Pasé de las cuatro o cinco cuadras que componían mi querido San Miguel a un mundo de calles interminables. Tras varias horas de bus, apareció a nuestra derecha el estadio El Campín: imponente, majestuoso, enorme. Hasta ese día había existido únicamente en mi imaginación, alimentada por las narraciones de fútbol de los domingos a las 3:30 de la tarde.
Caminamos —supongo— hasta la calle 51, donde quedaba la casa del tío. Todo era asfalto, y más asfalto, acompañado por un ruido insistente de buses, automóviles y gente. Muy lejos quedaban el silencio, o al menos la tranquilidad, de nuestro municipio con sus calles terrosas y empedradas. Fue, sin duda, una visita marcada por la absoluta novedad.
Para 1979 la decisión de volver ya fue mía, y esta vez para quedarme. Me quedé unos cuarenta y cinco años. La ciudad se extendía entonces hasta Prado Veraniego, y la autopista tenía apenas tres puentes emblemáticos: el de la calle 100, el de la 134 y el de la 170. Hoy son solo referencias históricas: ya vamos por la calle 222.
Suba todavía era municipio y se viajaba en “flota”, como decíamos con cierto orgullo. Usaquén ya había sido absorbido por Bogotá, igual que Engativá. Tarde o temprano el turno les llegará a Cota, Chía y, con absoluta certeza, a Soacha. Es el destino habitual de las ciudades que crecen sin pedir permiso.
Como en muchas ciudades del mundo, el centro tenía poco verde. Claro que, en el caso de Bogotá, cuando Jiménez de Quesada la fundó no necesitó licencia ambiental alguna; hoy, para poner un ladrillo, hay que pedir permisos, conceptos y más permisos… y eso sin contar la decidida desidia de nuestros administradores.
Basta un ejemplo cercano: lo que llamamos “la autopista Norte”. Un auténtico monumento a las malas decisiones y a la falta de planeación. Se construyó una vía de seis carriles que, caprichosamente, se reduce a tres a la altura del terminal de transporte del norte, para luego volver a ser de seis casi llegando al peaje. De ida y de vuelta, igual.
Siempre me ha recordado un viejo experimento de Venturi de mis años de estudiante de ingeniería. Esta joya del urbanismo provoca que el sector sea un caos vehicular desde las seis de la mañana y que, en un trayecto de menos de cinco kilómetros, haya que circular a diez kilómetros por hora.
Pero bueno, es nuestra ciudad. Y, para no alejarnos demasiado de la autopista, al menos conserva un separador central que sigue siendo de los más verdes de Bogotá. Fue creado para recordar a seres queridos, sembrando un árbol en lo que se llamó “Horas Verdes”. Un gesto sencillo, cargado de sentido.
Aunque, si no se cuida, podría terminar convertido —muy a lo Escher— en otra cinta asfáltica con líneas blancas interrumpidas y algún reductor de velocidad disperso. Y para recordar que allí hubo verde, habría que levantar el asfalto e imaginarlo.
| Puddle - Escher |
Es como si Escher nos dijera que la vía puede ocupar el suelo, pero no necesariamente el cielo; que por más que insistamos en “progresar” dejando surcos, el entorno siempre encuentra un charco para recordarnos quién estaba primero. En el fondo es una lección discreta: no importa cuánto pavimento pongamos, la naturaleza siempre se cuela por alguna parte, aunque sea en un charquito que evitamos para no ensuciarnos los zapatos.-
Después de muchos años de intentos, la ciudad por fin tendrá un transporte más eficiente: el metro. Probablemente será menos ruidoso, generará menos contaminación y traerá un cambio arquitectónico evidente. Su primera línea ya transformó la apariencia de algunos sectores; las siguientes, quizá, serán más discretas. Claro que siempre estarán las contradicciones habituales para inclinar la balanza hacia un lado u otro.
Por lo pronto, yo ya no me veré afectado ni por los beneficios ni por el caos que produzcan las futuras obras. Me iré a una ciudad mucho más pequeña, que, aunque es más grande que mi municipio natal, todavía permite recorrerla a pie. Un poco más alta, más fría, pero también —y quizá por eso— más acogedora.
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