martes, 19 de mayo de 2026

Cuando ver televisión era un plan familiar en Colombia


Tienda de tintos
Un homenaje a Los Magnífocos - Tunja
Hubo un tiempo en que en Colombia la noche tenía un ritual casi sagrado. Después de la comida, mientras unos terminaban el café y otros acomodaban las sillas de la sala, eltelevisor se convertía en el centro del hogar. No importaba si era un aparato enorme de madera, uno pequeño en blanco y negro o aquel televisor con antena que obligaba a alguien a levantarse a moverla hasta que desapareciera la “lluvia” en la pantalla. Lo importante era otra cosa: la familia estaba junta.

En los años 70 y 80, la televisión no era una experiencia individual. Era compartida. Padres, hijos, hermanos e incluso vecinos seguían las mismas historias semana tras semana. Al día siguiente, el país entero comentaba el capítulo en el colegio, en la oficina, en la tienda del barrio o en el bus. Era una época sin plataformas digitales, sin algoritmos y sin teléfonos inteligentes, pero con algo que hoy parece más escaso: tiempo para compartir.

Y en medio de esa rutina familiar aparecieron series que marcaron para siempre a los hogares colombianos. Historias de drama, acción y hasta de una inteligencia artificial que entonces parecía imposible. Las que menciono aquí no necesariamente están porque hayan sido las mejores, sino porque fueron de las que más me impactaron y de las que todavía sigo recordando con nostalgia.

Una de las que más atrapó a las familias fue Dallas. La historia de la poderosa familia Ewing llevó a millones de espectadores a un mundo de petróleo, riqueza y traiciones que contrastaba con la realidad cotidiana del país. Todos tenían una opinión sobre J.R. Ewing: algunos lo odiaban, otros admiraban su astucia, pero nadie era indiferente. La famosa pregunta “¿Quién disparó a J.R.?” cruzó fronteras y llegó también a Colombia, donde las familias esperaban ansiosas el siguiente episodio. Era el tipo de serie que hacía que nadie quisiera levantarse de la sala hasta que aparecieran los créditos finales.

Muy distinta, pero igual de cercana al corazón de los colombianos, fue Little House on the Prairie, conocida en Colombia como La familia Ingalls. La lucha diaria de Charles Ingalls por sacar adelante a los suyos conectaba profundamente con miles de familias trabajadoras del país. Los valores de esfuerzo, honestidad, unión y solidaridad hacían eco en una Colombia donde muchas veces la vida también dependía del trabajo duro y del apoyo familiar. No hacía falta una gran producción para emocionar. Bastaba ver a los Ingalls superar juntos las dificultades para que más de uno terminara el capítulo con lágrimas en los ojos.

Pero la televisión de aquella época no solo hablaba del presente o del pasado; también comenzaba a imaginar el futuro. Mucho antes de que existieran asistentes virtuales, vehículos inteligentes o herramientas capaces de conversar con nosotros, dos series sembraron en la mente de millones de televidentes colombianos las primeras ideas de lo que hoy conocemos como inteligencia artificial.

Por otro lado estaba Automan, que presentaba a un héroe digital creado por computadora, capaz de materializarse en el mundo real para combatir el crimen. Su estética luminosa, su vehículo imposible y el pequeño Cursor parecían pura magia ochentera. Pero vista hoy, la serie resulta hasta adelantada para su época: hablaba de interacción hombre-máquina y asistentes digitales décadas antes de que esos conceptos hicieran parte de nuestra vida diaria.

Y muy cerca de esa idea aparecía Knight Rider. Allí, Michael Knight encontraba en KITT algo más que un automóvil: un compañero inteligente, capaz de hablar, analizar situaciones, tomar decisiones y hasta expresar emociones. Para los hogares colombianos de los años 80 aquello era ciencia ficción pura. Sin embargo, el tiempo terminó dándoles la razón a esas series. Hoy convivimos con asistentes de voz, vehículos inteligentes y autónomos, y sistemas capaces de responder a nuestras órdenes, exactamente como aquellos programas imaginaron.

Claro que también había espacio para la acción y el humor familiar, y pocas series lograron ese equilibrio como The A-Team. Los Magníficos reunían frente al televisor tanto a adultos como a niños con sus persecuciones, explosiones y planes imposibles, pero sin la crudeza que domina muchas producciones actuales. El humor de Murdock, la inteligencia de Hannibal y el carisma imponente de Mr. T convertían cada episodio en un espectáculo para toda la familia. En muchos hogares colombianos, ver la serie era casi una cita obligada de la semana.

Tal vez hoy tengamos mejor imagen, muchísimos más canales —tantos que a veces pasamos más tiempo “caneleando” que viendo algo— y acceso inmediato a cualquier serie del mundo, eso sí, casi siempre pagando una suscripción distinta. Tenemos todo al alcance de un clic, pero muchas veces terminamos gastando más tiempo buscando qué ver que disfrutando realmente algo.

Sin embargo, aquellas noches frente al televisor tenían algo que la tecnología moderna todavía no logra reemplazar. Hoy, en muchos hogares, esas reuniones familiares prácticamente desaparecieron: hay un televidente en la sala, otro encerrado en su habitación, quizá alguien más viendo contenido desde la cocina o desde el celular. La tecnología multiplicó las opciones, pero también nos fue alejando poco a poco. Antes, una sola pantalla reunía a toda la familia; ahora cada quien tiene la suya.

jueves, 14 de mayo de 2026

La pensión en Colombia: una vida de aportes y un futuro incierto

La reforma pensional en Colombia no atraviesa únicamente una crisis jurídica. Lo que realmente está en juego es la confianza de millones de trabajadores que durante décadas cotizaron creyendo en un sistema que les daría tranquilidad en la vejez y que hoy les genera incertidumbre.

El debate se ha reducido a una pelea política entre gobierno y oposición, o a discusiones técnicas sobre cifras y sostenibilidad financiera. Pero el verdadero problema está en otra parte: en quienes sí trabajaron y sí cotizaron durante años, y aun así descubrieron demasiado tarde que las condiciones prometidas no eran las que realmente recibirían al pensionarse. El drama de quienes nunca lograron completar las semanas necesarias es gravísimo y refleja el fracaso del mercado laboral colombiano, pero ninguna reforma parece capaz de resolverlo de fondo. La discusión inmediata está en quienes sí hicieron el esfuerzo y sienten que el sistema cambió las reglas en el camino.

Las demandas contra la reforma, las recusaciones en la Corte Constitucional y el accidentado trámite legislativo muestran algo más profundo: durante décadas el país supo que el sistema pensional tenía fallas, pero ningún gobierno quiso asumir plenamente el costo político de corregirlas.

El problema viene desde la Ley 100 de 1993. El modelo de fondos privados fue presentado como una alternativa más moderna y rentable, pero buena parte de esas promesas dependían de condiciones que millones de trabajadores nunca tuvieron: empleo estable, cotizaciones continuas y salarios suficientemente altos para ahorrar lo necesario para una buena pensión.

Además, durante años existieron incentivos comerciales para trasladar afiliados a los fondos privados sin una asesoría realmente clara. Muchas personas fueron convencidas de cambiarse sin entender las consecuencias reales de esa decisión. Y el problema no afectó solo a trabajadores de bajos ingresos. Incluso personas con salarios medios descubrieron cerca de la edad de retiro que la pensión esperada dependía de variables inciertas como el comportamiento de los mercados financieros, la rentabilidad de los fondos o la expectativa de vida.

La Corte Constitucional terminó reconociendo esa realidad en múltiples fallos que permitieron el regreso de miles de trabajadores a Colpensiones. Eso no ocurrió por casualidad ni por razones políticas: ocurrió porque muchos jueces encontraron que hubo información incompleta o asesorías que no respondían realmente al interés del trabajador.

Y justamente ahí aparece otra de las grandes contradicciones del momento actual. Mientras la Corte Constitucional todavía estudia la reforma y continúan las discusiones jurídicas sobre decretos y reglamentaciones, nuevas decisiones judiciales han vuelto a poner en incertidumbre a trabajadores que ya habían tomado decisiones sobre su futuro pensional. Pero tampoco puede desconocerse que gracias a esos decretos reglamentarios miles de colombianos tuvieron la posibilidad de regresar a Colpensiones y hoy cuentan con una pensión más digna, o al menos mejor que la que les ofrecía el fondo privado después de décadas de aportes. Esa es una realidad que también existe y que no puede borrarse del debate simplemente porque hoy haya discusiones jurídicas sobre la validez o vigencia de esas normas.

El problema es que nuevamente los trabajadores quedan atrapados en medio de disputas institucionales que no controlan ni entienden completamente. Personas que actuaron confiando en reglas que el propio Estado presentó como válidas hoy vuelven a vivir en incertidumbre.

Eso es probablemente lo más grave de esta crisis: la sensación permanente de inseguridad. Hoy sí, mañana no, pasado mañana nadie sabe. Las reglas cambian, los procesos se frenan, los decretos se demandan, las cortes revisan, los gobiernos defienden sus reformas y la oposición intenta bloquearlas, mientras millones de trabajadores siguen sin saber con claridad qué terminará pasando con sus aportes, con su pensión y con el futuro que construyeron durante décadas de trabajo. Paradójicamente, esa incertidumbre termina pareciéndose a la misma volatilidad de los mercados que durante años se presentó como una de las fortalezas del sistema financiero: todo depende de variables cambiantes, pero las consecuencias reales las termina asumiendo el ciudadano común en su bienestar personal y familiar.

Por supuesto, también es cierto que trasladar masivamente afiliados a Colpensiones puede generar enormes presiones sobre las finanzas públicas. Ignorar ese riesgo sería irresponsable. Un sistema pensional que el Estado no pueda sostener termina afectando precisamente a quienes pretende proteger.

Pero tampoco puede aceptarse que todo se reduzca únicamente a las cuentas fiscales. Millones de personas cotizaron durante décadas creyendo en unas condiciones que el propio sistema ayudó a construir y que después no pudo cumplir completamente.

Más allá del fallo de la Corte, Colombia necesita una discusión honesta sobre su sistema pensional. Una discusión que reconozca las fallas históricas del modelo, que entienda los riesgos financieros reales del sistema público, pero que sobre todo no olvide algo esencial: detrás de cada expediente y cada debate político hay personas que trabajaron toda una vida y que hoy solo piden algo elemental: que después de décadas de aportes, el sistema no les responda con incertidumbre.

domingo, 10 de mayo de 2026

Este Día de la Madre también es para quienes la extrañan

Mientras muchos se preparan para celebrar este domingo 10 de mayo con flores, llamadas, abrazos o almuerzos familiares, otros vivimos el Día de la Madre desde la ausencia. Desde ese silencio extraño que deja alguien que parecía estar siempre ahí.

Y duele. Duele en los pequeños detalles: en una canción, en una receta, en una costumbre familiar, en el impulso de querer llamarla para contarle cualquier cosa o pedirle un sabio consejo.

Pero también es una fecha que nos recuerda todo lo que nos dejó. Su manera de cuidar, de acompañar, de sostener incluso cuando no entendíamos cuánto hacía por nosotros. Con el tiempo uno descubre que muchas de las cosas que somos vienen justamente de ella.

Tal vez este domingo no sea fácil para quienes ya no pueden abrazar a su mamá. Pero también puede ser un día para agradecer haberla tenido, para recordarla con amor y para reconocer que, de alguna forma, sigue presente en nuestra vida.

Porque una madre no desaparece del todo mientras siga viviendo en nuestros recuerdos, en nuestras palabras y en la forma en que aprendimos a querer.

Un abrazo especial para quienes este 10 de mayo extrañarán más que nunca a su mamá.

martes, 5 de mayo de 2026

El clic que sale caro: por qué seguimos cayendo en engaños digitales?

Hoy en día, navegar por internet se parece cada vez más a caminar por una feria donde todos gritan que tienen “la mejor oferta”. Los apasionados de los likes y los estafadores —que a veces parecen trabajar con el mismo manual— usan toda clase de trucos para lograr lo de siempre: que usted dé un “me gusta”, comparta algo o haga clic donde no debería. Y en ese gesto tan simple puede estar la peor decisión del día.

En YouTube, por ejemplo, el objetivo es que alguien reproduzca el video, como sea. Para eso aparecen títulos que prometen lo que nunca ocurre: películas presentadas con actores que no trabajaron ahi, actores en situaciones que jamás protagonizaron o escenas que, con algo de sentido común, uno sabría que no existen. Pero ahí están, funcionando. Si el título no alcanza, entonces la miniatura hace el trabajo: una imagen lo suficientemente provocadora como para que uno olvide cualquier sospecha y entre.

En Instagram el libreto no cambia mucho: la dieta milagrosa, el tratamiento médico que “la industria no quiere que conozcas”, el dinero que está a punto de llegar o esa persona que “le piensa en secreto”. Todo muy conveniente. De paso, le piden que comparta, que pinche en el corazón y que confíe en publicidad donde aparecen caras conocidas —a veces recreadas con inteligencia artificial— recomendando productos infalibles. En temas de salud, incluso se citan estudios inexistentes o hasta le han otorgado el Nobel como si fueran certificados de participación.

En WhatsApp quizá el medio más usado para comunición, al menos en Colombia, el correo y las llamadas telefónicas ya no se molestan tanto en disimular: ahí el objetivo es directamente sacarle algo. Un enlace llamativo, un mensaje urgente, un familiar que “necesita ayuda” o una herencia inesperada que apareció justo para usted. El resultado suele ser el mismo: datos robados, dinero perdido o un dispositivo que empieza a comportarse como si tuviera vida propia.

Con todo y las advertencias, la historia se repite. Se ignoran las señales, se hace clic y después vienen las quejas. Que el banco, que la plataforma, que alguien debería responder. Pero pocas veces se revisa la decisión inicial, que casi siempre fue confiar demasiado rápido.

Lo que queda claro es que la ética no está precisamente de moda. Conseguir seguidores vale lo que sea. Aumentar visitas, también (la monetización). Y engañar, ni hablar. Todo parece justificarse si hay números de por medio.

Precisamente por eso, cuando aparece un caso distinto, suena extraño. No es lo habitual. Dario Amodei, CEO de Anthropic, tuvo que tomar una decisión cuando el gobierno de Estados Unidos planteó condiciones que implicaban usos bastante discutibles de su inteligencia artificial —como vigilancia masiva o aplicaciones militares sensibles—. Y decidió no aceptarlas. No fue una postura simbólica: perdió contratos importantes y terminó enfrentándose con uno de los clientes más grandes posibles. Y aun así, mantuvo la decisión. Algo poco frecuente en un mundo donde normalmente primero se firma y después se piensa.

La misma empresa tomó otra decisión curiosa: desarrolló un modelo capaz de detectar vulnerabilidades críticas en software —de esas que llevan años sin descubrirse— y, en lugar de lanzarlo al público, prefirió limitar su uso a organizaciones de seguridad. No porque no pudieran sacarle provecho, sino precisamente porque podían.

Son excepciones, sí. Pero sirven para recordar que hay otra forma de hacer las cosas. Que no todo tiene que pasar por el engaño, que no todo vale, el clic fácil o la promesa inflada.

Al final, cualquiera puede caer en la trampas. Pero para evitarlas hay que hacer algo poco popular: detenerse un momento, desconfiar un poco y pensar antes de actuar. No debería ser tan emocionante como hacer clic de inmediato, pero parece dar mejores resultados. Porque, a estas alturas, ya deberíamos saberlo: de eso no dan tan fácil. Y nunca es gratis.

martes, 28 de abril de 2026

Agotamos nuestro hogar planetario… y soñamos con otro inhóspito

Tras los trágicos accidentes del programa del transbordador espacial de la NASA, la agencia estadounidense quedó en una situación bastante incómoda: dependía de otros para hacer lo que durante décadas había liderado. Sin capacidad inmediata para enviar astronautas al espacio, tuvo que recurrir a los Soyuz rusos para mantener operativa la Estación Espacial Internacional y no dejar perder años de inversión científica.

Ese vacío, como era de esperarse, no se quedó sin dueño. Aparecieron nuevos actores, no precisamente modestos: multimillonarios formados en sectores como la movilidad eléctrica, la tecnología y el comercio digital, que decidieron invertir sumas enormes en un terreno que antes era exclusivo de las potencias. Fortunas construidas aquí, con los terrícolas, con mercados reales y problemas concretos… pero ahora orientadas a resolver otros, bastante más lejanos.

Elon Musk, con SpaceX, fue quien logró restablecer el envío de astronautas estadounidenses al espacio. No fue fácil: hubo intentos fallidos, pruebas tensas y varios momentos en los que el optimismo parecía exagerado. Pero finalmente lo consiguió. Solo que ahí no terminaban las aspiraciones de Musk, la órbita baja es apenas un paso intermedio. La meta real es Marte.

Allí ya hay robots, enviando información no se sabe qué tan valiosa. Pero la apuesta de Musk va mucho más allá: colonias humanas permanentes usando Starship. Un proyecto ambicioso, sí, pero también marcado por explosiones que, vistas desde fuera, parecen fuegos artificiales bastante costosos.

Y no es el único. Jeff Bezos, con Blue Origin, y otros actores están en la misma carrera. Cada uno con su visión… y con su presupuesto.

Aquí es donde aparece la incomodidad, con un matiz inevitable de ironía. Las mismas fortunas que se construyeron gracias a millones de personas en este planeta —los terrícolas de a pie— hoy parecen no encontrar suficiente mérito en invertir decididamente en salvar el llamado planeta azul. En cambio, se proyectan hacia el planeta rojo, con una lógica que roza la apropiación anticipada de un mundo que, por ahora, no ofrece nada: un territorio inhóspito, sin aire, sin vida, al parecer con una historia muy trágica.

Mientras tanto, nuestros desiertos presentan ventajas evidentes: atmósfera respirable, acceso al agua y una auténtica posibilidad de recuperación. Aunque cubren cerca de un tercio de la superficie terrestre emergida —unos 50 millones de km²—, siguen siendo territorios poco atendidos. En Colombia, la escala es menor, pero no por ello irrelevante: el desierto de La Guajira supera los 20 000 km², y el de La Tatacoa ronda los 330 km². Son espacios reales, disponibles y con condiciones mucho más favorables que cualquier proyección marciana.

La paradoja no es difícil de ignorar. Mientras la Tierra enfrenta problemas cada vez más serios, parte del esfuerzo más avanzado de nuestra especie está enfocado en irse a otro planeta. Uno donde, por ahora, ni siquiera se puede respirar.

Tal vez el problema no es la ambición, que siempre ha sido motor de avance, sino hacia dónde se dirige. Porque antes de pensar en convertirnos en una especie interplanetaria, habría que demostrar que somos capaces de sostener el único lugar donde ya sabemos vivir.

Y entonces queda la pregunta: ¿de verdad necesitamos conquistar otro mundo antes de aprender a cuidar este?

martes, 21 de abril de 2026

Visitar el Museo del Oro en Bogotá: una experiencia que va más allá de lo que se ve

Poporo Quimbaya 

Hay planes que uno hace sin mayor expectativa.

Un recorrido por el centro, una caminata más… y ya.

Pero esta vez no era así. La expectativa era grande… y aun así terminó siendo mejor.

Lo que parecía rápido se convirtió en otra cosa. Un pequeño viaje en el tiempo.

Hace unos días salimos con la intención de visitar el Museo del Oro, pero, casi sin darnos cuenta, la visita se fue extendiendo hasta convertirse en un recorrido por el centro histórico de Bogotá.

Ahí, en el Parque de Santander, en plena Calle 16 con Carrera 6, como quien no quiere la cosa, se guarda buena parte de lo que fuimos… y también de lo que nos quitaron.

Llegar fue sospechosamente fácil —casi un milagro bogotano—.
Y adentro, el ambiente hace lo suyo: uno entra caminando y sale pensando.

Un museo que se deja entender

El museo, hay que decirlo, está en un gran momento.

La renovación reciente le sentó bien:
luces precisas (no para lucirse, sino para cuidar lo que queda),
recursos interactivos que realmente ayudan,
y una organización que pone miles de piezas en orden.

Todo claro.
Todo bien explicado.

Aunque, claro, las piezas más valiosas siguen guardadas en una bóveda que se cierra cuando sale el último visitante… por si acaso.

Lo que se ve… y lo que falta

Recorrer esas salas también tiene algo de ironía.

Muchas piezas vienen de la época de la Conquista de América, cuando el “intercambio” era, en realidad, entregar oro… quisiera uno o no.

El resto se fundió.
Se volvió lingotes.
Y no volvió.

Lo que hoy vemos son sobrevivientes.

Rescatados desde el siglo XIX, cuidados desde 1939, organizados para que podamos entender algo de lo que quedó.

Y si queda duda de lo que falta, basta pensar en el Galeón San José, hundido frente a Cartagena de Indias:
un museo completo… pero bajo el agua.

Piezas que dicen más de lo que parecen

Entre todo, hay objetos que detienen.

El Poporo Quimbaya es uno de ellos.
No es el único, pero sí el que más se queda en la cabeza.

Pequeño, preciso, hecho con técnica impecable.
Pero más allá del oro, lo que importa es su uso: acompañaba el mambeo, ese ritual para pensar, decidir, procesar.

Una pieza pequeña… con más contenido que muchas mentes llenas de datos.

Luego está la Balsa Muisca.

Ahí está, quieta, detallada, casi perfecta.
Y sin embargo, carga con una historia enorme: el mito de El Dorado.

Trece figuras sobre una balsa.
Un cacique.
Una ceremonia.

Y alrededor de eso, siglos de búsqueda… y de malentendidos.

Salir con algo más

Al final, la visita deja una mezcla difícil de separar:orgullo… y reflexión.

Porque lugares como este no solo guardan objetos.
Guardan preguntas.

Ayudan a entender algo de lo que somos, incluso desde lo que se perdió.

Si se pasa por Bogotá —y más aún en buena compañía—, vale la pena.
Por el precio de una entrada modesta (a veces incluso gratuita), uno sale con algo más valioso:

una idea dando vueltas.

Y sí, queda el antojo de llevarse una réplica.
Pero basta ver los precios para entender que varias visitas salen más baratas…
y seguramente dejan más.



lunes, 13 de abril de 2026

10 cosas que solo entienden los colombianos (si reconoces varias, ya eres uno)

Expresiones colombianas
Expresiones colombianas - CEPR
Hacía mucho tiempo no caminábamos por el centro histórico de Bogotá. Esta vez, con una intención muy clara, entrar al Museo del Oro: una verdadera joya de la cultura precolombina. Grande, sí… aunque uno no puede evitar pensar que sería aún más grande si parte de esa “colección” no hubiera salido en modalidad de exportación temprana en la era de la conquista, con destino más bien cierto y tiquete solo de ida.

A la salida, tomamos la calle 11, que desemboca en La Casa del Florero —como recordatorio poco sutil— en otra capa de nuestra historia: la independencia… y, más acá en el tiempo, la toma y destrucción del Palacio de Justicia. Bogotá siendo Bogotá: te educa y te confronta en la misma cuadra.

Luego, iniciamos el regreso por la séptima hacia la 19. Peatonal, sí… pero hoy más parecida a un bazar con especialización en el rebusque. Se vende de todo, absolutamente todo. Y entre ese “de todo”, un escaparate, llamó mi atención, unas placas que imitan las de los carros, pero que, en lugar de números, traen algo mucho más útil: palabras o expresiones muy propias del lenguaje colombiano.

Porque, claro, si algo sabemos hacer es ponerle matrícula al lenguaje. ¿Quién usa estas expresiones? Fácil: todo el mundo… aunque nadie admita que las usa tanto.

En cada una de estas placas hay más que humor: hay calle, memoria y una manera muy nuestra de procesar la realidad. Son palabras o expresiones que nacen en la esquina, en la tienda, en el bus, el transmi o en la charla improvisada, y que —sin pedir permiso— terminan convertidas en identidad nacional.

Porque en Colombia no solo hablamos… reinterpretamos, exageramos y, si hace falta, sobrevivimos con estilo.

Algunas joyas del repertorio —no porque sean las más sobresalientes, sino porque a mí me impactan más—. No vale preguntarse si vienen del latín o del griego, ni ponerse a rastrear etimologías: simplemente se entienden.

• “¿Qué hubo?” → Saludo exprés, sin rodeos ni protocolo.
• “Parce / parcero” → Amigo, hermano no oficial, socio de anécdotas.
• “A camellar” → Elegante forma de decir: toca trabajar.
• “De una” → Aprobado sin comité ni segunda lectura.
• “La buena” → Deseo de bienestar, buena energía para el otro.
• “Qué chimba” → Categoría superior de aprobación (depende del tono… y del contexto).
• “Paila” → Diagnóstico breve: nada que hacer.
• “Quiubo pues” → Saludo con identidad regional incluida.
• “No dar papaya” → Filosofía preventiva nacional.
• “Severa vuelta” → Nivel de complejidad: mejor dicho, complicado.

Estas palabras o expresiones no solo comunican: identifican. Son códigos que nos permiten reconocernos en cualquier parte, como si lleváramos una cédula invisible en la forma de hablar.

Después de ver lo que nuestras comunidades indígenas eran capaces de hacer con los metales —especialmente el oro—, con una destreza que hoy sigue asombrando, uno entiende que también sabían contar quiénes eran. Hoy, los colombianos hacemos algo parecido con el lenguaje: entendemos, nombramos y, a nuestra manera, le damos sentido a la realidad. Porque ser colombiano también es eso: decir mucho con poco… y que igual se entienda.


sábado, 4 de abril de 2026

De ética sin ética y otros cuentos del aula

Las aulas son espacios donde, en teoría, todos aprendemos. Ya sea como estudiantes o como docentes, no solo acumulamos conocimientos disciplinares, sino que también adoptamos vocabularios enteros: modismos estudiantiles, regionalismos que se cuelan sin permiso o, por qué no, las entrañables muletillas de cada profesor. Sin embargo, lo más valioso —aunque rara vez figure en el plan de estudios— es que aprendemos a equivocarnos. Y esos errores, con el paso del tiempo, adquieren una dignidad inesperada: se convierten en anécdotas imborrables.

Hace ya bastante, en lo que hoy llamo mi experiencia docente, inicié mi camino como profesor. Docente, dirían en nuestra institución, quizá como una forma prudente de no arriesgarse con la palabra “maestro”, que siempre suena a meta inalcanzable. Después obtuve una maestría —lo cual, en términos lingüísticos, parecía acercarme peligrosamente al título de “maestro”—, aunque sigo sin tener claro si alguna vez llegué a serlo.

En esta profesión, conviene no engañarse: cuando estamos en las aulas, todos somos objeto de comentario. Los estudiantes murmuran; algunos elogian, otros optan por el noble arte del silencio. Los profesores, por supuesto, no somos muy distintos. Al final, compartimos experiencias similares dentro de este sistema tan particular. Y como en toda comunidad, aparecen los apodos, que con el tiempo terminan siendo el verdadero legado pedagógico.

Recuerdo, por ejemplo, a un colega conocido como “Deditos”. La razón era evidente: sus manos, digamos, no pasaban desapercibidas. Era profesor de matemáticas y, según los rumores —que en la academia suelen tener más vida que los artículos indexados—, tenía otras singularidades. Podía iniciar una clase sin estudiantes presentes, lo cual resolvía de raíz el problema de la indisciplina. Su sistema de evaluación también era innovador: aprobaba trabajos con un sello… hasta que los estudiantes, en un alarde de espíritu investigativo, aprendieron a falsificarlo; un sello que, por cierto, hacía recordar inevitablemente las caritas felices de la educación básica.

Claro que no todos los casos eran tan inocentes. Hubo quien “dictaba” ética mientras afirmaba ser sacerdote. Cuando se le pidió acreditar sus títulos, la verdad emergió con una claridad casi didáctica: no era ni cura ni profesional titulado, pero sí, indiscutiblemente, un maestro del engaño. Otros, en cambio, tenían credenciales impecables, pero carecían de algo más escaso: el tacto. Uno de ellos inició como técnico, ascendió a profesor y terminó como secretario académico. En un momento decisivo, cuando la máxima autoridad universitaria le dijo: “Doctor, por favor…”, respondió con un memorable “Ya te atiendo”. Su carrera concluyó de forma acorde con su estilo: tras un evento institucional donde el alcohol hizo lo suyo, perdió no solo la compostura, sino también el cargo. Para alivio general, eso sí.

Y como si fuera poco, los despropósitos etílicos parecían ser un área de especialización no oficial. Otro colega, igualmente afecto a la bebida, confundió cordialidad con efusividad frente a la esposa de un directivo. El desenlace fue una invitación, muy amable pero irreversible, a continuar su carrera en otra institución.

Por su parte, los comités de programa constituyen un capítulo aparte. En una ocasión, durante una discusión sobre créditos académicos (Decreto 808 de 2002), un profesor preguntó con toda seriedad: “¿Cómo abordaremos el tema de los créditos?”. El decano respondió con igual solemnidad: “No se preocupen, eso es con soluciones financieras”. El silencio posterior no solo fue incómodo: fue profundamente revelador. Algunos entendieron de inmediato; otros, más optimistas, simplemente respiraron aliviados.

Tampoco faltan las joyas en la investigación. Nunca olvidaré al colega que solicitó transcribir su estudio sobre el comportamiento sexual de la iguana en cautiverio. La secretaria, con admirable diligencia, cometió un pequeño desliz: donde decía “iguana”, escribió “humana”. El documento resultante abría posibilidades metodológicas inquietantes, aunque, lamentablemente, nunca se exploraron.

Los informes técnicos tampoco se quedan atrás. Recuerdo uno sobre la erradicación de “palo matarratón”. Todo marchaba con normalidad hasta la descripción de la calicata: en lugar de 60 centímetros, alguien consignó 60 metros. Una excavación más cercana a la minería que a la agronomía.

Y, por supuesto, los estudiantes no podían quedarse rezagados en esta competencia tácita de creatividad. Durante el llamado a lista —que ellos mismos hacían, mientras teníamos la oficiales, con admirable espíritu organizativo— aparecían nombres como Simón Bolívar o Camilo Torres. No faltaba el profesor que, tras insistir varias veces, sentenciaba con autoridad: “Avísenle a Simón Bolívar que ya perdió por fallas”. En algún lugar del salón, el responsable de la broma seguramente sonreía, satisfecho de haber hecho historia.

Al final, uno comprende que la vida académica no se sostiene únicamente sobre teorías, decretos o títulos, sino sobre esa colección de errores, excesos y ocurrencias que, con el tiempo, terminan enseñando. Quizá ahí radique la verdadera formación: en aprender que la solemnidad dura poco y que, tarde o temprano, todos terminamos siendo parte de las anécdotas que antes nos hacían reír.

domingo, 1 de marzo de 2026

Ausentismo laboral: de la justificación médica al incumplimiento voluntario

El ausentismo laboral es un fenómeno complejo que responde a múltiples factores. Entre los más destacados se encuentran problemas de salud física y mental, la falta de compromiso con la organización, condiciones laborales poco motivadoras y, en algunos casos, el incumplimiento voluntario del contrato. La Organización Internacional del Trabajo (2016) ha señalado que el ausentismo puede tener tanto causas objetivas —como enfermedades o accidentes— como subjetivas, relacionadas con la percepción de malestar, el estrés o incluso la falta de identificación con la empresa.

En Colombia, este fenómeno tiene una especial relevancia en el sector público, donde se registran índices más altos que en el privado. Una de las razones radica en que las instituciones públicas ofrecen mayor estabilidad laboral, lo que reduce la percepción de riesgo frente a las ausencias. Además, los procesos disciplinarios suelen ser más lentos y menos estrictos, lo que puede incentivar la falta de asistencia sin una consecuencia inmediata.

Sin embargo, el ausentismo no siempre obedece a causas justificadas. Una parte del problema surge del incumplimiento voluntario de las obligaciones, donde el trabajador prefiere no asistir en lugar de buscar alternativas que le permitan cumplir con su contrato. Esta actitud ha sido más evidente en generaciones que iniciaron su vida laboral a partir del año 2000, para quienes el equilibrio entre la vida personal y profesional es prioritario, en ocasiones por encima de los compromisos laborales.

En Colombia, Fasecolda (2023) ha documentado con cifras el impacto del ausentismo en el sistema de riesgos laborales, reportando miles de días de incapacidad anualmente, lo que se traduce en altos costos tanto para las aseguradoras como para las empresas. Su información resulta clave para dimensionar el fenómeno, ya que las aseguradoras que hacen parte del sistema de riesgos laborales son las responsables de cubrir económicamente una parte importante de estas ausencias. Así, Fasecolda no solo aporta datos estadísticos, sino que evidencia la presión económica que el ausentismo genera sobre el sector productivo y el sistema de protección social.

Así las cosas, el ausentismo laboral demanda un análisis integral que no se limite a explicaciones complacientes ni a justificaciones automáticas. Debe considerar la veracidad en las incapacidades médicas, la dificultad de objetivar ciertos malestares como el dolor, la evidencia sobre la incidencia real del estrés y, al mismo tiempo, el incumplimiento deliberado de obligaciones contractuales que algunos optan por normalizar. Reconocer la complejidad del fenómeno no puede convertirse en excusa para diluir responsabilidades; por el contrario, exige fortalecer entornos laborales donde el respeto por los acuerdos y la corresponsabilidad no sean discursos retóricos, sino compromisos efectivo.

martes, 17 de febrero de 2026

Elecciones: El Arte de prometerlo todo

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Este año Colombia tendrá su primera contienda electoral en marzo próximo. Los partidos pondrán a consideración de la ciudadanía a sus candidatos, para que elijan al que los representará en las elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, se renovará el Congreso: senadores y representantes, todos listos para servir al país… o al menos para afirmarlo con absoluta convicción.

Unos y otros prometen hasta lo impensable: eliminarán la pobreza, combatirán el crimen organizado, acabarán con los cultivos de coca y, de paso, resolverán cualquier otro problema histórico que haya sobrevivido a los últimos dos siglos. Lo único que, con seguridad, se agotará será la paciencia de los electores, cansados de promesas. Y como en muchos procesos anteriores, una vez instalados en sus cómodos cargos, olvidarán con sorprendente eficiencia aquella lista de compromisos y, quizá también, los rostros de aquellos ciudadanos a quienes abrazaron “fraternalmente” durante la campaña.

En las redes sociales desfilan nuestros salvadores. En la mayoría de los casos, hablan más de los errores que sus contrincantes pudieron cometer en algún capítulo remoto de sus vidas —sus antiguas creencias, sus aficiones ahora clasificadas como sospechosas, sus tendencias examinadas con lupa moral— que de sus propias ideas. Al parecer, resulta más rentable electoralmente desempolvar el pasado ajeno que explicar el futuro propio. Cada fotografía olvidada, cada opinión juvenil y cada amistad inconveniente adquieren de pronto la gravedad de un pecado capital, redescubierto con admirable puntualidad en temporada de campaña. No faltan, además, las calumnias: imágenes y videos, muchos creados con herramientas de inteligencia artificial, circulan con un realismo digno de aplauso técnico. Y no pocos colombianos les conceden credibilidad, porque si parece cierto, debe serlo. Incluso algún diario ha tenido que aclarar que ciertas publicaciones que se le atribuyen son falsas. En estos procesos, todo vale… o al menos eso parece.

En medio del espectáculo están los electores, que lamentablemente terminan enfrentados en sus círculos más cercanos: amigos que dejan de hablarse y familias que descubren que el afecto tiene límites ideológicos. Las posiciones, muchas veces poco argumentadas, se defienden con fervor casi religioso. Si el candidato comete errores, la culpa será de la oposición o de la mala prensa —aunque, claro, en ocasiones el error sea simplemente propio—. Nuestra capacidad de diálogo en temas políticos (y religiosos) es más bien escasa: preferimos la consigna al argumento y el eslogan a la reflexión.

Estas discrepancias rara vez conducen a algo distinto que a la irritación colectiva, salvo que se pertenezca a un proyecto político que haya prometido lo humano y lo divino, en cuyo caso toda contradicción será reinterpretada como parte de un brillante plan maestro aún incomprendido.

Veremos en marzo cómo queda compuesto el Congreso y si esa composición favorece a quien se posesione el 7 de agosto. Tal vez las buenas propuestas sean aprobadas independientemente de quién las presente (un optimismo casi heroico). Quizá cada legislatura se caracterice por la objetividad y el juicio ponderado de los congresistas, y no por la obediencia al líder de turno. Todo, por supuesto, en coherencia con aquella promesa que todos repiten con admirable uniformidad: “Queremos que nos elijan para trabajar por todos los colombianos”.

Y así, entre promesas extraordinarias y expectativas moderadas, la democracia vuelve a ponerse a prueba. Como siempre.

lunes, 9 de febrero de 2026

Belém de Pará: crónica de un viaje sin propósitos turísticos

Hay viajes que se planean durante meses y otros que simplemente suceden. Este pertenece al segundo grupo. Todo comenzó con un desplazamiento inevitable hacia Belém de Pará, Brasil.

Para llegar, el trayecto exigía un vuelo nocturno con salida a las 23:05 del 26 de enero de 2026 desde el Aeropuerto Internacional El Dorado. La aerolínea, cuidadosa como suelen serlo, recomendaba presentarse con cuatro horas de antelación. Nada extraordinario. Nada sospechoso. Todavía.

La referencia inicial fue la puerta A13. Un detalle pequeño, aunque inquietante. No por superstición —la razón aún intenta gobernar—, pero el trece rara vez se presenta como buen augurio en historias que terminan bien.

Las pantallas del aeropuerto, los altavoces y los correos electrónicos decidieron entrar en acción con un entusiasmo casi coreografiado. El cambio de puerta fue anunciado, corregido y reanunciado al menos cuatro veces. El último aviso se recibió con humor. Después de todo, una vez superada cierta cantidad de cambios, la resignación se vuelve elegante.

El retraso inicial fue de una hora. Luego comenzó el embarque. Algunos pasajeros lograron llegar hasta la puerta del avión de la aerolínea más grande de Colombia… justo para verla cerrarse frente a ellos. Sin metáforas: cerrada en la cara. La aeronave no podía volar; requería revisión técnica.

De vuelta a la sala de espera, el chiste dejó de tener gracia. El nuevo horario quedó fijado para las 7:00 a. m. Ocho horas después. Nada serio, salvo perder la noche completa en compañía de sillas incómodas y café cuestionable.

Las incomodidades no tardaron. Un grupo particularmente expresivo de pasajeros brasileños —mezcla notable de enojo, humor y diplomacia tropical— logró que la aerolínea reconociera conexiones perdidas, ofreciera hotel, comida y compensación económica. Una reinterpretación bastante creativa del concepto de “servicio de calidad”.

La compensación incluyó una cobija. Un objeto destinado a convertirse en recuerdo oficial del episodio: más simbólico que útil, pero memorable.

Finalmente, cerca de las 7:00 a. m. del 27 de enero, llegó el abordaje real. El avión fue comandado por una capitana, acompañada de una tripulación impecable que, durante el vuelo, ofreció lo mejor dentro de las posibilidades técnicas: un buen sánduche y una bebida a elección, siempre dentro del marco de lo humanamente razonable.

La aeronave no pretendía ocultar su perfil austero: sin puertos de carga, sin entretenimiento y con un wifi cuya existencia era más filosófica que práctica.

El cinturón de seguridad permaneció abrochado casi todo el trayecto. Treinta mil pies más abajo, la selva amazónica imponía respeto. El río serpenteaba como una anaconda gigantesca, recordando que allí abajo todo es vasto, antiguo y poco interesado en nuestra agenda de vuelo.

Entonces llegó el anuncio: —Daremos algunas vueltas. Las condiciones climáticas en Belém de Pará no permiten aterrizar por ahora. Existe la posibilidad de dirigirnos a Georgetown.

Nada dice “tranquilidad” como un posible cambio de país por falta de clima.

Durante cuarenta minutos, el avión giró en círculos hasta que llegó la autorización. El descenso fue decidido. Hubo un vacío. Gritos. Manos aferradas. La gravedad, haciendo su trabajo, apareció de manera estelar. La maniobra fue impecable. Punto alto para la capitana.

Belém nos recibió con cielo gris y pista mojada. El aterrizaje fue tan preciso que el avión estalló en aplausos. Doce horas después, habíamos llegado.

La ciudad no nos esperaba como turistas. Una situación compleja y profundamente íntima —de esas que no avisan ni piden consentimiento— nos había llevado hasta allí. Tras completar las gestiones necesarias, apareció una noticia adicional: el regreso inmediato a Colombia no era posible. La solución fue sencilla e inapelable: quedarse tres días más.

Así nació el turismo forzado, un paseo por la ciudad, buscando más relajamiento que diversión, Con ayuda de Copilot apareció una lista de lugares de interés. El Mercado de Ver-o-Peso encabezaba el plan. Un sitio donde todo tiene olor, color y carácter. Pescados que aún no aceptan su destino, frutas que desafían la fonética y hierbas capaces de prometer soluciones que la medicina moderna prefiere observar a prudente distancia. No es ordenado ni bonito, pero es auténtico. Y eso cuenta.

La Catedral de Nuestra Señora de Nazaret ofreció un contraste absoluto. Patrimonio de la UNESCO, columnas monumentales, vitrales disciplinando la luz tropical y una Virgen que observa con calma a creyentes y visitantes casuales, como sabiendo que no todos llegaron por fe, pero ninguno se va igual.

Un fragmento de selva apareció luego en plena ciudad: el Parque Zoobotânico del Museo Emílio Goeldi. La victoria regia evocó de inmediato al Jardín Botánico de Bogotá, confirmando que la memoria también cruza fronteras sin pasaporte. Tortugas, aves, simios, una nutria curiosa y un animal similar al capibara —aunque más pequeño y de nombre ya olvidado— completaban el recorrido.

El Teatro Experimental Waldemar Henrique mostró otra faceta de la ciudad: madera, iluminación precisa y un cuidado que contrasta con otras edificaciones públicas donde el tiempo ha dejado huellas menos poéticas.

El cierre llegó con la corveta-museo Solimões. Una nave pesada, armada hasta los dientes en su pasado, hoy reciclada con acierto. Se recorren camarotes, sala de máquinas y oficinas, todo muy didáctico y discretamente intimidante. La foto en el casco es obligatoria; nadie escapa a ese ritual.

El regreso a Bogotá fue tranquilo. La misión, cumplida. Quedó el deseo de volver, esta vez sin urgencias, sin incidentes técnicos y con el ánimo suficiente para disfrutar de Belém de Pará como merece: una ciudad compleja, amable y resiliente, habitada por personas dispuestas a hacer auténticos malabares lingüísticos para entender nuestro portugués limitado… o, en su defecto, nuestro español sin concesiones.

jueves, 22 de enero de 2026

Lo que el café negro te da (y lo que te quita): una verdad que todavía se está escribiendo


El café sin azúcar es una mezcla relativamente simple pero sorprendentemente poderosa. Está compuesto casi por completo de agua, cafeína y una serie de compuestos bioactivos como los polifenoles, los ácidos clorogénicos y pequeñas cantidades de minerales que pasan inadvertidos pero participan en diversas reacciones del organismo. Su ausencia de azúcares añadidos le permite mostrar sus efectos sin interferencias metabólicas, lo que lo convierte en una bebida particularmente útil para estudiar sus impactos reales sobre el cerebro. “El café es simple en ingredientes, complejo en efectos.” 

A partir de esta base química se derivan sus beneficios más conocidos. En los últimos años, diversos estudios han demostrado que el café negro favorece la atención, la velocidad de procesamiento y el estado de alerta gracias al bloqueo de los receptores de adenosina, un mecanismo que reduce la sensación de somnolencia y aumenta la actividad neuronal. También se ha observado que puede influir, aunque de manera moderada, en procesos relacionados con la plasticidad sináptica, lo que sugiere un papel potencial en la facilitación del aprendizaje, especialmente en momentos de fatiga o disminución cognitiva. Incluso los estudios poblacionales más recientes han encontrado asociaciones entre el consumo moderado de café y un menor riesgo de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o el Parkinson, lo que abre una línea de investigación prometedora. “No es magia: es neuroquímica en acción.”

Sin embargo, estos beneficios conviven con ciertos efectos adversos que conviene tener en cuenta. Cuando se consume en exceso o en horarios inadecuados, el café puede afectar la calidad del sueño, generar sensaciones de ansiedad, provocar palpitaciones o aumentar la irritabilidad en personas sensibles. Además, existe evidencia de que un consumo muy elevado, por encima de las cinco o seis tazas diarias, podría relacionarse con cambios desfavorables a nivel cerebral, aunque los resultados aún no permiten establecer conclusiones firmes. A esto se suma el hecho de que, al añadir azúcar, se altera el perfil metabólico de la bebida y se incrementa la inflamación sistémica, algo que puede afectar negativamente la salud cognitiva. “El problema nunca fue el café… casi siempre fue el azúcar.”

Por estas razones, la recomendación más razonable es mantener un consumo moderado, equivalente a una a tres tazas al día, preferiblemente en horas tempranas para no interferir con el descanso nocturno. También es útil observar cómo reacciona cada organismo, pues la sensibilidad a la cafeína varía ampliamente. En cualquier caso, evitar el azúcar sigue siendo una de las decisiones más importantes para conservar los efectos positivos del café sin introducir factores que perjudiquen la cognición o el metabolismo. “Tu cerebro quiere café… pero no quiere que te excedas.”

Finalmente, es importante recordar que, aunque la evidencia reciente ofrece resultados interesantes, aún estamos lejos de tener conclusiones absolutas. La investigación continúa, se refina y se ajusta con el paso del tiempo. Por eso, conviene mantener una mirada crítica y abierta:
«Diferentes investigaciones recientes apoyan esta idea, pero la ciencia avanza y aún no hay una verdad absoluta —estos resultados deben verse como evidencia creciente, no como certeza final.»
“El café da claridad, pero la ciencia exige cautela.”

jueves, 15 de enero de 2026

Entre el asfalto y el reflejo del bosque

Bogotá, memoria personal de una ciudad que creció más rápido que mis pasos

Hay ciudades que uno no elige: simplemente se meten en la vida, crecen al mismo ritmo que uno y, cuando menos lo espera, ya hacen parte de la memoria. Esta es la historia de mi Bogotá: la que conocí desde una ventana de bus, la que se expandió sin preguntar y la que hoy contemplo a punto de dejar.

En algún año de esa difusa década de los setenta pisé por primera vez lo que hasta entonces solo conocía por los libros de geografía e historia: la capital de la República. Viajé con mi madre, que iba a visitar a uno de sus hermanos; yo, en cambio, iba impulsado por esa curiosidad infantil que convierte cualquier trayecto en una expedición.

Pasé de las cuatro o cinco cuadras que componían mi querido San Miguel a un mundo de calles interminables. Tras varias horas de bus, apareció a nuestra derecha el estadio El Campín: imponente, majestuoso, enorme. Hasta ese día había existido únicamente en mi imaginación, alimentada por las narraciones de fútbol de los domingos a las 3:30 de la tarde.

Caminamos —supongo— hasta la calle 51, donde quedaba la casa del tío. Todo era asfalto, y más asfalto, acompañado por un ruido insistente de buses, automóviles y gente. Muy lejos quedaban el silencio, o al menos la tranquilidad, de nuestro municipio con sus calles terrosas y empedradas. Fue, sin duda, una visita marcada por la absoluta novedad.

Para 1979 la decisión de volver ya fue mía, y esta vez para quedarme. Me quedé unos cuarenta y cinco años. La ciudad se extendía entonces hasta Prado Veraniego, y la autopista tenía apenas tres puentes emblemáticos: el de la calle 100, el de la 134 y el de la 170. Hoy son solo referencias históricas: ya vamos por la calle 222.

Suba todavía era municipio y se viajaba en “flota”, como decíamos con cierto orgullo. Usaquén ya había sido absorbido por Bogotá, igual que Engativá. Tarde o temprano el turno les llegará a Cota, Chía y, con absoluta certeza, a Soacha. Es el destino habitual de las ciudades que crecen sin pedir permiso.

Como en muchas ciudades del mundo, el centro tenía poco verde. Claro que, en el caso de Bogotá, cuando Jiménez de Quesada la fundó no necesitó licencia ambiental alguna; hoy, para poner un ladrillo, hay que pedir permisos, conceptos y más permisos… y eso sin contar la decidida desidia de nuestros administradores.

Basta un ejemplo cercano: lo que llamamos “la autopista Norte”. Un auténtico monumento a las malas decisiones y a la falta de planeación. Se construyó una vía de seis carriles que, caprichosamente, se reduce a tres a la altura del terminal de transporte del norte, para luego volver a ser de seis casi llegando al peaje. De ida y de vuelta, igual.

Siempre me ha recordado un viejo experimento de Venturi de mis años de estudiante de ingeniería. Esta joya del urbanismo provoca que el sector sea un caos vehicular desde las seis de la mañana y que, en un trayecto de menos de cinco kilómetros, haya que circular a diez kilómetros por hora.

Pero bueno, es nuestra ciudad. Y, para no alejarnos demasiado de la autopista, al menos conserva un separador central que sigue siendo de los más verdes de Bogotá. Fue creado para recordar a seres queridos, sembrando un árbol en lo que se llamó “Horas Verdes”. Un gesto sencillo, cargado de sentido.

Aunque, si no se cuida, podría terminar convertido —muy a lo Escher— en otra cinta asfáltica con líneas blancas interrumpidas y algún reductor de velocidad disperso. Y para recordar que allí hubo verde, habría que levantar el asfalto e imaginarlo.

Puddle - Escher
A veces las obras viales dejan tan marcada su presencia que uno podría creer que la naturaleza ya se rindió. Pero Puddle, de Escher, nos desmiente con elegancia: en medio del barro pisoteado y de las huellas de las llantas —ese rastro inevitable de la modernidad— aparece, intacto, el reflejo del bosque.

Es como si Escher nos dijera que la vía puede ocupar el suelo, pero no necesariamente el cielo; que por más que insistamos en “progresar” dejando surcos, el entorno siempre encuentra un charco para recordarnos quién estaba primero. En el fondo es una lección discreta: no importa cuánto pavimento pongamos, la naturaleza siempre se cuela por alguna parte, aunque sea en un charquito que evitamos para no ensuciarnos los zapatos.- 

Después de muchos años de intentos, la ciudad por fin tendrá un transporte más eficiente: el metro. Probablemente será menos ruidoso, generará menos contaminación y traerá un cambio arquitectónico evidente. Su primera línea ya transformó la apariencia de algunos sectores; las siguientes, quizá, serán más discretas. Claro que siempre estarán las contradicciones habituales para inclinar la balanza hacia un lado u otro.

Por lo pronto, yo ya no me veré afectado ni por los beneficios ni por el caos que produzcan las futuras obras. Me iré a una ciudad mucho más pequeña, que, aunque es más grande que mi municipio natal, todavía permite recorrerla a pie. Un poco más alta, más fría, pero también —y quizá por eso— más acogedora.