sábado, 20 de junio de 2026

Mañana por fin elegiremos presidente de los colombianos: ¿realmente representa nuestras ideas?

Mañana elegiremos al presidente de los colombianos y como ocurre en cada campaña, los candidatos buscan ganar la preferencia de los votantes hablando de economía, educación, seguridad o investigación. Sin embargo, el debate termina reduciéndose a ataques contra el adversario y a estrategias emocionales que muchas veces dejan en segundo plano la discusión seria de las propuestas.

Pero esta reflexión no pretende centrarse únicamente en los candidatos. Es una autocrítica como ciudadanos. Así como cuestionamos la coherencia ideológica de quienes aspiran al poder. Vale la pena preguntarnos si nuestras propias posiciones políticas son realmente coherentes con el candidato que apoyamos.

Muchos nos identificamos como de izquierda, derecha, centro, liberales o conservadores, aunque no siempre tengamos claridad sobre lo que implican esas corrientes políticas. En ocasiones apoyamos candidatos por simpatía, tradición familiar, rechazo hacia otro sector político o por el impacto emocional de las campañas, sin analizar si sus propuestas coinciden realmente con nuestra visión de sociedad.

Por eso resulta importante hacer un ejercicio de reflexión personal. Una manera es conocer las características básicas de las diferentes corrientes políticas y compararlas con nuestras ideas sobre temas como el papel del Estado, la economía, la seguridad, las libertades individuales o la justicia social. También existen herramientas más rápidas, como tests ideológicos tipo Political Compass, que permiten identificar tendencias políticas a partir de preguntas concretas. Aunque estas herramientas no ofrecen resultados absolutos, sí pueden servir como punto de partida para pensar críticamente nuestras posiciones.

Incluso hoy es posible utilizar herramientas de inteligencia artificial que, mediante preguntas cerradas, elaboran perfiles políticos aproximados según nuestras respuestas.

El objetivo no es etiquetarnos políticamente ni asumir que una ideología es superior a otra. La intención es preguntarnos con honestidad, si el candidato que apoyamos representa realmente nuestras convicciones o si nuestra decisión está siendo influenciada principalmente por emociones, polarización o tendencias del momento. Reconocer esas posibles contradicciones también hace parte de una ciudadanía más consciente.

viernes, 19 de junio de 2026

El Mundial más global de la historia: los sorprendentes datos que deja la Copa de 2026

El Mundial de 2026 ya es histórico incluso antes de definir a su campeón. Con 48 selecciones participantes y 1.248 futbolistas, ya es la Copa del Mundo más grande y global de todos los tiempos y, por lo que va del torneo, también la de mayor asistencia promedio, pese a contar con dos países anfitriones sin una gran tradición futbolística. Esto refleja cómo el fútbol ha derribado fronteras tanto dentro como fuera de la cancha.

Pero más allá de los récords, esta Copa del Mundo deja una serie de datos curiosos que ayudan a entender por qué será una edición diferente. Muchos de los goles que millones de aficionados celebrarán durante el torneo serán anotados por futbolistas que ni siquiera nacieron en el país cuya camiseta defienden, una realidad que evidencia el impacto de la migración y la globalización en el fútbol moderno. También hay equipos con plantillas completamente nacionales, países cuyos jugadores y entrenadores representan o dirigen selecciones de otras naciones, y cifras inéditas que hacen de esta cita mundialista una de las más interesantes de la historia.

Solo ocho selecciones (16 %) cuentan con plantillas integradas exclusivamente por futbolistas nacidos en el país que representan: Brasil, Colombia, Austria, República Checa, Suecia, Panamá, Arabia Saudita y Sudáfrica (Flashscore). En contraste, cerca de uno de cada cuatro jugadores convocados nació en una nación distinta a la que defenderá en el torneo, una cifra sin precedentes en la historia de los Mundiales (GZERO Media). Este fenómeno está estrechamente ligado a los grandes movimientos migratorios de las últimas décadas, que han llevado a millones de personas a establecerse en otros países y han permitido que nuevas generaciones de futbolistas representen la nación donde crecieron, obtuvieron la ciudadanía o desarrollaron su carrera deportiva.

Curazao encabeza la lista de equipos con más futbolistas nacidos en el extranjero, con 25, seguida por Congo y Marruecos, con 19 cada una (Bolavip). También destacan Bosnia y Herzegovina, Argelia y Haití, reflejando el impacto de las migraciones, las diásporas (comunidades de personas que viven fuera de su país de origen) y diversos procesos históricos en la conformación de sus plantillas. De hecho, Túnez, Argelia, Bosnia, Congo y Qatar tienen más de la mitad de sus convocados nacidos fuera de sus fronteras (Front Office Sports).

Francia es el país que más jugadores aporta al Mundial. Un total de 99 futbolistas nacidos en territorio francés disputan la Copa del Mundo, aunque solo 23 lo hacen con la selección gala. Los demás representan a otras naciones, especialmente Argelia, Haití y Congo, gracias a los fuertes vínculos históricos y migratorios (Bolavip).

La globalización también se refleja en los bancos. Argentina aporta seis técnicos, más que cualquier otro país: Lionel Scaloni, Marcelo Bielsa, Mauricio Pochettino, Néstor Lorenzo, Sebastián Beccacece y Gustavo Alfaro dirigen distintas selecciones (everythingedinburgh.com). Además, más de la mitad de los técnicos del torneo están al frente de un país distinto al de su nacionalidad. Entre ellos sobresalen Thomas Tuchel con Inglaterra, Ralf Rangnick con Austria y Carlo Ancelotti, quien intentará llevar a Brasil a un nuevo título (fifaworldcupnews.com).

El entrenador más joven de la Copa será Julian Nagelsmann, de 38 años, al mando de Alemania, mientras que el neerlandés Dick Advocaat, de 78, hará historia como el técnico de mayor edad en un Mundial (Win Sports Online).

Sin embargo, hay un dato que añade aún más interés al torneo: ninguna selección ha logrado conquistar una Copa del Mundo con un entrenador extranjero (RotoWire). ¿Podrán Brasil con Carlo Ancelotti o Estados Unidos con Mauricio Pochettino romper esa tradición en 2026?

Colombia también aporta una curiosidad a esta Copa del Mundo. Aunque como ya se dijo, nuestra selección hace parte del reducido grupo de equipos conformados exclusivamente por futbolistas nacidos en su territorio, algunos jugadores nacidos en el país defenderán otras camisetas. El caso más conocido —y más llamativo— es el de Julián Quiñones, nacido en Magüí Payán, Nariño, quien no solo representa a México tras nacionalizarse en 2023, sino que anotó el primer gol del Mundial 2026 en el partido inaugural contra Sudáfrica, convirtiéndose en el primer colombiano en marcar un gol de apertura en una Copa del Mundo, aunque vistiendo otra camiseta (GolCaracol / Al Día). Un ejemplo más de cómo la migración, las dobles nacionalidades y las oportunidades deportivas han convertido al Mundial de 2026 en el torneo más global de la historia.

miércoles, 17 de junio de 2026

Colombia dio el primer golpe: venció a Uzbekistán y tomó el liderato del Grupo K

La espera terminó. Durante horas, las calles colombianas se vistieron de amarillo, la ilusión acompañó a miles de colombianos y la expectativa fue creciendo a medida que se acercaba el pitazo inicial. No faltaron los escépticos, los que advertían un debut complicado y sembraban dudas sobre el estreno mundialista. Sin embargo, cuando el balón comenzó a rodar, la Selección Colombia dejó esa mala vibra fuera de la cancha y asumió el protagonismo.

El estadio Azteca lució completamente lleno y la multitud colombiana hizo sentir al equipo como local. Aunque la selección vistió de azul, el amarillo dominó ampliamente las tribunas, Uzbequistán a hacer lo suyo.

Colombia inició el encuentro muy seria. Controló la posesión, ocupó bien los espacios y obligó a Uzbekistán a refugiarse en un esquema muy disciplinado, diseñado por Fabio Cannavaro para cerrar caminos y esperar el error rival. La propuesta recordó al tradicional fútbol italiano: orden, paciencia y defensa muy sólida.

La superioridad colombiana tardó en reflejarse en el marcador. Luis Díaz estuvo muy cerca de abrir la cuenta con un remate al palo, antes de que Daniel Muñoz rompiera el equilibrio con una magnífica definición. Hasta ese momento, casi al final de la primera parte, el partido parecía desarrollarse exactamente como lo había imaginado Colombia.

Pero el compromiso cambió después del descanso.

Cannavaro modificó el comportamiento de su equipo y Colombia tardó en interpretar el nuevo escenario. Uzbekistán dejó de esperar, adelantó sus líneas, presionó con mayor intensidad y encontró espacios que durante la primera mitad no habían existido. Consiguió el empate que no fue producto del azar; fue consecuencia de un rival que leyó mejor el partido durante varios pasajes del segundo tiempo.

La reacción colombiana fue inmediata y volvió a aparecer el jugador diferente de la noche. Luis Díaz, pese al fuerte marcaje y a las reiteradas faltas que sufrió durante todo el encuentro, desequilibró una vez más para devolverle la ventaja a la selección.

Sin embargo, ese segundo gol no significó tranquilidad. Por el contrario, Colombia comenzó a ceder terreno. Los cambios enviaron un mensaje claro: proteger el resultado antes que ir por el control definitivo del partido. La salida de James Rodríguez sorprendió, especialmente porque Juan Fernando Quintero permaneció en el banco, y el equipo fue perdiendo capacidad para conservar el balón y administrar el ritmo del juego.

Uzbekistán entendió que el partido seguía abierto y terminó imponiendo las condiciones emocionales del cierre. Colombia retrocedió demasiado, renunció por momentos a la posesión y permitió que el rival creciera. Incluso desperdició una oportunidad muy clara para liquidar el compromiso, lo que prolongó innecesariamente el suspenso, Lermá falló una pelota clara.

El tercer gol, nacido del coraje de Cucho Hernández y concretado por Jaminton Campaz, alivió la tensión y dio una diferencia que el desarrollo del segundo tiempo no reflejaba del todo. Aun así, antes del pitazo final, un remate uzbeko que se estrelló en el palo recordó que el partido nunca estuvo completamente bajo control.

El balance deja sensaciones encontradas. Colombia fue superior en el primer tiempo, tuvo individualidades decisivas y ganó con justicia. Pero también evidenció dificultades para adaptarse a los cambios tácticos del rival, perdió el control del juego durante largos pasajes del complemento y terminó sufriendo más de lo necesario.

Lo importante es que los tres puntos quedaron en el bolsillo. El empate entre Portugal y la República Democrática del Congo dejó a Colombia como líder del Grupo K al término de la primera jornada. Ahora el desafío será confirmar esa posición frente al conjunto africano, corrigiendo las dudas que dejó el segundo tiempo. En un Mundial, ganar siempre es importante; aprender de las victorias puede ser aún más valioso. Y haber si cambian el discurso los contradictores. 

!!Vamos Colombia¡¡

viernes, 12 de junio de 2026

Desde la Ruta de la Seda hasta el Estadio Azteca: Uzbekistán, el primer rival de Colombia

El próximo 17 de junio Colombia debutará en el Mundial de Fútbol 2026. La cita será en el Estadio Azteca de Ciudad de México, que por tercera vez albergará una Copa del Mundo. En 1970 fue testigo de la consagración de Brasil y de Pelé, quien levantó allí su tercer título mundial, permitiendo a los brasileños quedarse definitivamente con la Copa Jules Rimet.

Dieciséis años después, en 1986, el mismo escenario vio a Diego Maradona llevar a Argentina hacia su segunda estrella, en un torneo recordado por la «Mano de Dios». Aquel Mundial guarda además un vínculo especial con Colombia: inicialmente debía disputarse en nuestro país, que renunció a organizarlo debido a la crisis económica y a las exigencias de la FIFA (Belisario Betancur era el presidente). El destino quiso que México se quedara con la sede y que el Estadio Azteca volviera a convertirse en el centro del mundo del fútbol.

En este escenario cargado de tradición, la selección colombiana iniciará su camino frente a Uzbekistán, un rival poco conocido para la mayoría de los aficionados colombianos.

Aunque en el panorama mundial del fútbol no figura entre las potencias tradicionales, Uzbekistán —independiente desde 1991 tras la caída de la Unión Soviética— ha venido consolidando su crecimiento en los últimos años. Su jugador más reconocido es Abdukodir Khusanov, defensor que hace parte del Manchester City y que se ha convertido en uno de los referentes de una generación que sueña con dejar huella en la máxima competición del fútbol. Podría mencionarse también a Eldor Shomurodov de la Roma.

No existen antecedentes entre ambas selecciones, por lo que el encuentro marcará el primer capítulo de una relación deportiva sin historia previa. Lo que ocurra aquella tarde quedará registrado como el comienzo del vínculo entre colombianos y uzbekos en una cancha de fútbol.

Pero antes de que ruede el balón, vale la pena mirar más allá del fútbol y acercarse a un país fascinante. Situado en el corazón de Asia Central, Uzbekistán fue durante siglos una pieza fundamental de la legendaria Ruta de la Seda, la red comercial que conectó Oriente y Occidente. Sus vecinos comparten terminación: Afganistán, Tayikistán, Kirguistán, Kazajistán y Turkmenistán. Sus ciudades históricas, como Samarcanda, Bujará y Jiva, conservan impresionantes mezquitas, madrazas (universidades islámicas) y palacios que recuerdan el auge de antiguas civilizaciones.

Con una cultura moldeada por influencias persas, turcas, árabes y mongolas, Uzbekistán ofrece un patrimonio histórico extraordinario. Varios de sus lugares más visitados han sido reconocidos por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, entre ellos Khiva, Samarcanda y Bujará. Sus mercados, su gastronomía y su arquitectura convierten al país en uno de los grandes tesoros culturales menos conocidos para los latinoamericanos.

Como hombres de ciencia vale mencionar tres nombres: Al-Juarismi (siglo IX), de cuyo nombre deriva la palabra algoritmo, su libro más famoso dio origen al término álgebra; Avicena (siglo X), quien escribió El canon de medicina, usado como libro de texto durante más de 500 años; y Ulugh Beg (siglo XV), astrónomo que calculó la duración del año con notable precisión.

Esto es apenas una pequeña muestra de lo que es Uzbekistán y su gente. Quienes han visitado el país lo describen como un destino turístico a tener en cuenta: económico, seguro y buen representante de Asia Central.

Así, cuando Colombia salte al campo el 17 de junio, no solo estará enfrentando a una selección desconocida en su historia futbolística, sino también a una nación con un pasado extraordinario y una identidad cultural que merece ser descubierta.

martes, 9 de junio de 2026

El Mundial empieza el 11. Colombia no llega a participar. Llega a competir


Copa Mundial de Fútbol 2026
Generada por ChatGpt
A partir del 11 de junio estaremos en modo Mundial. El debate político seguirá ahí, acompañándonos todos los días, pero por momentos compartirá protagonismo con el fútbol. Y como ocurre cada cuatro años, volverá la pregunta inevitable: ¿quién levantará el trofeo de campeón? Para responderla aparecen las predicciones, las simulaciones estadísticas y los análisis de expertos que intentan descifrar cuáles selecciones tienen más opciones de llegar hasta el final.

Los principales modelos de análisis futbolístico coinciden en algo: España, Francia, Argentina e Inglaterra aparecen hoy como las selecciones con mayores probabilidades de alcanzar las semifinales y pelear por el título. Proyecciones de Opta (Supercomputadora de Opta) y simulaciones basadas en rankings Elo (World Football Elo Ratings) ubican constantemente a estas selecciones en la parte más alta de las probabilidades. Los modelos financieros de Goldman Sachs , por su parte, coinciden en situar a España, Francia y Argentina entre los tres primeros candidatos, aunque difieren en el peso que le asignan a Inglaterra. 

Y no se trata solamente de nombres.

Detrás de esos pronósticos hay variables objetivas: profundidad de plantilla, rendimiento reciente, equilibrio entre líneas, edad promedio de los jugadores, producción ofensiva, solidez defensiva, experiencia internacional y capacidad para sostener el nivel competitivo durante un torneo largo.

España llega probablemente con el fútbol colectivo más elaborado del campeonato. Francia posee una cantidad de talento difícil de igualar y una profundidad de plantilla que pocas selecciones pueden mostrar. Argentina mantiene la estructura competitiva de un campeón que aprendió a sobrevivir a los partidos de eliminación directa. Inglaterra cuenta con una generación que, en términos de valor de mercado y calidad individual, está entre las más fuertes del planeta.

Sin embargo, los mundiales rara vez se definen únicamente por los favoritos.

También cuentan las debilidades.

Francia usualmente concede espacios que equipos rápidos pueden aprovechar. Inglaterra continúa cargando con la presión histórica de no transformar su enorme potencial en títulos. Argentina depende de mantener la intensidad física durante un torneo largo. España, aunque brillante con el balón, puede sufrir cuando enfrenta equipos que resisten bien y salen rápido al contragolpe.

Y es justamente ahí donde aparece Colombia.

Quizás no encabece las probabilidades de los grandes modelos internacionales, pero por primera vez en mucho tiempo tampoco llega como una selección sorpresa. Colombia ha construido una identidad competitiva, una base de jugadores consolidada en las principales ligas del mundo y una generación que combina experiencia con juventud.

Lo más interesante es que varias de las fortalezas de Colombia coinciden precisamente con algunas de las debilidades de los favoritos: velocidad para atacar espacios, capacidad física, jugadores desequilibrantes por las bandas, un mediocampo con recuperación y una mentalidad competitiva que ha crecido notablemente en los últimos años.

Además, mientras otras selecciones llegan con la obligación de ser campeonas, Colombia llega con una ventaja silenciosa: tiene mucho que ganar y relativamente poco que perder. Esa condición ha impulsado algunas de las campañas más memorables en la historia de los mundiales.

Por supuesto, sería irresponsable afirmar que Colombia es favorita al título. Las estadísticas todavía favorecen las cuatro selecciones mencionadas. Pero también sería un error seguir viendo a nuestra selección como una simple participante. Hoy Colombia tiene argumentos futbolísticos reales para competir de tú a tú con cualquiera y para soñar legítimamente con un lugar entre las mejores del Mundial.

A dos días del inicio del torneo, los modelos de Opta otorgan a España cerca de un 16% de probabilidad de ser campeona, seguida por Francia con alrededor del 13%, Inglaterra con cerca del 11% y Argentina rondando el 10%. El modelo de Goldman Sachs, construido sobre simulaciones del ranking Elo, va más lejos con España —a la que asigna un 26%— y sitúa a Francia segunda con un 19% y a Argentina tercera con un 14%. Las cifras varían entre modelos, pero el mensaje es consistente: esas selecciones dominan el mapa de favoritos.

Pero el fútbol tiene algo que ningún algoritmo ha logrado calcular completamente.

La presión.

La confianza.

La inspiración de una generación.

El momento exacto en que un grupo de jugadores empieza a creer que puede hacer historia.

Los mundiales no se juegan en las computadoras, ni en las casas de apuestas, ni en los rankings.

Se juegan en la cancha.

Y si algo ha demostrado la historia del fútbol es que siempre existe una selección capaz de romper los pronósticos.

Ojalá esa selección sea Colombia.

viernes, 5 de junio de 2026

Colombianos en Estados Unidos: una crisis que no puede ignorarse

Mientras Colombia concentra su atención en la campaña presidencial y en los debates sobre seguridad, economía y reformas sociales, miles de colombianos enfrentan una creciente incertidumbre en territorio estadounidense. La política de inmigración de la administración de Donald Trump se ha endurecido de manera significativa y sus efectos ya son visibles para quienes emigraron en busca de oportunidades laborales, académicas o familiares.

Conviene hacer una precisión importante. La administración de Donald Trump ha definido una línea migratoria clara. Puede compartirse o cuestionarse pero sus objetivos han sido expuestos de manera explícita: incrementar los procesos de expulsión, restringir mecanismos de regularización y fortalecer los controles fronterizos. Los ciudadanos colombianos residentes en ese país conocen hoy con claridad la posición de la Casa Blanca frente al fenómeno migratorio, desde nuestra perspectiva cuestionable, por el tratamiento inhumano que se le ha dado a los deportados y el no reconocimiento del estatus migratorio reconocido.

Cada día es más preocupante la situación de muchos ciudadanos que residen de forma legal o irregular en Estados Unidos. Particularmente delicado es el caso de quienes migraron legalmente por motivos de estudio, trabajo o reunificación familiar. Quienes decidieron permanecer más allá de los términos autorizados por sus visados asumieron un riesgo conocido. Pero lo que hoy está ocurriendo va mucho más allá de esa realidad. Cambios en la normativa de inmigración están afectando también a personas que actuaron conforme a la ley y que ahora enfrentan un futuro incierto.

Las cifras más recientes permiten dimensionar la magnitud del fenómeno. En lo corrido de 2025 se registran más de 23.000 expulsiones (TRAC – El Colombiano), con un pico mensual de 4.075 casos en marzo, la cifra más alta desde 1998 (El Tiempo). Colombia se ubica además como el quinto país latinoamericano con mayor número de retornos forzados, detrás de México, Honduras, Guatemala y Venezuela (El Colombiano). A esto se suma que cerca de 1.100 de los nuestros que ingresaron bajo programas de permiso humanitario se encuentran en riesgo de perder su estatus legal (El Tiempo), mientras la aprobación de residencias permanentes ha caído de cerca de 72.000 mensuales en octubre de 2024 a aproximadamente 34.000 en enero de 2026, según el Instituto Cato con base en datos del USCIS (El Universal / Telemundo). Incluso se han documentado situaciones extremas, como la deportación de ocho ciudadanos colombianos hacia la República Democrática del Congo —quienes no podían ser retornados a Colombia por contar con mecanismos de protección legal contra su regreso al país— (Semana / El Colombiano), lo que evidencia la creciente complejidad y alcance de las decisiones adoptadas.

Más allá de las estadísticas, el panorama resulta profundamente inquietante. Detrás de cada número hay familias separadas, proyectos de vida interrumpidos, profesionales que apostaron por construir un futuro fuera del país y estudiantes que encontraron en el exterior oportunidades que su nación de origen no les ofrecía.

Muchos abandonaron su tierra natal porque no veían posibilidades reales de desarrollo personal o profesional. Algunos aceptaron trabajos que jamás habrían desempeñado en Colombia; dejaron atrás carreras activas, empresas o posiciones sociales para comenzar de nuevo. También están quienes viajaron legalmente para estudiar, especializarse o investigar, confiando en que algún día podrían regresar a un país que valorara sus conocimientos. Pero para quienes decidieron volver, las promesas de recuperación de talento, fortalecimiento de la investigación y economía del conocimiento terminaron convertidas en frustración: oportunidades escasas, ingresos muy inferiores y un reconocimiento bajo respecto a las expectativas creadas.

Ante esta realidad surgen preguntas inevitables. ¿Qué ha hecho el Estado colombiano para proteger a sus ciudadanos fuera del país? ¿Qué mecanismos de asistencia jurídica, diplomática y humanitaria se han activado para quienes enfrentan procesos de expulsión? ¿Existe una estrategia nacional para aprovechar el conocimiento, la experiencia y las capacidades de quienes regresan?

Pero la pregunta más importante mira hacia el futuro. El próximo 21 de junio los colombianos elegirán un nuevo presidente. Los dos aspirantes han debatido sobre múltiples asuntos internos, pero hasta ahora ambos parecen compartir un preocupante silencio frente a una situación que afecta a miles de compatriotas.

En lo personal identifico un vacío significativo sobre cómo enfrentar una eventual crisis humanitaria derivada del aumento de las deportaciones, cómo asumir los costos económicos y sociales de la reintegración, cómo brindar defensa jurídica transnacional a los afectados y cómo negociar con un gobierno estadounidense que ha endurecido su postura migratoria.

Quizá los ciudadanos en el exterior no representan suficientes votos para definir una elección. Quizá sus dificultades ocurren lejos de las fronteras nacionales y generan pocos titulares. Sin embargo, siguen siendo colombianos. Siguen sosteniendo a miles de familias mediante el envío de remesas. Y siguen teniendo derechos que el Estado está obligado a proteger.

Ojalá que en los debates presidenciales algún periodista formule la pregunta que hasta ahora nadie parece dispuesto a hacer: ¿qué harán los aspirantes a la Presidencia por quienes hoy enfrentan la incertidumbre de la expulsión, la pérdida de su estatus migratorio o el abandono institucional?

martes, 2 de junio de 2026

Más que un voto: el futuro de Colombia en juego

El próximo 21 de junio los colombianos tendremos que tomar una decisión que seguramente marcará el rumbo de la nación durante los próximos años. Más allá de los nombres de los candidatos, pareciera que estamos frente a dos visiones de país profundamente diferentes, incluso diametralmente opuestas en algunos aspectos fundamentales como el papel del Estado, la seguridad, la economía, la educación y la forma de enfrentar los problemas históricos de nuestra sociedad.

Justamente por eso considero que el debate no debería centrarse únicamente en las simpatías personales, en los discursos de campaña o en las diferencias ideológicas. Más bien tendría que invitarnos a analizar con detenimiento qué plantea cada aspirante, cómo piensa llevarlo a cabo, quiénes serán los principales beneficiarios de sus políticas y cuáles podrían ser sus consecuencias para el conjunto de la ciudadanía. Las siguientes reflexiones no buscan decirle a nadie por quién votar. Pretenden, más bien, formular algunas preguntas que considero importantes antes de depositar el sufragio.

Al revisar los programas de candidatos tan distintos como Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella aparecen visiones claramente diferentes sobre el territorio que compartimos. Mientras uno impulsa una mayor intervención estatal, una profundización de las políticas sociales, una reforma tributaria progresiva, el robustecimiento de la educación pública y la continuidad de los procesos de paz, el otro ofrece una reducción de impuestos, una disminución del tamaño del aparato estatal, una política de seguridad más contundente, la construcción de megacárceles y el afianzamiento de sectores productivos tradicionales como el petróleo y el gas. Evidentemente no he consigando todas las iniciativas.

Estas diferencias son legítimas y hacen parte de cualquier democracia. No obstante, también plantean preguntas que merecen respuestas concretas. Por ejemplo, si se propone reducir impuestos y favorecer la inversión empresarial, ¿cómo se financiarán simultáneamente nuevas cárceles, más fuerza pública, infraestructura y modernización institucional? Si el Estado contará con menos ingresos, ¿de dónde saldrán los recursos para sostener esas iniciativas? ¿Se espera que el crecimiento económico compense la reducción tributaria? ¿Existen estudios que respalden esas proyecciones?

De la misma manera, si se plantea ampliar significativamente la presencia estatal en áreas como salud, educación, reforma agraria y programas sociales, surge otra pregunta igualmente válida: ¿será suficiente el recaudo esperado para financiar estas transformaciones? ¿Cómo se garantizará que los dineros lleguen efectivamente a los ciudadanos y no terminen perdiéndose entre burocracia, ineficiencia o corrupción?

También considero importante preguntarnos si las iniciativas están dirigidas a toda la población o si responden principalmente a determinados grupos sociales. Un candidato puede enfocarse en empresarios, inversionistas y ciudadanos preocupados por la inseguridad. Otro puede poner el énfasis en campesinos, trabajadores, organizaciones sociales o comunidades históricamente excluidas. Pero quien llegue a la Presidencia no gobernará únicamente para quienes votaron por él. Gobernará para más de cincuenta millones de compatriotas. Por eso vale la pena preguntarse si las apuestas tienen la capacidad de integrar a la nación o si, por el contrario, pueden profundizar la polarización que ya vivimos.

La seguridad es un buen ejemplo de ello. Algunos programas parten de la necesidad de robustecer la capacidad coercitiva del Estado mediante más policía, más cárceles y penas más severas. Otros consideran que la seguridad duradera requiere intervenir también sobre las causas sociales, económicas y políticas de la violencia. El riesgo es que terminemos creyendo que uno ofrece seguridad y el otro no, cuando en realidad ambos hablan de seguridad desde enfoques distintos. La pregunta debería ser cuál de esas estrategias tiene mayores posibilidades de producir resultados sostenibles y cómo se piensa medir su efectividad.

Ahora bien, hay un tema que con frecuencia queda relegado en medio de estos debates y que, a mi juicio, tendría que ocupar un lugar mucho más central: la educación. Más allá de las discusiones sobre seguridad, impuestos o tamaño del Estado, me parece fundamental preguntarnos cómo garantizará un futuro gobierno que todos los habitantes del territorio tengan acceso a una formación de calidad, independientemente de su condición económica, de la región donde vivan o de si estudian en instituciones oficiales o privadas. Porque, al final, pocas herramientas tienen una capacidad tan grande para abrir caminos, reducir desigualdades y transformar vidas como la educación.

Hablo también desde mi experiencia. Durante buena parte de mi vida profesional he participado en la formación de profesionales para el sector agropecuario. Ese contacto permanente con estudiantes, egresados y realidades del campo me ha permitido conocer tanto el enorme potencial de nuestros jóvenes como las limitaciones que aún enfrentan para convertir ese potencial en posibilidades ciertas de desarrollo.

La igualdad de oportunidades no debería medirse únicamente por la existencia de instituciones educativas, sino por la posibilidad concreta de que cualquier persona pueda desplegar sus capacidades, acceder a instrucción técnica, tecnológica o universitaria, participar en procesos de investigación e innovación y convertirse en motor de empleo y prosperidad para sus comunidades. En este sentido, no sobra decir que la educación pública es, para una inmensa mayoría, la única oportunidad real de salir adelante; de ahí que el debate merezca ir más allá de la mera competencia entre lo público y lo privado. Tanto quienes estudian en una institución del Estado como quienes lo hacen en una particular son colombianos y forman parte del mismo proyecto nacional. El verdadero reto consiste en evitar que el origen económico de una familia termine condicionando el futuro educativo de sus hijos.

Desde esa experiencia en el ámbito formativo también me surge otra inquietud. Durante décadas, buena parte de nuestro sistema de preparación ha estado orientado a capacitar personas para incorporarse al mercado laboral como empleados. Sin desconocer la importancia de ello, me pregunto si no convendría avanzar hacia un modelo que también forme a nuestros ciudadanos para convertirse en gestores de sus propios proyectos de vida.

¿Estamos preparando a nuestros jóvenes para crear empresa, innovar, liderar procesos productivos y generar empleo para otros? ¿O seguimos enfocando gran parte de nuestros esfuerzos en formarlos para buscar vacantes dentro de estructuras creadas por terceros? Especialmente en sectores como el agro, donde la innovación, el emprendimiento y el arraigo territorial pueden convertirse en motores de desarrollo, esta reflexión cobra una importancia particular.

Más allá de los conocimientos técnicos o profesionales, la educación podría fortalecer capacidades relacionadas con el liderazgo, la formulación de proyectos, la formación financiera, la innovación, la solución de problemas y la capacidad de asumir riesgos de manera responsable. No se trata de elegir entre formar empleados o empresarios. La nación necesita ambos. Pero sí conviene analizar si el equilibrio actual es el adecuado.

En una economía donde el conocimiento y la innovación son cada vez más importantes, el papel del Estado no debería limitarse a financiar la instrucción. También tendría que ayudar a crear condiciones para que los emprendimientos nacidos de esa preparación puedan crecer, acceder a crédito, recibir acompañamiento técnico, superar las barreras iniciales y convertirse en fuentes de trabajo y bienestar para sus comunidades.

¿Existe dentro de los programas de los candidatos una estrategia clara para impulsar este tipo de capacitación? ¿Se contempla la formación como una herramienta para construir autonomía económica y movilidad social? ¿O se sigue pensando principalmente en preparar a las nuevas generaciones para ocupar puestos de trabajo creados por otros? Estas preguntas resultan especialmente pertinentes en una sociedad donde millones de personas encuentran en el emprendimiento una alternativa para mejorar sus condiciones de vida y aportar al crecimiento económico.

Durante años hemos escuchado críticas al crecimiento de la deuda pública, sin importar cuál sea el gobierno de turno. Pese a ello, cuando se revisan muchos planes de gobierno, resulta inevitable preguntarse si los recursos proyectados serán suficientes para cumplir todo lo prometido. Si se reducen impuestos, si se amplían programas sociales, si se fortalece la seguridad, si se mejora la infraestructura, si se transforma la educación y la salud, ¿de dónde saldrá el dinero? ¿Qué gastos se reducirán? ¿Qué nuevas fuentes de ingreso existirán? ¿Y cuánto terminarán pagando las futuras generaciones mediante mayores niveles de endeudamiento?

Quizá una de las preguntas más importantes que deberíamos hacerles a todos los aspirantes es que presenten no solamente sus iniciativas, sino también una explicación clara de cuánto costarán, de dónde saldrán los fondos y cuál será el impacto esperado sobre las finanzas nacionales.

Para terminar, más que cuestionarnos quién promete más, convendría identificar quién ofrece un proyecto viable, sostenible y capaz de crear condiciones favorables para la mayoría de los colombianos. Creo que el país necesita avanzar hacia una sociedad donde el lugar de nacimiento, la condición económica o el entorno familiar no definan el futuro de las personas. Por lo tanto, es importante valorar qué lugar ocupa la educación dentro de cada plan de gobierno y cuál será su capacidad para transformar la vida de millones de ciudadanos.

Porque gobernar no consiste únicamente en identificar problemas o formular aspiraciones; también implica demostrar que existen caminos realistas para convertir esas aspiraciones en resultados concretos. Nos quedan tres semanas para reflexionar sobre los programas, analizar sus alcances, identificar sus fortalezas y cuestionar sus debilidades. Tres semanas para decidir conscientemente el voto, pensando no solo en nuestras convicciones personales, sino también en la nación que queremos construir para las próximas generaciones.

El 21 de junio cada uno marcará una casilla en el tarjetón, pero entre todos estaremos definiendo el rumbo de Colombia.