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martes, 23 de junio de 2026

¡Colombia ya está en la siguiente fase! Venció a Congo y ahora va por el liderato ante Portugal

La Selección Colombia logró una victoria tan valiosa como exigente. El 1-0 sobre la República Democrática del Congo le aseguró el cupo a la siguiente fase del Mundial, pero también dejó varias enseñanzas antes del decisivo compromiso frente a Portugal, que definirá el primer lugar del Grupo K. Aunque la Tricolor dominó la mayor parte del encuentro y generó suficientes oportunidades para resolverlo con mayor tranquilidad, volvió a evidenciar problemas de definición y terminó sufriendo innecesariamente ante un rival que nunca renunció a complicar el partido.

La previa ya anticipaba el ambiente de una gran noche para la Selección Colombia. El estadio de Guadalajara lució un impresionante tendido amarillo, con miles de aficionados colombianos que prácticamente hicieron sentir al equipo como local (algo parecido al Azteca). El momento más emotivo llegó durante la interpretación de los himnos nacionales, cuando el ensordecedor canto de los seguidores acompañaron el Himno Nacional de Colombia, poniendo la piel de gallina y marcando el inicio de un partido con auténtico ambiente mundialista.

El equipo de Néstor Lorenzo salió decidido a imponer condiciones. Daniel Muñoz avisó muy temprano y poco después celebró un gol que fue invalidado por fuera de lugar. Colombia asumió el control del balón desde el comienzo y buscó diferentes caminos para abrir el marcador.

La insistencia continuó con remates de James Rodríguez y Luis Díaz, pero el arquero congoleño respondió con intervenciones de gran nivel. Ante la férrea defensa africana, la Selección también recurrió con frecuencia a los remates de media distancia, mientras Kevin Puerta y otros jugadores intentaban sorprender desde fuera del área.

Hasta la pausa de hidratación, Colombia mostró un fútbol dinámico, con buena circulación de balón, intensidad en la presión y constantes llegadas sobre el arco rival. Después de la interrupción el ritmo disminuyó ligeramente, aunque el control del partido siguió siendo colombiano.

La única aproximación de cierto riesgo para la República Democrática del Congo durante el primer tiempo terminó en las manos de Camilo Vargas, quien respondió con seguridad.

El balance de la primera parte fue ampliamente favorable para Colombia: dominio territorial, múltiples opciones de gol, variedad de recursos ofensivos y la sensación de que únicamente faltaba traducir esa superioridad en el marcador.

El segundo tiempo mantuvo prácticamente el mismo libreto. Colombia siguió llevando la iniciativa y la República Democrática del Congo volvió a apostar por un esquema con cinco defensores, muy similar al que le permitió neutralizar durante largos pasajes a Portugal. El conjunto africano esperó ordenadamente, cerró espacios y buscó sorprender únicamente mediante el contragolpe.

La Tricolor continuó generando oportunidades, pero volvió a carecer de eficacia en los metros finales. Néstor Lorenzo refrescó el ataque con los ingresos de Juan Fernando Quintero y Jhon Córdoba, mientras la salida de James Rodríguez dejó algunas muestras de inconformidad. Quintero aportó claridad y creatividad, aunque el gol seguía sin llegar.

El premio a la insistencia apareció finalmente gracias a Daniel Muñoz, quien coronó una destacada actuación encontrando el gol que tanto había buscado durante el partido. El tanto hizo justicia con el desarrollo del encuentro y reflejó la superioridad colombiana, era la tercera vez que Muñoz lo intentaba.

Sin embargo, Colombia no logró aprovechar los espacios que dejó el rival para liquidar el compromiso. Luis Díaz volvió a marcar, pero nuevamente la acción fue invalidada por fuera de lugar, una situación que se repitió con demasiada frecuencia y que evidencia la necesidad de mejorar la sincronización de los movimientos ofensivos.

Los minutos finales dejaron una sensación agridulce. En lugar de administrar el resultado con mayor posesión y serenidad, Colombia permitió que el partido se hiciera abierto y terminó defendiendo demasiado cerca de su arco. La República Democrática del Congo encontró espacios, obligó a Camilo Vargas a intervenir con seguridad y estuvo cerca de llevarse un empate que habría castigado el dominio colombiano.

El triunfo nunca estuvo en discusión desde lo futbolístico, pero sí terminó siendo más angustioso de lo necesario. Colombia mostró argumentos colectivos, buen funcionamiento y capacidad para generar ocasiones de gol, pero deberá mejorar la eficacia frente al arco, evitar los reiterados fuera de lugar y, sobre todo, tener mayor tranquilidad e inteligencia para manejar los partidos cuando consigue la ventaja. Ante un rival de la jerarquía de Portugal, esas situaciones pueden marcar la diferencia entre ganar el grupo o resignar el segundo lugar. La buena noticia es que el primer objetivo ya está cumplido: la Selección está clasificada y ahora tendrá una excelente prueba para medir su verdadero nivel frente a uno de los favoritos del campeonato.

miércoles, 17 de junio de 2026

Colombia dio el primer golpe: venció a Uzbekistán y tomó el liderato del Grupo K

La espera terminó. Durante horas, las calles colombianas se vistieron de amarillo, la ilusión acompañó a miles de colombianos y la expectativa fue creciendo a medida que se acercaba el pitazo inicial. No faltaron los escépticos, los que advertían un debut complicado y sembraban dudas sobre el estreno mundialista. Sin embargo, cuando el balón comenzó a rodar, la Selección Colombia dejó esa mala vibra fuera de la cancha y asumió el protagonismo.

El estadio Azteca lució completamente lleno y la multitud colombiana hizo sentir al equipo como local. Aunque la selección vistió de azul, el amarillo dominó ampliamente las tribunas, Uzbequistán a hacer lo suyo.

Colombia inició el encuentro muy seria. Controló la posesión, ocupó bien los espacios y obligó a Uzbekistán a refugiarse en un esquema muy disciplinado, diseñado por Fabio Cannavaro para cerrar caminos y esperar el error rival. La propuesta recordó al tradicional fútbol italiano: orden, paciencia y defensa muy sólida.

La superioridad colombiana tardó en reflejarse en el marcador. Luis Díaz estuvo muy cerca de abrir la cuenta con un remate al palo, antes de que Daniel Muñoz rompiera el equilibrio con una magnífica definición. Hasta ese momento, casi al final de la primera parte, el partido parecía desarrollarse exactamente como lo había imaginado Colombia.

Pero el compromiso cambió después del descanso.

Cannavaro modificó el comportamiento de su equipo y Colombia tardó en interpretar el nuevo escenario. Uzbekistán dejó de esperar, adelantó sus líneas, presionó con mayor intensidad y encontró espacios que durante la primera mitad no habían existido. Consiguió el empate que no fue producto del azar; fue consecuencia de un rival que leyó mejor el partido durante varios pasajes del segundo tiempo.

La reacción colombiana fue inmediata y volvió a aparecer el jugador diferente de la noche. Luis Díaz, pese al fuerte marcaje y a las reiteradas faltas que sufrió durante todo el encuentro, desequilibró una vez más para devolverle la ventaja a la selección.

Sin embargo, ese segundo gol no significó tranquilidad. Por el contrario, Colombia comenzó a ceder terreno. Los cambios enviaron un mensaje claro: proteger el resultado antes que ir por el control definitivo del partido. La salida de James Rodríguez sorprendió, especialmente porque Juan Fernando Quintero permaneció en el banco, y el equipo fue perdiendo capacidad para conservar el balón y administrar el ritmo del juego.

Uzbekistán entendió que el partido seguía abierto y terminó imponiendo las condiciones emocionales del cierre. Colombia retrocedió demasiado, renunció por momentos a la posesión y permitió que el rival creciera. Incluso desperdició una oportunidad muy clara para liquidar el compromiso, lo que prolongó innecesariamente el suspenso, Lermá falló una pelota clara.

El tercer gol, nacido del coraje de Cucho Hernández y concretado por Jaminton Campaz, alivió la tensión y dio una diferencia que el desarrollo del segundo tiempo no reflejaba del todo. Aun así, antes del pitazo final, un remate uzbeko que se estrelló en el palo recordó que el partido nunca estuvo completamente bajo control.

El balance deja sensaciones encontradas. Colombia fue superior en el primer tiempo, tuvo individualidades decisivas y ganó con justicia. Pero también evidenció dificultades para adaptarse a los cambios tácticos del rival, perdió el control del juego durante largos pasajes del complemento y terminó sufriendo más de lo necesario.

Lo importante es que los tres puntos quedaron en el bolsillo. El empate entre Portugal y la República Democrática del Congo dejó a Colombia como líder del Grupo K al término de la primera jornada. Ahora el desafío será confirmar esa posición frente al conjunto africano, corrigiendo las dudas que dejó el segundo tiempo. En un Mundial, ganar siempre es importante; aprender de las victorias puede ser aún más valioso. Y haber si cambian el discurso los contradictores. 

!!Vamos Colombia¡¡

viernes, 5 de junio de 2026

Colombianos en Estados Unidos: una crisis que no puede ignorarse

Mientras Colombia concentra su atención en la campaña presidencial y en los debates sobre seguridad, economía y reformas sociales, miles de colombianos enfrentan una creciente incertidumbre en territorio estadounidense. La política de inmigración de la administración de Donald Trump se ha endurecido de manera significativa y sus efectos ya son visibles para quienes emigraron en busca de oportunidades laborales, académicas o familiares.

Conviene hacer una precisión importante. La administración de Donald Trump ha definido una línea migratoria clara. Puede compartirse o cuestionarse pero sus objetivos han sido expuestos de manera explícita: incrementar los procesos de expulsión, restringir mecanismos de regularización y fortalecer los controles fronterizos. Los ciudadanos colombianos residentes en ese país conocen hoy con claridad la posición de la Casa Blanca frente al fenómeno migratorio, desde nuestra perspectiva cuestionable, por el tratamiento inhumano que se le ha dado a los deportados y el no reconocimiento del estatus migratorio reconocido.

Cada día es más preocupante la situación de muchos ciudadanos que residen de forma legal o irregular en Estados Unidos. Particularmente delicado es el caso de quienes migraron legalmente por motivos de estudio, trabajo o reunificación familiar. Quienes decidieron permanecer más allá de los términos autorizados por sus visados asumieron un riesgo conocido. Pero lo que hoy está ocurriendo va mucho más allá de esa realidad. Cambios en la normativa de inmigración están afectando también a personas que actuaron conforme a la ley y que ahora enfrentan un futuro incierto.

Las cifras más recientes permiten dimensionar la magnitud del fenómeno. En lo corrido de 2025 se registran más de 23.000 expulsiones (TRAC – El Colombiano), con un pico mensual de 4.075 casos en marzo, la cifra más alta desde 1998 (El Tiempo). Colombia se ubica además como el quinto país latinoamericano con mayor número de retornos forzados, detrás de México, Honduras, Guatemala y Venezuela (El Colombiano). A esto se suma que cerca de 1.100 de los nuestros que ingresaron bajo programas de permiso humanitario se encuentran en riesgo de perder su estatus legal (El Tiempo), mientras la aprobación de residencias permanentes ha caído de cerca de 72.000 mensuales en octubre de 2024 a aproximadamente 34.000 en enero de 2026, según el Instituto Cato con base en datos del USCIS (El Universal / Telemundo). Incluso se han documentado situaciones extremas, como la deportación de ocho ciudadanos colombianos hacia la República Democrática del Congo —quienes no podían ser retornados a Colombia por contar con mecanismos de protección legal contra su regreso al país— (Semana / El Colombiano), lo que evidencia la creciente complejidad y alcance de las decisiones adoptadas.

Más allá de las estadísticas, el panorama resulta profundamente inquietante. Detrás de cada número hay familias separadas, proyectos de vida interrumpidos, profesionales que apostaron por construir un futuro fuera del país y estudiantes que encontraron en el exterior oportunidades que su nación de origen no les ofrecía.

Muchos abandonaron su tierra natal porque no veían posibilidades reales de desarrollo personal o profesional. Algunos aceptaron trabajos que jamás habrían desempeñado en Colombia; dejaron atrás carreras activas, empresas o posiciones sociales para comenzar de nuevo. También están quienes viajaron legalmente para estudiar, especializarse o investigar, confiando en que algún día podrían regresar a un país que valorara sus conocimientos. Pero para quienes decidieron volver, las promesas de recuperación de talento, fortalecimiento de la investigación y economía del conocimiento terminaron convertidas en frustración: oportunidades escasas, ingresos muy inferiores y un reconocimiento bajo respecto a las expectativas creadas.

Ante esta realidad surgen preguntas inevitables. ¿Qué ha hecho el Estado colombiano para proteger a sus ciudadanos fuera del país? ¿Qué mecanismos de asistencia jurídica, diplomática y humanitaria se han activado para quienes enfrentan procesos de expulsión? ¿Existe una estrategia nacional para aprovechar el conocimiento, la experiencia y las capacidades de quienes regresan?

Pero la pregunta más importante mira hacia el futuro. El próximo 21 de junio los colombianos elegirán un nuevo presidente. Los dos aspirantes han debatido sobre múltiples asuntos internos, pero hasta ahora ambos parecen compartir un preocupante silencio frente a una situación que afecta a miles de compatriotas.

En lo personal identifico un vacío significativo sobre cómo enfrentar una eventual crisis humanitaria derivada del aumento de las deportaciones, cómo asumir los costos económicos y sociales de la reintegración, cómo brindar defensa jurídica transnacional a los afectados y cómo negociar con un gobierno estadounidense que ha endurecido su postura migratoria.

Quizá los ciudadanos en el exterior no representan suficientes votos para definir una elección. Quizá sus dificultades ocurren lejos de las fronteras nacionales y generan pocos titulares. Sin embargo, siguen siendo colombianos. Siguen sosteniendo a miles de familias mediante el envío de remesas. Y siguen teniendo derechos que el Estado está obligado a proteger.

Ojalá que en los debates presidenciales algún periodista formule la pregunta que hasta ahora nadie parece dispuesto a hacer: ¿qué harán los aspirantes a la Presidencia por quienes hoy enfrentan la incertidumbre de la expulsión, la pérdida de su estatus migratorio o el abandono institucional?

martes, 19 de mayo de 2026

Cuando ver televisión era un plan familiar en Colombia


Tienda de tintos
Un homenaje a Los Magnífocos - Tunja
Hubo un tiempo en que en Colombia la noche tenía un ritual casi sagrado. Después de la comida, mientras unos terminaban el café y otros acomodaban las sillas de la sala, eltelevisor se convertía en el centro del hogar. No importaba si era un aparato enorme de madera, uno pequeño en blanco y negro o aquel televisor con antena que obligaba a alguien a levantarse a moverla hasta que desapareciera la “lluvia” en la pantalla. Lo importante era otra cosa: la familia estaba junta.

En los años 70 y 80, la televisión no era una experiencia individual. Era compartida. Padres, hijos, hermanos e incluso vecinos seguían las mismas historias semana tras semana. Al día siguiente, el país entero comentaba el capítulo en el colegio, en la oficina, en la tienda del barrio o en el bus. Era una época sin plataformas digitales, sin algoritmos y sin teléfonos inteligentes, pero con algo que hoy parece más escaso: tiempo para compartir.

Y en medio de esa rutina familiar aparecieron series que marcaron para siempre a los hogares colombianos. Historias de drama, acción y hasta de una inteligencia artificial que entonces parecía imposible. Las que menciono aquí no necesariamente están porque hayan sido las mejores, sino porque fueron de las que más me impactaron y de las que todavía sigo recordando con nostalgia.

Una de las que más atrapó a las familias fue Dallas. La historia de la poderosa familia Ewing llevó a millones de espectadores a un mundo de petróleo, riqueza y traiciones que contrastaba con la realidad cotidiana del país. Todos tenían una opinión sobre J.R. Ewing: algunos lo odiaban, otros admiraban su astucia, pero nadie era indiferente. La famosa pregunta “¿Quién disparó a J.R.?” cruzó fronteras y llegó también a Colombia, donde las familias esperaban ansiosas el siguiente episodio. Era el tipo de serie que hacía que nadie quisiera levantarse de la sala hasta que aparecieran los créditos finales.

Muy distinta, pero igual de cercana al corazón de los colombianos, fue Little House on the Prairie, conocida en Colombia como La familia Ingalls. La lucha diaria de Charles Ingalls por sacar adelante a los suyos conectaba profundamente con miles de familias trabajadoras del país. Los valores de esfuerzo, honestidad, unión y solidaridad hacían eco en una Colombia donde muchas veces la vida también dependía del trabajo duro y del apoyo familiar. No hacía falta una gran producción para emocionar. Bastaba ver a los Ingalls superar juntos las dificultades para que más de uno terminara el capítulo con lágrimas en los ojos.

Pero la televisión de aquella época no solo hablaba del presente o del pasado; también comenzaba a imaginar el futuro. Mucho antes de que existieran asistentes virtuales, vehículos inteligentes o herramientas capaces de conversar con nosotros, dos series sembraron en la mente de millones de televidentes colombianos las primeras ideas de lo que hoy conocemos como inteligencia artificial.

Por otro lado estaba Automan, que presentaba a un héroe digital creado por computadora, capaz de materializarse en el mundo real para combatir el crimen. Su estética luminosa, su vehículo imposible y el pequeño Cursor parecían pura magia ochentera. Pero vista hoy, la serie resulta hasta adelantada para su época: hablaba de interacción hombre-máquina y asistentes digitales décadas antes de que esos conceptos hicieran parte de nuestra vida diaria.

Y muy cerca de esa idea aparecía Knight Rider. Allí, Michael Knight encontraba en KITT algo más que un automóvil: un compañero inteligente, capaz de hablar, analizar situaciones, tomar decisiones y hasta expresar emociones. Para los hogares colombianos de los años 80 aquello era ciencia ficción pura. Sin embargo, el tiempo terminó dándoles la razón a esas series. Hoy convivimos con asistentes de voz, vehículos inteligentes y autónomos, y sistemas capaces de responder a nuestras órdenes, exactamente como aquellos programas imaginaron.

Claro que también había espacio para la acción y el humor familiar, y pocas series lograron ese equilibrio como The A-Team. Los Magníficos reunían frente al televisor tanto a adultos como a niños con sus persecuciones, explosiones y planes imposibles, pero sin la crudeza que domina muchas producciones actuales. El humor de Murdock, la inteligencia de Hannibal y el carisma imponente de Mr. T convertían cada episodio en un espectáculo para toda la familia. En muchos hogares colombianos, ver la serie era casi una cita obligada de la semana.

Tal vez hoy tengamos mejor imagen, muchísimos más canales —tantos que a veces pasamos más tiempo “caneleando” que viendo algo— y acceso inmediato a cualquier serie del mundo, eso sí, casi siempre pagando una suscripción distinta. Tenemos todo al alcance de un clic, pero muchas veces terminamos gastando más tiempo buscando qué ver que disfrutando realmente algo.

Sin embargo, aquellas noches frente al televisor tenían algo que la tecnología moderna todavía no logra reemplazar. Hoy, en muchos hogares, esas reuniones familiares prácticamente desaparecieron: hay un televidente en la sala, otro encerrado en su habitación, quizá alguien más viendo contenido desde la cocina o desde el celular. La tecnología multiplicó las opciones, pero también nos fue alejando poco a poco. Antes, una sola pantalla reunía a toda la familia; ahora cada quien tiene la suya.

lunes, 13 de abril de 2026

10 cosas que solo entienden los colombianos (si reconoces varias, ya eres uno)

Expresiones colombianas
Expresiones colombianas - CEPR
Hacía mucho tiempo no caminábamos por el centro histórico de Bogotá. Esta vez, con una intención muy clara, entrar al Museo del Oro: una verdadera joya de la cultura precolombina. Grande, sí… aunque uno no puede evitar pensar que sería aún más grande si parte de esa “colección” no hubiera salido en modalidad de exportación temprana en la era de la conquista, con destino más bien cierto y tiquete solo de ida.

A la salida, tomamos la calle 11, que desemboca en La Casa del Florero —como recordatorio poco sutil— en otra capa de nuestra historia: la independencia… y, más acá en el tiempo, la toma y destrucción del Palacio de Justicia. Bogotá siendo Bogotá: te educa y te confronta en la misma cuadra.

Luego, iniciamos el regreso por la séptima hacia la 19. Peatonal, sí… pero hoy más parecida a un bazar con especialización en el rebusque. Se vende de todo, absolutamente todo. Y entre ese “de todo”, un escaparate, llamó mi atención, unas placas que imitan las de los carros, pero que, en lugar de números, traen algo mucho más útil: palabras o expresiones muy propias del lenguaje colombiano.

Porque, claro, si algo sabemos hacer es ponerle matrícula al lenguaje. ¿Quién usa estas expresiones? Fácil: todo el mundo… aunque nadie admita que las usa tanto.

En cada una de estas placas hay más que humor: hay calle, memoria y una manera muy nuestra de procesar la realidad. Son palabras o expresiones que nacen en la esquina, en la tienda, en el bus, el transmi o en la charla improvisada, y que —sin pedir permiso— terminan convertidas en identidad nacional.

Porque en Colombia no solo hablamos… reinterpretamos, exageramos y, si hace falta, sobrevivimos con estilo.

Algunas joyas del repertorio —no porque sean las más sobresalientes, sino porque a mí me impactan más—. No vale preguntarse si vienen del latín o del griego, ni ponerse a rastrear etimologías: simplemente se entienden.

• “¿Qué hubo?” → Saludo exprés, sin rodeos ni protocolo.
• “Parce / parcero” → Amigo, hermano no oficial, socio de anécdotas.
• “A camellar” → Elegante forma de decir: toca trabajar.
• “De una” → Aprobado sin comité ni segunda lectura.
• “La buena” → Deseo de bienestar, buena energía para el otro.
• “Qué chimba” → Categoría superior de aprobación (depende del tono… y del contexto).
• “Paila” → Diagnóstico breve: nada que hacer.
• “Quiubo pues” → Saludo con identidad regional incluida.
• “No dar papaya” → Filosofía preventiva nacional.
• “Severa vuelta” → Nivel de complejidad: mejor dicho, complicado.

Estas palabras o expresiones no solo comunican: identifican. Son códigos que nos permiten reconocernos en cualquier parte, como si lleváramos una cédula invisible en la forma de hablar.

Después de ver lo que nuestras comunidades indígenas eran capaces de hacer con los metales —especialmente el oro—, con una destreza que hoy sigue asombrando, uno entiende que también sabían contar quiénes eran. Hoy, los colombianos hacemos algo parecido con el lenguaje: entendemos, nombramos y, a nuestra manera, le damos sentido a la realidad. Porque ser colombiano también es eso: decir mucho con poco… y que igual se entienda.


martes, 17 de febrero de 2026

Elecciones: El Arte de prometerlo todo

Creada con ChatGpt
Imagen creada con IA
Este año Colombia tendrá su primera contienda electoral en marzo próximo. Los partidos pondrán a consideración de la ciudadanía a sus candidatos, para que elijan al que los representará en las elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, se renovará el Congreso: senadores y representantes, todos listos para servir al país… o al menos para afirmarlo con absoluta convicción.

Unos y otros prometen hasta lo impensable: eliminarán la pobreza, combatirán el crimen organizado, acabarán con los cultivos de coca y, de paso, resolverán cualquier otro problema histórico que haya sobrevivido a los últimos dos siglos. Lo único que, con seguridad, se agotará será la paciencia de los electores, cansados de promesas. Y como en muchos procesos anteriores, una vez instalados en sus cómodos cargos, olvidarán con sorprendente eficiencia aquella lista de compromisos y, quizá también, los rostros de aquellos ciudadanos a quienes abrazaron “fraternalmente” durante la campaña.

En las redes sociales desfilan nuestros salvadores. En la mayoría de los casos, hablan más de los errores que sus contrincantes pudieron cometer en algún capítulo remoto de sus vidas —sus antiguas creencias, sus aficiones ahora clasificadas como sospechosas, sus tendencias examinadas con lupa moral— que de sus propias ideas. Al parecer, resulta más rentable electoralmente desempolvar el pasado ajeno que explicar el futuro propio. Cada fotografía olvidada, cada opinión juvenil y cada amistad inconveniente adquieren de pronto la gravedad de un pecado capital, redescubierto con admirable puntualidad en temporada de campaña. No faltan, además, las calumnias: imágenes y videos, muchos creados con herramientas de inteligencia artificial, circulan con un realismo digno de aplauso técnico. Y no pocos colombianos les conceden credibilidad, porque si parece cierto, debe serlo. Incluso algún diario ha tenido que aclarar que ciertas publicaciones que se le atribuyen son falsas. En estos procesos, todo vale… o al menos eso parece.

En medio del espectáculo están los electores, que lamentablemente terminan enfrentados en sus círculos más cercanos: amigos que dejan de hablarse y familias que descubren que el afecto tiene límites ideológicos. Las posiciones, muchas veces poco argumentadas, se defienden con fervor casi religioso. Si el candidato comete errores, la culpa será de la oposición o de la mala prensa —aunque, claro, en ocasiones el error sea simplemente propio—. Nuestra capacidad de diálogo en temas políticos (y religiosos) es más bien escasa: preferimos la consigna al argumento y el eslogan a la reflexión.

Estas discrepancias rara vez conducen a algo distinto que a la irritación colectiva, salvo que se pertenezca a un proyecto político que haya prometido lo humano y lo divino, en cuyo caso toda contradicción será reinterpretada como parte de un brillante plan maestro aún incomprendido.

Veremos en marzo cómo queda compuesto el Congreso y si esa composición favorece a quien se posesione el 7 de agosto. Tal vez las buenas propuestas sean aprobadas independientemente de quién las presente (un optimismo casi heroico). Quizá cada legislatura se caracterice por la objetividad y el juicio ponderado de los congresistas, y no por la obediencia al líder de turno. Todo, por supuesto, en coherencia con aquella promesa que todos repiten con admirable uniformidad: “Queremos que nos elijan para trabajar por todos los colombianos”.

Y así, entre promesas extraordinarias y expectativas moderadas, la democracia vuelve a ponerse a prueba. Como siempre.

domingo, 11 de agosto de 2024

París 2024: Luchando por la Supervivencia en el Escenario Deportivo

Los Juegos Olímpicos de París 2024 nos recordarán, de forma irónica: que un deporte en el que Colombia rara vez se destaca, la gimnasia, encontramos nuestra primera medalla. Ángel Barajas, un cucuteño de tan solo 17 años, logró arrancarnos una sonrisa con su brillante rutina, subiendo al podio con la medalla de plata. Este logro inesperado fue seguido por otras preseas plateadas de Yeison López en la categoría de 89 kg y Mari Leivis Sánchez en los 71 kg. El broche final lo puso Tatiana Rentería, quien, con un esfuerzo titánico en la lucha estilo libre de 76 kg, nos recordó que detrás de cada medalla hay una batalla personal sin igual.

La Olimpiada, cargada de emociones desde el primer día, nos llenó de esperanzas con nuestras guerreras del fútbol, arqueros, judokas y boxeadores. Sin embargo, los resultados no estuvieron a la altura de las expectativas. La cosecha de medallas no se comparó con la de Tokio, y mucho menos con el punto más alto alcanzado en Londres 2012. El desempeño en la capital francesa dejó un sabor agridulce en los corazones colombianos.

Nuestros atletas llegaron a París con la misma determinación y espíritu que los caracteriza. Mariana Pajón, la reina indiscutible del BMX, intentó añadir otro triunfo a su legendaria carrera, pero el podio esta vez le fue esquivo. Junto a ella, otros veteranos buscaron una última hazaña antes de despedirse del deporte, pero la competencia fue feroz y, aunque lo dieron todo, los resultados no los acompañaron.

Por otro lado, emergieron jóvenes promesas como Ángel Barajas. Siendo realistas, nuestras expectativas en gimnasia no eran altas; este deporte, dominado por chinos, japoneses, coreanos y estadounidenses, rara vez nos permite soñar. Y, claro, también estaban aquellos que apenas lograron las marcas mínimas para clasificar. A pesar de su entusiasmo y esfuerzo, sus registros aún distan mucho de los mejores del mundo. Sin embargo, su participación en París 2024 les brindó una valiosa experiencia que, sin duda, será fundamental para su crecimiento.

En muchos deportes, nuestros atletas se midieron con la élite mundial, lo que hizo aún más difícil la posibilidad de ganar una medalla. El tiro con arco, por ejemplo, es un dominio casi exclusivo de los coreanos. En otras ocasiones, la fortuna simplemente no estuvo de nuestro lado; detalles minúsculos y decisiones arbitrales marcaron la diferencia entre la gloria y la derrota.

No podemos reprochar a nuestros deportistas por los resultados. Ellos pusieron todo su esfuerzo y dedicación en cada competencia. Quizás el lunar más notorio fue el caso del ciclista Fernando Gaviria, quien aceptó participar a sabiendas de que no era parte del ciclo olímpico, en detrimento de Juan Esteban Arango, quien había contribuido más para conseguir el cupo olímpico. Pero este desempeño general nos invita a reflexionar sobre el apoyo y la estructura que nuestros atletas necesitan desde el comienzo de sus carreras.

Si queremos que Colombia vuelva a brillar en el medallero olímpico, necesitamos un cambio profundo en la forma en que apoyamos a nuestros deportistas. No se trata solo de prepararse para Los Ángeles 2028, sino de un compromiso constante desde las primeras etapas de formación. Las escuelas deportivas deben contar con tecnología de punta, entrenadores capacitados, nutricionistas y psicólogos. Además, es vital que los atletas reciban compensaciones adecuadas que les permitan llevar una vida digna, tanto para ellos como para sus familias.

Es fundamental que cuenten con seguros que los protejan en caso de lesiones, para que puedan continuar con una vida plena y productiva. La formación deportiva debe ir acompañada de una educación profesional sólida, de modo que, al concluir su carrera deportiva, puedan llevar una vida digna y contribuir a la formación de futuras generaciones de atletas.

Es evidente que la dirigencia también tiene una gran cuota de responsabilidad en estos resultados. Han pasado cinco años desde la creación del Ministerio del Deporte, y lo único que parece haber crecido es la burocracia: ministro, viceministros y un sinfín de personal que desvía recursos esenciales del deporte. Como siempre, la delegación colombiana parecía más numerosa en dirigentes que en atletas. Y para colmo, ahora han reducido los recursos destinados al deporte, mientras promulgan que los jóvenes deben hacer actividades que conduzcan a la salud física y mental. Una contradicción evidente.

Si aspiramos a mejorar, el camino no será sencillo, pero París 2024 nos deja muchas lecciones. No solo debemos clasificar con más deportistas, sino mejorar sus marcas. Nuestros atletas ya tienen las cualidades necesarias: son valientes, dedicados y talentosos. Con el apoyo adecuado, pueden alcanzar grandes logros y devolverle a Colombia el lugar que merece en el panorama olímpico mundial. Ahora, más que nunca, es el momento de invertir en nuestros jóvenes y brindarles las herramientas necesarias para que puedan brillar en Los Ángeles 2028 y más allá.

Colombia puede y debe soñar con un futuro olímpico lleno de éxitos. Esta es la oportunidad para renovar nuestro compromiso con el deporte y con los atletas que nos representan con tanto orgullo en el escenario mundial.

sábado, 13 de julio de 2024

El sueño americano: Colombia a un paso de la Copa América 2024

13 de julio de 2024: La tensión se palpa en el aire. Un cosquilleo de emoción recorre cada rincón de Colombia, desde las montañas hasta las costas, y se extiende más allá de las fronteras, contagiando a la comunidad colombiana en Estados Unidos. Mañana, 14 de julio, la historia se escribirá en el Hard Rock Stadium de Miami, Florida, cuando Colombia se enfrente a Argentina en la final de la Copa América 2024.

La ilusión de levantar la copa ha crecido con cada victoria de la selección colombiana durante el torneo. Su desempeño impecable, dejando en el ca
mino a selecciones de la talla de Brasil, Uruguay y Paraguay, ha despertado la esperanza de un pueblo que anhela celebrar un título continental desde 2001.

La Copa América 2024 ha sido un torneo lleno de sorpresas y emociones. El VAR ha generado controversia, pero no ha impedido que Argentina llegue a la final con paso firme, sorteando un camino relativamente cómodo.

En contraste, Colombia ha tenido que enfrentar retos más exigentes, superando a rivales de gran trayectoria. El partido contra Uruguay fue especialmente duro, no solo por el nivel futbolístico del rival, sino por las provocaciones y la violencia que derivaron en la expulsión de Richard Ríos, uno de los pilares del equipo colombiano.

La comunidad colombiana en Miami se prepara para vivir la final con fervor y pasión. El Hard Rock Stadium se teñirá de amarillo, opacando la albiceleste argentina, en un duelo que promete ser vibrante. Colombia sabe que el buen fútbol es su carta de presentación, pero también es consciente de que otros factores pueden influir en el resultado final. La afición deberá ser cautelosa y mantener la compostura ante posibles provocaciones.

Sin embargo, la confianza en el equipo es inquebrantable. Tanto propios como extraños reconocen a Colombia como el mejor equipo hasta el momento en el torneo, el más regular y con jugadores destacados como James Rodríguez, Luis Díaz, Richard Ríos, Jefferson Lerma y Camilo Vargas, por mencionar algunos.

Además, la selección colombiana ha marcado los goles más vistosos del torneo y cuenta con el apoyo incondicional de la afición más numerosa y entusiasta.

A las 9 pm del domingo se sabrá si el trabajo, la dedicación y el esfuerzo de la selección colombiana fueron suficientes para que Colombia levantara la Copa América 2024 y escribiera un nuevo capítulo dorado en la historia del deporte nacional.

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Boyacá destino turistico

Ubicado en el corazón de Colombia, Boyacá se erige como un imán para los amantes del turismo. Este departamento no solo alberga una riqueza natural y cultural excepcional, sino que también ofrece una diversidad de climas y topografías que van desde la majestuosidad casi salvaje hasta desiertos, nieves perpetuas y los lagos más altos de América. Boyacá, sin lugar a duda, se convierte en el destino ideal para aquellos que buscan una experiencia turística única y variada.

Puntos Emblemáticos de Boyacá

Villa de Leyva
Villa de Leyva: Sus calles empedradas, casas coloniales y su imponente plaza central la convierten en un tesoro arquitectónico y patrimonial.

Pozo de Donato -hoy El Pozo de Hunzahúa
Tunja: Capital de Boyacá, es una ciudad rica en cultura religiosa e histórica. Fue capital de la Nueva Granada durante la "Patria Boba". Sus principales atractivos turísticos son la Catedral Basílica Menor de San Francisco, el Parque de la Independencia y el Museo de Arte Religioso.

Ráquira:
Ráquira
Ráquira, un pueblo ubicado en las colinas de Boyacá, Colombia, es conocido por su artesanía en barro. Sus habitantes, herederos de tradiciones milenarias, convierten el barro en obras de arte, dando vida a vasijas, cántaros, y piezas decorativas. La artesanía de Ráquira es una expresión de la creatividad y la destreza de sus habitantes. Las manos habilidosas de los artesanos moldean la arcilla con maestría, dando vida a piezas únicas que son testimonio de la cultura colombiana

Basilica - Chiquinqur
Chiquinquirá, un municipio colombiano ubicado en el departamento de Boyacá, es conocido como la "Capital Religiosa de Colombia". Esta denominación se debe a la devoción que se le profesa a la Virgen del Rosario de Chiquinquirá, una imagen milagrosa que atrae a peregrinos de todo el país y el mundo.

Duitama: Uno de los atractivos de esta ciudad es el Pueblito Boyacense, un parque temático ubicado en Duitama, Colombia. Fue inaugurado en 1995 y está inspirado en la arquitectura tradicional de los pueblos de Boyacá. El parque cuenta con 124 casas, 20 locales comerciales y siete plazoletas. Cada casa representa un pueblo diferente de Boyacá, y los locales comerciales venden artesanías, souvenirs y productos típicos de la región.

Lugares naturales

  • Parque Arqueológico de Sogamoso: Una ventana a la historia precolombina de la región, con vestigios de la cultura Muisca.

  • Laguna de Tota: Esta vasta laguna invita a la relajación y la exploración, ofreciendo actividades como paseos en bote, pesca y senderismo.

  • Puente de Boyacá y Pantano de Vargas
    : Monumento hi
    stóricos que conmemoran las batallas para conseguir la independencia de Colombia.
  • Parque Nacional Natural El Cocuy: Un paraíso para los amantes del senderismo y el montañismo, con majestuosas montañas, glaciares y lagunas de alta montaña.

  • Iglesia de Nuestra Señora del Rosario en Monguí: Un ejemplo impresionante de la arquitectura colonial.

  • El Museo el Fósil localizado cerca a Villa de Leyva, no solo es un homenaje a la perseverancia de la comunidad local, sino también un portal al pasado remoto, donde los fósiles, custodios silenciosos de una era olvidada, cuentan la historia de antiguos habitantes marinos, cautivando a quienes se aventuran a desenterrar los secretos sepultados por el tiempo en esta región colombiana.

Ampliando el Encanto de Boyacá

  • Climas y Topografías: Boyacá abarca desde climas templados de montaña hasta zonas cálidas de llanura, ofreciendo una gama diversa de paisajes.
  • Paisajes Naturales: Su diversidad ecológica incluye páramos, bosques tropicales y llanuras, dotando a Boyacá de una belleza natural incomparable.
  • Riqueza Cultural: La hospitalidad y la alegría de sus habitantes, junto con sus arraigadas tradiciones, forman parte de la identidad de Boyacá.

La gastronomía boyacense: una fusión de sabores ancestrales y autóctonos

La gastronomía boyacense es una expresión de la riqueza cultural y natural de la región. Sus platos fusionan sabores ancestrales con ingredientes autóctonos, brindando una experiencia culinaria única en Colombia.

Entre sus platos más emblemáticos destacan tres tesoros gastronómicos: el cocido boyacense, las arepas y la longaniza de Sutamarchán.

Cocido boyacense: se trata de un plato robusto confeccionado a partir de una exquisita mezcla de carnes de cerdo, res y pollo, junto con una selección de tubérculos como nabos, chuguas e ibias, complementados con habas y mazorca. La magia de este plato radica en su cuidadoso y lento proceso de cocción, una técnica que permite la fusión perfecta de sabores, dando lugar a un caldo sustancioso y repleto de matices que despiertan los sentidos al paladearlo.

Las arepas son una delicia versátil que acompaña cualquier comida. El maíz, base de estas, se moldea a mano. Ya sean rellenas con queso fresco, acompañadas de hogao o como base para platos típicos, las arepas son una constante en la gastronomía local.

La longaniza de Sutamarchán es una salchicha elaborada artesanalmente con carne de cerdo y especias secretas. Se ahúma lentamente para realzar su sabor característico. Su textura suave y su aroma ahumado la convierten en un manjar imperdible. De camino a Ráquira o Chiquinquirá, se percibirá el aroma, obligando a detenerse.

Cómo Llegar y Desplazarse

El departamento es accesible en autobús, avión, carro, tren o barco, ofreciendo una amplia gama de opciones para todos los presupuestos y preferencias.

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C.E. Pineda Rodríguez
celio.pineda@gmail.com -- @celiopineda

sábado, 2 de diciembre de 2023

Comuna 13, una posibilidad de cambio


Medellín, Colombia, es una ciudad conocida por su belleza natural y su vibrante cultura. Sin embargo, también es una ciudad que ha tenido que lidiar con la violencia y la pobreza. La Comuna 13, un barrio ubicado en el oeste de la ciudad, es un ejemplo de cómo la comunidad puede superar la adversidad y construir un futuro mejor.

En el pasado, la Comuna 13 era una zona peligrosa y controlada por grupos armados ilegales. La violencia era endémica y la gente vivía con miedo. Sin embargo, en las últimas décadas, la comunidad local ha trabajado arduamente para transformar el barrio.

Murales en la Comuna 13, Medellín
Una de las formas en que la comunidad ha logrado superar la violencia es a través del arte. Los grafitis y murales son una parte integral de la Comuna 13. Los artistas locales utilizan el arte para contar la historia del bar
rio, su lucha contra la violencia y su esperanza de un futuro mejor. 


La música también es una parte importante de la cultura de la Comuna 13. La comunidad ha promovido la creación de grupos de baile y música que fomentan el talento local y brindan oportunidades a los jóvenes. La danza urban
a, como el breakdance, ha ganado gran popularidad en la zona.

Además del arte y la música, la Comuna 13 ha sido sede de eventos culturales y festivales que reúnen a artistas de diferentes disciplinas y a visitantes de todo el mundo. Estos eventos promueven la cultura, el turismo y la reconciliación, al tiempo que generan oportunidades económicas para los habitantes del barrio.

Las escaleras eléctricas de la Comuna 13 son una de las atracciones turísticas más populares de la zona. Las escaleras, que fueron construidas por el gobierno colombiano, facilitan el acceso al barrio y brindan a los visitantes una vista panorámica de la ciudad.

La Comuna 13 es un ejemplo de cómo la comunidad puede superar la adversidad y construir un futuro mejor. El compromiso de los residentes del barrio ha transformado el barrio en un símbolo de resiliencia y esperanza.

sábado, 2 de enero de 2021

El Covid-19 y el nacimiento de una estrella de TV

Iván Duque M. Presidente
Presidente - Iván Duque Márquez
- Prevención y acción
El 2020 quedará en la historia de la humanidad como el año en que un virus, el coronavirus cambio la vida de por lo menos a 188 países: poco tránsito, casi ningún negocio abierto y confinados. Cuando llegó a los 5 continentes la OMS declaró pandemia. Una predicción que se les escapó a nuestros adivinos, muy comunes en la tv en los primeros días de cada año. También quedará como el año en que Colombia vio el nacimiento de una estrella de televisión.

Luego de la tardía decisión de la OMS, se hicieron muchas recomendaciones para reducir el riesgo de contagio, pero la más llamativa fue el uso de una nueva prenda; el tapabocas, que de marzo de 2020 hasta ahora, ha hecho parte de nuestra vida diaria, identificábamos esto con el sector salud y en el alimentario. Con esta nueva prenda perdimos algo de identidad, además, debíamos mantener distancia social (1 - 2 metros), tuvimos que evitar el contacto físico. Se puso de moda la palabra cuarentena; la de 15 días, a final tuvimos una continua de por lo menos 100 días. Paralelamente pasamos de hablar y hablar de coronavirus a Covid-19. 

Los miembros del sector salud, los más expuestos al contagio, consiguieron algo de reconocimiento, vinieron aplausos (con el tiempo muy tibios), algún presidente; el de nuestra Colombia, el Sr Iván Duque, sugirió hacer obligatorio el servicio de los profesionales de la salud, ante el rechazo, abandonó la idea. Esos profesionales dejaron la piel con su servicio a los contagiados, muchos perdieron la vida. Quizá cuando pase la crisis, por menos los reconozcan en lo laboral, poco probable con los gobernantes  y legisladores que tenemos.

Así como muchos lo tomaron en serio, tres o cuatro mandatarios del mundo minimizaron el evento - todos de países influyentes -. Otros aparecieron con las llamadas teorías de la conspiración, la del 5 G, quienes decían que la enfermedad era real, pero que era causada por la radiación del sistema de telefonía. Alguno más, como el Sr Bill Gates, que el propósito era favorecer a las farmacéuticas, alguno más, que es una manipulación que nos están haciendo para mejorar las economías de algunos pocos países.

Sin importar la causa de la aparición del bicho este, contagiados y muertos fueron apareciendo, y con ello los protocolos se impusieron: para lavarse las manos, para entrar a la casa, para viajar en lo que fuera, para abrir los negocios, para saludarse, para poder cumplir con nuestro trabajo en las empresas.

Los epidemiólogos nos mostraron predicciones estadísticas, con las que algunos mandatarios nos alentaban diciendo; la curva se está aplanando, estamos cerca del pico, y los que mostraron datos a la baja, pusieron en marcha la desescalada, estableciendo fases, de 0 a 3. Infortunadamente con esta última decisión, los rebrotes no se hicieron esperar.

Localmente, en nuestra querida Colombia, lo más común fue la disputa de poderes, la del presidente Iván Duque M. y la alcaldesa de Bogotá Clara López, cada uno criticando las acciones del otro, al final se impusieron los gremios económicos y reabrimos sin más, lo que dio a entender a muchos colombianos, por desconocimiento en muchos casos o por rebeldía en alguno más, que la crisis había terminado.

Todo eso lo conocimos no solo a través de los medios de comunicación, sino por que diariamente muchos colombianos, disfrutaron por lo menos al comienzo de la crisis, la presencia del presidente Duque, en muchos canales de televisión (en las parrillas de los operadores de tv la imagen se repetía), informando sobre decisiones, logros, por su puesto mostrando cifras, las que eran más consecuentes con sus actos. Luego el programa derivó en entrevistas del moderador, ya más presentador de televisión que presidente. Tuvimos la presencia de personajes como el señor Leopoldo López, para hablar de la "crisis sanitaria en Venezuela", eso si introdujo algún tema más político que otra cosa. Al parecer se cambió la desgastada e inoperante imagen del "presidente interino" de Venezuela, Juan Guaidó. 

Más tarde, entre virus y vacunas, conocimos los alcances de este gobierno en materia vial, se inauguró por fin la megaobra de la Linea, eso sí sin terminar y con un enorme reconocimiento al presidente (acorde con su ego), una enorme placa que resaltaba más, que la misma obra - !sencillo nuestro presentador! - .

Para rematar el año, el mismo presentador, ya muy consolidado, reconocía la labor de nuestro congreso desde la posición de presidente, en la mismísima nochebuena los premiaba con un 5,12% en sus asignaciones, no estoy muy seguro de si salariales, porque cumplir con sus compromisos, muchos no lo hacen. Poco después de la fallida mesa de concertación, nos sorprendía con ese maravilloso 3,5%, que no podía ser más alto, debido a los efectos de la crisis sanitaria, por su puesto que no afectó a los honorables congresistas. Todo esto lo remata, nuestro presidente, con una frase, "por primera vez en la historia de Colombia y cumpliendo una promesa de campaña superará incluido el subsidio de transporte, el millón de pesos”. Eso si desconoce, o nos creen tarados para no entender ¿Qué es un es salario mínimo?. El congresista Ciro Ramírez, avala la decisión presidencial expresando en relación con la cifra de incremento 'el doble de la inflación registrada".

Con los argumentos expuestos por el presidente y ratificado por sus seguidores, las empresas en general, por supuesto afectadas, tendrán el soporte para aumentar o no,  algo similar al salario mínimo, claro, porque los tiempo de crisis lo demandan.

Cuando volvamos a la "normalidad", si tenemos la suerte de aparecer en turno para aplicarnos la vacuna, y si con esta se alcanza la inmunidad de este sufrido rebaño colombiano, por algún tiempo recordaremos al famoso bicho, las imágenes serán parte de la historia. 

Terminada la actual presidencia de la República de Colombia, seguramente las ofertas no le faltarán al ex presidente, para entonces muy consolidado y dominador de los medios, y le disputará el protagonismo a otro sencillo presentador, Jorge Alfredo Vargas.

Cuando terminábamos el año 2020, nuestro año especial, no dijimos feliz y próspero 2021, sino más bien, "que estemos saludables y con empleo en el 2021"

sábado, 17 de agosto de 2019

Destino Teatro Colón

Durante las vacaciones, algunos trazan planes con meticulosidad mientras otros se entregan a las excursiones improvisadas. La pregunta recurrente: ¿y el destino? Los adinerados preparan maletas vistosas que llaman la atención en aeropuertos, otros cargan lo esencial en sus autos dispuestos a detenerse donde caiga la noche, y unos pocos optan por quedarse en su ciudad, ya sea por falta de apego a los viajes o por simple elección.

Si la decisión es explorar la propia ciudad, ¿cómo satisfacer el antojo de descubrimiento? Las opciones abarcan un abanico amplio: parques, centros comerciales, museos o sumergirse en la ilusión de ser compradores y meramente observar, puesto que lo que más cautiva suele exceder el alcance económico.
A la vuelta de la esquina aguardan maravillas insospechadas que ofrecen los hogares urbanos: museos, arquitectura, el corazón histórico de cada urbe, teatros y mil cosas más, muchas accesibles o a precios módicos.

En Bogotá, nuestra capital, abundan los rincones interesantes para visitar y descubrir. Uno de ellos, el Teatro Colón, se erige como un símbolo antiguo y aristocrático. En tiempos pasados, este teatro fue un lujo inalcanzable para muchos, mas su verdadera esencia radica en ser un templo de la cultura. Ha sido testigo de actuaciones de músicos y cantantes de ópera, zarzuela y de nuestras propias historias. Decidimos explorarlo, no como espectadores ni artistas, sino para desvelar los misterios del Colón: sus palcos, tramoya y sótanos.

Para llegar, nos adentramos en la cultura urbana de Bogotá, en este caso, a través del TransMilenio: vendedores ambulantes ofertando sus productos y conversaciones a todo volumen, buscando ser escuchados por quienes transitan. Fue sorprendente presenciar a cuatro jóvenes con guitarra, violín, melódica y maracas interpretando música de Jorge Veloza. Cerca de la estación de universidades, tras dos canciones, cerraron su presentación con el verso de "la cucharita", oportuno para concluir su actuación. Aunque su estilo de baile y apariencia no reflejaban la cultura boyacense, recibieron aplausos y monedas como reconocimiento a su esfuerzo. Su mensaje final fue claro: música de Colombia para los colombianos.

Ubicado en la Calle 10, número 5-32, se alza majestuoso el imponente Teatro Colón, frente a lo que solía ser la sede presidencial, hoy la Cancillería. Mientras aguardábamos el recorrido, turistas nacionales, extranjeros y nosotros mismos nos maravillamos con los detalles neoclásicos que adornan su fachada.

El interior del teatro presenta tres zonas que destacan: "El foyer", reminiscente del estilo francés, o lo que llamamos en español el vestíbulo, seguido por la sala principal y la tramoya, encargada de los cambios en el escenario y el sótano.

El vestíbulo, un espacio de encuentro previo o posterior a la función, muestra en su techo frescos inspirados en personas de la época de la construcción del teatro. Los detalles arquitectónicos son sofisticados, con puertas y ventanas que bien podrían considerarse obras de arte. Es aquí donde se comparten las impresiones dejadas por la obra o las formas y maneras de los visitantes.

En el mismo nivel, se accede a los palcos, destacando uno que, según la guía, rara vez se ocupa: el palco presidencial, sin identificación, que debería llevar el número 13. Desde este sitio, la vista es privilegiada y el sonido, impecable. Se presume que los presidentes que lo ocuparon tenían buen gusto y oído. Según los guías, nuestros mandatarios no frecuentan el lugar, quizás por ocuparse en tareas más trascendentales para el país.

Más arriba, en el último nivel, se encuentra "el gallinero", reservado para aquellos de menor posición social, un espacio no destinado al lucimiento. Aquí se aprecia la belleza de la lámpara Ramelli, llena de historias y anécdotas.

Volviendo al nivel principal, pero al frente, encontramos el escenario, desde donde se vislumbran los entretelones del espectáculo y los intrincados mecanismos de poleas y cortinas que permiten cambios precisos y ágiles entre escenas. Entre los telones destaca el legendario telón de boca, pintado por el italiano Annibale Gatti, con treinta y seis personajes de distintas óperas. Sin embargo, su deterioro hace difícil su exhibición. Bajo el escenario, el sótano permite modificaciones para ubicar la orquesta o ampliar la capacidad del teatro.

Sentados en la platea, comprobamos que este espacio estaba destinado a que los palcos fueran parte del espectáculo social. El fresco en el techo muestra seis musas, una disposición quizás por conveniencia geométrica. Dos escudos nacionales, uno frente al otro pero con el cóndor en distintas direcciones, han sido objeto de especulaciones.

Con sus adornos, pinturas, frescos y aforo completo, la acústica de este lugar se compara a la de la Scala de Milán, un reconocimiento justo a este teatro.
Tras la visita guiada, enriquecidos con 125 años de historia, nos despedimos del teatro ya con escasa luz, invitándonos a contemplar las calles de la Candelaria en semioscuridad. Nuestra guía, llamada Candelaria, también dejó su huella.

De vuelta en el TransMilenio, ahora son artistas urbanos los que amenizan el trayecto. Entre sus versos con indirectas y rimas repetitivas, solicitan una retribución por su arte. Antes de concluir su presentación, un diseñador de la calle con formación universitaria nos impacta con un dibujo efímero hecho con tiza en el suelo. Las pisadas inevitables lo borran, pero las imágenes de la cultura urbana y las personas que muestran su condición social persisten imborrables.

martes, 27 de diciembre de 2016

Oro para todos los deportistas colombianos en Rio 2016

Oscar Fiqueroa - Oro en pesas
El pebetero olímpico se extinguió en Rio 2016, quedará en el recuerdo como la mejor actuación colombiana en las olimpiadas: 3 oros, 2 platas y 3 bronces; el camino lo iniciaron Helmut Bellingrodt Wolff - medalla de plata en el tiro al jaba, Alfonso PérezClemente Rojas - bronce en el boxeo -. Se obtuvo el mismo número de medallas, pero dos más de oro, 13 diplomas aumentamos el número de deportistas que consiguieron cupo, sin duda una gran mejoría respecto a Londres 2012.

Fueron 147 colombianos los que nos representaron en 23 disciplinas. De el 3 al 21 de agosto nos brindaron momentos de satisfacción, un uhh por los que se quedaron cerca del podio, en otros más desilusión porque había mejores que los nuestros. En tres ocasiones sentimos orgullo patrio al escuchar el himno e izar la bandera tricolor, en cinco más porque alguno de los nuestros ocupó un lugar en el podio olímpico.

Caterine Ibargüen - Oro en el salto triple
Con justicia quienes estarán en lo más alto del podio de cualquier colombiano deberán ser los medallistas: Caterine Ibargüen (oro en salto largo), Mariana Pajón (oro en BMX), Oscar Figueroa (levantamiento de pesas), Yuberjen Martínez (plata en boxeo), Yuri Alvear (plata en judo), Carlos Ramirez (bronce en el BMX), Luis Javier Mosquera Lozano (en el levantamiento de pesas), e Ingrit Lorena Valencia (en boxeo).

Algunos de estos medallistas nos acompañaron co
Mariana Pajón - oro olímpico
n sus actuaciones l
a hora del almuerzo o de la comida, primero con la tensión que generaron las finales y un alivio o resignación justo cuando se saboreaba el postre; dulce sabor si llegaba el triunfo o un sabor amargo cuando el resultado no era el esperado.


Aunque se habían presupuestado más oros, dos de esos favoritos fueron consecuentes con las predicciones: dos grandiosas mujeres, ambas corriendo por el oro. Catherine lo consiguió con esos 15,17 metros a la inmortalidad y Mariana Pajón con su pequeña figura pedaleando hacia la gloria, en el podio sus lágrimas nos hacían contener la respiración. Oscar Figueroa por su parte nos sorprendió abriendo el camino dorado de la alterofilia, también un premio ya conseguido en Londres 2012. Los tres habían estado en el podio, la Pajón en lo más alto en ambos momentos.  

Merecen también un gran reconocimiento los que obtuvieron el diploma olímpico, un premio a quienes ocuparon entre el cuarto y octavo puesto en las finales:

El ciclista antioqueño Fernando Gaviria, que fue a los Juegos Olímpicos con la meta de subirse al podio, terminó cuarto en la prueba del ómnium, la posición hizo que este deportista fuera el más duro consigo mismo: "vine por la medalla de oro y me vine con la de cuero", eso lo ha hecho pensar en el retiro de la pista. Sin lugar a dudas un gran deportista, si pasa a la ruta le disputará etapas a Cavendish y a Peter Sagan.

Después en el mismo ciclismo se vivió uno de los mayores sinsabores: el amargo cuarto puesto de Fabián Puerta en el keirin. El inicio de la carrera fue suspendida en dos ocasiones por las infracciones de tres de sus rivales y al final no fueron suspendidos.

El último día de la olimpiada tuvimos en Jhonnatan Botero, ciclista de la especialidad, ciclismo de montaña la última oportunidad de medalla, sin embargo le alcanzó para diploma olimpico, llegó quinto.

Las pesas deporte más exitoso para Colombia, también puso su cuota con los diplomas. Habib de las Salas quedó en la sexta posición en la categoría de 56 kg; Lina Rivas levantó un total 216 kg; Ubaldina Valoyes anunció su retiro con un diploma olímpico; Leidy Solis fue cuarta, le faltó poco para conseguir el bronce; Mercedes Pérez alzó 234 kg, cuarto lugar; Andrés Caicedo levantó un total de 346 kilogramos que le sirvieron para quedar sexto. 
 
En la misma categoría de la gran Caterine Ibargüen, John Murillo con su salto triple, sorprendió con un quinto y aseguró diploma olímpico, los 17,09 le sirvieron también para superar el récord nacional.

Otro de los nuestros, el sin tocayo, Céiber Ávila,  quedó a un paso de las semifinales de boxeo luego de una controvertida decisión de los jueces, que para muchos fue un flagrante robo. Estas circunstancias lo han hecho pensar en dejar el deporte: "Me dan ganas no saber más de boxeo".

La selección masculina de fútbol logró el primer diploma olímpico en un deporte de conjunto, ha sido lo mejor en la historia del fútbol colombiano en los olímpicos. Aunque se esperaba más, por momentos pensamos que nos quedaríamos en la fase de grupos.

La lucha también aportó con Jackeline Rentería, la octava posición le mereció un diploma más y Carolina Castillo fue octava en los 48 kg.

En algunos deportes no se consiguió siquiera un diploma, pero se mejoró escalando, consiguiendo experiencia, fogueándose con los más grandes. Con seguridad en Tokio 2020 los veremos más arriba y sus nombres ocuparán las pantallas de tv, llenarán las tapas de los periódicos. Uno de ellos podría ser Josimar Calvo, que con certeza mejorará el 10° lugar que alcanzó en Rio.

Vivimos algo de nostalgia cuando las metas de algunos de nuestros deportistas no se cumplieron; conseguir el oro para darle una casa a su familia; la lágrimas de Yuberjen, Ingrit Loronea y Luis Mosquera, nos hicieron pensar en la humildad y las carencias de nuestros representantes. Esto sin embargo hizo que las promesas del gobierno aparecieran, esperemos que les cumplan a estos héroes; "el compromiso que tenemos con Yubjerjen es real. Aún no tenemos la casa, pero estamos gestionando para conseguirla"

Posiblemente no tienen porque el dinero lo desperdician o se lo apropian. Lo que destinen para estos medallistas que no solo cumplen con sus aspiraciones, sino que motivan a los demás colombianos para mejorar el desempeño alcanzado por ellos, será entonces una inversión que a futuro nos dará réditos.

Esperemos que los procesos no se detengan, que los ofrecimientos a los deportistas se concreten, que más dinero se deje en los presupuestos para los ciclos de formación y que en Tokio 2020 podamos volver a ilusionarnos.

Celio E. Pineda Rodríguez
@celiopineda