En YouTube, por ejemplo, el objetivo es que alguien reproduzca el video, como sea. Para eso aparecen títulos que prometen lo que nunca ocurre: películas presentadas con actores que no trabajaron ahi, actores en situaciones que jamás protagonizaron o escenas que, con algo de sentido común, uno sabría que no existen. Pero ahí están, funcionando. Si el título no alcanza, entonces la miniatura hace el trabajo: una imagen lo suficientemente provocadora como para que uno olvide cualquier sospecha y entre.
En Instagram el libreto no cambia mucho: la dieta milagrosa, el tratamiento médico que “la industria no quiere que conozcas”, el dinero que está a punto de llegar o esa persona que “le piensa en secreto”. Todo muy conveniente. De paso, le piden que comparta, que pinche en el corazón y que confíe en publicidad donde aparecen caras conocidas —a veces recreadas con inteligencia artificial— recomendando productos infalibles. En temas de salud, incluso se citan estudios inexistentes o hasta le han otorgado el Nobel como si fueran certificados de participación.
En WhatsApp quizá el medio más usado para comunición, al menos en Colombia, el correo y las llamadas telefónicas ya no se molestan tanto en disimular: ahí el objetivo es directamente sacarle algo. Un enlace llamativo, un mensaje urgente, un familiar que “necesita ayuda” o una herencia inesperada que apareció justo para usted. El resultado suele ser el mismo: datos robados, dinero perdido o un dispositivo que empieza a comportarse como si tuviera vida propia.
Con todo y las advertencias, la historia se repite. Se ignoran las señales, se hace clic y después vienen las quejas. Que el banco, que la plataforma, que alguien debería responder. Pero pocas veces se revisa la decisión inicial, que casi siempre fue confiar demasiado rápido.
Lo que queda claro es que la ética no está precisamente de moda. Conseguir seguidores vale lo que sea. Aumentar visitas, también (la monetización). Y engañar, ni hablar. Todo parece justificarse si hay números de por medio.
Precisamente por eso, cuando aparece un caso distinto, suena extraño. No es lo habitual. Dario Amodei, CEO de Anthropic, tuvo que tomar una decisión cuando el gobierno de Estados Unidos planteó condiciones que implicaban usos bastante discutibles de su inteligencia artificial —como vigilancia masiva o aplicaciones militares sensibles—. Y decidió no aceptarlas. No fue una postura simbólica: perdió contratos importantes y terminó enfrentándose con uno de los clientes más grandes posibles. Y aun así, mantuvo la decisión. Algo poco frecuente en un mundo donde normalmente primero se firma y después se piensa.
La misma empresa tomó otra decisión curiosa: desarrolló un modelo capaz de detectar vulnerabilidades críticas en software —de esas que llevan años sin descubrirse— y, en lugar de lanzarlo al público, prefirió limitar su uso a organizaciones de seguridad. No porque no pudieran sacarle provecho, sino precisamente porque podían.
Son excepciones, sí. Pero sirven para recordar que hay otra forma de hacer las cosas. Que no todo tiene que pasar por el engaño, que no todo vale, el clic fácil o la promesa inflada.
Al final, cualquiera puede caer en la trampas. Pero para evitarlas hay que hacer algo poco popular: detenerse un momento, desconfiar un poco y pensar antes de actuar. No debería ser tan emocionante como hacer clic de inmediato, pero parece dar mejores resultados. Porque, a estas alturas, ya deberíamos saberlo: de eso no dan tan fácil. Y nunca es gratis.