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martes, 28 de abril de 2026

Agotamos nuestro hogar planetario… y soñamos con otro inhóspito

Tras los trágicos accidentes del programa del transbordador espacial de la NASA, la agencia estadounidense quedó en una situación bastante incómoda: dependía de otros para hacer lo que durante décadas había liderado. Sin capacidad inmediata para enviar astronautas al espacio, tuvo que recurrir a los Soyuz rusos para mantener operativa la Estación Espacial Internacional y no dejar perder años de inversión científica.

Ese vacío, como era de esperarse, no se quedó sin dueño. Aparecieron nuevos actores, no precisamente modestos: multimillonarios formados en sectores como la movilidad eléctrica, la tecnología y el comercio digital, que decidieron invertir sumas enormes en un terreno que antes era exclusivo de las potencias. Fortunas construidas aquí, con los terrícolas, con mercados reales y problemas concretos… pero ahora orientadas a resolver otros, bastante más lejanos.

Elon Musk, con SpaceX, fue quien logró restablecer el envío de astronautas estadounidenses al espacio. No fue fácil: hubo intentos fallidos, pruebas tensas y varios momentos en los que el optimismo parecía exagerado. Pero finalmente lo consiguió. Solo que ahí no terminaban las aspiraciones de Musk, la órbita baja es apenas un paso intermedio. La meta real es Marte.

Allí ya hay robots, enviando información no se sabe qué tan valiosa. Pero la apuesta de Musk va mucho más allá: colonias humanas permanentes usando Starship. Un proyecto ambicioso, sí, pero también marcado por explosiones que, vistas desde fuera, parecen fuegos artificiales bastante costosos.

Y no es el único. Jeff Bezos, con Blue Origin, y otros actores están en la misma carrera. Cada uno con su visión… y con su presupuesto.

Aquí es donde aparece la incomodidad, con un matiz inevitable de ironía. Las mismas fortunas que se construyeron gracias a millones de personas en este planeta —los terrícolas de a pie— hoy parecen no encontrar suficiente mérito en invertir decididamente en salvar el llamado planeta azul. En cambio, se proyectan hacia el planeta rojo, con una lógica que roza la apropiación anticipada de un mundo que, por ahora, no ofrece nada: un territorio inhóspito, sin aire, sin vida, al parecer con una historia muy trágica.

Mientras tanto, nuestros desiertos presentan ventajas evidentes: atmósfera respirable, acceso al agua y una auténtica posibilidad de recuperación. Aunque cubren cerca de un tercio de la superficie terrestre emergida —unos 50 millones de km²—, siguen siendo territorios poco atendidos. En Colombia, la escala es menor, pero no por ello irrelevante: el desierto de La Guajira supera los 20 000 km², y el de La Tatacoa ronda los 330 km². Son espacios reales, disponibles y con condiciones mucho más favorables que cualquier proyección marciana.

La paradoja no es difícil de ignorar. Mientras la Tierra enfrenta problemas cada vez más serios, parte del esfuerzo más avanzado de nuestra especie está enfocado en irse a otro planeta. Uno donde, por ahora, ni siquiera se puede respirar.

Tal vez el problema no es la ambición, que siempre ha sido motor de avance, sino hacia dónde se dirige. Porque antes de pensar en convertirnos en una especie interplanetaria, habría que demostrar que somos capaces de sostener el único lugar donde ya sabemos vivir.

Y entonces queda la pregunta: ¿de verdad necesitamos conquistar otro mundo antes de aprender a cuidar este?