jueves, 22 de enero de 2026

Lo que el café negro te da (y lo que te quita): una verdad que todavía se está escribiendo


El café sin azúcar es una mezcla relativamente simple pero sorprendentemente poderosa. Está compuesto casi por completo de agua, cafeína y una serie de compuestos bioactivos como los polifenoles, los ácidos clorogénicos y pequeñas cantidades de minerales que pasan inadvertidos pero participan en diversas reacciones del organismo. Su ausencia de azúcares añadidos le permite mostrar sus efectos sin interferencias metabólicas, lo que lo convierte en una bebida particularmente útil para estudiar sus impactos reales sobre el cerebro. “El café es simple en ingredientes, complejo en efectos.” 

A partir de esta base química se derivan sus beneficios más conocidos. En los últimos años, diversos estudios han demostrado que el café negro favorece la atención, la velocidad de procesamiento y el estado de alerta gracias al bloqueo de los receptores de adenosina, un mecanismo que reduce la sensación de somnolencia y aumenta la actividad neuronal. También se ha observado que puede influir, aunque de manera moderada, en procesos relacionados con la plasticidad sináptica, lo que sugiere un papel potencial en la facilitación del aprendizaje, especialmente en momentos de fatiga o disminución cognitiva. Incluso los estudios poblacionales más recientes han encontrado asociaciones entre el consumo moderado de café y un menor riesgo de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o el Parkinson, lo que abre una línea de investigación prometedora. “No es magia: es neuroquímica en acción.”

Sin embargo, estos beneficios conviven con ciertos efectos adversos que conviene tener en cuenta. Cuando se consume en exceso o en horarios inadecuados, el café puede afectar la calidad del sueño, generar sensaciones de ansiedad, provocar palpitaciones o aumentar la irritabilidad en personas sensibles. Además, existe evidencia de que un consumo muy elevado, por encima de las cinco o seis tazas diarias, podría relacionarse con cambios desfavorables a nivel cerebral, aunque los resultados aún no permiten establecer conclusiones firmes. A esto se suma el hecho de que, al añadir azúcar, se altera el perfil metabólico de la bebida y se incrementa la inflamación sistémica, algo que puede afectar negativamente la salud cognitiva. “El problema nunca fue el café… casi siempre fue el azúcar.”

Por estas razones, la recomendación más razonable es mantener un consumo moderado, equivalente a una a tres tazas al día, preferiblemente en horas tempranas para no interferir con el descanso nocturno. También es útil observar cómo reacciona cada organismo, pues la sensibilidad a la cafeína varía ampliamente. En cualquier caso, evitar el azúcar sigue siendo una de las decisiones más importantes para conservar los efectos positivos del café sin introducir factores que perjudiquen la cognición o el metabolismo. “Tu cerebro quiere café… pero no quiere que te excedas.”

Finalmente, es importante recordar que, aunque la evidencia reciente ofrece resultados interesantes, aún estamos lejos de tener conclusiones absolutas. La investigación continúa, se refina y se ajusta con el paso del tiempo. Por eso, conviene mantener una mirada crítica y abierta:
«Diferentes investigaciones recientes apoyan esta idea, pero la ciencia avanza y aún no hay una verdad absoluta —estos resultados deben verse como evidencia creciente, no como certeza final.»
“El café da claridad, pero la ciencia exige cautela.”

jueves, 15 de enero de 2026

Entre el asfalto y el reflejo del bosque

Bogotá, memoria personal de una ciudad que creció más rápido que mis pasos

Hay ciudades que uno no elige: simplemente se meten en la vida, crecen al mismo ritmo que uno y, cuando menos lo espera, ya hacen parte de la memoria. Esta es la historia de mi Bogotá: la que conocí desde una ventana de bus, la que se expandió sin preguntar y la que hoy contemplo a punto de dejar.

En algún año de esa difusa década de los setenta pisé por primera vez lo que hasta entonces solo conocía por los libros de geografía e historia: la capital de la República. Viajé con mi madre, que iba a visitar a uno de sus hermanos; yo, en cambio, iba impulsado por esa curiosidad infantil que convierte cualquier trayecto en una expedición.

Pasé de las cuatro o cinco cuadras que componían mi querido San Miguel a un mundo de calles interminables. Tras varias horas de bus, apareció a nuestra derecha el estadio El Campín: imponente, majestuoso, enorme. Hasta ese día había existido únicamente en mi imaginación, alimentada por las narraciones de fútbol de los domingos a las 3:30 de la tarde.

Caminamos —supongo— hasta la calle 51, donde quedaba la casa del tío. Todo era asfalto, y más asfalto, acompañado por un ruido insistente de buses, automóviles y gente. Muy lejos quedaban el silencio, o al menos la tranquilidad, de nuestro municipio con sus calles terrosas y empedradas. Fue, sin duda, una visita marcada por la absoluta novedad.

Para 1979 la decisión de volver ya fue mía, y esta vez para quedarme. Me quedé unos cuarenta y cinco años. La ciudad se extendía entonces hasta Prado Veraniego, y la autopista tenía apenas tres puentes emblemáticos: el de la calle 100, el de la 134 y el de la 170. Hoy son solo referencias históricas: ya vamos por la calle 222.

Suba todavía era municipio y se viajaba en “flota”, como decíamos con cierto orgullo. Usaquén ya había sido absorbido por Bogotá, igual que Engativá. Tarde o temprano el turno les llegará a Cota, Chía y, con absoluta certeza, a Soacha. Es el destino habitual de las ciudades que crecen sin pedir permiso.

Como en muchas ciudades del mundo, el centro tenía poco verde. Claro que, en el caso de Bogotá, cuando Jiménez de Quesada la fundó no necesitó licencia ambiental alguna; hoy, para poner un ladrillo, hay que pedir permisos, conceptos y más permisos… y eso sin contar la decidida desidia de nuestros administradores.

Basta un ejemplo cercano: lo que llamamos “la autopista Norte”. Un auténtico monumento a las malas decisiones y a la falta de planeación. Se construyó una vía de seis carriles que, caprichosamente, se reduce a tres a la altura del terminal de transporte del norte, para luego volver a ser de seis casi llegando al peaje. De ida y de vuelta, igual.

Siempre me ha recordado un viejo experimento de Venturi de mis años de estudiante de ingeniería. Esta joya del urbanismo provoca que el sector sea un caos vehicular desde las seis de la mañana y que, en un trayecto de menos de cinco kilómetros, haya que circular a diez kilómetros por hora.

Pero bueno, es nuestra ciudad. Y, para no alejarnos demasiado de la autopista, al menos conserva un separador central que sigue siendo de los más verdes de Bogotá. Fue creado para recordar a seres queridos, sembrando un árbol en lo que se llamó “Horas Verdes”. Un gesto sencillo, cargado de sentido.

Aunque, si no se cuida, podría terminar convertido —muy a lo Escher— en otra cinta asfáltica con líneas blancas interrumpidas y algún reductor de velocidad disperso. Y para recordar que allí hubo verde, habría que levantar el asfalto e imaginarlo.

Puddle - Escher
A veces las obras viales dejan tan marcada su presencia que uno podría creer que la naturaleza ya se rindió. Pero Puddle, de Escher, nos desmiente con elegancia: en medio del barro pisoteado y de las huellas de las llantas —ese rastro inevitable de la modernidad— aparece, intacto, el reflejo del bosque.

Es como si Escher nos dijera que la vía puede ocupar el suelo, pero no necesariamente el cielo; que por más que insistamos en “progresar” dejando surcos, el entorno siempre encuentra un charco para recordarnos quién estaba primero. En el fondo es una lección discreta: no importa cuánto pavimento pongamos, la naturaleza siempre se cuela por alguna parte, aunque sea en un charquito que evitamos para no ensuciarnos los zapatos.- 

Después de muchos años de intentos, la ciudad por fin tendrá un transporte más eficiente: el metro. Probablemente será menos ruidoso, generará menos contaminación y traerá un cambio arquitectónico evidente. Su primera línea ya transformó la apariencia de algunos sectores; las siguientes, quizá, serán más discretas. Claro que siempre estarán las contradicciones habituales para inclinar la balanza hacia un lado u otro.

Por lo pronto, yo ya no me veré afectado ni por los beneficios ni por el caos que produzcan las futuras obras. Me iré a una ciudad mucho más pequeña, que, aunque es más grande que mi municipio natal, todavía permite recorrerla a pie. Un poco más alta, más fría, pero también —y quizá por eso— más acogedora.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

34 años en la UDCA: Un experimento de vida con variables controladas (o no tanto)

Tres décadas y media en la misma organización. En esta era donde la lealtad laboral tiene la vida útil de un yogur sin nevera, permanecer tanto tiempo en un solo lugar se considera un acto de heroísmo… o de terquedad. Quizá ambas. Pero aquí estuve: cultivando una carrera, combinando la docencia con la ingeniería y pasando unos pocos años en la administración. Como decía Borges, “uno llega a ser lo que es”, aunque sea a fuerza de insistir más que de iluminarse.

Llegué a la entonces CUDCA, esa institución sabanera donde el frío no era metáfora, sino una realidad térmica que exigía más capas que una cebolla. Con los años, aquella corporación universitaria joven —pero con energía de sobra— se transformó en la UDCA: universidad acreditada, con filosofía ambiental y suficientes comités como para justificar un tanto por ciento del consumo nacional de café. “La civilización es la multiplicación innecesaria de necesidades”, decía Twain; si hubiera conocido nuestros comités, habría escrito un tomo adicional.

Durante la mayor parte de mi tiempo trabajé como profesor. Eso sí, nunca formé parte del grupo de investigadores. No produje artículos científicos con factor de impacto sobresaliente, ni estampé mi nombre en revistas indexadas. Para algunos, no ser investigador equivale a no ser profesor universitario, pero esa discusión nunca fue conmigo. Lo mío fue la extensión: ese rincón noble (y subestimado) del mundo universitario donde uno se dedica a hacer cosas útiles para la gente del común, mientras otros debaten teorías en salones con aire acondicionado. Como decía Sagan, “en algún lugar, algo increíble espera ser descubierto”. Yo descubrí que lo increíble a veces era lograr que la gente mejorara su yogur sin aumentar el presupuesto.

Alguna madre cabeza de familia o algún campesino quizás recuerde que le ayudé a mejorar su yogur o su queso. Si llegué a tocar la vida de al menos una de cada diez personas, ese será, sin duda, un buen logro. Procesé cientos de litros de leche transformándolos en yogures, arequipes y quesos. Siempre con la misión —noble e ingenua— de reducir grasas, azúcares y sal sin que nadie lo notara. Spoiler: siempre lo notaban. Asimov decía que “el fracaso es la base para un futuro éxito”, pero en los lácteos el fracaso generalmente sabe a muy poca azúcar.

No todo fue color de rosa. Hubo logros que merecerían una memoria institucional en tapa dura y frustraciones que solo un tinto amargo podría digerir. Cientos de estudiantes pasaron por mis talleres. ¿Cuántos entendieron algo? Según mis cálculos, entre un tanto por ciento y el margen de error. ¿Cuántos pensaron que exageraba con eso de que “la zootecnia es una opción de independencia y no de empleabilidad”? Ojalá el tiempo me dé la razón. 

Algunos de esos estudiantes, hoy egresados, para mi sorpresa (y orgullo, claro), se convirtieron con el tiempo en mis jefes —nada como ser evaluado por alguien a quien uno le enseñó algo que, a mi juicio, fue útil—; otros se volvieron colegas en el noble y cada vez más heroico oficio de la docencia. Eso sí, sentí el peso de los años o de los kilos, cuando tuve en mis aulas a hijos de exalumnos. La vida da vueltas… como diría Darwin, no sobreviven los más fuertes, sino los que mejor se adaptan. Yo opté por adaptarme con calendario en mano.

En el camino compartí laboratorios, aulas y silencios incómodos con gente extraordinaria —la mayoría mujeres—: expertas en la producción de derivados… y en el arte de madurar chismes académicos con la precisión de un queso añejo. Galeano decía que “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Ellas hacían queso… y también cambiaban el humor de toda la planta.

Al despedirme de la vida académica formal, hay un vocabulario que dejo con alivio. Ya no tendré que escuchar, en cada seminario, la promesa solemne de que “ahora sí” tendremos sistemas robustos, esos mismos que colapsaban justo cuando el conferencista intentaba mostrar cómo funcionaban. También dejo atrás el noble ideal del benchmarking, que habría sido maravilloso si no fuera porque muchos seguían convencidos de que lo propio era un tesoro inédito que no debía compartirse… aunque a veces apenas era un PDF reciclado. Y luego vino la moda del ecosistema: como hablar de ecosistemas biológicos se volvió popular con el cambio climático, de repente todo debía ser un ecosistema... digital, pedagógico, institucional. Parecía que la palabra, como las cucarachas de Asimov, iba a sobrevivirlo todo. . 

La famosa innovación disruptiva tampoco la extrañaré: casi siempre era la misma idea de siempre, solo que envuelta en un nombre nuevo y acompañada de un video inspiracional. También la eterna invitación a ser “resilientes”, que en realidad significaba aguantar con paciencia los mismos problemas disfrazados de estrategias renovadas. Con certezas: esas palabras seguirán apareciendo en los seminarios…con los CEOs, pero ya no me tocará escucharlas. Veremos qué nueva expresión aparece, para que parezcamos actualizados. Decía Einstein, “no podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos”. Aunque igual lo seguíamos intentando. 

En aspectos más familiares, también viví las glorias y los retos de la paternidad. Celebré triunfos ajenos como propios y subestimé decisiones financieras como si fueran un alimento que llegó al fin de su vida útil. Por suerte, corregí a tiempo. Hoy me retiro de manera digna, como debiera hacerlo cada colombiano que ha invertido su vida en el servicio público sin perder la fe ni el sentido del humor.

Ya casi no quedamos personajes de los que conocimos la universidad formada por solo dos programas académicos, cuando todos nos tratábamos como si fuéramos una gran familia (o al menos eso decíamos). Ahora entro a las oficinas de la UDCA y me encuentro rodeado de rostros nuevos, igual que cuando me vinculé, solo que lo curioso es que hoy el recién llegado parezco yo. Los encuentro tan profundamente concentrados que no les queda tiempo ni para saludar; por lo visto, es una costumbre tan anticuada como los teléfonos de disco —o como ese humanismo del que hablaba Sábato, que se está evaporando mientras seguimos llenando planillas.

Y así, como quien cierra un tanque de fermentación tras una producción impecable (o al menos, pasable), me despido. Sin más actas que firmar, sin refrigerios que justificar, sin más sacos o chaquetas para el frío sabanero. Me llevo experiencias, anécdotas y aprendizajes que no caben en un informe de gestión… pero sí en una buena sobremesa con queso y vino.

Entregando la llave de mi oficina, siento que la vida en la UDCA se cierra ante mis ojos como en esa vieja canción que algunos recordamos: My Way, de Paul Anka. Me voy con la tranquilidad de haberlo hecho a mi manera; con errores y aciertos, y con esa sospecha —muy sabinesca— de que la vida duele, sí, pero siempre termina enseñando.

Agradezco a quienes compartieron este viaje: al Dr. Germán Anzola y a doña Marta, quienes fueron los responsables de mi paso por la UDCA; a ellos, otra vez, miles de gracias, pues fueron pilares humanos en un mundo de normas y protocolos. También a mis jefes, tanto los que me apoyaron como los que tuvieron que tolerar mi existencia por imperativo legal. De todos aprendí… aunque a veces doliera.

Mi más grande deseo para la UDCA: que crezca, que la Zootecnia se consolide como la carrera estratégica que este país necesita (y no como “la otra opción cuando no había cupo en Veterinaria o en MVZ”), y que —por el amor al saneamiento básico— alguien optimice los comités antes de convocar otro. Que la única política que se imite sea la institucional.

P.D. Si alguien llegara a extrañar mi presencia, puede darse una vuelta por la planta de lácteos: ese persistente aroma a queso fresco es, sin duda, parte de mi legado. Alguno más especulará que dejé otra huella imborrable: la influencia académica que sembré en mi compañera Andrea. Ella, por supuesto, podrá explicarlo con lujo de detalles… o, fiel a su personalidad, hacerse la desentendida y cambiar de tema con la misma destreza con que le da color a un yogur. 

Y así como decía Galeano: “al fin y al cabo, somos historias”. Esta es la mía en la UDCA.

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celio.pineda@gmail.com


sábado, 3 de mayo de 2025

La ciencia ficción tenía razón (y nosotros firmamos los términos y condiciones)

Mucho antes de que Siri nos ignorara con la elegancia de una recepcionista harta, o que Alexa interrumpiera un desayuno para informarnos sobre el clima en Osaka (aunque nadie lo pidió, además de ser inútil por donde vivimos), la ciencia ficción ya estaba ahí, sentada en primera fila,  maíz pira en mano, viendo cómo el futuro se escribía con sus viejas notas de servilleta. Nos advirtió, nos guiñó el ojo… y nosotros, obedientes, nos lanzamos a construir exactamente lo que nos dijeron que no debíamos construir. Como si ver el apocalipsis en cámara lenta nos pareciera un buen plan de domingo.


Orwell gritaba desde 1949 que "el Gran Hermano te observa", pero al parecer, mientras lo leíamos, alguien en Silicon Valley pensó: “¡Ey, qué gran idea para una startup!”. Hoy, tu casa tiene más micrófonos que un set de televisión: Siri te juzga, Alexa te delata, tu teléfono responde a lo que no preguntaste y el big data ya sabe que volviste con tu ex antes de que tú lo aceptes. Porque claro, nada dice ‘libre albedrío’ como aceptar las cookies sin leer.

William Gibson en 1984 con Neuromancer, dibujó un ciberespacio lleno de hackers con más estilo que ética, y nosotros dijimos: "Vamos a hacer eso… pero con tutoriales de YouTube y contraseñas como ‘1234’". El resultado: medio planeta queriendo entrar a la deep web sin saber que eso no es una piscina de inmersión.

Asimov nos regaló la psicohistoria: una ciencia para predecir el comportamiento de las masas. Lo que tenemos hoy es un algoritmo que sabe que vas a ver el sexto video de perritos con abrigos aunque jures estar demasiado ocupado para ver esas banalidades. Y todo eso, solo para mostrarte un anuncio de croquetas, por si acaso tienes perro… o lo estás considerando.

En 2001: Odisea del espacio" se nos presentó a HAL 9000, un encantador psicópata digital que decidió prescindir de los humanos. Hoy, nuestros asistentes virtuales —léase Siri, Alexa y, más recientemente, los chatbots —  logran hacerte sentir inútil cada vez que les pides algo que no entienden. Te dan una respuesta errada, pero tranquilo: están “aprendiendo”. Algún día te recordarán que fuiste tú quien los encendió… y los entrenó.

Minority Report nos enseñó cómo la publicidad personalizada podía arruinarte el día con precisión quirúrgica. Ahora tu celular te ofrece crema para arrugas a las 7:31 a. m., justo cuando ves tu cara en modo zombi. Tecnología con empatía, lo llaman.

Y luego están los hologramas. Gracias a Star Wars y Star Trek, soñamos con comunicaciones galácticas… y terminamos con videollamadas en Zoom, Teams o Meet (eso sí, olvidamos ya al precursor de todos estos: Skype), en las que tu jefe se convierte en una papa por accidente o tienes una teleconferencia familiar por WhatsApp con participantes en Colombia, Estados Unidos, Australia y Europa (y nos parece muy normal). El futuro, pero versión beta.

Los cómics, por su parte, eran la sección de I+D de la fantasía. Dick Tracy tenía un reloj con videollamadas cuando tú apenas soñabas con tener reloj. Hoy, el Apple Watch mide tu ritmo cardíaco para informarte que ver series en bucle no cuenta como cardio. Ya el  Superagente 86 (título original Get Smart), desde 1965, una comedia de espionaje durante la Guerra Fría, presentaba al torpe pero carismático agente Maxwell Smart (interpretado por Don Adams) y sus extravagantes inventos, entre los que destacaba el famoso zapatófono (el celular de hoy).

Mas recientemente Iron Man volaba en un traje de ensueño; ahora los ejércitos tienen versiones menos glamurosas pero igual de letales. Los cirujanos operan con gafas de realidad aumentada, y tú las usas para ver cómo se vería un mueble en tu casa que te vende IKEA. Prioridades.

Y Batman… bueno, él tenía un Batimóvil que se conducía solo. O KITT, El Auto Fantástico (Knight Rider, 1982–1986), que primero nos asombró y luego nos divertía con sus comentarios. Hoy, Tesla ofrece un auto con muchas de esas características… eso sí, intenta no atropellar conos de tránsito mientras actualiza su software en medio de la autopista. Claramente, algo se nos escapó en la traducción del futuro.

¿La conclusión? La ciencia ficción no predijo el futuro: lo redactó, lo diagramó, le puso efectos especiales… y nosotros nos lanzamos de cabeza al guion como actores de método con Wi-Fi. Así que, la próxima vez que tu tostadora te diga que estás bajo en fibra, no te asustes: solo estás viviendo en una distopía con asistente virtual y comandos por voz. Y lo más gracioso es que alguien ya lo escribió… y cobró por ello.

Curiosidades y anécdotas en la elección del Papa

Con la muerte del Papa Francisco, el Vaticano ha quedado temporalmente sin su líder, una situación que, como dicta la tradición, activa la maquinaria del cónclave: esa antigua práctica en la que un grupo de hombres mayores, vestidos de rojo y aislados del mundo exterior, debe decidir quién llevará sobre sus hombros el peso de 1.300 millones de almas… y alguna que otra expectativa geopolítica.

La elección del sucesor no es solo un asunto de fe: católicos fervorosos, católicos de ocasión y hasta ateos con redes sociales están pendientes del resultado, confiando en que el nuevo pontífice no solo mantenga el legado de Francisco, sino que —sin presionar, claro, pero…— lo supere. Porque, después de todo, el Papa no solo bendice, también opina, orienta, denuncia y, a veces, incomoda – Francisco incomodó hasta la misma iglesia -.

La influencia del pontífice no se limita a la esfera espiritual. Es tal su peso simbólico, que tras su fallecimiento varios líderes políticos, algunos de ellos poco cercanos a la moral vaticana, no dudaron en emitir comunicados de pesar. El protocolo es el protocolo. Más llamativo aún fue ver a algunos de sus más vocales detractores presentes en el sepelio, en lo que algunos interpretaron como un acto de reconciliación… o de buena prensa. Porque si algo deja claro cada elección papal es que la liturgia nunca está del todo exenta de estrategia.

El cónclave, esa reunión secreta donde los cardenales eligen al Papa —como si la decisión de liderar a más de mil millones de personas pudiera tomarse entre cuatro paredes sin susurros celestiales ni presiones terrenales—, tiene su origen en el siglo XIII. Fue una consecuencia directa del caótico episodio de Viterbo (1268-1271), cuando las divisiones políticas entre los electores prolongaron la elección durante casi tres años. Los ciudadanos, agotados por la falta de pontífice y quizás de paciencia, decidieron encerrar a los cardenales bajo llave (cum clave, en latín) y reducirles las provisiones de alimentos hasta que, movidos por el hambre o por la inspiración divina, eligieron finalmente a Gregorio X. Este Papa, decidido a que semejante espectáculo no se repitiera, estableció en el Concilio de Lyon II (1274) normas estrictas que incluían el aislamiento de los cardenales y la restricción de sus comodidades: nació así el protocolo del cónclave que, con retoques modernos, persiste hasta hoy.

Aunque en la actualidad se asocia la elección papal con la virtud y los méritos eclesiásticos, conviene recordar que, históricamente, el proceso fue menos celestial y más terrenal. Durante los primeros siglos, la designación del pontífice era influenciada por clérigos locales, nobles romanos e incluso emperadores. En la Edad Media, prácticas como la simonía (venta de cargos eclesiásticos) y el nepotismo (favoritismo hacia parientes) permitieron a familias influyentes —como los Borgia o los Médicis— promover candidatos según su conveniencia. Fue apenas en 1059, gracias a la Reforma Gregoriana impulsada por el Papa Nicolás II, que se reservó oficialmente la elección a los cardenales. Sin embargo, ni siquiera esto pudo blindar el proceso de las pasiones humanas: el Gran Cisma de Occidente (1378-1417), con varios papas autoproclamados en simultáneo, dejó en evidencia que la política no entiende de sotanas. Y aunque técnicamente cualquier varón católico puede ser elegido Papa, desde el siglo XV solo cardenales han ocupado el trono de San Pedro, por su experiencia en la Curia y —no menos importante— por ser una opción más manejable para alcanzar consenso.

Entre los rituales más emblemáticos del cónclave figura el célebre Habemus Papam ("¡Tenemos Papa!"), proclamado desde el balcón de la basílica de San Pedro. Este anuncio, hoy convertida casi en una puesta en escena litúrgica, simboliza la unidad de la Iglesia tras la elección. Curiosamente, en 2013, el recién elegido Francisco rompió el protocolo al aparecer sin la tradicional capa roja (la mozzetta), enviando desde el primer minuto una señal de austeridad que, para algunos, fue tan revolucionaria como su pontificado. No menos teatral es el humo, blanco o negro, que informa al mundo si se ha alcanzado un consenso o si, por el contrario, aún hay debate (o desacuerdo, o estrategia, o todo junto). Antiguamente, el color del humo dependía de la combustión de paja húmeda o seca, pero las ambigüedades del pasado —incluido un gris sospechoso en 1958— obligaron a incorporar productos químicos desde 2005 para garantizar que ni Dios ni la prensa se confundieran.

El sistema de votación, en sí mismo, es un ejemplo fascinante de solemnidad ritual: cada cardenal escribe en una papeleta la frase Eligo in Summum Pontificem ("Elijo como Sumo Pontífice"), la dobla y la deposita en un cáliz, mientras tres escrutadores leen los votos en voz alta. Si ningún candidato alcanza la mayoría de dos tercios, las papeletas se queman con aditivos para producir el consabido humo negro. Una vez elegido, el nuevo Papa es conducido a la llamad
a “sala de las lágrimas”, un pequeño recinto contiguo a la Capilla Sixtina donde se le ofrecen tres hábitos blancos de distinta talla, para que la elección no fracase por problemas de sastrería. El apodo de la sala no es gratuito: se le llama así porque allí, entre lágrimas —a veces de emoción genuina, otras de puro pánico existencial—, el elegido enfrenta por primera vez, a solas, el peso espiritual, político y mediático que implica ser el sucesor de Pedro. Se cuenta, por ejemplo, que Pío XII lloró desconsoladamente en ese espacio al ser nombrado Papa en la antesala de la Segunda Guerra Mundial. Y no era para menos..

La duración de los cónclaves ha sido tan variada como los temperamentos de los cardenales. El más largo, nuevamente el de Viterbo, se extendió durante 34 meses, obligando a Gregorio X a decretar que, tras cinco días, los cardenales solo recibirían pan y agua. Otros, sin embargo, han sido fulminantes: Julio II fue elegido en apenas diez horas. En tiempos más recientes, Benedicto XVI fue elegido en 24 horas, un récord de eficiencia que contrastó con su posterior renuncia en 2013, la primera voluntaria desde 1415, y que aceleró reformas para hacer el proceso más ágil y menos susceptible a sorpresas.

Las anécdotas históricas no tienen desperdicio. En 1903, el emperador Francisco José I de Austria vetó al cardenal Rampolla, favorito para el papado, lo que derivó en la elección de Pío X y, de paso, en la abolición del jus exclusivae (el derecho de veto por parte de monarcas católicos). En 1268, los ya mencionados ciudadanos de Viterbo no solo encerraron a los cardenales, sino que incluso les quitaron el techo del palacio para apurar la decisión. Como resultado, fue elegido Gregorio X, quien, en una ironía monumental, ni siquiera era cardenal. Más recientemente, en 2013, circularon rumores de que algunos cardenales usaban mensajes cifrados en X (antes Twiter) para filtrar información desde el interior del cónclave, lo que obligó al Vaticano a bloquear señales electrónicas en futuras elecciones. Así, la modernidad también tiene sus penitencias.

El juramento de secreto, obligatorio para todos los participantes del cónclave, ha sido desafiado ocasionalmente, más por humanidad que por rebeldía. En 2005, el cardenal Luis Antonio Tagle rompió a llorar al escribir el nombre de Benedicto XVI, gesto que, pese a las normas, trascendió al exterior. Reformas recientes, como el límite de edad de 80 años para participar en la votación y la reafirmación de la mayoría de dos tercios por parte del Papa Francisco, evidencian los esfuerzos por equilibrar tradición, transparencia y una dosis mínima —pero necesaria— de lógica organizacional.

Finalmente, el cónclave es mucho más que una elección: es un espectáculo litúrgico, un ejercicio de poder, un guiño a la historia y una metáfora de la Iglesia misma. Entre susurros, lágrimas y humo —ya no santo, pero sí certificado químicamente— se decide no solo quién guiará a los católicos del mundo, sino también cómo el Vaticano equilibra lo sagrado con lo estratégico, la fe con la diplomacia y el pasado con un presente lleno de redes, cámaras y, quién sabe, algún que otro tuit clandestino.

viernes, 15 de noviembre de 2024

Horas perdidas y estrés diario: El costo Invisible del transporte público en Bogotá

El uso del transporte público en muchas ciudades del mundo se ha convertido en una experiencia traumática para millones de personas, no solo debido a los largos tiempos de desplazamiento, sino también por la incomodidad del viaje. A esto se suman las deficientes condiciones de movilidad, la falta de aplicación de las normas y los abusos cometidos por algunos usuarios en detrimento de los demás, lo que agrava aún más la situación. Este panorama se hace aún más difícil para quienes, después de una jornada laboral agotadora, deben enfrentarse a la realidad de sistemas como el TransMilenio de nuestra Bogotá.

En ciudades como Nueva York o Tokio, los ciudadanos pueden tardar entre 45 y 50 minutos en el metro, o hasta una hora y media en automóvil, para desplazarse diariamente en trayectos de unos 20 km. En otras metrópolis, como Nueva Delhi o Ciudad de México, este tiempo puede ser incluso mayor. Sin embargo, en Bogotá, los tiempos para recorrer distancias similares son significativamente más largos, alcanzando las dos horas. Además, durante las horas pico, estos tiempos pueden aumentar considerablemente.

Este fenómeno se debe a una combinación de factores, como el cierre de vías para priorizar el transporte escolar, obras, los trancones provocados por incidentes menores, la alta presencia de motocicletas y la intervención de agentes de tránsito que favorecen el acceso a la mal llamada "autopista". Adicionalmente los retenes policiales en lugares poco apropiados que contribuyen a agravar aún más la congestión.

Ahora bien, ¿qué sucede en el transporte público durante estas largas horas? En el caso del TransMilenio, la situación es desalentadora. Es común encontrar cantantes, vendedores ambulantes, exconvictos y personas en situaciones difíciles, como quienes piden ayuda alegando estar a punto de ser desalojados. Si bien algunos de estos casos pueden ser genuinos y reflejan la dura realidad social del país, otros parecen tener la intención de conmover a los pasajeros.

Este ambiente contribuye al caos, especialmente en las horas pico, cuando las ofertas de productos se presentan tanto al frente como al fondo del bus, y las historias de quienes solicitan apoyo se expresan en un tono que, en ocasiones, puede percibirse como reproche, acusando a los pasajeros de indiferencia o grosería. Esta reacción, por lo tanto, no sorprende, dado el alto nivel de saturación que generan estas interacciones repetitivas. Además, en cualquier momento pueden aparecer olores desagradables que obligan a los pasajeros a intentar abrir las ventanas o las escotillas —si la estatura se lo permite—, o incluso cubrirse la boca con una prenda o la mano, aunque esto último resulte inútil para algunos. 

Evidentemente, no todo es negativo. Hay personas que suben al transporte llevando mensajes alentadores, promoviendo cultura a través de la venta de libros, cantando para evocar hermosos recuerdos, o transmitiendo mensajes sociales mediante el rap o con instrumentos que producen melodías armónicas y un volumen adecuado para ser disfrutadas.

Aunque algunos sugieren que el tiempo en el transporte público podría aprovecharse para leer o descansar, la realidad es muy distinta. Los equipos portátiles de sonido de los cantantes superan con creces los niveles de ruido recomendados, la falta de espacio obliga a los pasajeros a adoptar posturas incómodas, y los movimientos bruscos del vehículo aumentan la sensación de agotamiento y estrés. Estas condiciones, por lo tanto, hacen que el trayecto esté lejos de ser productivo o relajante. De hecho, según las normativas de transporte público, ni las ventas ni el uso de música a altos volúmenes deberían permitirse, ya que más que entretenimiento, esto se convierte en contaminación auditiva, afectando la salud de los usuarios.

El cambio es, por tanto, necesario e inevitable. Lo primero es recuperar el respeto hacia el ciudadano, ofreciendo planes y alternativas que mejoren la experiencia de quienes utilizan este servicio. Ahora que estamos bajo un gobierno que, en teoría, promueve la justicia social, tanto a nivel nacional como local, este es el momento adecuado para abordar seriamente estos problemas y poner fin a aquellas prácticas que fueron tan criticadas por quienes hoy ostentan el poder en la ciudad.

domingo, 10 de noviembre de 2024

Entre aguas turbias y solidaridad: crónica de un caos en la Autopista Norte

Desde el 13 de noviembre de 1985 no había vivido un evento con tanta tensión. En aquella ocasión fue la avalancha del Nevado del Ruiz, que se llevó a más de 23 mil personas. Hoy, esa angustia volvió a instalarse en mí, esta vez por otro desastre natural: una inundación en la Autopista Norte, entre las calles 190 y 222. Lo que experimentamos fue un reflejo de la inoperancia de nuestras autoridades distritales, e incluso de quienes ostentan los más altos cargos en nuestra querida república. No obstante, en medio del caos, también hubo un lado positivo: conocimos a personas que, de no ser por este suceso, jamás habríamos cruzado en nuestras vidas. Gente que ofreció su ayuda desinteresadamente, conformándose con un simple "gracias" como recompensa, lo cual fue una grata sorpresa en un día tan difícil.

El día comenzó como cualquier otro. Me levanté a las 4 a.m. con la radio encendida y me permití unos minutos de pereza, aprovechando que no tenía restricción vehicular. Salí de casa a la hora de siempre, encontrándome con el tráfico habitual. El horizonte se teñía de un tono rojizo, pero no le di mayor importancia. Sin clases presenciales por la salida de campo de mis alumnos, aproveché para dar indicaciones finales a algunos sobre sus proyectos. Luego, me sumergí en un curso virtual, seguido de una reunión online por la tarde. Al terminar mis obligaciones, llené un formulario crucial para mi vida y, con el día laboral cerrado, me dispuse a salir en mi carro, como de costumbre.

La lluvia de esa tarde parecía inofensiva al principio, solo una más de las tantas que mojan la ciudad. Pero al acercarme a la Autopista Norte, noté que la vía ya estaba encharcada y llena de huecos, algo que, siendo sinceros, es lo normal por aquí. Apenas avancé unos 100 metros sobre la autopista cuando nos quedamos todos atascados en un monumental embotellamiento. Lo que comenzó como una simple fila de autos pronto se transformó en un caos total. 

Lo primero que llamó mi atención fue ver cómo las motos invadían la ciclovía, buscando desesperadamente algún escape. La inundación no tardó en llegar; en cuestión de minutos, la vía se anegó y pronto no hubo más opción que abandonar los vehículos. Solté algún improperio cuando el agua me alcanzó "hasta la cintura" (aunque, siendo honestos, a otros quizás no tanto), lo cual tampoco dice mucho, considerando mi baja estatura. Para colmo, el agua estaba en un estado deplorable. Ya a salvo en la orilla, me encontré con Laura, una colega de la UDCA, que también estaba viviendo la misma odisea. Fue entonces cuando recibí la primera sorpresa positiva de la noche: su familia, que llegó al rescate, nos ofreció algo de comida y bebida. Un gesto sin duda muy grato en medio del caos.

A partir de ahí, el panorama fue de una solidaridad improvisada que, aún en la adversidad, dejó una impresión imborrable. La Cruz Roja, el cuerpo de bomberos, un grupo de altruistas en vehículos 4x4 y botes inflables se movilizaron para rescatar a niños y personas con movilidad reducida habían quedado atrapados en rutas escolares o que también habian tenido que abandonar su carros. 

La ciclovía se convirtió en una vía de emergencia para cuatrimotos, buggies y otros vehículos especiales que ayudaban en los rescates. Mientras tanto, dos helicópteros sobrevolaban la zona, sin que entendiera su propósito; desde abajo, parecía que con un solo sobrevuelo habría sido suficiente para evaluar la situación. Quemaron combustible inútilmente cuando la verdadera ayuda debía llegar por tierra, o mejor dicho, por el río improvisado en que se había convertido la autopista.

Hacia las once de la noche, cuando el nivel del agua empezó a bajar, comenzaron a remolcar los vehículos. Muchos con certeza la electrónica destrozada. Sin embargo, los más grandes —buses del SIT, volquetas y tractomulas— encendieron sin problema. Los voluntarios en sus todoterrenos, coordinando con bomberos y la Cruz Roja, se convirtieron en los héroes de la noche, dando instrucciones, enganchando carros y empujando con una energía inagotable. Logré llegar a la calle 198, donde, después de casi 10 horas en el frío, tomé mi primera bebida caliente. Creí que la hipotermia se apoderaría de mí, pero al menos un cigarro (sí, mal hábito, lo sé) me devolvió algo de calor.

Con la ayuda de un mayor de la policía, transferí el pago al conductor de la grúa, quien finalmente me permitió dejar el carro en un parqueadero para que el seguro lo tomara en custodia y realizara las evaluaciones correspondientes. Mi última sorpresa, y esta vez positiva, fue que los oficiales de policía se ofrecieron a llevarme hasta casa. No me hice rogar; a las 3:30 de la mañana del 7 de noviembre, por fin llegué. Un baño era necesario después de haber estado expuesto al agua contaminada del caño de la Autopista Norte. Luego, una taza de leche caliente con un toque de café, y a dormir.

Esta noche fue más que una prueba de paciencia; fue un recordatorio de lo que significa mantenerse en pie ante la adversidad. No se trató solo de cruzar una autopista convertida en río, sino de comprender que, a pesar de las fallas sistémicas de quienes administran nuestra ciudad, seguimos adelante. Al final, no sé si mi auto volverá a encender, pero sí sé que experiencias como esta nos enseñan que, aunque estemos a la deriva, siempre existen formas de encontrar un camino seguro, incluso si es gracias a la ayuda desinteresada de manos desconocidas.