domingo, 1 de marzo de 2026

Ausentismo laboral: de la justificación médica al incumplimiento voluntario

El ausentismo laboral es un fenómeno complejo que responde a múltiples factores. Entre los más 7 se encuentran problemas de salud física y mental, la falta de compromiso con la organización, condiciones laborales poco motivadoras y, en algunos casos, el incumplimiento voluntario del contrato. La Organización Internacional del Trabajo (2016) ha señalado que el ausentismo puede tener tanto causas objetivas —como enfermedades o accidentes— como subjetivas, relacionadas con la percepción de malestar, el estrés o incluso la falta de identificación con la empresa.

En Colombia, este fenómeno tiene una especial relevancia en el sector público, donde se registran índices más altos que en el privado. Una de las razones radica en que las instituciones públicas ofrecen mayor estabilidad laboral, lo que reduce la percepción de riesgo frente a las ausencias. Además, los procesos disciplinarios suelen ser más lentos y menos estrictos, lo que puede incentivar la falta de asistencia sin una consecuencia inmediata.

Sin embargo, el ausentismo no siempre obedece a causas justificadas. Una parte del problema surge del incumplimiento voluntario de las obligaciones, donde el trabajador prefiere no asistir en lugar de buscar alternativas que le permitan cumplir con su contrato. Esta actitud ha sido más evidente en generaciones que iniciaron su vida laboral a partir del año 2000, para quienes el equilibrio entre la vida personal y profesional es prioritario, en ocasiones por encima de los compromisos laborales.

En Colombia, Fasecolda (2023) ha documentado con cifras el impacto del ausentismo en el sistema de riesgos laborales, reportando miles de días de incapacidad anualmente, lo que se traduce en altos costos tanto para las aseguradoras como para las empresas. Su información resulta clave para dimensionar el fenómeno, ya que las aseguradoras que hacen parte del sistema de riesgos laborales son las responsables de cubrir económicamente una parte importante de estas ausencias. Así, Fasecolda no solo aporta datos estadísticos, sino que evidencia la presión económica que el ausentismo genera sobre el sector productivo y el sistema de protección social.

Así las cosas, el ausentismo laboral demanda un análisis integral que no se limite a explicaciones complacientes ni a justificaciones automáticas. Debe considerar la veracidad en las incapacidades médicas, la dificultad de objetivar ciertos malestares como el dolor, la evidencia sobre la incidencia real del estrés y, al mismo tiempo, el incumplimiento deliberado de obligaciones contractuales que algunos optan por normalizar. Reconocer la complejidad del fenómeno no puede convertirse en excusa para diluir responsabilidades; por el contrario, exige fortalecer entornos laborales donde el respeto por los acuerdos y la corresponsabilidad no sean discursos retóricos, sino compromisos efectivo.

martes, 17 de febrero de 2026

Elecciones: El Arte de prometerlo todo

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Este año Colombia tendrá su primera contienda electoral en marzo próximo. Los partidos pondrán a consideración de la ciudadanía a sus candidatos, para que elijan al que los representará en las elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, se renovará el Congreso: senadores y representantes, todos listos para servir al país… o al menos para afirmarlo con absoluta convicción.

Unos y otros prometen hasta lo impensable: eliminarán la pobreza, combatirán el crimen organizado, acabarán con los cultivos de coca y, de paso, resolverán cualquier otro problema histórico que haya sobrevivido a los últimos dos siglos. Lo único que, con seguridad, se agotará será la paciencia de los electores, cansados de promesas. Y como en muchos procesos anteriores, una vez instalados en sus cómodos cargos, olvidarán con sorprendente eficiencia aquella lista de compromisos y, quizá también, los rostros de aquellos ciudadanos a quienes abrazaron “fraternalmente” durante la campaña.

En las redes sociales desfilan nuestros salvadores. En la mayoría de los casos, hablan más de los errores que sus contrincantes pudieron cometer en algún capítulo remoto de sus vidas —sus antiguas creencias, sus aficiones ahora clasificadas como sospechosas, sus tendencias examinadas con lupa moral— que de sus propias ideas. Al parecer, resulta más rentable electoralmente desempolvar el pasado ajeno que explicar el futuro propio. Cada fotografía olvidada, cada opinión juvenil y cada amistad inconveniente adquieren de pronto la gravedad de un pecado capital, redescubierto con admirable puntualidad en temporada de campaña. No faltan, además, las calumnias: imágenes y videos, muchos creados con herramientas de inteligencia artificial, circulan con un realismo digno de aplauso técnico. Y no pocos colombianos les conceden credibilidad, porque si parece cierto, debe serlo. Incluso algún diario ha tenido que aclarar que ciertas publicaciones que se le atribuyen son falsas. En estos procesos, todo vale… o al menos eso parece.

En medio del espectáculo están los electores, que lamentablemente terminan enfrentados en sus círculos más cercanos: amigos que dejan de hablarse y familias que descubren que el afecto tiene límites ideológicos. Las posiciones, muchas veces poco argumentadas, se defienden con fervor casi religioso. Si el candidato comete errores, la culpa será de la oposición o de la mala prensa —aunque, claro, en ocasiones el error sea simplemente propio—. Nuestra capacidad de diálogo en temas políticos (y religiosos) es más bien escasa: preferimos la consigna al argumento y el eslogan a la reflexión.

Estas discrepancias rara vez conducen a algo distinto que a la irritación colectiva, salvo que se pertenezca a un proyecto político que haya prometido lo humano y lo divino, en cuyo caso toda contradicción será reinterpretada como parte de un brillante plan maestro aún incomprendido.

Veremos en marzo cómo queda compuesto el Congreso y si esa composición favorece a quien se posesione el 7 de agosto. Tal vez las buenas propuestas sean aprobadas independientemente de quién las presente (un optimismo casi heroico). Quizá cada legislatura se caracterice por la objetividad y el juicio ponderado de los congresistas, y no por la obediencia al líder de turno. Todo, por supuesto, en coherencia con aquella promesa que todos repiten con admirable uniformidad: “Queremos que nos elijan para trabajar por todos los colombianos”.

Y así, entre promesas extraordinarias y expectativas moderadas, la democracia vuelve a ponerse a prueba. Como siempre.

lunes, 9 de febrero de 2026

Belém de Pará: crónica de un viaje sin propósitos turísticos

Hay viajes que se planean durante meses y otros que simplemente suceden. Este pertenece al segundo grupo. Todo comenzó con un desplazamiento inevitable hacia Belém de Pará, Brasil.

Para llegar, el trayecto exigía un vuelo nocturno con salida a las 23:05 del 26 de enero de 2026 desde el Aeropuerto Internacional El Dorado. La aerolínea, cuidadosa como suelen serlo, recomendaba presentarse con cuatro horas de antelación. Nada extraordinario. Nada sospechoso. Todavía.

La referencia inicial fue la puerta A13. Un detalle pequeño, aunque inquietante. No por superstición —la razón aún intenta gobernar—, pero el trece rara vez se presenta como buen augurio en historias que terminan bien.

Las pantallas del aeropuerto, los altavoces y los correos electrónicos decidieron entrar en acción con un entusiasmo casi coreografiado. El cambio de puerta fue anunciado, corregido y reanunciado al menos cuatro veces. El último aviso se recibió con humor. Después de todo, una vez superada cierta cantidad de cambios, la resignación se vuelve elegante.

El retraso inicial fue de una hora. Luego comenzó el embarque. Algunos pasajeros lograron llegar hasta la puerta del avión de la aerolínea más grande de Colombia… justo para verla cerrarse frente a ellos. Sin metáforas: cerrada en la cara. La aeronave no podía volar; requería revisión técnica.

De vuelta a la sala de espera, el chiste dejó de tener gracia. El nuevo horario quedó fijado para las 7:00 a. m. Ocho horas después. Nada serio, salvo perder la noche completa en compañía de sillas incómodas y café cuestionable.

Las incomodidades no tardaron. Un grupo particularmente expresivo de pasajeros brasileños —mezcla notable de enojo, humor y diplomacia tropical— logró que la aerolínea reconociera conexiones perdidas, ofreciera hotel, comida y compensación económica. Una reinterpretación bastante creativa del concepto de “servicio de calidad”.

La compensación incluyó una cobija. Un objeto destinado a convertirse en recuerdo oficial del episodio: más simbólico que útil, pero memorable.

Finalmente, cerca de las 7:00 a. m. del 27 de enero, llegó el abordaje real. El avión fue comandado por una capitana, acompañada de una tripulación impecable que, durante el vuelo, ofreció lo mejor dentro de las posibilidades técnicas: un buen sánduche y una bebida a elección, siempre dentro del marco de lo humanamente razonable.

La aeronave no pretendía ocultar su perfil austero: sin puertos de carga, sin entretenimiento y con un wifi cuya existencia era más filosófica que práctica.

El cinturón de seguridad permaneció abrochado casi todo el trayecto. Treinta mil pies más abajo, la selva amazónica imponía respeto. El río serpenteaba como una anaconda gigantesca, recordando que allí abajo todo es vasto, antiguo y poco interesado en nuestra agenda de vuelo.

Entonces llegó el anuncio: —Daremos algunas vueltas. Las condiciones climáticas en Belém de Pará no permiten aterrizar por ahora. Existe la posibilidad de dirigirnos a Georgetown.

Nada dice “tranquilidad” como un posible cambio de país por falta de clima.

Durante cuarenta minutos, el avión giró en círculos hasta que llegó la autorización. El descenso fue decidido. Hubo un vacío. Gritos. Manos aferradas. La gravedad, haciendo su trabajo, apareció de manera estelar. La maniobra fue impecable. Punto alto para la capitana.

Belém nos recibió con cielo gris y pista mojada. El aterrizaje fue tan preciso que el avión estalló en aplausos. Doce horas después, habíamos llegado.

La ciudad no nos esperaba como turistas. Una situación compleja y profundamente íntima —de esas que no avisan ni piden consentimiento— nos había llevado hasta allí. Tras completar las gestiones necesarias, apareció una noticia adicional: el regreso inmediato a Colombia no era posible. La solución fue sencilla e inapelable: quedarse tres días más.

Así nació el turismo forzado, un paseo por la ciudad, buscando más relajamiento que diversión, Con ayuda de Copilot apareció una lista de lugares de interés. El Mercado de Ver-o-Peso encabezaba el plan. Un sitio donde todo tiene olor, color y carácter. Pescados que aún no aceptan su destino, frutas que desafían la fonética y hierbas capaces de prometer soluciones que la medicina moderna prefiere observar a prudente distancia. No es ordenado ni bonito, pero es auténtico. Y eso cuenta.

La Catedral de Nuestra Señora de Nazaret ofreció un contraste absoluto. Patrimonio de la UNESCO, columnas monumentales, vitrales disciplinando la luz tropical y una Virgen que observa con calma a creyentes y visitantes casuales, como sabiendo que no todos llegaron por fe, pero ninguno se va igual.

Un fragmento de selva apareció luego en plena ciudad: el Parque Zoobotânico del Museo Emílio Goeldi. La victoria regia evocó de inmediato al Jardín Botánico de Bogotá, confirmando que la memoria también cruza fronteras sin pasaporte. Tortugas, aves, simios, una nutria curiosa y un animal similar al capibara —aunque más pequeño y de nombre ya olvidado— completaban el recorrido.

El Teatro Experimental Waldemar Henrique mostró otra faceta de la ciudad: madera, iluminación precisa y un cuidado que contrasta con otras edificaciones públicas donde el tiempo ha dejado huellas menos poéticas.

El cierre llegó con la corveta-museo Solimões. Una nave pesada, armada hasta los dientes en su pasado, hoy reciclada con acierto. Se recorren camarotes, sala de máquinas y oficinas, todo muy didáctico y discretamente intimidante. La foto en el casco es obligatoria; nadie escapa a ese ritual.

El regreso a Bogotá fue tranquilo. La misión, cumplida. Quedó el deseo de volver, esta vez sin urgencias, sin incidentes técnicos y con el ánimo suficiente para disfrutar de Belém de Pará como merece: una ciudad compleja, amable y resiliente, habitada por personas dispuestas a hacer auténticos malabares lingüísticos para entender nuestro portugués limitado… o, en su defecto, nuestro español sin concesiones.

jueves, 22 de enero de 2026

Lo que el café negro te da (y lo que te quita): una verdad que todavía se está escribiendo


El café sin azúcar es una mezcla relativamente simple pero sorprendentemente poderosa. Está compuesto casi por completo de agua, cafeína y una serie de compuestos bioactivos como los polifenoles, los ácidos clorogénicos y pequeñas cantidades de minerales que pasan inadvertidos pero participan en diversas reacciones del organismo. Su ausencia de azúcares añadidos le permite mostrar sus efectos sin interferencias metabólicas, lo que lo convierte en una bebida particularmente útil para estudiar sus impactos reales sobre el cerebro. “El café es simple en ingredientes, complejo en efectos.” 

A partir de esta base química se derivan sus beneficios más conocidos. En los últimos años, diversos estudios han demostrado que el café negro favorece la atención, la velocidad de procesamiento y el estado de alerta gracias al bloqueo de los receptores de adenosina, un mecanismo que reduce la sensación de somnolencia y aumenta la actividad neuronal. También se ha observado que puede influir, aunque de manera moderada, en procesos relacionados con la plasticidad sináptica, lo que sugiere un papel potencial en la facilitación del aprendizaje, especialmente en momentos de fatiga o disminución cognitiva. Incluso los estudios poblacionales más recientes han encontrado asociaciones entre el consumo moderado de café y un menor riesgo de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o el Parkinson, lo que abre una línea de investigación prometedora. “No es magia: es neuroquímica en acción.”

Sin embargo, estos beneficios conviven con ciertos efectos adversos que conviene tener en cuenta. Cuando se consume en exceso o en horarios inadecuados, el café puede afectar la calidad del sueño, generar sensaciones de ansiedad, provocar palpitaciones o aumentar la irritabilidad en personas sensibles. Además, existe evidencia de que un consumo muy elevado, por encima de las cinco o seis tazas diarias, podría relacionarse con cambios desfavorables a nivel cerebral, aunque los resultados aún no permiten establecer conclusiones firmes. A esto se suma el hecho de que, al añadir azúcar, se altera el perfil metabólico de la bebida y se incrementa la inflamación sistémica, algo que puede afectar negativamente la salud cognitiva. “El problema nunca fue el café… casi siempre fue el azúcar.”

Por estas razones, la recomendación más razonable es mantener un consumo moderado, equivalente a una a tres tazas al día, preferiblemente en horas tempranas para no interferir con el descanso nocturno. También es útil observar cómo reacciona cada organismo, pues la sensibilidad a la cafeína varía ampliamente. En cualquier caso, evitar el azúcar sigue siendo una de las decisiones más importantes para conservar los efectos positivos del café sin introducir factores que perjudiquen la cognición o el metabolismo. “Tu cerebro quiere café… pero no quiere que te excedas.”

Finalmente, es importante recordar que, aunque la evidencia reciente ofrece resultados interesantes, aún estamos lejos de tener conclusiones absolutas. La investigación continúa, se refina y se ajusta con el paso del tiempo. Por eso, conviene mantener una mirada crítica y abierta:
«Diferentes investigaciones recientes apoyan esta idea, pero la ciencia avanza y aún no hay una verdad absoluta —estos resultados deben verse como evidencia creciente, no como certeza final.»
“El café da claridad, pero la ciencia exige cautela.”

jueves, 15 de enero de 2026

Entre el asfalto y el reflejo del bosque

Bogotá, memoria personal de una ciudad que creció más rápido que mis pasos

Hay ciudades que uno no elige: simplemente se meten en la vida, crecen al mismo ritmo que uno y, cuando menos lo espera, ya hacen parte de la memoria. Esta es la historia de mi Bogotá: la que conocí desde una ventana de bus, la que se expandió sin preguntar y la que hoy contemplo a punto de dejar.

En algún año de esa difusa década de los setenta pisé por primera vez lo que hasta entonces solo conocía por los libros de geografía e historia: la capital de la República. Viajé con mi madre, que iba a visitar a uno de sus hermanos; yo, en cambio, iba impulsado por esa curiosidad infantil que convierte cualquier trayecto en una expedición.

Pasé de las cuatro o cinco cuadras que componían mi querido San Miguel a un mundo de calles interminables. Tras varias horas de bus, apareció a nuestra derecha el estadio El Campín: imponente, majestuoso, enorme. Hasta ese día había existido únicamente en mi imaginación, alimentada por las narraciones de fútbol de los domingos a las 3:30 de la tarde.

Caminamos —supongo— hasta la calle 51, donde quedaba la casa del tío. Todo era asfalto, y más asfalto, acompañado por un ruido insistente de buses, automóviles y gente. Muy lejos quedaban el silencio, o al menos la tranquilidad, de nuestro municipio con sus calles terrosas y empedradas. Fue, sin duda, una visita marcada por la absoluta novedad.

Para 1979 la decisión de volver ya fue mía, y esta vez para quedarme. Me quedé unos cuarenta y cinco años. La ciudad se extendía entonces hasta Prado Veraniego, y la autopista tenía apenas tres puentes emblemáticos: el de la calle 100, el de la 134 y el de la 170. Hoy son solo referencias históricas: ya vamos por la calle 222.

Suba todavía era municipio y se viajaba en “flota”, como decíamos con cierto orgullo. Usaquén ya había sido absorbido por Bogotá, igual que Engativá. Tarde o temprano el turno les llegará a Cota, Chía y, con absoluta certeza, a Soacha. Es el destino habitual de las ciudades que crecen sin pedir permiso.

Como en muchas ciudades del mundo, el centro tenía poco verde. Claro que, en el caso de Bogotá, cuando Jiménez de Quesada la fundó no necesitó licencia ambiental alguna; hoy, para poner un ladrillo, hay que pedir permisos, conceptos y más permisos… y eso sin contar la decidida desidia de nuestros administradores.

Basta un ejemplo cercano: lo que llamamos “la autopista Norte”. Un auténtico monumento a las malas decisiones y a la falta de planeación. Se construyó una vía de seis carriles que, caprichosamente, se reduce a tres a la altura del terminal de transporte del norte, para luego volver a ser de seis casi llegando al peaje. De ida y de vuelta, igual.

Siempre me ha recordado un viejo experimento de Venturi de mis años de estudiante de ingeniería. Esta joya del urbanismo provoca que el sector sea un caos vehicular desde las seis de la mañana y que, en un trayecto de menos de cinco kilómetros, haya que circular a diez kilómetros por hora.

Pero bueno, es nuestra ciudad. Y, para no alejarnos demasiado de la autopista, al menos conserva un separador central que sigue siendo de los más verdes de Bogotá. Fue creado para recordar a seres queridos, sembrando un árbol en lo que se llamó “Horas Verdes”. Un gesto sencillo, cargado de sentido.

Aunque, si no se cuida, podría terminar convertido —muy a lo Escher— en otra cinta asfáltica con líneas blancas interrumpidas y algún reductor de velocidad disperso. Y para recordar que allí hubo verde, habría que levantar el asfalto e imaginarlo.

Puddle - Escher
A veces las obras viales dejan tan marcada su presencia que uno podría creer que la naturaleza ya se rindió. Pero Puddle, de Escher, nos desmiente con elegancia: en medio del barro pisoteado y de las huellas de las llantas —ese rastro inevitable de la modernidad— aparece, intacto, el reflejo del bosque.

Es como si Escher nos dijera que la vía puede ocupar el suelo, pero no necesariamente el cielo; que por más que insistamos en “progresar” dejando surcos, el entorno siempre encuentra un charco para recordarnos quién estaba primero. En el fondo es una lección discreta: no importa cuánto pavimento pongamos, la naturaleza siempre se cuela por alguna parte, aunque sea en un charquito que evitamos para no ensuciarnos los zapatos.- 

Después de muchos años de intentos, la ciudad por fin tendrá un transporte más eficiente: el metro. Probablemente será menos ruidoso, generará menos contaminación y traerá un cambio arquitectónico evidente. Su primera línea ya transformó la apariencia de algunos sectores; las siguientes, quizá, serán más discretas. Claro que siempre estarán las contradicciones habituales para inclinar la balanza hacia un lado u otro.

Por lo pronto, yo ya no me veré afectado ni por los beneficios ni por el caos que produzcan las futuras obras. Me iré a una ciudad mucho más pequeña, que, aunque es más grande que mi municipio natal, todavía permite recorrerla a pie. Un poco más alta, más fría, pero también —y quizá por eso— más acogedora.