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martes, 19 de mayo de 2026

Cuando ver televisión era un plan familiar en Colombia


Tienda de tintos
Un homenaje a Los Magnífocos - Tunja
Hubo un tiempo en que en Colombia la noche tenía un ritual casi sagrado. Después de la comida, mientras unos terminaban el café y otros acomodaban las sillas de la sala, eltelevisor se convertía en el centro del hogar. No importaba si era un aparato enorme de madera, uno pequeño en blanco y negro o aquel televisor con antena que obligaba a alguien a levantarse a moverla hasta que desapareciera la “lluvia” en la pantalla. Lo importante era otra cosa: la familia estaba junta.

En los años 70 y 80, la televisión no era una experiencia individual. Era compartida. Padres, hijos, hermanos e incluso vecinos seguían las mismas historias semana tras semana. Al día siguiente, el país entero comentaba el capítulo en el colegio, en la oficina, en la tienda del barrio o en el bus. Era una época sin plataformas digitales, sin algoritmos y sin teléfonos inteligentes, pero con algo que hoy parece más escaso: tiempo para compartir.

Y en medio de esa rutina familiar aparecieron series que marcaron para siempre a los hogares colombianos. Historias de drama, acción y hasta de una inteligencia artificial que entonces parecía imposible. Las que menciono aquí no necesariamente están porque hayan sido las mejores, sino porque fueron de las que más me impactaron y de las que todavía sigo recordando con nostalgia.

Una de las que más atrapó a las familias fue Dallas. La historia de la poderosa familia Ewing llevó a millones de espectadores a un mundo de petróleo, riqueza y traiciones que contrastaba con la realidad cotidiana del país. Todos tenían una opinión sobre J.R. Ewing: algunos lo odiaban, otros admiraban su astucia, pero nadie era indiferente. La famosa pregunta “¿Quién disparó a J.R.?” cruzó fronteras y llegó también a Colombia, donde las familias esperaban ansiosas el siguiente episodio. Era el tipo de serie que hacía que nadie quisiera levantarse de la sala hasta que aparecieran los créditos finales.

Muy distinta, pero igual de cercana al corazón de los colombianos, fue Little House on the Prairie, conocida en Colombia como La familia Ingalls. La lucha diaria de Charles Ingalls por sacar adelante a los suyos conectaba profundamente con miles de familias trabajadoras del país. Los valores de esfuerzo, honestidad, unión y solidaridad hacían eco en una Colombia donde muchas veces la vida también dependía del trabajo duro y del apoyo familiar. No hacía falta una gran producción para emocionar. Bastaba ver a los Ingalls superar juntos las dificultades para que más de uno terminara el capítulo con lágrimas en los ojos.

Pero la televisión de aquella época no solo hablaba del presente o del pasado; también comenzaba a imaginar el futuro. Mucho antes de que existieran asistentes virtuales, vehículos inteligentes o herramientas capaces de conversar con nosotros, dos series sembraron en la mente de millones de televidentes colombianos las primeras ideas de lo que hoy conocemos como inteligencia artificial.

Por otro lado estaba Automan, que presentaba a un héroe digital creado por computadora, capaz de materializarse en el mundo real para combatir el crimen. Su estética luminosa, su vehículo imposible y el pequeño Cursor parecían pura magia ochentera. Pero vista hoy, la serie resulta hasta adelantada para su época: hablaba de interacción hombre-máquina y asistentes digitales décadas antes de que esos conceptos hicieran parte de nuestra vida diaria.

Y muy cerca de esa idea aparecía Knight Rider. Allí, Michael Knight encontraba en KITT algo más que un automóvil: un compañero inteligente, capaz de hablar, analizar situaciones, tomar decisiones y hasta expresar emociones. Para los hogares colombianos de los años 80 aquello era ciencia ficción pura. Sin embargo, el tiempo terminó dándoles la razón a esas series. Hoy convivimos con asistentes de voz, vehículos inteligentes y autónomos, y sistemas capaces de responder a nuestras órdenes, exactamente como aquellos programas imaginaron.

Claro que también había espacio para la acción y el humor familiar, y pocas series lograron ese equilibrio como The A-Team. Los Magníficos reunían frente al televisor tanto a adultos como a niños con sus persecuciones, explosiones y planes imposibles, pero sin la crudeza que domina muchas producciones actuales. El humor de Murdock, la inteligencia de Hannibal y el carisma imponente de Mr. T convertían cada episodio en un espectáculo para toda la familia. En muchos hogares colombianos, ver la serie era casi una cita obligada de la semana.

Tal vez hoy tengamos mejor imagen, muchísimos más canales —tantos que a veces pasamos más tiempo “caneleando” que viendo algo— y acceso inmediato a cualquier serie del mundo, eso sí, casi siempre pagando una suscripción distinta. Tenemos todo al alcance de un clic, pero muchas veces terminamos gastando más tiempo buscando qué ver que disfrutando realmente algo.

Sin embargo, aquellas noches frente al televisor tenían algo que la tecnología moderna todavía no logra reemplazar. Hoy, en muchos hogares, esas reuniones familiares prácticamente desaparecieron: hay un televidente en la sala, otro encerrado en su habitación, quizá alguien más viendo contenido desde la cocina o desde el celular. La tecnología multiplicó las opciones, pero también nos fue alejando poco a poco. Antes, una sola pantalla reunía a toda la familia; ahora cada quien tiene la suya.