jueves, 3 de septiembre de 2026

Cuando las palabras se convierten en muletillas

El lenguaje es una herramienta poderosa. Con él no solo nombramos la realidad: la compartimos, la discutimos, la hacemos común. Sin embargo, hay momentos en que las palabras —en vez de aclarar— confunden o “descrestan”, no siempre por mala intención, sino porque se usan sin reflexión o como simple adorno.

En los últimos años se han puesto de moda expresiones como disruptivo, ecosistema, sinergia, empoderar, CEO o exacerbar. Muchas de ellas provienen de campos del conocimiento donde tienen un significado preciso. En biología o farmacología, por ejemplo, la sinergia describe una interacción concreta, medible, donde el efecto conjunto supera la suma de los efectos individuales. Hoy, en cambio, se utiliza para casi cualquier cosa, aun cuando no sepamos exactamente a qué nos estamos refiriendo.

A esta lista podría sumarse una expresión muy repetida en informes y discursos institucionales: “sistemas robustos”. Se menciona con frecuencia como sinónimo de solidez o garantía, aunque pocas veces se explica qué hace realmente robusto a un sistema: su capacidad de adaptarse, de corregirse, de aprender de sus errores o simplemente de resistir. Cuando la palabra no se acompaña de contenido, termina siendo más tranquilizadora que verdadera.

Hay también palabras que generan incomodidad porque se emplean para señalar o descalificar sin explicación. Decir que alguien “exacerba” un problema, sin explicar cómo ni por qué, suele cerrar el diálogo más que abrirlo. En esos casos, el lenguaje deja de servir para comprender y empieza a funcionar como una forma de poder.

Y hay una palabra que merece una mención especial: contexto. Pocas expresiones se utilizan hoy con tanta frecuencia y, al mismo tiempo, con tanta ligereza. En particular, en el periodismo —y también entre quienes, sin ser periodistas de formación, ejercen funciones de comentaristas o comunicadores, como ocurre con algunos exfutbolistas en los espacios deportivos— se escucha constantemente: “hay que ponerlo en contexto”, “el contexto es importante” o “sin contexto no se puede analizar”. Y, sin embargo, muchas veces lo que sigue no es contexto, sino simplemente otro dato, una opinión o una interpretación.

Algo parecido ocurre con ciertos títulos o expresiones importadas, que se adoptan más por apariencia que por necesidad. No se trata de rechazar palabras nuevas, sino de preguntarnos si realmente aportan claridad o si solo buscan impresionar. Nuestro idioma es amplio, expresivo y rico; muchas veces ya tiene palabras hermosas y suficientes para decir lo que queremos comunicar.

No toda dificultad en el lenguaje, sin embargo, nace de la vanidad. Recuerdo mis años de estudiante, cuando cursé varias asignaturas de filosofía y modos de producción. El profesor hablaba con una elocuencia que impresionaba. En clase debíamos anotar términos, consultarlos luego y volver sobre ellos para empezar a comprender su discurso. Con el tiempo entendí que no buscaba agobiarnos: simplemente hablaba desde una disciplina con un lenguaje propio, que aún no dominábamos. No era arrogancia, era rigor. Estábamos aprendiendo un nuevo idioma del pensamiento.

El problema aparece cuando el lenguaje se usa para marcar distancia, para hacer sentir ignorante al interlocutor o para ocultar la falta de una idea clara. Todos hemos escuchado discursos que suenan bien, pero que al final nos dejan una sensación extraña: qué bien habla… pero ¿qué dijo realmente? No por complejidad, sino por vacío.

Hablar claro no es empobrecer el pensamiento. Por el contrario, la claridad es una forma de respeto. Quien realmente sabe suele encontrar la manera de hacerse entender. Las palabras no deberían usarse para imponerse, sino para compartir.

Tal vez valga la pena preguntarnos, cada vez que hablamos o escribimos, si usamos el lenguaje para comunicarnos o para exhibirnos. Porque las palabras pueden ser puentes que acercan ideas… o espejismos que solo reflejan vanidad.