a una deuda que continúa siendo objeto de reparación.

Reino Unido: autonomía, pero con financiación pública

El caso de Inglaterra también es diferente.Las llamadas academias son escuelas financiadas con recursos públicos pero independientes de las autoridades locales. Los academy trusts tienen mayores facultades de gestión que las escuelas administradas directamente por las autoridades locales.Una diferencia importante está precisamente en las condiciones laborales: las academias tienen mayor libertad para establecer remuneraciones y condiciones de empleo, aunque muchas siguen voluntariamente los parámetros nacionales. La legislación reciente también mantiene mecanismos para establecer estándares mínimos para los docentes de academias.

Aquí no estamos frente a una privatización en el sentido tradicional. Es un sistema público financiado con recursos del Estado, pero con mayor autonomía de gestión.

Y esa experiencia vuelve a plantear la misma pregunta: ¿cuánta autonomía puede tener un operador sin que el Estado pierda capacidad real de dirección y control?

Bogotá: una experiencia que ya tenemos cerca

Y no necesitamos ir tan lejos.

Bogotá tiene desde hace años colegios en concesión, administrados por organizaciones privadas o sin ánimo de lucro con financiación pública.

El modelo también muestra que la relación entre el Estado y los operadores privados no necesariamente tiene que producir malos resultados. Existen experiencias que han sido consideradas exitosas y que muestran que puede haber colaboración entre el sector público y organizaciones privadas. Por ejemplo, la Alianza Educativa administra actualmente 11 colegios en Bogotá dentro de este esquema.

Esto es importante porque evita caer en una discusión de blanco y negro.

El mal funcionamiento no depende de si es privado o público, en ambos hay cosas por mejorar.

Lo que interesa es saber qué condiciones se establecen, cuánto cuesta, quién controla, cómo se evalúan los resultados, qué ocurre con los trabajadores y qué pasa cuando el contrato termina.

Preguntas por contestar antes de  antes de aprobarlo:

¿En qué circunstancias podrá una entidad territorial contratar a un tercero para administrar un colegio oficial y cómo se demostrará que realmente existe una insuficiencia de la capacidad pública?

¿Qué ocurrirá con los docentes y demás trabajadores cuando un tercero asuma la administración de una institución oficial y qué tipo de relación laboral tendrán quienes sean contratados por ese operador?

¿Qué controles tendrá el Estado sobre los recursos, la administración y los resultados educativos mientras la institución esté en manos de un tercero?

¿Qué ocurrirá cuando termine un contrato que puede llegar hasta 12 años y quién garantizará la continuidad del servicio si el operador no cumple con lo establecido?

Alguien dirá, eso se resuelve con otro decreto

Para terminar.

No considero correcto afirmar que el Proyecto PN-2026-32629 signifique, por sí mismo, la privatización de la educación pública colombiana. Sin embargo el riesgo existe.

Tampoco considero conveniente minimizar lo que propone.

El proyecto abre la posibilidad de que terceros tengan una participación importante en la administración y operación de establecimientos educativos oficiales durante períodos que pueden llegar a 12 años. Eso merece una discusión seria, especialmente por sus posibles efectos sobre la gestión pública, los recursos del Estado y las relaciones laborales.

Las experiencias de Nueva Orleans, Chile, Inglaterra y Bogotá no permiten decir que Colombia necesariamente seguirá alguno de esos caminos. Pero sí muestran que la forma en que se administra una escuela termina teniendo efectos sobre quién toma las decisiones, quién contrata a los docentes, cómo se manejan los recursos y qué capacidad conserva el Estado para corregir los problemas.

Por eso, más que discutir si estamos ante una "privatización" o no, prefiero hacer preguntas.

¿Qué límites tendrá la participación privada?

¿Será realmente excepcional?

¿Quién garantizará que la capacidad pública no se debilite mientras aumenta la contratación de terceros?

¿Y qué pasará con los docentes y con las comunidades educativas cuando termine un contrato?

Porque para una familia que tiene recursos puede existir la posibilidad de escoger entre diferentes alternativas educativas. Para una familia de bajos ingresos, en cambio, que exista un colegio privado no significa necesariamente que exista una verdadera posibilidad de elección.

Por eso el debate no debería reducirse a público contra privado.

La pregunta de fondo es mucho más sencilla: ¿cómo garantizamos una educación de calidad para todos los colombianos y cuál debe ser el papel del Estado para conseguirlo, especialmente para quienes no tienen otra alternativa?

El proyecto todavía no es una norma. Y precisamente por eso este es el momento adecuado para discutirlo.

Todavía estamos a tiempo de preguntar qué problema quiere resolver, por qué necesita esta solución, cuáles son sus límites y qué controles tendrá.

Porque una figura creada para resolver situaciones particulares puede ser útil.

El problema comienza cuando una excepción termina convirtiéndose en la forma habitual de prestar un servicio que el Estado debería estar en capacidad de garantizar directamente.

Referencias 

Big Easy Magazine. (2025, 11 de mayo). Public money, private control: Inside New Orleans' charter school overhaul. https://bigeasymagazine.com/2025/05/11/public-money-private-control-inside-new-orleans-charter-school-overhaul/

BioBioChile. (2025, 5 de mayo). Colegio de Profesores advierte con paro indefinido si Gobierno no responde a demanda de "Agenda Corta". https://www.biobiochile.cl/noticias/nacional/chile/2025/05/05/amp/colegio-de-profesores-advierte-con-paro-indefinido-si-gobierno-no-responde-a-demanda-educativa.shtml

Education Research Alliance for New Orleans. (s.f.). Key conclusions. https://educationresearchalliancenola.org/key-conclusions

El Mostrador. (2011, 28 de marzo). Desmunicipalización. https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2011/03/28/desmunicipalizacion/

Fecode. (2014, 20 de septiembre). La ADE marchó rechazando los colegios por concesión (Boletín Encuentro N.º 345). https://fecode.edu.co/images/boletin_encuentro/Boletin%20Encuentro%202014/BOLETIN%20ENCUENTRO%20No.%20345.pdf

Harris, D. N. (2020). Charter school city: What the end of traditional public schooling in New Orleans means for American education. University of Chicago Press.

In These Times. (2015). New Orleans' post-Katrina all-charter school system has proven a failure. https://inthesetimes.com/article/10-years-after-katrina-new-orleans-all-charter-district-has-proven-a-failur

La Voz / La Nación. (s.f.). Educación voucher: Cómo fue la implementación en Chile. https://grupoclarin-la-voz-prod.cdn.arcpublishing.com/ciudadanos/educacion-voucher-como-fue-la-implementacion-en-chile-de-la-idea-de-javier-milei

Las2orillas. (s.f.-a). Con Peñalosa la educación será privatizada. https://www.las2orillas.co/?p=120515

Las2orillas. (s.f.-b). [Empresarios por la Educación y las concesiones escolares]. https://www.las2orillas.co/?p=125060

LSE. (s.f.). Academies executive summary. London School of Economics. https://www.lse.ac.uk/social-policy/Assets/Documents/PDF/Research-reports/Academies-Executive-Summary.pdf

Route Fifty. (2024, junio). After a 7-year experiment, New Orleans is an all-charter district no more. https://www.route-fifty.com/management/2024/06/after-7-year-experiment-new-orleans-all-charter-district-no-more/397060/

Secretaría de Educación de Bogotá. (2019, julio). Boletín No. 005. https://www.educacionbogota.edu.co/portal_institucional/sites/default/files/2019-07/boletin-005.pdf

The 74. (2024). With the opening of a new school, New Orleans is an all-charter district no more. https://www.the74million.org/article/with-the-opening-of-a-new-school-new-orleans-is-an-all-charter-district-no-more/

The Open University. (s.f.). RIP, LEA: The local education authority vanishes. OpenLearn. https://www.open.edu/openlearn/education/educational-technology-and-practice/educational-practice/rip-lea-the-local-education-authority-vanishes

Vanguardia. (2026, 25 de agosto). Decreto entregaría colegios en concesión a privados y organizaciones religiosas. https://www.vanguardia.com/politica/2026/08/25/decreto-entregaria-colegios-en-concesion-a-privados-y-organizaciones-religiosas/

Yorkshire Evening Post. (s.f.). Ofsted: Council-maintained schools in England outperforming academies, research finds. https://www.yorkshireeveningpost.co.uk/read-this/ofsted-council-maintained-schools-in-england-outperforming-academies-research-finds-4242306

jueves, 3 de septiembre de 2026

Cuando las palabras se convierten en muletillas

El lenguaje es una herramienta poderosa. Con él no solo nombramos la realidad: la compartimos, la discutimos, la hacemos común. Sin embargo, hay momentos en que las palabras —en vez de aclarar— confunden o “descrestan”, no siempre por mala intención, sino porque se usan sin reflexión o como simple adorno.

En los últimos años se han puesto de moda expresiones como disruptivo, ecosistema, sinergia, empoderar, CEO o exacerbar. Muchas de ellas provienen de campos del conocimiento donde tienen un significado preciso. En biología o farmacología, por ejemplo, la sinergia describe una interacción concreta, medible, donde el efecto conjunto supera la suma de los efectos individuales. Hoy, en cambio, se utiliza para casi cualquier cosa, aun cuando no sepamos exactamente a qué nos estamos refiriendo.

A esta lista podría sumarse una expresión muy repetida en informes y discursos institucionales: “sistemas robustos”. Se menciona con frecuencia como sinónimo de solidez o garantía, aunque pocas veces se explica qué hace realmente robusto a un sistema: su capacidad de adaptarse, de corregirse, de aprender de sus errores o simplemente de resistir. Cuando la palabra no se acompaña de contenido, termina siendo más tranquilizadora que verdadera.

Hay también palabras que generan incomodidad porque se emplean para señalar o descalificar sin explicación. Decir que alguien “exacerba” un problema, sin explicar cómo ni por qué, suele cerrar el diálogo más que abrirlo. En esos casos, el lenguaje deja de servir para comprender y empieza a funcionar como una forma de poder.

Y hay una palabra que merece una mención especial: contexto. Pocas expresiones se utilizan hoy con tanta frecuencia y, al mismo tiempo, con tanta ligereza. En particular, en el periodismo —y también entre quienes, sin ser periodistas de formación, ejercen funciones de comentaristas o comunicadores, como ocurre con algunos exfutbolistas en los espacios deportivos— se escucha constantemente: “hay que ponerlo en contexto”, “el contexto es importante” o “sin contexto no se puede analizar”. Y, sin embargo, muchas veces lo que sigue no es contexto, sino simplemente otro dato, una opinión o una interpretación.

Algo parecido ocurre con ciertos títulos o expresiones importadas, que se adoptan más por apariencia que por necesidad. No se trata de rechazar palabras nuevas, sino de preguntarnos si realmente aportan claridad o si solo buscan impresionar. Nuestro idioma es amplio, expresivo y rico; muchas veces ya tiene palabras hermosas y suficientes para decir lo que queremos comunicar.

No toda dificultad en el lenguaje, sin embargo, nace de la vanidad. Recuerdo mis años de estudiante, cuando cursé varias asignaturas de filosofía y modos de producción. El profesor hablaba con una elocuencia que impresionaba. En clase debíamos anotar términos, consultarlos luego y volver sobre ellos para empezar a comprender su discurso. Con el tiempo entendí que no buscaba agobiarnos: simplemente hablaba desde una disciplina con un lenguaje propio, que aún no dominábamos. No era arrogancia, era rigor. Estábamos aprendiendo un nuevo idioma del pensamiento.

El problema aparece cuando el lenguaje se usa para marcar distancia, para hacer sentir ignorante al interlocutor o para ocultar la falta de una idea clara. Todos hemos escuchado discursos que suenan bien, pero que al final nos dejan una sensación extraña: qué bien habla… pero ¿qué dijo realmente? No por complejidad, sino por vacío.

Hablar claro no es empobrecer el pensamiento. Por el contrario, la claridad es una forma de respeto. Quien realmente sabe suele encontrar la manera de hacerse entender. Las palabras no deberían usarse para imponerse, sino para compartir.

Tal vez valga la pena preguntarnos, cada vez que hablamos o escribimos, si usamos el lenguaje para comunicarnos o para exhibirnos. Porque las palabras pueden ser puentes que acercan ideas… o espejismos que solo reflejan vanidad.