sábado, 4 de abril de 2026

De ética sin ética y otros cuentos del aula

Las aulas son espacios donde, en teoría, todos aprendemos. Ya sea como estudiantes o como docentes, no solo acumulamos conocimientos disciplinares, sino que también adoptamos vocabularios enteros: modismos estudiantiles, regionalismos que se cuelan sin permiso o, por qué no, las entrañables muletillas de cada profesor. Sin embargo, lo más valioso —aunque rara vez figure en el plan de estudios— es que aprendemos a equivocarnos. Y esos errores, con el paso del tiempo, adquieren una dignidad inesperada: se convierten en anécdotas imborrables.

Hace ya bastante, en lo que hoy llamo mi experiencia docente, inicié mi camino como profesor. Docente, dirían en nuestra institución, quizá como una forma prudente de no arriesgarse con la palabra “maestro”, que siempre suena a meta inalcanzable. Después obtuve una maestría —lo cual, en términos lingüísticos, parecía acercarme peligrosamente al título de “maestro”—, aunque sigo sin tener claro si alguna vez llegué a serlo.

En esta profesión, conviene no engañarse: cuando estamos en las aulas, todos somos objeto de comentario. Los estudiantes murmuran; algunos elogian, otros optan por el noble arte del silencio. Los profesores, por supuesto, no somos muy distintos. Al final, compartimos experiencias similares dentro de este sistema tan particular. Y como en toda comunidad, aparecen los apodos, que con el tiempo terminan siendo el verdadero legado pedagógico.

Recuerdo, por ejemplo, a un colega conocido como “Deditos”. La razón era evidente: sus manos, digamos, no pasaban desapercibidas. Era profesor de matemáticas y, según los rumores —que en la academia suelen tener más vida que los artículos indexados—, tenía otras singularidades. Podía iniciar una clase sin estudiantes presentes, lo cual resolvía de raíz el problema de la indisciplina. Su sistema de evaluación también era innovador: aprobaba trabajos con un sello… hasta que los estudiantes, en un alarde de espíritu investigativo, aprendieron a falsificarlo; un sello que, por cierto, hacía recordar inevitablemente las caritas felices de la educación básica.

Claro que no todos los casos eran tan inocentes. Hubo quien “dictaba” ética mientras afirmaba ser sacerdote. Cuando se le pidió acreditar sus títulos, la verdad emergió con una claridad casi didáctica: no era ni cura ni profesional titulado, pero sí, indiscutiblemente, un maestro del engaño. Otros, en cambio, tenían credenciales impecables, pero carecían de algo más escaso: el tacto. Uno de ellos inició como técnico, ascendió a profesor y terminó como secretario académico. En un momento decisivo, cuando la máxima autoridad universitaria le dijo: “Doctor, por favor…”, respondió con un memorable “Ya te atiendo”. Su carrera concluyó de forma acorde con su estilo: tras un evento institucional donde el alcohol hizo lo suyo, perdió no solo la compostura, sino también el cargo. Para alivio general, eso sí.

Y como si fuera poco, los despropósitos etílicos parecían ser un área de especialización no oficial. Otro colega, igualmente afecto a la bebida, confundió cordialidad con efusividad frente a la esposa de un directivo. El desenlace fue una invitación, muy amable pero irreversible, a continuar su carrera en otra institución.

Por su parte, los comités de programa constituyen un capítulo aparte. En una ocasión, durante una discusión sobre créditos académicos (Decreto 808 de 2002), un profesor preguntó con toda seriedad: “¿Cómo abordaremos el tema de los créditos?”. El decano respondió con igual solemnidad: “No se preocupen, eso es con soluciones financieras”. El silencio posterior no solo fue incómodo: fue profundamente revelador. Algunos entendieron de inmediato; otros, más optimistas, simplemente respiraron aliviados.

Tampoco faltan las joyas en la investigación. Nunca olvidaré al colega que solicitó transcribir su estudio sobre el comportamiento sexual de la iguana en cautiverio. La secretaria, con admirable diligencia, cometió un pequeño desliz: donde decía “iguana”, escribió “humana”. El documento resultante abría posibilidades metodológicas inquietantes, aunque, lamentablemente, nunca se exploraron.

Los informes técnicos tampoco se quedan atrás. Recuerdo uno sobre la erradicación de “palo matarratón”. Todo marchaba con normalidad hasta la descripción de la calicata: en lugar de 60 centímetros, alguien consignó 60 metros. Una excavación más cercana a la minería que a la agronomía.

Y, por supuesto, los estudiantes no podían quedarse rezagados en esta competencia tácita de creatividad. Durante el llamado a lista —que ellos mismos hacían, mientras teníamos la oficiales, con admirable espíritu organizativo— aparecían nombres como Simón Bolívar o Camilo Torres. No faltaba el profesor que, tras insistir varias veces, sentenciaba con autoridad: “Avísenle a Simón Bolívar que ya perdió por fallas”. En algún lugar del salón, el responsable de la broma seguramente sonreía, satisfecho de haber hecho historia.

Al final, uno comprende que la vida académica no se sostiene únicamente sobre teorías, decretos o títulos, sino sobre esa colección de errores, excesos y ocurrencias que, con el tiempo, terminan enseñando. Quizá ahí radique la verdadera formación: en aprender que la solemnidad dura poco y que, tarde o temprano, todos terminamos siendo parte de las anécdotas que antes nos hacían reír.

No hay comentarios:

Publicar un comentario