Pero bueno, el Mundial ya se terminó y los 'sensatos' estarán más aliviados. Ahora, la verdadera crisis familiar en cada casa ya no es quién se quedó con la copa, sino el vacío que queda a partir de mañana en la sala. Con el televisor apagado, la pregunta del millón es: ¿y ahora qué vemos en plan familiar?
Como quiera que sea, tendremos que readaptarnos a quedar desprogramados por la ausencia de fútbol mundialista. Volverán nuestras ligas —cada una en su dimensión—, con nuestras estrellas locales. Regresarán las competiciones más importantes del planeta y quizá otros deportes recuperen la atención que durante estas semanas cedieron al balón. Eso sí, este Mundial dejará varios recuerdos.
Primero, será recordado como el Mundial de los escándalos. Por un lado, las denuncias de amaño: Egipto acusó arbitrajes favorables a Argentina tras la remontada de octavos (3-2), reclamó la exclusión del árbitro y de toda su terna, mientras el FBI inició una investigación sobre la AFA por un presunto caso de lavado de activos relacionado con su presidente, Claudio Tapia.
Por otro lado, la figura de Gianni Infantino también quedó bajo la lupa. La entrega del FIFA Peace Prize a Donald Trump durante el sorteo de grupos y el posterior levantamiento de una sanción al delantero estadounidense Folarin Balogun, interpretado por varios sectores como resultado de presiones políticas, llevaron incluso a que la organización FairSquare presentara una denuncia ante la comisión de ética del COI por una presunta vulneración del principio de neutralidad política.
Y en Colombia tampoco faltó la polémica. La camiseta de la Selección terminó convertida en símbolo de campaña del candidato presidencial Abelardo de la Espriella y de su partido, hasta que un juzgado penal de Bogotá ordenó cesar inmediatamente su utilización con fines políticos; después fue revocada. A ello se sumó el interminable debate tras la eliminación de la Selección: para unos, la responsabilidad fue del planteamiento técnico; para otros, de las decisiones arbitrales, de los jugadores o, simplemente, de la falta de jerarquía en los momentos decisivos. Como ya es costumbre, las redes sociales hicieron su propio campeonato, pasando del análisis a la descalificación. Algunos jugadores y miembros del cuerpo técnico incluso fueron blanco de insultos y amenazas. Pareciera que seguimos convencidos de que perder siempre exige un culpable, cuando el deporte, por definición, consiste precisamente en que casi siempre alguien pierde.
Al final, como ocurre tantas veces en el fútbol, el campeón levantará la copa, pero las polémicas seguirán jugando tiempo de reposición durante muchos años.
También lo recordaremos por ser el Mundial con más goles de grandes individualidades: Messi, Mbappé y Haaland. Es cierto que hubo más partidos, porque por primera vez participaron 48 selecciones. De esos 47 "fracasados" —como los calificó un comentarista convencido de que solo existe el éxito para quien levanta la copa—, solo uno podía terminar campeón. Los otros 47 regresarán a casa con historias muy distintas: algunos habrán decepcionado, otros simplemente confirmaron su nivel y varios habrán conseguido el mayor logro de la historia de su fútbol. Porque, para muchas selecciones, clasificar a un Mundial ya es una victoria que ninguna eliminación puede borrar.
Mientras algunos seguían repartiendo etiquetas de "fracasados", las estadísticas escribían otra historia. Con 100 partidos disputados antes de las semifinales, el torneo ya acumulaba 292 goles, para un promedio de 2,92 por encuentro, la mejor marca en más de medio siglo, algo que no ocurría desde México 1970. El récord absoluto de goles en un Mundial quedó pulverizado antes de concluir la competición. En el camino también se anotó el gol número 3.000 en la historia de los Mundiales, obra del argentino Enzo Fernández frente a Egipto.
En la carrera individual, Messi llegó a ocho goles en el torneo (21 en toda su historia mundialista) y Mbappé terminó como máximo goleador con diez tantos, encabezando la lucha por la Bota de Oro. Haaland, en su primer Mundial, terminó con siete anotaciones. Es la primera vez que tres futbolistas marcan siete o más goles en una misma edición.
Otra marca fue la asistencia a los estadios: la mayor en la historia de los Mundiales. El récord de Estados Unidos 1994 cayó antes de terminar la fase de grupos y, para los cuartos de final, el acumulado superaba los 6,5 millones de espectadores. Sin embargo, en promedio por partido continúa siendo superior el Mundial de 1994, debido principalmente a que varios escenarios de esta edición no superaban los 60.000 espectadores de capacidad.
También fue el Mundial con mayor audiencia televisiva de la historia. Solo por citar un dato, se proyectó que la final sería vista por cerca de 1.800 millones de espectadores en todo el planeta, muy por encima de los 1.500 millones que había reunido la final de Catar 2022, una cifra que seguramente volverá a confirmar que ningún otro espectáculo deportivo logra concentrar durante un mes la atención del planeta como lo hace una Copa del Mundo.
La organización entre tres países tampoco pareció ser el experimento ideal. Los desplazamientos fueron enormes; viajar de Vancouver a Ciudad de México supone más de cinco horas y media de vuelo. Algunas selecciones disputaban un partido en Estados Unidos y, apenas terminaba el encuentro, debían abandonar inmediatamente el país por razones migratorias. Una curiosa manera de entender un torneo compartido e "integrado".
En lo estrictamente futbolístico también hubo novedades reglamentarias. Se prometió aumentar el tiempo efectivo de juego, pero el resultado terminó siendo discutible. Las prolongadas revisiones del VAR y una pausa obligatoria de hidratación, de tres minutos alrededor del minuto 22 de cada tiempo, transformaron los partidos en encuentros divididos en cuatro tiempos. En algunos casos la medida estaba plenamente justificada por las altas temperaturas; en otros resultó difícil entenderla en estadios cubiertos y climatizados. Oficialmente obedecía a razones médicas. Extraoficialmente, muchos no pudieron evitar pensar que esos tres minutos también resultaban bastante convenientes para la televisión y la pauta comercial.
El torneo también dejó nombres inesperados. Gilberto Mora, con apenas 17 años, se convirtió en uno de los debutantes más jóvenes en la historia de los Mundiales y en el segundo futbolista más joven en ser titular en un partido de eliminación directa, únicamente superado por Pelé. También apareció el arquero caboverdiano Josimar "Vozinha" Évora Dias, de 40 años, prácticamente desconocido antes del torneo y convertido en héroe tras frustrar a España y luego llevar a Argentina al alargue con una actuación memorable. Y, por supuesto, Haaland, que no solo por su capacidad goleadora terminó siendo tema permanente tanto dentro como fuera de la cancha. Las redes vivieron prácticamente todo el Mundial con su imagen.
Dentro de cuatro años volveremos a jurar que ningún torneo nos cambiará la vida... hasta que llegue el siguiente Mundial y volvamos a organizar vacaciones, reuniones familiares, horarios de trabajo y horas de sueño alrededor de un balón.
La próxima cita será en España, Portugal y Marruecos, tres países mucho más cercanos entre sí. Sin embargo, ya circulan rumores sobre una nueva ampliación del número de selecciones. Quizá algún día desaparezca la fase clasificatoria y el Mundial termine disputándose en un continente entero. Si el negocio continúa marcando el camino, siempre habrá una explicación convincente para asegurar que todo se hace por el bien del fútbol. El presidente de turno de la FIFA —sea o no Gianni Infantino— encontrará la forma de explicarlo.
Pero, paradójicamente, esta vez el resultado en la cancha le dio la razón al discurso: ganó el que había hecho prácticamente todo bien. España fue, de principio a fin, la mejor selección del torneo: llegó a la final invicta, con siete victorias y un empate, con un fútbol de toque, paciencia y control que rara vez cedió la iniciativa, y cerró el Mundial habiendo encajado un solo gol en siete partidos, una cifra casi de otra época. Ferran Torres definió en el alargue (106') un 1-0 tan ajustado como merecido ante una Argentina que terminó con diez jugadores tras la expulsión de Enzo Fernández, y Rodri se llevó el Balón de Oro como mejor jugador del certamen, reflejo de un equipo que ganó siendo, además de eficaz, ampliamente superior. Un campeón que convenció tanto por lo que anotó como, sobre todo, por lo poquísimo que le anotaron.
Porque si algo demostró este Mundial es que el fútbol sigue siendo el espectáculo; el negocio, el verdadero campeonato. Y ese, por ahora, siempre lo gana la FIFA. Al menos esta vez, quien merecía ganar el fútbol también lo hizo.