domingo, 8 de diciembre de 2013

La Séptima el 7: entre el olor a pólvora y el aceite quemado

La carrera Séptima ha sido transformada en una vía peatonal por los urbanistas y gestores de nuestras ciudades y del país, desde la calle 6.ª hasta la 26. Al recorrerla, se experimentan diversas sensaciones, desde lo agradable hasta situaciones inverosímiles.

El siete de diciembre marca el inicio de la Navidad en Colombia con la tradición de encender velitas y faroles, además de la celebración de la Inmaculada Concepción. Por diversas razones, niños y adultos se reúnen alrededor de velas en aceras, balcones, calles y cualquier otro lugar que se les ocurra.

Para estos tiempos muchos habitantes de Bogotá, la noche del siete de diciembre transcurre tradicionalmente en la carrera Séptima. A medida que cae la noche, una multitud se congrega cerca de la Torre Colpatria, el edificio más alto de la ciudad. La expectativa es un espectáculo pirotécnico. La escena se llena de empujones, pisotones involuntarios, madres con sus coches y mascotas. Todos tienen el mismo objetivo: conseguir un buen lugar para apreciar el espectáculo. Alrededor, los vendedores ambulantes ofrecen sus productos. A lo lejos, algún extranjero intenta comprender lo que sucede, centrando su atención en las luminarias que decoran la torre.

En el momento previsto, comienza el espectáculo pirotécnico. Algunos quedan impresionados; otros simplemente observan. La pirotecnia se lanza desde la azotea de la torre, lo que genera una curiosa diferencia entre el sonido de las explosiones y lo que alcanzan a ver los espectadores. Después de unos quince minutos, los aplausos resuenan y el espectáculo concluye. Mientras algunas personas quedan satisfechas, otras quizá esperaban algo más.

La gente comienza a dispersarse: algunos regresan a sus hogares, otros buscan algo para comer y algunos, como nosotros, se dirigen hacia la Plaza de Bolívar.

En el camino surgen dificultades: carritos de comida, personas moviéndose en todas las direcciones y entretenimientos improvisados, como música callejera, imitaciones de artistas y músicos que interpretan melodías variadas. La calidad artística también varía: algunos ejecutan su música con precisión, mientras que otros parecen desafiar abiertamente la afinación. Sin embargo, todos esperan la misma recompensa: una moneda.

El olor a aceite de fritura domina el ambiente. Se venden todo tipo de fritos, aunque el aroma puede tornarse desagradable debido al exceso de reutilización del aceite, posiblemente ya en su punto de humo. Aparece entonces el olor del canelazo; más adelante se percibe el aroma a pollo asado proveniente de un negocio anexo a una iglesia, quizá una consecuencia de los tiempos económicos. Un poco más allá se ofrecen perros calientes que, sin previo aviso, terminan enfriándose. La lluvia aparece primero ligera y luego se intensifica; los artistas se retiran y la oferta de comidas desaparece tras los plásticos protectores. Surge entonces otra incomodidad: los paraguas, el cuidado se extrema, la puntas pueden llegar a tocar involuntariamente a alguno con mayor estatura que la nuestra.

Finalmente, llegamos a la Plaza de Bolívar, con la Catedral Primada y el Palacio de Liévano iluminados. Desafortunadamente, la lluvia nos obliga a marcharnos, sin posibilidad de encontrar refugio.

Esta caminata vale la pena. Representa las necesidades de muchos colombianos: algunos buscándose la vida, otros esperando que alguien reconozca su talento y otros simplemente tratando de conseguir unas monedas. Sin embargo, una nota negativa se percibe en la calle, convertida en un mercado que va más allá de las necesidades básicas de quienes buscan sobrevivir. También está la explotación animal, con llamas o alpacas soportando el peso de la felicidad de los niños que disfrutan montándolas.

Las velitas se consumen y el suelo queda impregnado de parafina derretida. Los artistas y vendedores regresan a su rutina, pero la esperanza de una Navidad feliz acompaña a los caminantes en su regreso a casa

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