martes, 9 de junio de 2026

El Mundial empieza el 11. Colombia no llega a participar. Llega a competir


Copa Mundial de Fútbol 2026
Generada por ChatGpt
A partir del 11 de junio estaremos en modo Mundial. El debate político seguirá ahí, acompañándonos todos los días, pero por momentos compartirá protagonismo con el fútbol. Y como ocurre cada cuatro años, volverá la pregunta inevitable: ¿quién levantará el trofeo de campeón? Para responderla aparecen las predicciones, las simulaciones estadísticas y los análisis de expertos que intentan descifrar cuáles selecciones tienen más opciones de llegar hasta el final.

Los principales modelos de análisis futbolístico coinciden en algo: España, Francia, Argentina e Inglaterra aparecen hoy como las selecciones con mayores probabilidades de alcanzar las semifinales y pelear por el título. Proyecciones de Opta (Supercomputadora de Opta) y simulaciones basadas en rankings Elo (World Football Elo Ratings) ubican constantemente a estas selecciones en la parte más alta de las probabilidades. Los modelos financieros de Goldman Sachs , por su parte, coinciden en situar a España, Francia y Argentina entre los tres primeros candidatos, aunque difieren en el peso que le asignan a Inglaterra. 

Y no se trata solamente de nombres.

Detrás de esos pronósticos hay variables objetivas: profundidad de plantilla, rendimiento reciente, equilibrio entre líneas, edad promedio de los jugadores, producción ofensiva, solidez defensiva, experiencia internacional y capacidad para sostener el nivel competitivo durante un torneo largo.

España llega probablemente con el fútbol colectivo más elaborado del campeonato. Francia posee una cantidad de talento difícil de igualar y una profundidad de plantilla que pocas selecciones pueden mostrar. Argentina mantiene la estructura competitiva de un campeón que aprendió a sobrevivir a los partidos de eliminación directa. Inglaterra cuenta con una generación que, en términos de valor de mercado y calidad individual, está entre las más fuertes del planeta.

Sin embargo, los mundiales rara vez se definen únicamente por los favoritos.

También cuentan las debilidades.

Francia usualmente concede espacios que equipos rápidos pueden aprovechar. Inglaterra continúa cargando con la presión histórica de no transformar su enorme potencial en títulos. Argentina depende de mantener la intensidad física durante un torneo largo. España, aunque brillante con el balón, puede sufrir cuando enfrenta equipos que resisten bien y salen rápido al contragolpe.

Y es justamente ahí donde aparece Colombia.

Quizás no encabece las probabilidades de los grandes modelos internacionales, pero por primera vez en mucho tiempo tampoco llega como una selección sorpresa. Colombia ha construido una identidad competitiva, una base de jugadores consolidada en las principales ligas del mundo y una generación que combina experiencia con juventud.

Lo más interesante es que varias de las fortalezas de Colombia coinciden precisamente con algunas de las debilidades de los favoritos: velocidad para atacar espacios, capacidad física, jugadores desequilibrantes por las bandas, un mediocampo con recuperación y una mentalidad competitiva que ha crecido notablemente en los últimos años.

Además, mientras otras selecciones llegan con la obligación de ser campeonas, Colombia llega con una ventaja silenciosa: tiene mucho que ganar y relativamente poco que perder. Esa condición ha impulsado algunas de las campañas más memorables en la historia de los mundiales.

Por supuesto, sería irresponsable afirmar que Colombia es favorita al título. Las estadísticas todavía favorecen las cuatro selecciones mencionadas. Pero también sería un error seguir viendo a nuestra selección como una simple participante. Hoy Colombia tiene argumentos futbolísticos reales para competir de tú a tú con cualquiera y para soñar legítimamente con un lugar entre las mejores del Mundial.

A dos días del inicio del torneo, los modelos de Opta otorgan a España cerca de un 16% de probabilidad de ser campeona, seguida por Francia con alrededor del 13%, Inglaterra con cerca del 11% y Argentina rondando el 10%. El modelo de Goldman Sachs, construido sobre simulaciones del ranking Elo, va más lejos con España —a la que asigna un 26%— y sitúa a Francia segunda con un 19% y a Argentina tercera con un 14%. Las cifras varían entre modelos, pero el mensaje es consistente: esas selecciones dominan el mapa de favoritos.

Pero el fútbol tiene algo que ningún algoritmo ha logrado calcular completamente.

La presión.

La confianza.

La inspiración de una generación.

El momento exacto en que un grupo de jugadores empieza a creer que puede hacer historia.

Los mundiales no se juegan en las computadoras, ni en las casas de apuestas, ni en los rankings.

Se juegan en la cancha.

Y si algo ha demostrado la historia del fútbol es que siempre existe una selección capaz de romper los pronósticos.

Ojalá esa selección sea Colombia.

viernes, 5 de junio de 2026

Colombianos en Estados Unidos: una crisis que no puede ignorarse

Mientras Colombia concentra su atención en la campaña presidencial y en los debates sobre seguridad, economía y reformas sociales, miles de colombianos enfrentan una creciente incertidumbre en territorio estadounidense. La política de inmigración de la administración de Donald Trump se ha endurecido de manera significativa y sus efectos ya son visibles para quienes emigraron en busca de oportunidades laborales, académicas o familiares.

Conviene hacer una precisión importante. La administración de Donald Trump ha definido una línea migratoria clara. Puede compartirse o cuestionarse pero sus objetivos han sido expuestos de manera explícita: incrementar los procesos de expulsión, restringir mecanismos de regularización y fortalecer los controles fronterizos. Los ciudadanos colombianos residentes en ese país conocen hoy con claridad la posición de la Casa Blanca frente al fenómeno migratorio, desde nuestra perspectiva cuestionable, por el tratamiento inhumano que se le ha dado a los deportados y el no reconocimiento del estatus migratorio reconocido.

Cada día es más preocupante la situación de muchos ciudadanos que residen de forma legal o irregular en Estados Unidos. Particularmente delicado es el caso de quienes migraron legalmente por motivos de estudio, trabajo o reunificación familiar. Quienes decidieron permanecer más allá de los términos autorizados por sus visados asumieron un riesgo conocido. Pero lo que hoy está ocurriendo va mucho más allá de esa realidad. Cambios en la normativa de inmigración están afectando también a personas que actuaron conforme a la ley y que ahora enfrentan un futuro incierto.

Las cifras más recientes permiten dimensionar la magnitud del fenómeno. En lo corrido de 2025 se registran más de 23.000 expulsiones (TRAC – El Colombiano), con un pico mensual de 4.075 casos en marzo, la cifra más alta desde 1998 (El Tiempo). Colombia se ubica además como el quinto país latinoamericano con mayor número de retornos forzados, detrás de México, Honduras, Guatemala y Venezuela (El Colombiano). A esto se suma que cerca de 1.100 de los nuestros que ingresaron bajo programas de permiso humanitario se encuentran en riesgo de perder su estatus legal (El Tiempo), mientras la aprobación de residencias permanentes ha caído de cerca de 72.000 mensuales en octubre de 2024 a aproximadamente 34.000 en enero de 2026, según el Instituto Cato con base en datos del USCIS (El Universal / Telemundo). Incluso se han documentado situaciones extremas, como la deportación de ocho ciudadanos colombianos hacia la República Democrática del Congo —quienes no podían ser retornados a Colombia por contar con mecanismos de protección legal contra su regreso al país— (Semana / El Colombiano), lo que evidencia la creciente complejidad y alcance de las decisiones adoptadas.

Más allá de las estadísticas, el panorama resulta profundamente inquietante. Detrás de cada número hay familias separadas, proyectos de vida interrumpidos, profesionales que apostaron por construir un futuro fuera del país y estudiantes que encontraron en el exterior oportunidades que su nación de origen no les ofrecía.

Muchos abandonaron su tierra natal porque no veían posibilidades reales de desarrollo personal o profesional. Algunos aceptaron trabajos que jamás habrían desempeñado en Colombia; dejaron atrás carreras activas, empresas o posiciones sociales para comenzar de nuevo. También están quienes viajaron legalmente para estudiar, especializarse o investigar, confiando en que algún día podrían regresar a un país que valorara sus conocimientos. Pero para quienes decidieron volver, las promesas de recuperación de talento, fortalecimiento de la investigación y economía del conocimiento terminaron convertidas en frustración: oportunidades escasas, ingresos muy inferiores y un reconocimiento bajo respecto a las expectativas creadas.

Ante esta realidad surgen preguntas inevitables. ¿Qué ha hecho el Estado colombiano para proteger a sus ciudadanos fuera del país? ¿Qué mecanismos de asistencia jurídica, diplomática y humanitaria se han activado para quienes enfrentan procesos de expulsión? ¿Existe una estrategia nacional para aprovechar el conocimiento, la experiencia y las capacidades de quienes regresan?

Pero la pregunta más importante mira hacia el futuro. El próximo 21 de junio los colombianos elegirán un nuevo presidente. Los dos aspirantes han debatido sobre múltiples asuntos internos, pero hasta ahora ambos parecen compartir un preocupante silencio frente a una situación que afecta a miles de compatriotas.

En lo personal identifico un vacío significativo sobre cómo enfrentar una eventual crisis humanitaria derivada del aumento de las deportaciones, cómo asumir los costos económicos y sociales de la reintegración, cómo brindar defensa jurídica transnacional a los afectados y cómo negociar con un gobierno estadounidense que ha endurecido su postura migratoria.

Quizá los ciudadanos en el exterior no representan suficientes votos para definir una elección. Quizá sus dificultades ocurren lejos de las fronteras nacionales y generan pocos titulares. Sin embargo, siguen siendo colombianos. Siguen sosteniendo a miles de familias mediante el envío de remesas. Y siguen teniendo derechos que el Estado está obligado a proteger.

Ojalá que en los debates presidenciales algún periodista formule la pregunta que hasta ahora nadie parece dispuesto a hacer: ¿qué harán los aspirantes a la Presidencia por quienes hoy enfrentan la incertidumbre de la expulsión, la pérdida de su estatus migratorio o el abandono institucional?

martes, 2 de junio de 2026

Más que un voto: el futuro de Colombia en juego

El próximo 21 de junio los colombianos tendremos que tomar una decisión que seguramente marcará el rumbo de la nación durante los próximos años. Más allá de los nombres de los candidatos, pareciera que estamos frente a dos visiones de país profundamente diferentes, incluso diametralmente opuestas en algunos aspectos fundamentales como el papel del Estado, la seguridad, la economía, la educación y la forma de enfrentar los problemas históricos de nuestra sociedad.

Justamente por eso considero que el debate no debería centrarse únicamente en las simpatías personales, en los discursos de campaña o en las diferencias ideológicas. Más bien tendría que invitarnos a analizar con detenimiento qué plantea cada aspirante, cómo piensa llevarlo a cabo, quiénes serán los principales beneficiarios de sus políticas y cuáles podrían ser sus consecuencias para el conjunto de la ciudadanía. Las siguientes reflexiones no buscan decirle a nadie por quién votar. Pretenden, más bien, formular algunas preguntas que considero importantes antes de depositar el sufragio.

Al revisar los programas de candidatos tan distintos como Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella aparecen visiones claramente diferentes sobre el territorio que compartimos. Mientras uno impulsa una mayor intervención estatal, una profundización de las políticas sociales, una reforma tributaria progresiva, el robustecimiento de la educación pública y la continuidad de los procesos de paz, el otro ofrece una reducción de impuestos, una disminución del tamaño del aparato estatal, una política de seguridad más contundente, la construcción de megacárceles y el afianzamiento de sectores productivos tradicionales como el petróleo y el gas. Evidentemente no he consigando todas las iniciativas.

Estas diferencias son legítimas y hacen parte de cualquier democracia. No obstante, también plantean preguntas que merecen respuestas concretas. Por ejemplo, si se propone reducir impuestos y favorecer la inversión empresarial, ¿cómo se financiarán simultáneamente nuevas cárceles, más fuerza pública, infraestructura y modernización institucional? Si el Estado contará con menos ingresos, ¿de dónde saldrán los recursos para sostener esas iniciativas? ¿Se espera que el crecimiento económico compense la reducción tributaria? ¿Existen estudios que respalden esas proyecciones?

De la misma manera, si se plantea ampliar significativamente la presencia estatal en áreas como salud, educación, reforma agraria y programas sociales, surge otra pregunta igualmente válida: ¿será suficiente el recaudo esperado para financiar estas transformaciones? ¿Cómo se garantizará que los dineros lleguen efectivamente a los ciudadanos y no terminen perdiéndose entre burocracia, ineficiencia o corrupción?

También considero importante preguntarnos si las iniciativas están dirigidas a toda la población o si responden principalmente a determinados grupos sociales. Un candidato puede enfocarse en empresarios, inversionistas y ciudadanos preocupados por la inseguridad. Otro puede poner el énfasis en campesinos, trabajadores, organizaciones sociales o comunidades históricamente excluidas. Pero quien llegue a la Presidencia no gobernará únicamente para quienes votaron por él. Gobernará para más de cincuenta millones de compatriotas. Por eso vale la pena preguntarse si las apuestas tienen la capacidad de integrar a la nación o si, por el contrario, pueden profundizar la polarización que ya vivimos.

La seguridad es un buen ejemplo de ello. Algunos programas parten de la necesidad de robustecer la capacidad coercitiva del Estado mediante más policía, más cárceles y penas más severas. Otros consideran que la seguridad duradera requiere intervenir también sobre las causas sociales, económicas y políticas de la violencia. El riesgo es que terminemos creyendo que uno ofrece seguridad y el otro no, cuando en realidad ambos hablan de seguridad desde enfoques distintos. La pregunta debería ser cuál de esas estrategias tiene mayores posibilidades de producir resultados sostenibles y cómo se piensa medir su efectividad.

Ahora bien, hay un tema que con frecuencia queda relegado en medio de estos debates y que, a mi juicio, tendría que ocupar un lugar mucho más central: la educación. Más allá de las discusiones sobre seguridad, impuestos o tamaño del Estado, me parece fundamental preguntarnos cómo garantizará un futuro gobierno que todos los habitantes del territorio tengan acceso a una formación de calidad, independientemente de su condición económica, de la región donde vivan o de si estudian en instituciones oficiales o privadas. Porque, al final, pocas herramientas tienen una capacidad tan grande para abrir caminos, reducir desigualdades y transformar vidas como la educación.

Hablo también desde mi experiencia. Durante buena parte de mi vida profesional he participado en la formación de profesionales para el sector agropecuario. Ese contacto permanente con estudiantes, egresados y realidades del campo me ha permitido conocer tanto el enorme potencial de nuestros jóvenes como las limitaciones que aún enfrentan para convertir ese potencial en posibilidades ciertas de desarrollo.

La igualdad de oportunidades no debería medirse únicamente por la existencia de instituciones educativas, sino por la posibilidad concreta de que cualquier persona pueda desplegar sus capacidades, acceder a instrucción técnica, tecnológica o universitaria, participar en procesos de investigación e innovación y convertirse en motor de empleo y prosperidad para sus comunidades. En este sentido, no sobra decir que la educación pública es, para una inmensa mayoría, la única oportunidad real de salir adelante; de ahí que el debate merezca ir más allá de la mera competencia entre lo público y lo privado. Tanto quienes estudian en una institución del Estado como quienes lo hacen en una particular son colombianos y forman parte del mismo proyecto nacional. El verdadero reto consiste en evitar que el origen económico de una familia termine condicionando el futuro educativo de sus hijos.

Desde esa experiencia en el ámbito formativo también me surge otra inquietud. Durante décadas, buena parte de nuestro sistema de preparación ha estado orientado a capacitar personas para incorporarse al mercado laboral como empleados. Sin desconocer la importancia de ello, me pregunto si no convendría avanzar hacia un modelo que también forme a nuestros ciudadanos para convertirse en gestores de sus propios proyectos de vida.

¿Estamos preparando a nuestros jóvenes para crear empresa, innovar, liderar procesos productivos y generar empleo para otros? ¿O seguimos enfocando gran parte de nuestros esfuerzos en formarlos para buscar vacantes dentro de estructuras creadas por terceros? Especialmente en sectores como el agro, donde la innovación, el emprendimiento y el arraigo territorial pueden convertirse en motores de desarrollo, esta reflexión cobra una importancia particular.

Más allá de los conocimientos técnicos o profesionales, la educación podría fortalecer capacidades relacionadas con el liderazgo, la formulación de proyectos, la formación financiera, la innovación, la solución de problemas y la capacidad de asumir riesgos de manera responsable. No se trata de elegir entre formar empleados o empresarios. La nación necesita ambos. Pero sí conviene analizar si el equilibrio actual es el adecuado.

En una economía donde el conocimiento y la innovación son cada vez más importantes, el papel del Estado no debería limitarse a financiar la instrucción. También tendría que ayudar a crear condiciones para que los emprendimientos nacidos de esa preparación puedan crecer, acceder a crédito, recibir acompañamiento técnico, superar las barreras iniciales y convertirse en fuentes de trabajo y bienestar para sus comunidades.

¿Existe dentro de los programas de los candidatos una estrategia clara para impulsar este tipo de capacitación? ¿Se contempla la formación como una herramienta para construir autonomía económica y movilidad social? ¿O se sigue pensando principalmente en preparar a las nuevas generaciones para ocupar puestos de trabajo creados por otros? Estas preguntas resultan especialmente pertinentes en una sociedad donde millones de personas encuentran en el emprendimiento una alternativa para mejorar sus condiciones de vida y aportar al crecimiento económico.

Durante años hemos escuchado críticas al crecimiento de la deuda pública, sin importar cuál sea el gobierno de turno. Pese a ello, cuando se revisan muchos planes de gobierno, resulta inevitable preguntarse si los recursos proyectados serán suficientes para cumplir todo lo prometido. Si se reducen impuestos, si se amplían programas sociales, si se fortalece la seguridad, si se mejora la infraestructura, si se transforma la educación y la salud, ¿de dónde saldrá el dinero? ¿Qué gastos se reducirán? ¿Qué nuevas fuentes de ingreso existirán? ¿Y cuánto terminarán pagando las futuras generaciones mediante mayores niveles de endeudamiento?

Quizá una de las preguntas más importantes que deberíamos hacerles a todos los aspirantes es que presenten no solamente sus iniciativas, sino también una explicación clara de cuánto costarán, de dónde saldrán los fondos y cuál será el impacto esperado sobre las finanzas nacionales.

Para terminar, más que cuestionarnos quién promete más, convendría identificar quién ofrece un proyecto viable, sostenible y capaz de crear condiciones favorables para la mayoría de los colombianos. Creo que el país necesita avanzar hacia una sociedad donde el lugar de nacimiento, la condición económica o el entorno familiar no definan el futuro de las personas. Por lo tanto, es importante valorar qué lugar ocupa la educación dentro de cada plan de gobierno y cuál será su capacidad para transformar la vida de millones de ciudadanos.

Porque gobernar no consiste únicamente en identificar problemas o formular aspiraciones; también implica demostrar que existen caminos realistas para convertir esas aspiraciones en resultados concretos. Nos quedan tres semanas para reflexionar sobre los programas, analizar sus alcances, identificar sus fortalezas y cuestionar sus debilidades. Tres semanas para decidir conscientemente el voto, pensando no solo en nuestras convicciones personales, sino también en la nación que queremos construir para las próximas generaciones.

El 21 de junio cada uno marcará una casilla en el tarjetón, pero entre todos estaremos definiendo el rumbo de Colombia.

martes, 19 de mayo de 2026

Cuando ver televisión era un plan familiar en Colombia


Tienda de tintos
Un homenaje a Los Magnífocos - Tunja
Hubo un tiempo en que en Colombia la noche tenía un ritual casi sagrado. Después de la comida, mientras unos terminaban el café y otros acomodaban las sillas de la sala, eltelevisor se convertía en el centro del hogar. No importaba si era un aparato enorme de madera, uno pequeño en blanco y negro o aquel televisor con antena que obligaba a alguien a levantarse a moverla hasta que desapareciera la “lluvia” en la pantalla. Lo importante era otra cosa: la familia estaba junta.

En los años 70 y 80, la televisión no era una experiencia individual. Era compartida. Padres, hijos, hermanos e incluso vecinos seguían las mismas historias semana tras semana. Al día siguiente, el país entero comentaba el capítulo en el colegio, en la oficina, en la tienda del barrio o en el bus. Era una época sin plataformas digitales, sin algoritmos y sin teléfonos inteligentes, pero con algo que hoy parece más escaso: tiempo para compartir.

Y en medio de esa rutina familiar aparecieron series que marcaron para siempre a los hogares colombianos. Historias de drama, acción y hasta de una inteligencia artificial que entonces parecía imposible. Las que menciono aquí no necesariamente están porque hayan sido las mejores, sino porque fueron de las que más me impactaron y de las que todavía sigo recordando con nostalgia.

Una de las que más atrapó a las familias fue Dallas. La historia de la poderosa familia Ewing llevó a millones de espectadores a un mundo de petróleo, riqueza y traiciones que contrastaba con la realidad cotidiana del país. Todos tenían una opinión sobre J.R. Ewing: algunos lo odiaban, otros admiraban su astucia, pero nadie era indiferente. La famosa pregunta “¿Quién disparó a J.R.?” cruzó fronteras y llegó también a Colombia, donde las familias esperaban ansiosas el siguiente episodio. Era el tipo de serie que hacía que nadie quisiera levantarse de la sala hasta que aparecieran los créditos finales.

Muy distinta, pero igual de cercana al corazón de los colombianos, fue Little House on the Prairie, conocida en Colombia como La familia Ingalls. La lucha diaria de Charles Ingalls por sacar adelante a los suyos conectaba profundamente con miles de familias trabajadoras del país. Los valores de esfuerzo, honestidad, unión y solidaridad hacían eco en una Colombia donde muchas veces la vida también dependía del trabajo duro y del apoyo familiar. No hacía falta una gran producción para emocionar. Bastaba ver a los Ingalls superar juntos las dificultades para que más de uno terminara el capítulo con lágrimas en los ojos.

Pero la televisión de aquella época no solo hablaba del presente o del pasado; también comenzaba a imaginar el futuro. Mucho antes de que existieran asistentes virtuales, vehículos inteligentes o herramientas capaces de conversar con nosotros, dos series sembraron en la mente de millones de televidentes colombianos las primeras ideas de lo que hoy conocemos como inteligencia artificial.

Por otro lado estaba Automan, que presentaba a un héroe digital creado por computadora, capaz de materializarse en el mundo real para combatir el crimen. Su estética luminosa, su vehículo imposible y el pequeño Cursor parecían pura magia ochentera. Pero vista hoy, la serie resulta hasta adelantada para su época: hablaba de interacción hombre-máquina y asistentes digitales décadas antes de que esos conceptos hicieran parte de nuestra vida diaria.

Y muy cerca de esa idea aparecía Knight Rider. Allí, Michael Knight encontraba en KITT algo más que un automóvil: un compañero inteligente, capaz de hablar, analizar situaciones, tomar decisiones y hasta expresar emociones. Para los hogares colombianos de los años 80 aquello era ciencia ficción pura. Sin embargo, el tiempo terminó dándoles la razón a esas series. Hoy convivimos con asistentes de voz, vehículos inteligentes y autónomos, y sistemas capaces de responder a nuestras órdenes, exactamente como aquellos programas imaginaron.

Claro que también había espacio para la acción y el humor familiar, y pocas series lograron ese equilibrio como The A-Team. Los Magníficos reunían frente al televisor tanto a adultos como a niños con sus persecuciones, explosiones y planes imposibles, pero sin la crudeza que domina muchas producciones actuales. El humor de Murdock, la inteligencia de Hannibal y el carisma imponente de Mr. T convertían cada episodio en un espectáculo para toda la familia. En muchos hogares colombianos, ver la serie era casi una cita obligada de la semana.

Tal vez hoy tengamos mejor imagen, muchísimos más canales —tantos que a veces pasamos más tiempo “caneleando” que viendo algo— y acceso inmediato a cualquier serie del mundo, eso sí, casi siempre pagando una suscripción distinta. Tenemos todo al alcance de un clic, pero muchas veces terminamos gastando más tiempo buscando qué ver que disfrutando realmente algo.

Sin embargo, aquellas noches frente al televisor tenían algo que la tecnología moderna todavía no logra reemplazar. Hoy, en muchos hogares, esas reuniones familiares prácticamente desaparecieron: hay un televidente en la sala, otro encerrado en su habitación, quizá alguien más viendo contenido desde la cocina o desde el celular. La tecnología multiplicó las opciones, pero también nos fue alejando poco a poco. Antes, una sola pantalla reunía a toda la familia; ahora cada quien tiene la suya.

jueves, 14 de mayo de 2026

La pensión en Colombia: una vida de aportes y un futuro incierto

La reforma pensional en Colombia no atraviesa únicamente una crisis jurídica. Lo que realmente está en juego es la confianza de millones de trabajadores que durante décadas cotizaron creyendo en un sistema que les daría tranquilidad en la vejez y que hoy les genera incertidumbre.

El debate se ha reducido a una pelea política entre gobierno y oposición, o a discusiones técnicas sobre cifras y sostenibilidad financiera. Pero el verdadero problema está en otra parte: en quienes sí trabajaron y sí cotizaron durante años, y aun así descubrieron demasiado tarde que las condiciones prometidas no eran las que realmente recibirían al pensionarse. El drama de quienes nunca lograron completar las semanas necesarias es gravísimo y refleja el fracaso del mercado laboral colombiano, pero ninguna reforma parece capaz de resolverlo de fondo. La discusión inmediata está en quienes sí hicieron el esfuerzo y sienten que el sistema cambió las reglas en el camino.

Las demandas contra la reforma, las recusaciones en la Corte Constitucional y el accidentado trámite legislativo muestran algo más profundo: durante décadas el país supo que el sistema pensional tenía fallas, pero ningún gobierno quiso asumir plenamente el costo político de corregirlas.

El problema viene desde la Ley 100 de 1993. El modelo de fondos privados fue presentado como una alternativa más moderna y rentable, pero buena parte de esas promesas dependían de condiciones que millones de trabajadores nunca tuvieron: empleo estable, cotizaciones continuas y salarios suficientemente altos para ahorrar lo necesario para una buena pensión.

Además, durante años existieron incentivos comerciales para trasladar afiliados a los fondos privados sin una asesoría realmente clara. Muchas personas fueron convencidas de cambiarse sin entender las consecuencias reales de esa decisión. Y el problema no afectó solo a trabajadores de bajos ingresos. Incluso personas con salarios medios descubrieron cerca de la edad de retiro que la pensión esperada dependía de variables inciertas como el comportamiento de los mercados financieros, la rentabilidad de los fondos o la expectativa de vida.

La Corte Constitucional terminó reconociendo esa realidad en múltiples fallos que permitieron el regreso de miles de trabajadores a Colpensiones. Eso no ocurrió por casualidad ni por razones políticas: ocurrió porque muchos jueces encontraron que hubo información incompleta o asesorías que no respondían realmente al interés del trabajador.

Y justamente ahí aparece otra de las grandes contradicciones del momento actual. Mientras la Corte Constitucional todavía estudia la reforma y continúan las discusiones jurídicas sobre decretos y reglamentaciones, nuevas decisiones judiciales han vuelto a poner en incertidumbre a trabajadores que ya habían tomado decisiones sobre su futuro pensional. Pero tampoco puede desconocerse que gracias a esos decretos reglamentarios miles de colombianos tuvieron la posibilidad de regresar a Colpensiones y hoy cuentan con una pensión más digna, o al menos mejor que la que les ofrecía el fondo privado después de décadas de aportes. Esa es una realidad que también existe y que no puede borrarse del debate simplemente porque hoy haya discusiones jurídicas sobre la validez o vigencia de esas normas.

El problema es que nuevamente los trabajadores quedan atrapados en medio de disputas institucionales que no controlan ni entienden completamente. Personas que actuaron confiando en reglas que el propio Estado presentó como válidas hoy vuelven a vivir en incertidumbre.

Eso es probablemente lo más grave de esta crisis: la sensación permanente de inseguridad. Hoy sí, mañana no, pasado mañana nadie sabe. Las reglas cambian, los procesos se frenan, los decretos se demandan, las cortes revisan, los gobiernos defienden sus reformas y la oposición intenta bloquearlas, mientras millones de trabajadores siguen sin saber con claridad qué terminará pasando con sus aportes, con su pensión y con el futuro que construyeron durante décadas de trabajo. Paradójicamente, esa incertidumbre termina pareciéndose a la misma volatilidad de los mercados que durante años se presentó como una de las fortalezas del sistema financiero: todo depende de variables cambiantes, pero las consecuencias reales las termina asumiendo el ciudadano común en su bienestar personal y familiar.

Por supuesto, también es cierto que trasladar masivamente afiliados a Colpensiones puede generar enormes presiones sobre las finanzas públicas. Ignorar ese riesgo sería irresponsable. Un sistema pensional que el Estado no pueda sostener termina afectando precisamente a quienes pretende proteger.

Pero tampoco puede aceptarse que todo se reduzca únicamente a las cuentas fiscales. Millones de personas cotizaron durante décadas creyendo en unas condiciones que el propio sistema ayudó a construir y que después no pudo cumplir completamente.

Más allá del fallo de la Corte, Colombia necesita una discusión honesta sobre su sistema pensional. Una discusión que reconozca las fallas históricas del modelo, que entienda los riesgos financieros reales del sistema público, pero que sobre todo no olvide algo esencial: detrás de cada expediente y cada debate político hay personas que trabajaron toda una vida y que hoy solo piden algo elemental: que después de décadas de aportes, el sistema no les responda con incertidumbre.

domingo, 10 de mayo de 2026

Este Día de la Madre también es para quienes la extrañan

Mientras muchos se preparan para celebrar este domingo 10 de mayo con flores, llamadas, abrazos o almuerzos familiares, otros vivimos el Día de la Madre desde la ausencia. Desde ese silencio extraño que deja alguien que parecía estar siempre ahí.

Y duele. Duele en los pequeños detalles: en una canción, en una receta, en una costumbre familiar, en el impulso de querer llamarla para contarle cualquier cosa o pedirle un sabio consejo.

Pero también es una fecha que nos recuerda todo lo que nos dejó. Su manera de cuidar, de acompañar, de sostener incluso cuando no entendíamos cuánto hacía por nosotros. Con el tiempo uno descubre que muchas de las cosas que somos vienen justamente de ella.

Tal vez este domingo no sea fácil para quienes ya no pueden abrazar a su mamá. Pero también puede ser un día para agradecer haberla tenido, para recordarla con amor y para reconocer que, de alguna forma, sigue presente en nuestra vida.

Porque una madre no desaparece del todo mientras siga viviendo en nuestros recuerdos, en nuestras palabras y en la forma en que aprendimos a querer.

Un abrazo especial para quienes este 10 de mayo extrañarán más que nunca a su mamá.

martes, 5 de mayo de 2026

El clic que sale caro: por qué seguimos cayendo en engaños digitales?

Hoy en día, navegar por internet se parece cada vez más a caminar por una feria donde todos gritan que tienen “la mejor oferta”. Los apasionados de los likes y los estafadores —que a veces parecen trabajar con el mismo manual— usan toda clase de trucos para lograr lo de siempre: que usted dé un “me gusta”, comparta algo o haga clic donde no debería. Y en ese gesto tan simple puede estar la peor decisión del día.

En YouTube, por ejemplo, el objetivo es que alguien reproduzca el video, como sea. Para eso aparecen títulos que prometen lo que nunca ocurre: películas presentadas con actores que no trabajaron ahi, actores en situaciones que jamás protagonizaron o escenas que, con algo de sentido común, uno sabría que no existen. Pero ahí están, funcionando. Si el título no alcanza, entonces la miniatura hace el trabajo: una imagen lo suficientemente provocadora como para que uno olvide cualquier sospecha y entre.

En Instagram el libreto no cambia mucho: la dieta milagrosa, el tratamiento médico que “la industria no quiere que conozcas”, el dinero que está a punto de llegar o esa persona que “le piensa en secreto”. Todo muy conveniente. De paso, le piden que comparta, que pinche en el corazón y que confíe en publicidad donde aparecen caras conocidas —a veces recreadas con inteligencia artificial— recomendando productos infalibles. En temas de salud, incluso se citan estudios inexistentes o hasta le han otorgado el Nobel como si fueran certificados de participación.

En WhatsApp quizá el medio más usado para comunición, al menos en Colombia, el correo y las llamadas telefónicas ya no se molestan tanto en disimular: ahí el objetivo es directamente sacarle algo. Un enlace llamativo, un mensaje urgente, un familiar que “necesita ayuda” o una herencia inesperada que apareció justo para usted. El resultado suele ser el mismo: datos robados, dinero perdido o un dispositivo que empieza a comportarse como si tuviera vida propia.

Con todo y las advertencias, la historia se repite. Se ignoran las señales, se hace clic y después vienen las quejas. Que el banco, que la plataforma, que alguien debería responder. Pero pocas veces se revisa la decisión inicial, que casi siempre fue confiar demasiado rápido.

Lo que queda claro es que la ética no está precisamente de moda. Conseguir seguidores vale lo que sea. Aumentar visitas, también (la monetización). Y engañar, ni hablar. Todo parece justificarse si hay números de por medio.

Precisamente por eso, cuando aparece un caso distinto, suena extraño. No es lo habitual. Dario Amodei, CEO de Anthropic, tuvo que tomar una decisión cuando el gobierno de Estados Unidos planteó condiciones que implicaban usos bastante discutibles de su inteligencia artificial —como vigilancia masiva o aplicaciones militares sensibles—. Y decidió no aceptarlas. No fue una postura simbólica: perdió contratos importantes y terminó enfrentándose con uno de los clientes más grandes posibles. Y aun así, mantuvo la decisión. Algo poco frecuente en un mundo donde normalmente primero se firma y después se piensa.

La misma empresa tomó otra decisión curiosa: desarrolló un modelo capaz de detectar vulnerabilidades críticas en software —de esas que llevan años sin descubrirse— y, en lugar de lanzarlo al público, prefirió limitar su uso a organizaciones de seguridad. No porque no pudieran sacarle provecho, sino precisamente porque podían.

Son excepciones, sí. Pero sirven para recordar que hay otra forma de hacer las cosas. Que no todo tiene que pasar por el engaño, que no todo vale, el clic fácil o la promesa inflada.

Al final, cualquiera puede caer en la trampas. Pero para evitarlas hay que hacer algo poco popular: detenerse un momento, desconfiar un poco y pensar antes de actuar. No debería ser tan emocionante como hacer clic de inmediato, pero parece dar mejores resultados. Porque, a estas alturas, ya deberíamos saberlo: de eso no dan tan fácil. Y nunca es gratis.