martes, 28 de abril de 2026

Agotamos nuestro hogar planetario… y soñamos con otro inhóspito

Tras los trágicos accidentes del programa del transbordador espacial de la NASA, la agencia estadounidense quedó en una situación bastante incómoda: dependía de otros para hacer lo que durante décadas había liderado. Sin capacidad inmediata para enviar astronautas al espacio, tuvo que recurrir a los Soyuz rusos para mantener operativa la Estación Espacial Internacional y no dejar perder años de inversión científica.

Ese vacío, como era de esperarse, no se quedó sin dueño. Aparecieron nuevos actores, no precisamente modestos: multimillonarios formados en sectores como la movilidad eléctrica, la tecnología y el comercio digital, que decidieron invertir sumas enormes en un terreno que antes era exclusivo de las potencias. Fortunas construidas aquí, con los terrícolas, con mercados reales y problemas concretos… pero ahora orientadas a resolver otros, bastante más lejanos.

Elon Musk, con SpaceX, fue quien logró restablecer el envío de astronautas estadounidenses al espacio. No fue fácil: hubo intentos fallidos, pruebas tensas y varios momentos en los que el optimismo parecía exagerado. Pero finalmente lo consiguió. Solo que ahí no terminaban las aspiraciones de Musk, la órbita baja es apenas un paso intermedio. La meta real es Marte.

Allí ya hay robots, enviando información no se sabe qué tan valiosa. Pero la apuesta de Musk va mucho más allá: colonias humanas permanentes usando Starship. Un proyecto ambicioso, sí, pero también marcado por explosiones que, vistas desde fuera, parecen fuegos artificiales bastante costosos.

Y no es el único. Jeff Bezos, con Blue Origin, y otros actores están en la misma carrera. Cada uno con su visión… y con su presupuesto.

Aquí es donde aparece la incomodidad, con un matiz inevitable de ironía. Las mismas fortunas que se construyeron gracias a millones de personas en este planeta —los terrícolas de a pie— hoy parecen no encontrar suficiente mérito en invertir decididamente en salvar el llamado planeta azul. En cambio, se proyectan hacia el planeta rojo, con una lógica que roza la apropiación anticipada de un mundo que, por ahora, no ofrece nada: un territorio inhóspito, sin aire, sin vida, al parecer con una historia muy trágica.

Mientras tanto, nuestros desiertos presentan ventajas evidentes: atmósfera respirable, acceso al agua y una auténtica posibilidad de recuperación. Aunque cubren cerca de un tercio de la superficie terrestre emergida —unos 50 millones de km²—, siguen siendo territorios poco atendidos. En Colombia, la escala es menor, pero no por ello irrelevante: el desierto de La Guajira supera los 20 000 km², y el de La Tatacoa ronda los 330 km². Son espacios reales, disponibles y con condiciones mucho más favorables que cualquier proyección marciana.

La paradoja no es difícil de ignorar. Mientras la Tierra enfrenta problemas cada vez más serios, parte del esfuerzo más avanzado de nuestra especie está enfocado en irse a otro planeta. Uno donde, por ahora, ni siquiera se puede respirar.

Tal vez el problema no es la ambición, que siempre ha sido motor de avance, sino hacia dónde se dirige. Porque antes de pensar en convertirnos en una especie interplanetaria, habría que demostrar que somos capaces de sostener el único lugar donde ya sabemos vivir.

Y entonces queda la pregunta: ¿de verdad necesitamos conquistar otro mundo antes de aprender a cuidar este?

martes, 21 de abril de 2026

Visitar el Museo del Oro en Bogotá: una experiencia que va más allá de lo que se ve

Poporo Quimbaya 

Hay planes que uno hace sin mayor expectativa.

Un recorrido por el centro, una caminata más… y ya.

Pero esta vez no era así. La expectativa era grande… y aun así terminó siendo mejor.

Lo que parecía rápido se convirtió en otra cosa. Un pequeño viaje en el tiempo.

Hace unos días salimos con la intención de visitar el Museo del Oro, pero, casi sin darnos cuenta, la visita se fue extendiendo hasta convertirse en un recorrido por el centro histórico de Bogotá.

Ahí, en el Parque de Santander, en plena Calle 16 con Carrera 6, como quien no quiere la cosa, se guarda buena parte de lo que fuimos… y también de lo que nos quitaron.

Llegar fue sospechosamente fácil —casi un milagro bogotano—.
Y adentro, el ambiente hace lo suyo: uno entra caminando y sale pensando.

Un museo que se deja entender

El museo, hay que decirlo, está en un gran momento.

La renovación reciente le sentó bien:
luces precisas (no para lucirse, sino para cuidar lo que queda),
recursos interactivos que realmente ayudan,
y una organización que pone miles de piezas en orden.

Todo claro.
Todo bien explicado.

Aunque, claro, las piezas más valiosas siguen guardadas en una bóveda que se cierra cuando sale el último visitante… por si acaso.

Lo que se ve… y lo que falta

Recorrer esas salas también tiene algo de ironía.

Muchas piezas vienen de la época de la Conquista de América, cuando el “intercambio” era, en realidad, entregar oro… quisiera uno o no.

El resto se fundió.
Se volvió lingotes.
Y no volvió.

Lo que hoy vemos son sobrevivientes.

Rescatados desde el siglo XIX, cuidados desde 1939, organizados para que podamos entender algo de lo que quedó.

Y si queda duda de lo que falta, basta pensar en el Galeón San José, hundido frente a Cartagena de Indias:
un museo completo… pero bajo el agua.

Piezas que dicen más de lo que parecen

Entre todo, hay objetos que detienen.

El Poporo Quimbaya es uno de ellos.
No es el único, pero sí el que más se queda en la cabeza.

Pequeño, preciso, hecho con técnica impecable.
Pero más allá del oro, lo que importa es su uso: acompañaba el mambeo, ese ritual para pensar, decidir, procesar.

Una pieza pequeña… con más contenido que muchas mentes llenas de datos.

Luego está la Balsa Muisca.

Ahí está, quieta, detallada, casi perfecta.
Y sin embargo, carga con una historia enorme: el mito de El Dorado.

Trece figuras sobre una balsa.
Un cacique.
Una ceremonia.

Y alrededor de eso, siglos de búsqueda… y de malentendidos.

Salir con algo más

Al final, la visita deja una mezcla difícil de separar:orgullo… y reflexión.

Porque lugares como este no solo guardan objetos.
Guardan preguntas.

Ayudan a entender algo de lo que somos, incluso desde lo que se perdió.

Si se pasa por Bogotá —y más aún en buena compañía—, vale la pena.
Por el precio de una entrada modesta (a veces incluso gratuita), uno sale con algo más valioso:

una idea dando vueltas.

Y sí, queda el antojo de llevarse una réplica.
Pero basta ver los precios para entender que varias visitas salen más baratas…
y seguramente dejan más.



lunes, 13 de abril de 2026

10 cosas que solo entienden los colombianos (si reconoces varias, ya eres uno)

Expresiones colombianas
Expresiones colombianas - CEPR
Hacía mucho tiempo no caminábamos por el centro histórico de Bogotá. Esta vez, con una intención muy clara, entrar al Museo del Oro: una verdadera joya de la cultura precolombina. Grande, sí… aunque uno no puede evitar pensar que sería aún más grande si parte de esa “colección” no hubiera salido en modalidad de exportación temprana en la era de la conquista, con destino más bien cierto y tiquete solo de ida.

A la salida, tomamos la calle 11, que desemboca en La Casa del Florero —como recordatorio poco sutil— en otra capa de nuestra historia: la independencia… y, más acá en el tiempo, la toma y destrucción del Palacio de Justicia. Bogotá siendo Bogotá: te educa y te confronta en la misma cuadra.

Luego, iniciamos el regreso por la séptima hacia la 19. Peatonal, sí… pero hoy más parecida a un bazar con especialización en el rebusque. Se vende de todo, absolutamente todo. Y entre ese “de todo”, un escaparate, llamó mi atención, unas placas que imitan las de los carros, pero que, en lugar de números, traen algo mucho más útil: palabras o expresiones muy propias del lenguaje colombiano.

Porque, claro, si algo sabemos hacer es ponerle matrícula al lenguaje. ¿Quién usa estas expresiones? Fácil: todo el mundo… aunque nadie admita que las usa tanto.

En cada una de estas placas hay más que humor: hay calle, memoria y una manera muy nuestra de procesar la realidad. Son palabras o expresiones que nacen en la esquina, en la tienda, en el bus, el transmi o en la charla improvisada, y que —sin pedir permiso— terminan convertidas en identidad nacional.

Porque en Colombia no solo hablamos… reinterpretamos, exageramos y, si hace falta, sobrevivimos con estilo.

Algunas joyas del repertorio —no porque sean las más sobresalientes, sino porque a mí me impactan más—. No vale preguntarse si vienen del latín o del griego, ni ponerse a rastrear etimologías: simplemente se entienden.

• “¿Qué hubo?” → Saludo exprés, sin rodeos ni protocolo.
• “Parce / parcero” → Amigo, hermano no oficial, socio de anécdotas.
• “A camellar” → Elegante forma de decir: toca trabajar.
• “De una” → Aprobado sin comité ni segunda lectura.
• “La buena” → Deseo de bienestar, buena energía para el otro.
• “Qué chimba” → Categoría superior de aprobación (depende del tono… y del contexto).
• “Paila” → Diagnóstico breve: nada que hacer.
• “Quiubo pues” → Saludo con identidad regional incluida.
• “No dar papaya” → Filosofía preventiva nacional.
• “Severa vuelta” → Nivel de complejidad: mejor dicho, complicado.

Estas palabras o expresiones no solo comunican: identifican. Son códigos que nos permiten reconocernos en cualquier parte, como si lleváramos una cédula invisible en la forma de hablar.

Después de ver lo que nuestras comunidades indígenas eran capaces de hacer con los metales —especialmente el oro—, con una destreza que hoy sigue asombrando, uno entiende que también sabían contar quiénes eran. Hoy, los colombianos hacemos algo parecido con el lenguaje: entendemos, nombramos y, a nuestra manera, le damos sentido a la realidad. Porque ser colombiano también es eso: decir mucho con poco… y que igual se entienda.


sábado, 4 de abril de 2026

De ética sin ética y otros cuentos del aula

Las aulas son espacios donde, en teoría, todos aprendemos. Ya sea como estudiantes o como docentes, no solo acumulamos conocimientos disciplinares, sino que también adoptamos vocabularios enteros: modismos estudiantiles, regionalismos que se cuelan sin permiso o, por qué no, las entrañables muletillas de cada profesor. Sin embargo, lo más valioso —aunque rara vez figure en el plan de estudios— es que aprendemos a equivocarnos. Y esos errores, con el paso del tiempo, adquieren una dignidad inesperada: se convierten en anécdotas imborrables.

Hace ya bastante, en lo que hoy llamo mi experiencia docente, inicié mi camino como profesor. Docente, dirían en nuestra institución, quizá como una forma prudente de no arriesgarse con la palabra “maestro”, que siempre suena a meta inalcanzable. Después obtuve una maestría —lo cual, en términos lingüísticos, parecía acercarme peligrosamente al título de “maestro”—, aunque sigo sin tener claro si alguna vez llegué a serlo.

En esta profesión, conviene no engañarse: cuando estamos en las aulas, todos somos objeto de comentario. Los estudiantes murmuran; algunos elogian, otros optan por el noble arte del silencio. Los profesores, por supuesto, no somos muy distintos. Al final, compartimos experiencias similares dentro de este sistema tan particular. Y como en toda comunidad, aparecen los apodos, que con el tiempo terminan siendo el verdadero legado pedagógico.

Recuerdo, por ejemplo, a un colega conocido como “Deditos”. La razón era evidente: sus manos, digamos, no pasaban desapercibidas. Era profesor de matemáticas y, según los rumores —que en la academia suelen tener más vida que los artículos indexados—, tenía otras singularidades. Podía iniciar una clase sin estudiantes presentes, lo cual resolvía de raíz el problema de la indisciplina. Su sistema de evaluación también era innovador: aprobaba trabajos con un sello… hasta que los estudiantes, en un alarde de espíritu investigativo, aprendieron a falsificarlo; un sello que, por cierto, hacía recordar inevitablemente las caritas felices de la educación básica.

Claro que no todos los casos eran tan inocentes. Hubo quien “dictaba” ética mientras afirmaba ser sacerdote. Cuando se le pidió acreditar sus títulos, la verdad emergió con una claridad casi didáctica: no era ni cura ni profesional titulado, pero sí, indiscutiblemente, un maestro del engaño. Otros, en cambio, tenían credenciales impecables, pero carecían de algo más escaso: el tacto. Uno de ellos inició como técnico, ascendió a profesor y terminó como secretario académico. En un momento decisivo, cuando la máxima autoridad universitaria le dijo: “Doctor, por favor…”, respondió con un memorable “Ya te atiendo”. Su carrera concluyó de forma acorde con su estilo: tras un evento institucional donde el alcohol hizo lo suyo, perdió no solo la compostura, sino también el cargo. Para alivio general, eso sí.

Y como si fuera poco, los despropósitos etílicos parecían ser un área de especialización no oficial. Otro colega, igualmente afecto a la bebida, confundió cordialidad con efusividad frente a la esposa de un directivo. El desenlace fue una invitación, muy amable pero irreversible, a continuar su carrera en otra institución.

Por su parte, los comités de programa constituyen un capítulo aparte. En una ocasión, durante una discusión sobre créditos académicos (Decreto 808 de 2002), un profesor preguntó con toda seriedad: “¿Cómo abordaremos el tema de los créditos?”. El decano respondió con igual solemnidad: “No se preocupen, eso es con soluciones financieras”. El silencio posterior no solo fue incómodo: fue profundamente revelador. Algunos entendieron de inmediato; otros, más optimistas, simplemente respiraron aliviados.

Tampoco faltan las joyas en la investigación. Nunca olvidaré al colega que solicitó transcribir su estudio sobre el comportamiento sexual de la iguana en cautiverio. La secretaria, con admirable diligencia, cometió un pequeño desliz: donde decía “iguana”, escribió “humana”. El documento resultante abría posibilidades metodológicas inquietantes, aunque, lamentablemente, nunca se exploraron.

Los informes técnicos tampoco se quedan atrás. Recuerdo uno sobre la erradicación de “palo matarratón”. Todo marchaba con normalidad hasta la descripción de la calicata: en lugar de 60 centímetros, alguien consignó 60 metros. Una excavación más cercana a la minería que a la agronomía.

Y, por supuesto, los estudiantes no podían quedarse rezagados en esta competencia tácita de creatividad. Durante el llamado a lista —que ellos mismos hacían, mientras teníamos la oficiales, con admirable espíritu organizativo— aparecían nombres como Simón Bolívar o Camilo Torres. No faltaba el profesor que, tras insistir varias veces, sentenciaba con autoridad: “Avísenle a Simón Bolívar que ya perdió por fallas”. En algún lugar del salón, el responsable de la broma seguramente sonreía, satisfecho de haber hecho historia.

Al final, uno comprende que la vida académica no se sostiene únicamente sobre teorías, decretos o títulos, sino sobre esa colección de errores, excesos y ocurrencias que, con el tiempo, terminan enseñando. Quizá ahí radique la verdadera formación: en aprender que la solemnidad dura poco y que, tarde o temprano, todos terminamos siendo parte de las anécdotas que antes nos hacían reír.

domingo, 1 de marzo de 2026

Ausentismo laboral: de la justificación médica al incumplimiento voluntario

El ausentismo laboral es un fenómeno complejo que responde a múltiples factores. Entre los más destacados se encuentran problemas de salud física y mental, la falta de compromiso con la organización, condiciones laborales poco motivadoras y, en algunos casos, el incumplimiento voluntario del contrato. La Organización Internacional del Trabajo (2016) ha señalado que el ausentismo puede tener tanto causas objetivas —como enfermedades o accidentes— como subjetivas, relacionadas con la percepción de malestar, el estrés o incluso la falta de identificación con la empresa.

En Colombia, este fenómeno tiene una especial relevancia en el sector público, donde se registran índices más altos que en el privado. Una de las razones radica en que las instituciones públicas ofrecen mayor estabilidad laboral, lo que reduce la percepción de riesgo frente a las ausencias. Además, los procesos disciplinarios suelen ser más lentos y menos estrictos, lo que puede incentivar la falta de asistencia sin una consecuencia inmediata.

Sin embargo, el ausentismo no siempre obedece a causas justificadas. Una parte del problema surge del incumplimiento voluntario de las obligaciones, donde el trabajador prefiere no asistir en lugar de buscar alternativas que le permitan cumplir con su contrato. Esta actitud ha sido más evidente en generaciones que iniciaron su vida laboral a partir del año 2000, para quienes el equilibrio entre la vida personal y profesional es prioritario, en ocasiones por encima de los compromisos laborales.

En Colombia, Fasecolda (2023) ha documentado con cifras el impacto del ausentismo en el sistema de riesgos laborales, reportando miles de días de incapacidad anualmente, lo que se traduce en altos costos tanto para las aseguradoras como para las empresas. Su información resulta clave para dimensionar el fenómeno, ya que las aseguradoras que hacen parte del sistema de riesgos laborales son las responsables de cubrir económicamente una parte importante de estas ausencias. Así, Fasecolda no solo aporta datos estadísticos, sino que evidencia la presión económica que el ausentismo genera sobre el sector productivo y el sistema de protección social.

Así las cosas, el ausentismo laboral demanda un análisis integral que no se limite a explicaciones complacientes ni a justificaciones automáticas. Debe considerar la veracidad en las incapacidades médicas, la dificultad de objetivar ciertos malestares como el dolor, la evidencia sobre la incidencia real del estrés y, al mismo tiempo, el incumplimiento deliberado de obligaciones contractuales que algunos optan por normalizar. Reconocer la complejidad del fenómeno no puede convertirse en excusa para diluir responsabilidades; por el contrario, exige fortalecer entornos laborales donde el respeto por los acuerdos y la corresponsabilidad no sean discursos retóricos, sino compromisos efectivo.

martes, 17 de febrero de 2026

Elecciones: El Arte de prometerlo todo

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Este año Colombia tendrá su primera contienda electoral en marzo próximo. Los partidos pondrán a consideración de la ciudadanía a sus candidatos, para que elijan al que los representará en las elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, se renovará el Congreso: senadores y representantes, todos listos para servir al país… o al menos para afirmarlo con absoluta convicción.

Unos y otros prometen hasta lo impensable: eliminarán la pobreza, combatirán el crimen organizado, acabarán con los cultivos de coca y, de paso, resolverán cualquier otro problema histórico que haya sobrevivido a los últimos dos siglos. Lo único que, con seguridad, se agotará será la paciencia de los electores, cansados de promesas. Y como en muchos procesos anteriores, una vez instalados en sus cómodos cargos, olvidarán con sorprendente eficiencia aquella lista de compromisos y, quizá también, los rostros de aquellos ciudadanos a quienes abrazaron “fraternalmente” durante la campaña.

En las redes sociales desfilan nuestros salvadores. En la mayoría de los casos, hablan más de los errores que sus contrincantes pudieron cometer en algún capítulo remoto de sus vidas —sus antiguas creencias, sus aficiones ahora clasificadas como sospechosas, sus tendencias examinadas con lupa moral— que de sus propias ideas. Al parecer, resulta más rentable electoralmente desempolvar el pasado ajeno que explicar el futuro propio. Cada fotografía olvidada, cada opinión juvenil y cada amistad inconveniente adquieren de pronto la gravedad de un pecado capital, redescubierto con admirable puntualidad en temporada de campaña. No faltan, además, las calumnias: imágenes y videos, muchos creados con herramientas de inteligencia artificial, circulan con un realismo digno de aplauso técnico. Y no pocos colombianos les conceden credibilidad, porque si parece cierto, debe serlo. Incluso algún diario ha tenido que aclarar que ciertas publicaciones que se le atribuyen son falsas. En estos procesos, todo vale… o al menos eso parece.

En medio del espectáculo están los electores, que lamentablemente terminan enfrentados en sus círculos más cercanos: amigos que dejan de hablarse y familias que descubren que el afecto tiene límites ideológicos. Las posiciones, muchas veces poco argumentadas, se defienden con fervor casi religioso. Si el candidato comete errores, la culpa será de la oposición o de la mala prensa —aunque, claro, en ocasiones el error sea simplemente propio—. Nuestra capacidad de diálogo en temas políticos (y religiosos) es más bien escasa: preferimos la consigna al argumento y el eslogan a la reflexión.

Estas discrepancias rara vez conducen a algo distinto que a la irritación colectiva, salvo que se pertenezca a un proyecto político que haya prometido lo humano y lo divino, en cuyo caso toda contradicción será reinterpretada como parte de un brillante plan maestro aún incomprendido.

Veremos en marzo cómo queda compuesto el Congreso y si esa composición favorece a quien se posesione el 7 de agosto. Tal vez las buenas propuestas sean aprobadas independientemente de quién las presente (un optimismo casi heroico). Quizá cada legislatura se caracterice por la objetividad y el juicio ponderado de los congresistas, y no por la obediencia al líder de turno. Todo, por supuesto, en coherencia con aquella promesa que todos repiten con admirable uniformidad: “Queremos que nos elijan para trabajar por todos los colombianos”.

Y así, entre promesas extraordinarias y expectativas moderadas, la democracia vuelve a ponerse a prueba. Como siempre.

lunes, 9 de febrero de 2026

Belém de Pará: crónica de un viaje sin propósitos turísticos

Hay viajes que se planean durante meses y otros que simplemente suceden. Este pertenece al segundo grupo. Todo comenzó con un desplazamiento inevitable hacia Belém de Pará, Brasil.

Para llegar, el trayecto exigía un vuelo nocturno con salida a las 23:05 del 26 de enero de 2026 desde el Aeropuerto Internacional El Dorado. La aerolínea, cuidadosa como suelen serlo, recomendaba presentarse con cuatro horas de antelación. Nada extraordinario. Nada sospechoso. Todavía.

La referencia inicial fue la puerta A13. Un detalle pequeño, aunque inquietante. No por superstición —la razón aún intenta gobernar—, pero el trece rara vez se presenta como buen augurio en historias que terminan bien.

Las pantallas del aeropuerto, los altavoces y los correos electrónicos decidieron entrar en acción con un entusiasmo casi coreografiado. El cambio de puerta fue anunciado, corregido y reanunciado al menos cuatro veces. El último aviso se recibió con humor. Después de todo, una vez superada cierta cantidad de cambios, la resignación se vuelve elegante.

El retraso inicial fue de una hora. Luego comenzó el embarque. Algunos pasajeros lograron llegar hasta la puerta del avión de la aerolínea más grande de Colombia… justo para verla cerrarse frente a ellos. Sin metáforas: cerrada en la cara. La aeronave no podía volar; requería revisión técnica.

De vuelta a la sala de espera, el chiste dejó de tener gracia. El nuevo horario quedó fijado para las 7:00 a. m. Ocho horas después. Nada serio, salvo perder la noche completa en compañía de sillas incómodas y café cuestionable.

Las incomodidades no tardaron. Un grupo particularmente expresivo de pasajeros brasileños —mezcla notable de enojo, humor y diplomacia tropical— logró que la aerolínea reconociera conexiones perdidas, ofreciera hotel, comida y compensación económica. Una reinterpretación bastante creativa del concepto de “servicio de calidad”.

La compensación incluyó una cobija. Un objeto destinado a convertirse en recuerdo oficial del episodio: más simbólico que útil, pero memorable.

Finalmente, cerca de las 7:00 a. m. del 27 de enero, llegó el abordaje real. El avión fue comandado por una capitana, acompañada de una tripulación impecable que, durante el vuelo, ofreció lo mejor dentro de las posibilidades técnicas: un buen sánduche y una bebida a elección, siempre dentro del marco de lo humanamente razonable.

La aeronave no pretendía ocultar su perfil austero: sin puertos de carga, sin entretenimiento y con un wifi cuya existencia era más filosófica que práctica.

El cinturón de seguridad permaneció abrochado casi todo el trayecto. Treinta mil pies más abajo, la selva amazónica imponía respeto. El río serpenteaba como una anaconda gigantesca, recordando que allí abajo todo es vasto, antiguo y poco interesado en nuestra agenda de vuelo.

Entonces llegó el anuncio: —Daremos algunas vueltas. Las condiciones climáticas en Belém de Pará no permiten aterrizar por ahora. Existe la posibilidad de dirigirnos a Georgetown.

Nada dice “tranquilidad” como un posible cambio de país por falta de clima.

Durante cuarenta minutos, el avión giró en círculos hasta que llegó la autorización. El descenso fue decidido. Hubo un vacío. Gritos. Manos aferradas. La gravedad, haciendo su trabajo, apareció de manera estelar. La maniobra fue impecable. Punto alto para la capitana.

Belém nos recibió con cielo gris y pista mojada. El aterrizaje fue tan preciso que el avión estalló en aplausos. Doce horas después, habíamos llegado.

La ciudad no nos esperaba como turistas. Una situación compleja y profundamente íntima —de esas que no avisan ni piden consentimiento— nos había llevado hasta allí. Tras completar las gestiones necesarias, apareció una noticia adicional: el regreso inmediato a Colombia no era posible. La solución fue sencilla e inapelable: quedarse tres días más.

Así nació el turismo forzado, un paseo por la ciudad, buscando más relajamiento que diversión, Con ayuda de Copilot apareció una lista de lugares de interés. El Mercado de Ver-o-Peso encabezaba el plan. Un sitio donde todo tiene olor, color y carácter. Pescados que aún no aceptan su destino, frutas que desafían la fonética y hierbas capaces de prometer soluciones que la medicina moderna prefiere observar a prudente distancia. No es ordenado ni bonito, pero es auténtico. Y eso cuenta.

La Catedral de Nuestra Señora de Nazaret ofreció un contraste absoluto. Patrimonio de la UNESCO, columnas monumentales, vitrales disciplinando la luz tropical y una Virgen que observa con calma a creyentes y visitantes casuales, como sabiendo que no todos llegaron por fe, pero ninguno se va igual.

Un fragmento de selva apareció luego en plena ciudad: el Parque Zoobotânico del Museo Emílio Goeldi. La victoria regia evocó de inmediato al Jardín Botánico de Bogotá, confirmando que la memoria también cruza fronteras sin pasaporte. Tortugas, aves, simios, una nutria curiosa y un animal similar al capibara —aunque más pequeño y de nombre ya olvidado— completaban el recorrido.

El Teatro Experimental Waldemar Henrique mostró otra faceta de la ciudad: madera, iluminación precisa y un cuidado que contrasta con otras edificaciones públicas donde el tiempo ha dejado huellas menos poéticas.

El cierre llegó con la corveta-museo Solimões. Una nave pesada, armada hasta los dientes en su pasado, hoy reciclada con acierto. Se recorren camarotes, sala de máquinas y oficinas, todo muy didáctico y discretamente intimidante. La foto en el casco es obligatoria; nadie escapa a ese ritual.

El regreso a Bogotá fue tranquilo. La misión, cumplida. Quedó el deseo de volver, esta vez sin urgencias, sin incidentes técnicos y con el ánimo suficiente para disfrutar de Belém de Pará como merece: una ciudad compleja, amable y resiliente, habitada por personas dispuestas a hacer auténticos malabares lingüísticos para entender nuestro portugués limitado… o, en su defecto, nuestro español sin concesiones.