sábado, 4 de abril de 2026

De ética sin ética y otros cuentos del aula

Las aulas son espacios donde, en teoría, todos aprendemos. Ya sea como estudiantes o como docentes, no solo acumulamos conocimientos disciplinares, sino que también adoptamos vocabularios enteros: modismos estudiantiles, regionalismos que se cuelan sin permiso o, por qué no, las entrañables muletillas de cada profesor. Sin embargo, lo más valioso —aunque rara vez figure en el plan de estudios— es que aprendemos a equivocarnos. Y esos errores, con el paso del tiempo, adquieren una dignidad inesperada: se convierten en anécdotas imborrables.

Hace ya bastante, en lo que hoy llamo mi experiencia docente, inicié mi camino como profesor. Docente, dirían en nuestra institución, quizá como una forma prudente de no arriesgarse con la palabra “maestro”, que siempre suena a meta inalcanzable. Después obtuve una maestría —lo cual, en términos lingüísticos, parecía acercarme peligrosamente al título de “maestro”—, aunque sigo sin tener claro si alguna vez llegué a serlo.

En esta profesión, conviene no engañarse: cuando estamos en las aulas, todos somos objeto de comentario. Los estudiantes murmuran; algunos elogian, otros optan por el noble arte del silencio. Los profesores, por supuesto, no somos muy distintos. Al final, compartimos experiencias similares dentro de este sistema tan particular. Y como en toda comunidad, aparecen los apodos, que con el tiempo terminan siendo el verdadero legado pedagógico.

Recuerdo, por ejemplo, a un colega conocido como “Deditos”. La razón era evidente: sus manos, digamos, no pasaban desapercibidas. Era profesor de matemáticas y, según los rumores —que en la academia suelen tener más vida que los artículos indexados—, tenía otras singularidades. Podía iniciar una clase sin estudiantes presentes, lo cual resolvía de raíz el problema de la indisciplina. Su sistema de evaluación también era innovador: aprobaba trabajos con un sello… hasta que los estudiantes, en un alarde de espíritu investigativo, aprendieron a falsificarlo; un sello que, por cierto, hacía recordar inevitablemente las caritas felices de la educación básica.

Claro que no todos los casos eran tan inocentes. Hubo quien “dictaba” ética mientras afirmaba ser sacerdote. Cuando se le pidió acreditar sus títulos, la verdad emergió con una claridad casi didáctica: no era ni cura ni profesional titulado, pero sí, indiscutiblemente, un maestro del engaño. Otros, en cambio, tenían credenciales impecables, pero carecían de algo más escaso: el tacto. Uno de ellos inició como técnico, ascendió a profesor y terminó como secretario académico. En un momento decisivo, cuando la máxima autoridad universitaria le dijo: “Doctor, por favor…”, respondió con un memorable “Ya te atiendo”. Su carrera concluyó de forma acorde con su estilo: tras un evento institucional donde el alcohol hizo lo suyo, perdió no solo la compostura, sino también el cargo. Para alivio general, eso sí.

Y como si fuera poco, los despropósitos etílicos parecían ser un área de especialización no oficial. Otro colega, igualmente afecto a la bebida, confundió cordialidad con efusividad frente a la esposa de un directivo. El desenlace fue una invitación, muy amable pero irreversible, a continuar su carrera en otra institución.

Por su parte, los comités de programa constituyen un capítulo aparte. En una ocasión, durante una discusión sobre créditos académicos (Decreto 808 de 2002), un profesor preguntó con toda seriedad: “¿Cómo abordaremos el tema de los créditos?”. El decano respondió con igual solemnidad: “No se preocupen, eso es con soluciones financieras”. El silencio posterior no solo fue incómodo: fue profundamente revelador. Algunos entendieron de inmediato; otros, más optimistas, simplemente respiraron aliviados.

Tampoco faltan las joyas en la investigación. Nunca olvidaré al colega que solicitó transcribir su estudio sobre el comportamiento sexual de la iguana en cautiverio. La secretaria, con admirable diligencia, cometió un pequeño desliz: donde decía “iguana”, escribió “humana”. El documento resultante abría posibilidades metodológicas inquietantes, aunque, lamentablemente, nunca se exploraron.

Los informes técnicos tampoco se quedan atrás. Recuerdo uno sobre la erradicación de “palo matarratón”. Todo marchaba con normalidad hasta la descripción de la calicata: en lugar de 60 centímetros, alguien consignó 60 metros. Una excavación más cercana a la minería que a la agronomía.

Y, por supuesto, los estudiantes no podían quedarse rezagados en esta competencia tácita de creatividad. Durante el llamado a lista —que ellos mismos hacían, mientras teníamos la oficiales, con admirable espíritu organizativo— aparecían nombres como Simón Bolívar o Camilo Torres. No faltaba el profesor que, tras insistir varias veces, sentenciaba con autoridad: “Avísenle a Simón Bolívar que ya perdió por fallas”. En algún lugar del salón, el responsable de la broma seguramente sonreía, satisfecho de haber hecho historia.

Al final, uno comprende que la vida académica no se sostiene únicamente sobre teorías, decretos o títulos, sino sobre esa colección de errores, excesos y ocurrencias que, con el tiempo, terminan enseñando. Quizá ahí radique la verdadera formación: en aprender que la solemnidad dura poco y que, tarde o temprano, todos terminamos siendo parte de las anécdotas que antes nos hacían reír.

domingo, 1 de marzo de 2026

Ausentismo laboral: de la justificación médica al incumplimiento voluntario

El ausentismo laboral es un fenómeno complejo que responde a múltiples factores. Entre los más destacados se encuentran problemas de salud física y mental, la falta de compromiso con la organización, condiciones laborales poco motivadoras y, en algunos casos, el incumplimiento voluntario del contrato. La Organización Internacional del Trabajo (2016) ha señalado que el ausentismo puede tener tanto causas objetivas —como enfermedades o accidentes— como subjetivas, relacionadas con la percepción de malestar, el estrés o incluso la falta de identificación con la empresa.

En Colombia, este fenómeno tiene una especial relevancia en el sector público, donde se registran índices más altos que en el privado. Una de las razones radica en que las instituciones públicas ofrecen mayor estabilidad laboral, lo que reduce la percepción de riesgo frente a las ausencias. Además, los procesos disciplinarios suelen ser más lentos y menos estrictos, lo que puede incentivar la falta de asistencia sin una consecuencia inmediata.

Sin embargo, el ausentismo no siempre obedece a causas justificadas. Una parte del problema surge del incumplimiento voluntario de las obligaciones, donde el trabajador prefiere no asistir en lugar de buscar alternativas que le permitan cumplir con su contrato. Esta actitud ha sido más evidente en generaciones que iniciaron su vida laboral a partir del año 2000, para quienes el equilibrio entre la vida personal y profesional es prioritario, en ocasiones por encima de los compromisos laborales.

En Colombia, Fasecolda (2023) ha documentado con cifras el impacto del ausentismo en el sistema de riesgos laborales, reportando miles de días de incapacidad anualmente, lo que se traduce en altos costos tanto para las aseguradoras como para las empresas. Su información resulta clave para dimensionar el fenómeno, ya que las aseguradoras que hacen parte del sistema de riesgos laborales son las responsables de cubrir económicamente una parte importante de estas ausencias. Así, Fasecolda no solo aporta datos estadísticos, sino que evidencia la presión económica que el ausentismo genera sobre el sector productivo y el sistema de protección social.

Así las cosas, el ausentismo laboral demanda un análisis integral que no se limite a explicaciones complacientes ni a justificaciones automáticas. Debe considerar la veracidad en las incapacidades médicas, la dificultad de objetivar ciertos malestares como el dolor, la evidencia sobre la incidencia real del estrés y, al mismo tiempo, el incumplimiento deliberado de obligaciones contractuales que algunos optan por normalizar. Reconocer la complejidad del fenómeno no puede convertirse en excusa para diluir responsabilidades; por el contrario, exige fortalecer entornos laborales donde el respeto por los acuerdos y la corresponsabilidad no sean discursos retóricos, sino compromisos efectivo.

martes, 17 de febrero de 2026

Elecciones: El Arte de prometerlo todo

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Este año Colombia tendrá su primera contienda electoral en marzo próximo. Los partidos pondrán a consideración de la ciudadanía a sus candidatos, para que elijan al que los representará en las elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, se renovará el Congreso: senadores y representantes, todos listos para servir al país… o al menos para afirmarlo con absoluta convicción.

Unos y otros prometen hasta lo impensable: eliminarán la pobreza, combatirán el crimen organizado, acabarán con los cultivos de coca y, de paso, resolverán cualquier otro problema histórico que haya sobrevivido a los últimos dos siglos. Lo único que, con seguridad, se agotará será la paciencia de los electores, cansados de promesas. Y como en muchos procesos anteriores, una vez instalados en sus cómodos cargos, olvidarán con sorprendente eficiencia aquella lista de compromisos y, quizá también, los rostros de aquellos ciudadanos a quienes abrazaron “fraternalmente” durante la campaña.

En las redes sociales desfilan nuestros salvadores. En la mayoría de los casos, hablan más de los errores que sus contrincantes pudieron cometer en algún capítulo remoto de sus vidas —sus antiguas creencias, sus aficiones ahora clasificadas como sospechosas, sus tendencias examinadas con lupa moral— que de sus propias ideas. Al parecer, resulta más rentable electoralmente desempolvar el pasado ajeno que explicar el futuro propio. Cada fotografía olvidada, cada opinión juvenil y cada amistad inconveniente adquieren de pronto la gravedad de un pecado capital, redescubierto con admirable puntualidad en temporada de campaña. No faltan, además, las calumnias: imágenes y videos, muchos creados con herramientas de inteligencia artificial, circulan con un realismo digno de aplauso técnico. Y no pocos colombianos les conceden credibilidad, porque si parece cierto, debe serlo. Incluso algún diario ha tenido que aclarar que ciertas publicaciones que se le atribuyen son falsas. En estos procesos, todo vale… o al menos eso parece.

En medio del espectáculo están los electores, que lamentablemente terminan enfrentados en sus círculos más cercanos: amigos que dejan de hablarse y familias que descubren que el afecto tiene límites ideológicos. Las posiciones, muchas veces poco argumentadas, se defienden con fervor casi religioso. Si el candidato comete errores, la culpa será de la oposición o de la mala prensa —aunque, claro, en ocasiones el error sea simplemente propio—. Nuestra capacidad de diálogo en temas políticos (y religiosos) es más bien escasa: preferimos la consigna al argumento y el eslogan a la reflexión.

Estas discrepancias rara vez conducen a algo distinto que a la irritación colectiva, salvo que se pertenezca a un proyecto político que haya prometido lo humano y lo divino, en cuyo caso toda contradicción será reinterpretada como parte de un brillante plan maestro aún incomprendido.

Veremos en marzo cómo queda compuesto el Congreso y si esa composición favorece a quien se posesione el 7 de agosto. Tal vez las buenas propuestas sean aprobadas independientemente de quién las presente (un optimismo casi heroico). Quizá cada legislatura se caracterice por la objetividad y el juicio ponderado de los congresistas, y no por la obediencia al líder de turno. Todo, por supuesto, en coherencia con aquella promesa que todos repiten con admirable uniformidad: “Queremos que nos elijan para trabajar por todos los colombianos”.

Y así, entre promesas extraordinarias y expectativas moderadas, la democracia vuelve a ponerse a prueba. Como siempre.

lunes, 9 de febrero de 2026

Belém de Pará: crónica de un viaje sin propósitos turísticos

Hay viajes que se planean durante meses y otros que simplemente suceden. Este pertenece al segundo grupo. Todo comenzó con un desplazamiento inevitable hacia Belém de Pará, Brasil.

Para llegar, el trayecto exigía un vuelo nocturno con salida a las 23:05 del 26 de enero de 2026 desde el Aeropuerto Internacional El Dorado. La aerolínea, cuidadosa como suelen serlo, recomendaba presentarse con cuatro horas de antelación. Nada extraordinario. Nada sospechoso. Todavía.

La referencia inicial fue la puerta A13. Un detalle pequeño, aunque inquietante. No por superstición —la razón aún intenta gobernar—, pero el trece rara vez se presenta como buen augurio en historias que terminan bien.

Las pantallas del aeropuerto, los altavoces y los correos electrónicos decidieron entrar en acción con un entusiasmo casi coreografiado. El cambio de puerta fue anunciado, corregido y reanunciado al menos cuatro veces. El último aviso se recibió con humor. Después de todo, una vez superada cierta cantidad de cambios, la resignación se vuelve elegante.

El retraso inicial fue de una hora. Luego comenzó el embarque. Algunos pasajeros lograron llegar hasta la puerta del avión de la aerolínea más grande de Colombia… justo para verla cerrarse frente a ellos. Sin metáforas: cerrada en la cara. La aeronave no podía volar; requería revisión técnica.

De vuelta a la sala de espera, el chiste dejó de tener gracia. El nuevo horario quedó fijado para las 7:00 a. m. Ocho horas después. Nada serio, salvo perder la noche completa en compañía de sillas incómodas y café cuestionable.

Las incomodidades no tardaron. Un grupo particularmente expresivo de pasajeros brasileños —mezcla notable de enojo, humor y diplomacia tropical— logró que la aerolínea reconociera conexiones perdidas, ofreciera hotel, comida y compensación económica. Una reinterpretación bastante creativa del concepto de “servicio de calidad”.

La compensación incluyó una cobija. Un objeto destinado a convertirse en recuerdo oficial del episodio: más simbólico que útil, pero memorable.

Finalmente, cerca de las 7:00 a. m. del 27 de enero, llegó el abordaje real. El avión fue comandado por una capitana, acompañada de una tripulación impecable que, durante el vuelo, ofreció lo mejor dentro de las posibilidades técnicas: un buen sánduche y una bebida a elección, siempre dentro del marco de lo humanamente razonable.

La aeronave no pretendía ocultar su perfil austero: sin puertos de carga, sin entretenimiento y con un wifi cuya existencia era más filosófica que práctica.

El cinturón de seguridad permaneció abrochado casi todo el trayecto. Treinta mil pies más abajo, la selva amazónica imponía respeto. El río serpenteaba como una anaconda gigantesca, recordando que allí abajo todo es vasto, antiguo y poco interesado en nuestra agenda de vuelo.

Entonces llegó el anuncio: —Daremos algunas vueltas. Las condiciones climáticas en Belém de Pará no permiten aterrizar por ahora. Existe la posibilidad de dirigirnos a Georgetown.

Nada dice “tranquilidad” como un posible cambio de país por falta de clima.

Durante cuarenta minutos, el avión giró en círculos hasta que llegó la autorización. El descenso fue decidido. Hubo un vacío. Gritos. Manos aferradas. La gravedad, haciendo su trabajo, apareció de manera estelar. La maniobra fue impecable. Punto alto para la capitana.

Belém nos recibió con cielo gris y pista mojada. El aterrizaje fue tan preciso que el avión estalló en aplausos. Doce horas después, habíamos llegado.

La ciudad no nos esperaba como turistas. Una situación compleja y profundamente íntima —de esas que no avisan ni piden consentimiento— nos había llevado hasta allí. Tras completar las gestiones necesarias, apareció una noticia adicional: el regreso inmediato a Colombia no era posible. La solución fue sencilla e inapelable: quedarse tres días más.

Así nació el turismo forzado, un paseo por la ciudad, buscando más relajamiento que diversión, Con ayuda de Copilot apareció una lista de lugares de interés. El Mercado de Ver-o-Peso encabezaba el plan. Un sitio donde todo tiene olor, color y carácter. Pescados que aún no aceptan su destino, frutas que desafían la fonética y hierbas capaces de prometer soluciones que la medicina moderna prefiere observar a prudente distancia. No es ordenado ni bonito, pero es auténtico. Y eso cuenta.

La Catedral de Nuestra Señora de Nazaret ofreció un contraste absoluto. Patrimonio de la UNESCO, columnas monumentales, vitrales disciplinando la luz tropical y una Virgen que observa con calma a creyentes y visitantes casuales, como sabiendo que no todos llegaron por fe, pero ninguno se va igual.

Un fragmento de selva apareció luego en plena ciudad: el Parque Zoobotânico del Museo Emílio Goeldi. La victoria regia evocó de inmediato al Jardín Botánico de Bogotá, confirmando que la memoria también cruza fronteras sin pasaporte. Tortugas, aves, simios, una nutria curiosa y un animal similar al capibara —aunque más pequeño y de nombre ya olvidado— completaban el recorrido.

El Teatro Experimental Waldemar Henrique mostró otra faceta de la ciudad: madera, iluminación precisa y un cuidado que contrasta con otras edificaciones públicas donde el tiempo ha dejado huellas menos poéticas.

El cierre llegó con la corveta-museo Solimões. Una nave pesada, armada hasta los dientes en su pasado, hoy reciclada con acierto. Se recorren camarotes, sala de máquinas y oficinas, todo muy didáctico y discretamente intimidante. La foto en el casco es obligatoria; nadie escapa a ese ritual.

El regreso a Bogotá fue tranquilo. La misión, cumplida. Quedó el deseo de volver, esta vez sin urgencias, sin incidentes técnicos y con el ánimo suficiente para disfrutar de Belém de Pará como merece: una ciudad compleja, amable y resiliente, habitada por personas dispuestas a hacer auténticos malabares lingüísticos para entender nuestro portugués limitado… o, en su defecto, nuestro español sin concesiones.

jueves, 22 de enero de 2026

Lo que el café negro te da (y lo que te quita): una verdad que todavía se está escribiendo


El café sin azúcar es una mezcla relativamente simple pero sorprendentemente poderosa. Está compuesto casi por completo de agua, cafeína y una serie de compuestos bioactivos como los polifenoles, los ácidos clorogénicos y pequeñas cantidades de minerales que pasan inadvertidos pero participan en diversas reacciones del organismo. Su ausencia de azúcares añadidos le permite mostrar sus efectos sin interferencias metabólicas, lo que lo convierte en una bebida particularmente útil para estudiar sus impactos reales sobre el cerebro. “El café es simple en ingredientes, complejo en efectos.” 

A partir de esta base química se derivan sus beneficios más conocidos. En los últimos años, diversos estudios han demostrado que el café negro favorece la atención, la velocidad de procesamiento y el estado de alerta gracias al bloqueo de los receptores de adenosina, un mecanismo que reduce la sensación de somnolencia y aumenta la actividad neuronal. También se ha observado que puede influir, aunque de manera moderada, en procesos relacionados con la plasticidad sináptica, lo que sugiere un papel potencial en la facilitación del aprendizaje, especialmente en momentos de fatiga o disminución cognitiva. Incluso los estudios poblacionales más recientes han encontrado asociaciones entre el consumo moderado de café y un menor riesgo de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o el Parkinson, lo que abre una línea de investigación prometedora. “No es magia: es neuroquímica en acción.”

Sin embargo, estos beneficios conviven con ciertos efectos adversos que conviene tener en cuenta. Cuando se consume en exceso o en horarios inadecuados, el café puede afectar la calidad del sueño, generar sensaciones de ansiedad, provocar palpitaciones o aumentar la irritabilidad en personas sensibles. Además, existe evidencia de que un consumo muy elevado, por encima de las cinco o seis tazas diarias, podría relacionarse con cambios desfavorables a nivel cerebral, aunque los resultados aún no permiten establecer conclusiones firmes. A esto se suma el hecho de que, al añadir azúcar, se altera el perfil metabólico de la bebida y se incrementa la inflamación sistémica, algo que puede afectar negativamente la salud cognitiva. “El problema nunca fue el café… casi siempre fue el azúcar.”

Por estas razones, la recomendación más razonable es mantener un consumo moderado, equivalente a una a tres tazas al día, preferiblemente en horas tempranas para no interferir con el descanso nocturno. También es útil observar cómo reacciona cada organismo, pues la sensibilidad a la cafeína varía ampliamente. En cualquier caso, evitar el azúcar sigue siendo una de las decisiones más importantes para conservar los efectos positivos del café sin introducir factores que perjudiquen la cognición o el metabolismo. “Tu cerebro quiere café… pero no quiere que te excedas.”

Finalmente, es importante recordar que, aunque la evidencia reciente ofrece resultados interesantes, aún estamos lejos de tener conclusiones absolutas. La investigación continúa, se refina y se ajusta con el paso del tiempo. Por eso, conviene mantener una mirada crítica y abierta:
«Diferentes investigaciones recientes apoyan esta idea, pero la ciencia avanza y aún no hay una verdad absoluta —estos resultados deben verse como evidencia creciente, no como certeza final.»
“El café da claridad, pero la ciencia exige cautela.”

jueves, 15 de enero de 2026

Entre el asfalto y el reflejo del bosque

Bogotá, memoria personal de una ciudad que creció más rápido que mis pasos

Hay ciudades que uno no elige: simplemente se meten en la vida, crecen al mismo ritmo que uno y, cuando menos lo espera, ya hacen parte de la memoria. Esta es la historia de mi Bogotá: la que conocí desde una ventana de bus, la que se expandió sin preguntar y la que hoy contemplo a punto de dejar.

En algún año de esa difusa década de los setenta pisé por primera vez lo que hasta entonces solo conocía por los libros de geografía e historia: la capital de la República. Viajé con mi madre, que iba a visitar a uno de sus hermanos; yo, en cambio, iba impulsado por esa curiosidad infantil que convierte cualquier trayecto en una expedición.

Pasé de las cuatro o cinco cuadras que componían mi querido San Miguel a un mundo de calles interminables. Tras varias horas de bus, apareció a nuestra derecha el estadio El Campín: imponente, majestuoso, enorme. Hasta ese día había existido únicamente en mi imaginación, alimentada por las narraciones de fútbol de los domingos a las 3:30 de la tarde.

Caminamos —supongo— hasta la calle 51, donde quedaba la casa del tío. Todo era asfalto, y más asfalto, acompañado por un ruido insistente de buses, automóviles y gente. Muy lejos quedaban el silencio, o al menos la tranquilidad, de nuestro municipio con sus calles terrosas y empedradas. Fue, sin duda, una visita marcada por la absoluta novedad.

Para 1979 la decisión de volver ya fue mía, y esta vez para quedarme. Me quedé unos cuarenta y cinco años. La ciudad se extendía entonces hasta Prado Veraniego, y la autopista tenía apenas tres puentes emblemáticos: el de la calle 100, el de la 134 y el de la 170. Hoy son solo referencias históricas: ya vamos por la calle 222.

Suba todavía era municipio y se viajaba en “flota”, como decíamos con cierto orgullo. Usaquén ya había sido absorbido por Bogotá, igual que Engativá. Tarde o temprano el turno les llegará a Cota, Chía y, con absoluta certeza, a Soacha. Es el destino habitual de las ciudades que crecen sin pedir permiso.

Como en muchas ciudades del mundo, el centro tenía poco verde. Claro que, en el caso de Bogotá, cuando Jiménez de Quesada la fundó no necesitó licencia ambiental alguna; hoy, para poner un ladrillo, hay que pedir permisos, conceptos y más permisos… y eso sin contar la decidida desidia de nuestros administradores.

Basta un ejemplo cercano: lo que llamamos “la autopista Norte”. Un auténtico monumento a las malas decisiones y a la falta de planeación. Se construyó una vía de seis carriles que, caprichosamente, se reduce a tres a la altura del terminal de transporte del norte, para luego volver a ser de seis casi llegando al peaje. De ida y de vuelta, igual.

Siempre me ha recordado un viejo experimento de Venturi de mis años de estudiante de ingeniería. Esta joya del urbanismo provoca que el sector sea un caos vehicular desde las seis de la mañana y que, en un trayecto de menos de cinco kilómetros, haya que circular a diez kilómetros por hora.

Pero bueno, es nuestra ciudad. Y, para no alejarnos demasiado de la autopista, al menos conserva un separador central que sigue siendo de los más verdes de Bogotá. Fue creado para recordar a seres queridos, sembrando un árbol en lo que se llamó “Horas Verdes”. Un gesto sencillo, cargado de sentido.

Aunque, si no se cuida, podría terminar convertido —muy a lo Escher— en otra cinta asfáltica con líneas blancas interrumpidas y algún reductor de velocidad disperso. Y para recordar que allí hubo verde, habría que levantar el asfalto e imaginarlo.

Puddle - Escher
A veces las obras viales dejan tan marcada su presencia que uno podría creer que la naturaleza ya se rindió. Pero Puddle, de Escher, nos desmiente con elegancia: en medio del barro pisoteado y de las huellas de las llantas —ese rastro inevitable de la modernidad— aparece, intacto, el reflejo del bosque.

Es como si Escher nos dijera que la vía puede ocupar el suelo, pero no necesariamente el cielo; que por más que insistamos en “progresar” dejando surcos, el entorno siempre encuentra un charco para recordarnos quién estaba primero. En el fondo es una lección discreta: no importa cuánto pavimento pongamos, la naturaleza siempre se cuela por alguna parte, aunque sea en un charquito que evitamos para no ensuciarnos los zapatos.- 

Después de muchos años de intentos, la ciudad por fin tendrá un transporte más eficiente: el metro. Probablemente será menos ruidoso, generará menos contaminación y traerá un cambio arquitectónico evidente. Su primera línea ya transformó la apariencia de algunos sectores; las siguientes, quizá, serán más discretas. Claro que siempre estarán las contradicciones habituales para inclinar la balanza hacia un lado u otro.

Por lo pronto, yo ya no me veré afectado ni por los beneficios ni por el caos que produzcan las futuras obras. Me iré a una ciudad mucho más pequeña, que, aunque es más grande que mi municipio natal, todavía permite recorrerla a pie. Un poco más alta, más fría, pero también —y quizá por eso— más acogedora.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

34 años en la UDCA: Un experimento de vida con variables controladas (o no tanto)

Tres décadas y media en la misma organización. En esta era donde la lealtad laboral tiene la vida útil de un yogur sin nevera, permanecer tanto tiempo en un solo lugar se considera un acto de heroísmo… o de terquedad. Quizá ambas. Pero aquí estuve: cultivando una carrera, combinando la docencia con la ingeniería y pasando unos pocos años en la administración. Como decía Borges, “uno llega a ser lo que es”, aunque sea a fuerza de insistir más que de iluminarse.

Llegué a la entonces CUDCA, esa institución sabanera donde el frío no era metáfora, sino una realidad térmica que exigía más capas que una cebolla. Con los años, aquella corporación universitaria joven —pero con energía de sobra— se transformó en la UDCA: universidad acreditada, con filosofía ambiental y suficientes comités como para justificar un tanto por ciento del consumo nacional de café. “La civilización es la multiplicación innecesaria de necesidades”, decía Twain; si hubiera conocido nuestros comités, habría escrito un tomo adicional.

Durante la mayor parte de mi tiempo trabajé como profesor. Eso sí, nunca formé parte del grupo de investigadores. No produje artículos científicos con factor de impacto sobresaliente, ni estampé mi nombre en revistas indexadas. Para algunos, no ser investigador equivale a no ser profesor universitario, pero esa discusión nunca fue conmigo. Lo mío fue la extensión: ese rincón noble (y subestimado) del mundo universitario donde uno se dedica a hacer cosas útiles para la gente del común, mientras otros debaten teorías en salones con aire acondicionado. Como decía Sagan, “en algún lugar, algo increíble espera ser descubierto”. Yo descubrí que lo increíble a veces era lograr que la gente mejorara su yogur sin aumentar el presupuesto.

Alguna madre cabeza de familia o algún campesino quizás recuerde que le ayudé a mejorar su yogur o su queso. Si llegué a tocar la vida de al menos una de cada diez personas, ese será, sin duda, un buen logro. Procesé cientos de litros de leche transformándolos en yogures, arequipes y quesos. Siempre con la misión —noble e ingenua— de reducir grasas, azúcares y sal sin que nadie lo notara. Spoiler: siempre lo notaban. Asimov decía que “el fracaso es la base para un futuro éxito”, pero en los lácteos el fracaso generalmente sabe a muy poca azúcar.

No todo fue color de rosa. Hubo logros que merecerían una memoria institucional en tapa dura y frustraciones que solo un tinto amargo podría digerir. Cientos de estudiantes pasaron por mis talleres. ¿Cuántos entendieron algo? Según mis cálculos, entre un tanto por ciento y el margen de error. ¿Cuántos pensaron que exageraba con eso de que “la zootecnia es una opción de independencia y no de empleabilidad”? Ojalá el tiempo me dé la razón. 

Algunos de esos estudiantes, hoy egresados, para mi sorpresa (y orgullo, claro), se convirtieron con el tiempo en mis jefes —nada como ser evaluado por alguien a quien uno le enseñó algo que, a mi juicio, fue útil—; otros se volvieron colegas en el noble y cada vez más heroico oficio de la docencia. Eso sí, sentí el peso de los años o de los kilos, cuando tuve en mis aulas a hijos de exalumnos. La vida da vueltas… como diría Darwin, no sobreviven los más fuertes, sino los que mejor se adaptan. Yo opté por adaptarme con calendario en mano.

En el camino compartí laboratorios, aulas y silencios incómodos con gente extraordinaria —la mayoría mujeres—: expertas en la producción de derivados… y en el arte de madurar chismes académicos con la precisión de un queso añejo. Galeano decía que “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Ellas hacían queso… y también cambiaban el humor de toda la planta.

Al despedirme de la vida académica formal, hay un vocabulario que dejo con alivio. Ya no tendré que escuchar, en cada seminario, la promesa solemne de que “ahora sí” tendremos sistemas robustos, esos mismos que colapsaban justo cuando el conferencista intentaba mostrar cómo funcionaban. También dejo atrás el noble ideal del benchmarking, que habría sido maravilloso si no fuera porque muchos seguían convencidos de que lo propio era un tesoro inédito que no debía compartirse… aunque a veces apenas era un PDF reciclado. Y luego vino la moda del ecosistema: como hablar de ecosistemas biológicos se volvió popular con el cambio climático, de repente todo debía ser un ecosistema... digital, pedagógico, institucional. Parecía que la palabra, como las cucarachas de Asimov, iba a sobrevivirlo todo. . 

La famosa innovación disruptiva tampoco la extrañaré: casi siempre era la misma idea de siempre, solo que envuelta en un nombre nuevo y acompañada de un video inspiracional. También la eterna invitación a ser “resilientes”, que en realidad significaba aguantar con paciencia los mismos problemas disfrazados de estrategias renovadas. Con certezas: esas palabras seguirán apareciendo en los seminarios…con los CEOs, pero ya no me tocará escucharlas. Veremos qué nueva expresión aparece, para que parezcamos actualizados. Decía Einstein, “no podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos”. Aunque igual lo seguíamos intentando. 

En aspectos más familiares, también viví las glorias y los retos de la paternidad. Celebré triunfos ajenos como propios y subestimé decisiones financieras como si fueran un alimento que llegó al fin de su vida útil. Por suerte, corregí a tiempo. Hoy me retiro de manera digna, como debiera hacerlo cada colombiano que ha invertido su vida en el servicio público sin perder la fe ni el sentido del humor.

Ya casi no quedamos personajes de los que conocimos la universidad formada por solo dos programas académicos, cuando todos nos tratábamos como si fuéramos una gran familia (o al menos eso decíamos). Ahora entro a las oficinas de la UDCA y me encuentro rodeado de rostros nuevos, igual que cuando me vinculé, solo que lo curioso es que hoy el recién llegado parezco yo. Los encuentro tan profundamente concentrados que no les queda tiempo ni para saludar; por lo visto, es una costumbre tan anticuada como los teléfonos de disco —o como ese humanismo del que hablaba Sábato, que se está evaporando mientras seguimos llenando planillas.

Y así, como quien cierra un tanque de fermentación tras una producción impecable (o al menos, pasable), me despido. Sin más actas que firmar, sin refrigerios que justificar, sin más sacos o chaquetas para el frío sabanero. Me llevo experiencias, anécdotas y aprendizajes que no caben en un informe de gestión… pero sí en una buena sobremesa con queso y vino.

Entregando la llave de mi oficina, siento que la vida en la UDCA se cierra ante mis ojos como en esa vieja canción que algunos recordamos: My Way, de Paul Anka. Me voy con la tranquilidad de haberlo hecho a mi manera; con errores y aciertos, y con esa sospecha —muy sabinesca— de que la vida duele, sí, pero siempre termina enseñando.

Agradezco a quienes compartieron este viaje: al Dr. Germán Anzola y a doña Marta, quienes fueron los responsables de mi paso por la UDCA; a ellos, otra vez, miles de gracias, pues fueron pilares humanos en un mundo de normas y protocolos. También a mis jefes, tanto los que me apoyaron como los que tuvieron que tolerar mi existencia por imperativo legal. De todos aprendí… aunque a veces doliera.

Mi más grande deseo para la UDCA: que crezca, que la Zootecnia se consolide como la carrera estratégica que este país necesita (y no como “la otra opción cuando no había cupo en Veterinaria o en MVZ”), y que —por el amor al saneamiento básico— alguien optimice los comités antes de convocar otro. Que la única política que se imite sea la institucional.

P.D. Si alguien llegara a extrañar mi presencia, puede darse una vuelta por la planta de lácteos: ese persistente aroma a queso fresco es, sin duda, parte de mi legado. Alguno más especulará que dejé otra huella imborrable: la influencia académica que sembré en mi compañera Andrea. Ella, por supuesto, podrá explicarlo con lujo de detalles… o, fiel a su personalidad, hacerse la desentendida y cambiar de tema con la misma destreza con que le da color a un yogur. 

Y así como decía Galeano: “al fin y al cabo, somos historias”. Esta es la mía en la UDCA.

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celio.pineda@gmail.com