martes, 5 de mayo de 2026

El clic que sale caro: por qué seguimos cayendo en engaños digitales?

Hoy en día, navegar por internet se parece cada vez más a caminar por una feria donde todos gritan que tienen “la mejor oferta”. Los apasionados de los likes y los estafadores —que a veces parecen trabajar con el mismo manual— usan toda clase de trucos para lograr lo de siempre: que usted dé un “me gusta”, comparta algo o haga clic donde no debería. Y en ese gesto tan simple puede estar la peor decisión del día.

En YouTube, por ejemplo, el objetivo es que alguien reproduzca el video, como sea. Para eso aparecen títulos que prometen lo que nunca ocurre: películas presentadas con actores que no trabajaron ahi, actores en situaciones que jamás protagonizaron o escenas que, con algo de sentido común, uno sabría que no existen. Pero ahí están, funcionando. Si el título no alcanza, entonces la miniatura hace el trabajo: una imagen lo suficientemente provocadora como para que uno olvide cualquier sospecha y entre.

En Instagram el libreto no cambia mucho: la dieta milagrosa, el tratamiento médico que “la industria no quiere que conozcas”, el dinero que está a punto de llegar o esa persona que “le piensa en secreto”. Todo muy conveniente. De paso, le piden que comparta, que pinche en el corazón y que confíe en publicidad donde aparecen caras conocidas —a veces recreadas con inteligencia artificial— recomendando productos infalibles. En temas de salud, incluso se citan estudios inexistentes o hasta le han otorgado el Nobel como si fueran certificados de participación.

En WhatsApp quizá el medio más usado para comunición, al menos en Colombia, el correo y las llamadas telefónicas ya no se molestan tanto en disimular: ahí el objetivo es directamente sacarle algo. Un enlace llamativo, un mensaje urgente, un familiar que “necesita ayuda” o una herencia inesperada que apareció justo para usted. El resultado suele ser el mismo: datos robados, dinero perdido o un dispositivo que empieza a comportarse como si tuviera vida propia.

Con todo y las advertencias, la historia se repite. Se ignoran las señales, se hace clic y después vienen las quejas. Que el banco, que la plataforma, que alguien debería responder. Pero pocas veces se revisa la decisión inicial, que casi siempre fue confiar demasiado rápido.

Lo que queda claro es que la ética no está precisamente de moda. Conseguir seguidores vale lo que sea. Aumentar visitas, también (la monetización). Y engañar, ni hablar. Todo parece justificarse si hay números de por medio.

Precisamente por eso, cuando aparece un caso distinto, suena extraño. No es lo habitual. Dario Amodei, CEO de Anthropic, tuvo que tomar una decisión cuando el gobierno de Estados Unidos planteó condiciones que implicaban usos bastante discutibles de su inteligencia artificial —como vigilancia masiva o aplicaciones militares sensibles—. Y decidió no aceptarlas. No fue una postura simbólica: perdió contratos importantes y terminó enfrentándose con uno de los clientes más grandes posibles. Y aun así, mantuvo la decisión. Algo poco frecuente en un mundo donde normalmente primero se firma y después se piensa.

La misma empresa tomó otra decisión curiosa: desarrolló un modelo capaz de detectar vulnerabilidades críticas en software —de esas que llevan años sin descubrirse— y, en lugar de lanzarlo al público, prefirió limitar su uso a organizaciones de seguridad. No porque no pudieran sacarle provecho, sino precisamente porque podían.

Son excepciones, sí. Pero sirven para recordar que hay otra forma de hacer las cosas. Que no todo tiene que pasar por el engaño, que no todo vale, el clic fácil o la promesa inflada.

Al final, cualquiera puede caer en la trampas. Pero para evitarlas hay que hacer algo poco popular: detenerse un momento, desconfiar un poco y pensar antes de actuar. No debería ser tan emocionante como hacer clic de inmediato, pero parece dar mejores resultados. Porque, a estas alturas, ya deberíamos saberlo: de eso no dan tan fácil. Y nunca es gratis.

martes, 28 de abril de 2026

Agotamos nuestro hogar planetario… y soñamos con otro inhóspito

Tras los trágicos accidentes del programa del transbordador espacial de la NASA, la agencia estadounidense quedó en una situación bastante incómoda: dependía de otros para hacer lo que durante décadas había liderado. Sin capacidad inmediata para enviar astronautas al espacio, tuvo que recurrir a los Soyuz rusos para mantener operativa la Estación Espacial Internacional y no dejar perder años de inversión científica.

Ese vacío, como era de esperarse, no se quedó sin dueño. Aparecieron nuevos actores, no precisamente modestos: multimillonarios formados en sectores como la movilidad eléctrica, la tecnología y el comercio digital, que decidieron invertir sumas enormes en un terreno que antes era exclusivo de las potencias. Fortunas construidas aquí, con los terrícolas, con mercados reales y problemas concretos… pero ahora orientadas a resolver otros, bastante más lejanos.

Elon Musk, con SpaceX, fue quien logró restablecer el envío de astronautas estadounidenses al espacio. No fue fácil: hubo intentos fallidos, pruebas tensas y varios momentos en los que el optimismo parecía exagerado. Pero finalmente lo consiguió. Solo que ahí no terminaban las aspiraciones de Musk, la órbita baja es apenas un paso intermedio. La meta real es Marte.

Allí ya hay robots, enviando información no se sabe qué tan valiosa. Pero la apuesta de Musk va mucho más allá: colonias humanas permanentes usando Starship. Un proyecto ambicioso, sí, pero también marcado por explosiones que, vistas desde fuera, parecen fuegos artificiales bastante costosos.

Y no es el único. Jeff Bezos, con Blue Origin, y otros actores están en la misma carrera. Cada uno con su visión… y con su presupuesto.

Aquí es donde aparece la incomodidad, con un matiz inevitable de ironía. Las mismas fortunas que se construyeron gracias a millones de personas en este planeta —los terrícolas de a pie— hoy parecen no encontrar suficiente mérito en invertir decididamente en salvar el llamado planeta azul. En cambio, se proyectan hacia el planeta rojo, con una lógica que roza la apropiación anticipada de un mundo que, por ahora, no ofrece nada: un territorio inhóspito, sin aire, sin vida, al parecer con una historia muy trágica.

Mientras tanto, nuestros desiertos presentan ventajas evidentes: atmósfera respirable, acceso al agua y una auténtica posibilidad de recuperación. Aunque cubren cerca de un tercio de la superficie terrestre emergida —unos 50 millones de km²—, siguen siendo territorios poco atendidos. En Colombia, la escala es menor, pero no por ello irrelevante: el desierto de La Guajira supera los 20 000 km², y el de La Tatacoa ronda los 330 km². Son espacios reales, disponibles y con condiciones mucho más favorables que cualquier proyección marciana.

La paradoja no es difícil de ignorar. Mientras la Tierra enfrenta problemas cada vez más serios, parte del esfuerzo más avanzado de nuestra especie está enfocado en irse a otro planeta. Uno donde, por ahora, ni siquiera se puede respirar.

Tal vez el problema no es la ambición, que siempre ha sido motor de avance, sino hacia dónde se dirige. Porque antes de pensar en convertirnos en una especie interplanetaria, habría que demostrar que somos capaces de sostener el único lugar donde ya sabemos vivir.

Y entonces queda la pregunta: ¿de verdad necesitamos conquistar otro mundo antes de aprender a cuidar este?

martes, 21 de abril de 2026

Visitar el Museo del Oro en Bogotá: una experiencia que va más allá de lo que se ve

Poporo Quimbaya 

Hay planes que uno hace sin mayor expectativa.

Un recorrido por el centro, una caminata más… y ya.

Pero esta vez no era así. La expectativa era grande… y aun así terminó siendo mejor.

Lo que parecía rápido se convirtió en otra cosa. Un pequeño viaje en el tiempo.

Hace unos días salimos con la intención de visitar el Museo del Oro, pero, casi sin darnos cuenta, la visita se fue extendiendo hasta convertirse en un recorrido por el centro histórico de Bogotá.

Ahí, en el Parque de Santander, en plena Calle 16 con Carrera 6, como quien no quiere la cosa, se guarda buena parte de lo que fuimos… y también de lo que nos quitaron.

Llegar fue sospechosamente fácil —casi un milagro bogotano—.
Y adentro, el ambiente hace lo suyo: uno entra caminando y sale pensando.

Un museo que se deja entender

El museo, hay que decirlo, está en un gran momento.

La renovación reciente le sentó bien:
luces precisas (no para lucirse, sino para cuidar lo que queda),
recursos interactivos que realmente ayudan,
y una organización que pone miles de piezas en orden.

Todo claro.
Todo bien explicado.

Aunque, claro, las piezas más valiosas siguen guardadas en una bóveda que se cierra cuando sale el último visitante… por si acaso.

Lo que se ve… y lo que falta

Recorrer esas salas también tiene algo de ironía.

Muchas piezas vienen de la época de la Conquista de América, cuando el “intercambio” era, en realidad, entregar oro… quisiera uno o no.

El resto se fundió.
Se volvió lingotes.
Y no volvió.

Lo que hoy vemos son sobrevivientes.

Rescatados desde el siglo XIX, cuidados desde 1939, organizados para que podamos entender algo de lo que quedó.

Y si queda duda de lo que falta, basta pensar en el Galeón San José, hundido frente a Cartagena de Indias:
un museo completo… pero bajo el agua.

Piezas que dicen más de lo que parecen

Entre todo, hay objetos que detienen.

El Poporo Quimbaya es uno de ellos.
No es el único, pero sí el que más se queda en la cabeza.

Pequeño, preciso, hecho con técnica impecable.
Pero más allá del oro, lo que importa es su uso: acompañaba el mambeo, ese ritual para pensar, decidir, procesar.

Una pieza pequeña… con más contenido que muchas mentes llenas de datos.

Luego está la Balsa Muisca.

Ahí está, quieta, detallada, casi perfecta.
Y sin embargo, carga con una historia enorme: el mito de El Dorado.

Trece figuras sobre una balsa.
Un cacique.
Una ceremonia.

Y alrededor de eso, siglos de búsqueda… y de malentendidos.

Salir con algo más

Al final, la visita deja una mezcla difícil de separar:orgullo… y reflexión.

Porque lugares como este no solo guardan objetos.
Guardan preguntas.

Ayudan a entender algo de lo que somos, incluso desde lo que se perdió.

Si se pasa por Bogotá —y más aún en buena compañía—, vale la pena.
Por el precio de una entrada modesta (a veces incluso gratuita), uno sale con algo más valioso:

una idea dando vueltas.

Y sí, queda el antojo de llevarse una réplica.
Pero basta ver los precios para entender que varias visitas salen más baratas…
y seguramente dejan más.



lunes, 13 de abril de 2026

10 cosas que solo entienden los colombianos (si reconoces varias, ya eres uno)

Expresiones colombianas
Expresiones colombianas - CEPR
Hacía mucho tiempo no caminábamos por el centro histórico de Bogotá. Esta vez, con una intención muy clara, entrar al Museo del Oro: una verdadera joya de la cultura precolombina. Grande, sí… aunque uno no puede evitar pensar que sería aún más grande si parte de esa “colección” no hubiera salido en modalidad de exportación temprana en la era de la conquista, con destino más bien cierto y tiquete solo de ida.

A la salida, tomamos la calle 11, que desemboca en La Casa del Florero —como recordatorio poco sutil— en otra capa de nuestra historia: la independencia… y, más acá en el tiempo, la toma y destrucción del Palacio de Justicia. Bogotá siendo Bogotá: te educa y te confronta en la misma cuadra.

Luego, iniciamos el regreso por la séptima hacia la 19. Peatonal, sí… pero hoy más parecida a un bazar con especialización en el rebusque. Se vende de todo, absolutamente todo. Y entre ese “de todo”, un escaparate, llamó mi atención, unas placas que imitan las de los carros, pero que, en lugar de números, traen algo mucho más útil: palabras o expresiones muy propias del lenguaje colombiano.

Porque, claro, si algo sabemos hacer es ponerle matrícula al lenguaje. ¿Quién usa estas expresiones? Fácil: todo el mundo… aunque nadie admita que las usa tanto.

En cada una de estas placas hay más que humor: hay calle, memoria y una manera muy nuestra de procesar la realidad. Son palabras o expresiones que nacen en la esquina, en la tienda, en el bus, el transmi o en la charla improvisada, y que —sin pedir permiso— terminan convertidas en identidad nacional.

Porque en Colombia no solo hablamos… reinterpretamos, exageramos y, si hace falta, sobrevivimos con estilo.

Algunas joyas del repertorio —no porque sean las más sobresalientes, sino porque a mí me impactan más—. No vale preguntarse si vienen del latín o del griego, ni ponerse a rastrear etimologías: simplemente se entienden.

• “¿Qué hubo?” → Saludo exprés, sin rodeos ni protocolo.
• “Parce / parcero” → Amigo, hermano no oficial, socio de anécdotas.
• “A camellar” → Elegante forma de decir: toca trabajar.
• “De una” → Aprobado sin comité ni segunda lectura.
• “La buena” → Deseo de bienestar, buena energía para el otro.
• “Qué chimba” → Categoría superior de aprobación (depende del tono… y del contexto).
• “Paila” → Diagnóstico breve: nada que hacer.
• “Quiubo pues” → Saludo con identidad regional incluida.
• “No dar papaya” → Filosofía preventiva nacional.
• “Severa vuelta” → Nivel de complejidad: mejor dicho, complicado.

Estas palabras o expresiones no solo comunican: identifican. Son códigos que nos permiten reconocernos en cualquier parte, como si lleváramos una cédula invisible en la forma de hablar.

Después de ver lo que nuestras comunidades indígenas eran capaces de hacer con los metales —especialmente el oro—, con una destreza que hoy sigue asombrando, uno entiende que también sabían contar quiénes eran. Hoy, los colombianos hacemos algo parecido con el lenguaje: entendemos, nombramos y, a nuestra manera, le damos sentido a la realidad. Porque ser colombiano también es eso: decir mucho con poco… y que igual se entienda.


sábado, 4 de abril de 2026

De ética sin ética y otros cuentos del aula

Las aulas son espacios donde, en teoría, todos aprendemos. Ya sea como estudiantes o como docentes, no solo acumulamos conocimientos disciplinares, sino que también adoptamos vocabularios enteros: modismos estudiantiles, regionalismos que se cuelan sin permiso o, por qué no, las entrañables muletillas de cada profesor. Sin embargo, lo más valioso —aunque rara vez figure en el plan de estudios— es que aprendemos a equivocarnos. Y esos errores, con el paso del tiempo, adquieren una dignidad inesperada: se convierten en anécdotas imborrables.

Hace ya bastante, en lo que hoy llamo mi experiencia docente, inicié mi camino como profesor. Docente, dirían en nuestra institución, quizá como una forma prudente de no arriesgarse con la palabra “maestro”, que siempre suena a meta inalcanzable. Después obtuve una maestría —lo cual, en términos lingüísticos, parecía acercarme peligrosamente al título de “maestro”—, aunque sigo sin tener claro si alguna vez llegué a serlo.

En esta profesión, conviene no engañarse: cuando estamos en las aulas, todos somos objeto de comentario. Los estudiantes murmuran; algunos elogian, otros optan por el noble arte del silencio. Los profesores, por supuesto, no somos muy distintos. Al final, compartimos experiencias similares dentro de este sistema tan particular. Y como en toda comunidad, aparecen los apodos, que con el tiempo terminan siendo el verdadero legado pedagógico.

Recuerdo, por ejemplo, a un colega conocido como “Deditos”. La razón era evidente: sus manos, digamos, no pasaban desapercibidas. Era profesor de matemáticas y, según los rumores —que en la academia suelen tener más vida que los artículos indexados—, tenía otras singularidades. Podía iniciar una clase sin estudiantes presentes, lo cual resolvía de raíz el problema de la indisciplina. Su sistema de evaluación también era innovador: aprobaba trabajos con un sello… hasta que los estudiantes, en un alarde de espíritu investigativo, aprendieron a falsificarlo; un sello que, por cierto, hacía recordar inevitablemente las caritas felices de la educación básica.

Claro que no todos los casos eran tan inocentes. Hubo quien “dictaba” ética mientras afirmaba ser sacerdote. Cuando se le pidió acreditar sus títulos, la verdad emergió con una claridad casi didáctica: no era ni cura ni profesional titulado, pero sí, indiscutiblemente, un maestro del engaño. Otros, en cambio, tenían credenciales impecables, pero carecían de algo más escaso: el tacto. Uno de ellos inició como técnico, ascendió a profesor y terminó como secretario académico. En un momento decisivo, cuando la máxima autoridad universitaria le dijo: “Doctor, por favor…”, respondió con un memorable “Ya te atiendo”. Su carrera concluyó de forma acorde con su estilo: tras un evento institucional donde el alcohol hizo lo suyo, perdió no solo la compostura, sino también el cargo. Para alivio general, eso sí.

Y como si fuera poco, los despropósitos etílicos parecían ser un área de especialización no oficial. Otro colega, igualmente afecto a la bebida, confundió cordialidad con efusividad frente a la esposa de un directivo. El desenlace fue una invitación, muy amable pero irreversible, a continuar su carrera en otra institución.

Por su parte, los comités de programa constituyen un capítulo aparte. En una ocasión, durante una discusión sobre créditos académicos (Decreto 808 de 2002), un profesor preguntó con toda seriedad: “¿Cómo abordaremos el tema de los créditos?”. El decano respondió con igual solemnidad: “No se preocupen, eso es con soluciones financieras”. El silencio posterior no solo fue incómodo: fue profundamente revelador. Algunos entendieron de inmediato; otros, más optimistas, simplemente respiraron aliviados.

Tampoco faltan las joyas en la investigación. Nunca olvidaré al colega que solicitó transcribir su estudio sobre el comportamiento sexual de la iguana en cautiverio. La secretaria, con admirable diligencia, cometió un pequeño desliz: donde decía “iguana”, escribió “humana”. El documento resultante abría posibilidades metodológicas inquietantes, aunque, lamentablemente, nunca se exploraron.

Los informes técnicos tampoco se quedan atrás. Recuerdo uno sobre la erradicación de “palo matarratón”. Todo marchaba con normalidad hasta la descripción de la calicata: en lugar de 60 centímetros, alguien consignó 60 metros. Una excavación más cercana a la minería que a la agronomía.

Y, por supuesto, los estudiantes no podían quedarse rezagados en esta competencia tácita de creatividad. Durante el llamado a lista —que ellos mismos hacían, mientras teníamos la oficiales, con admirable espíritu organizativo— aparecían nombres como Simón Bolívar o Camilo Torres. No faltaba el profesor que, tras insistir varias veces, sentenciaba con autoridad: “Avísenle a Simón Bolívar que ya perdió por fallas”. En algún lugar del salón, el responsable de la broma seguramente sonreía, satisfecho de haber hecho historia.

Al final, uno comprende que la vida académica no se sostiene únicamente sobre teorías, decretos o títulos, sino sobre esa colección de errores, excesos y ocurrencias que, con el tiempo, terminan enseñando. Quizá ahí radique la verdadera formación: en aprender que la solemnidad dura poco y que, tarde o temprano, todos terminamos siendo parte de las anécdotas que antes nos hacían reír.

domingo, 1 de marzo de 2026

Ausentismo laboral: de la justificación médica al incumplimiento voluntario

El ausentismo laboral es un fenómeno complejo que responde a múltiples factores. Entre los más destacados se encuentran problemas de salud física y mental, la falta de compromiso con la organización, condiciones laborales poco motivadoras y, en algunos casos, el incumplimiento voluntario del contrato. La Organización Internacional del Trabajo (2016) ha señalado que el ausentismo puede tener tanto causas objetivas —como enfermedades o accidentes— como subjetivas, relacionadas con la percepción de malestar, el estrés o incluso la falta de identificación con la empresa.

En Colombia, este fenómeno tiene una especial relevancia en el sector público, donde se registran índices más altos que en el privado. Una de las razones radica en que las instituciones públicas ofrecen mayor estabilidad laboral, lo que reduce la percepción de riesgo frente a las ausencias. Además, los procesos disciplinarios suelen ser más lentos y menos estrictos, lo que puede incentivar la falta de asistencia sin una consecuencia inmediata.

Sin embargo, el ausentismo no siempre obedece a causas justificadas. Una parte del problema surge del incumplimiento voluntario de las obligaciones, donde el trabajador prefiere no asistir en lugar de buscar alternativas que le permitan cumplir con su contrato. Esta actitud ha sido más evidente en generaciones que iniciaron su vida laboral a partir del año 2000, para quienes el equilibrio entre la vida personal y profesional es prioritario, en ocasiones por encima de los compromisos laborales.

En Colombia, Fasecolda (2023) ha documentado con cifras el impacto del ausentismo en el sistema de riesgos laborales, reportando miles de días de incapacidad anualmente, lo que se traduce en altos costos tanto para las aseguradoras como para las empresas. Su información resulta clave para dimensionar el fenómeno, ya que las aseguradoras que hacen parte del sistema de riesgos laborales son las responsables de cubrir económicamente una parte importante de estas ausencias. Así, Fasecolda no solo aporta datos estadísticos, sino que evidencia la presión económica que el ausentismo genera sobre el sector productivo y el sistema de protección social.

Así las cosas, el ausentismo laboral demanda un análisis integral que no se limite a explicaciones complacientes ni a justificaciones automáticas. Debe considerar la veracidad en las incapacidades médicas, la dificultad de objetivar ciertos malestares como el dolor, la evidencia sobre la incidencia real del estrés y, al mismo tiempo, el incumplimiento deliberado de obligaciones contractuales que algunos optan por normalizar. Reconocer la complejidad del fenómeno no puede convertirse en excusa para diluir responsabilidades; por el contrario, exige fortalecer entornos laborales donde el respeto por los acuerdos y la corresponsabilidad no sean discursos retóricos, sino compromisos efectivo.

martes, 17 de febrero de 2026

Elecciones: El Arte de prometerlo todo

Creada con ChatGpt
Imagen creada con IA
Este año Colombia tendrá su primera contienda electoral en marzo próximo. Los partidos pondrán a consideración de la ciudadanía a sus candidatos, para que elijan al que los representará en las elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, se renovará el Congreso: senadores y representantes, todos listos para servir al país… o al menos para afirmarlo con absoluta convicción.

Unos y otros prometen hasta lo impensable: eliminarán la pobreza, combatirán el crimen organizado, acabarán con los cultivos de coca y, de paso, resolverán cualquier otro problema histórico que haya sobrevivido a los últimos dos siglos. Lo único que, con seguridad, se agotará será la paciencia de los electores, cansados de promesas. Y como en muchos procesos anteriores, una vez instalados en sus cómodos cargos, olvidarán con sorprendente eficiencia aquella lista de compromisos y, quizá también, los rostros de aquellos ciudadanos a quienes abrazaron “fraternalmente” durante la campaña.

En las redes sociales desfilan nuestros salvadores. En la mayoría de los casos, hablan más de los errores que sus contrincantes pudieron cometer en algún capítulo remoto de sus vidas —sus antiguas creencias, sus aficiones ahora clasificadas como sospechosas, sus tendencias examinadas con lupa moral— que de sus propias ideas. Al parecer, resulta más rentable electoralmente desempolvar el pasado ajeno que explicar el futuro propio. Cada fotografía olvidada, cada opinión juvenil y cada amistad inconveniente adquieren de pronto la gravedad de un pecado capital, redescubierto con admirable puntualidad en temporada de campaña. No faltan, además, las calumnias: imágenes y videos, muchos creados con herramientas de inteligencia artificial, circulan con un realismo digno de aplauso técnico. Y no pocos colombianos les conceden credibilidad, porque si parece cierto, debe serlo. Incluso algún diario ha tenido que aclarar que ciertas publicaciones que se le atribuyen son falsas. En estos procesos, todo vale… o al menos eso parece.

En medio del espectáculo están los electores, que lamentablemente terminan enfrentados en sus círculos más cercanos: amigos que dejan de hablarse y familias que descubren que el afecto tiene límites ideológicos. Las posiciones, muchas veces poco argumentadas, se defienden con fervor casi religioso. Si el candidato comete errores, la culpa será de la oposición o de la mala prensa —aunque, claro, en ocasiones el error sea simplemente propio—. Nuestra capacidad de diálogo en temas políticos (y religiosos) es más bien escasa: preferimos la consigna al argumento y el eslogan a la reflexión.

Estas discrepancias rara vez conducen a algo distinto que a la irritación colectiva, salvo que se pertenezca a un proyecto político que haya prometido lo humano y lo divino, en cuyo caso toda contradicción será reinterpretada como parte de un brillante plan maestro aún incomprendido.

Veremos en marzo cómo queda compuesto el Congreso y si esa composición favorece a quien se posesione el 7 de agosto. Tal vez las buenas propuestas sean aprobadas independientemente de quién las presente (un optimismo casi heroico). Quizá cada legislatura se caracterice por la objetividad y el juicio ponderado de los congresistas, y no por la obediencia al líder de turno. Todo, por supuesto, en coherencia con aquella promesa que todos repiten con admirable uniformidad: “Queremos que nos elijan para trabajar por todos los colombianos”.

Y así, entre promesas extraordinarias y expectativas moderadas, la democracia vuelve a ponerse a prueba. Como siempre.

lunes, 9 de febrero de 2026

Belém de Pará: crónica de un viaje sin propósitos turísticos

Hay viajes que se planean durante meses y otros que simplemente suceden. Este pertenece al segundo grupo. Todo comenzó con un desplazamiento inevitable hacia Belém de Pará, Brasil.

Para llegar, el trayecto exigía un vuelo nocturno con salida a las 23:05 del 26 de enero de 2026 desde el Aeropuerto Internacional El Dorado. La aerolínea, cuidadosa como suelen serlo, recomendaba presentarse con cuatro horas de antelación. Nada extraordinario. Nada sospechoso. Todavía.

La referencia inicial fue la puerta A13. Un detalle pequeño, aunque inquietante. No por superstición —la razón aún intenta gobernar—, pero el trece rara vez se presenta como buen augurio en historias que terminan bien.

Las pantallas del aeropuerto, los altavoces y los correos electrónicos decidieron entrar en acción con un entusiasmo casi coreografiado. El cambio de puerta fue anunciado, corregido y reanunciado al menos cuatro veces. El último aviso se recibió con humor. Después de todo, una vez superada cierta cantidad de cambios, la resignación se vuelve elegante.

El retraso inicial fue de una hora. Luego comenzó el embarque. Algunos pasajeros lograron llegar hasta la puerta del avión de la aerolínea más grande de Colombia… justo para verla cerrarse frente a ellos. Sin metáforas: cerrada en la cara. La aeronave no podía volar; requería revisión técnica.

De vuelta a la sala de espera, el chiste dejó de tener gracia. El nuevo horario quedó fijado para las 7:00 a. m. Ocho horas después. Nada serio, salvo perder la noche completa en compañía de sillas incómodas y café cuestionable.

Las incomodidades no tardaron. Un grupo particularmente expresivo de pasajeros brasileños —mezcla notable de enojo, humor y diplomacia tropical— logró que la aerolínea reconociera conexiones perdidas, ofreciera hotel, comida y compensación económica. Una reinterpretación bastante creativa del concepto de “servicio de calidad”.

La compensación incluyó una cobija. Un objeto destinado a convertirse en recuerdo oficial del episodio: más simbólico que útil, pero memorable.

Finalmente, cerca de las 7:00 a. m. del 27 de enero, llegó el abordaje real. El avión fue comandado por una capitana, acompañada de una tripulación impecable que, durante el vuelo, ofreció lo mejor dentro de las posibilidades técnicas: un buen sánduche y una bebida a elección, siempre dentro del marco de lo humanamente razonable.

La aeronave no pretendía ocultar su perfil austero: sin puertos de carga, sin entretenimiento y con un wifi cuya existencia era más filosófica que práctica.

El cinturón de seguridad permaneció abrochado casi todo el trayecto. Treinta mil pies más abajo, la selva amazónica imponía respeto. El río serpenteaba como una anaconda gigantesca, recordando que allí abajo todo es vasto, antiguo y poco interesado en nuestra agenda de vuelo.

Entonces llegó el anuncio: —Daremos algunas vueltas. Las condiciones climáticas en Belém de Pará no permiten aterrizar por ahora. Existe la posibilidad de dirigirnos a Georgetown.

Nada dice “tranquilidad” como un posible cambio de país por falta de clima.

Durante cuarenta minutos, el avión giró en círculos hasta que llegó la autorización. El descenso fue decidido. Hubo un vacío. Gritos. Manos aferradas. La gravedad, haciendo su trabajo, apareció de manera estelar. La maniobra fue impecable. Punto alto para la capitana.

Belém nos recibió con cielo gris y pista mojada. El aterrizaje fue tan preciso que el avión estalló en aplausos. Doce horas después, habíamos llegado.

La ciudad no nos esperaba como turistas. Una situación compleja y profundamente íntima —de esas que no avisan ni piden consentimiento— nos había llevado hasta allí. Tras completar las gestiones necesarias, apareció una noticia adicional: el regreso inmediato a Colombia no era posible. La solución fue sencilla e inapelable: quedarse tres días más.

Así nació el turismo forzado, un paseo por la ciudad, buscando más relajamiento que diversión, Con ayuda de Copilot apareció una lista de lugares de interés. El Mercado de Ver-o-Peso encabezaba el plan. Un sitio donde todo tiene olor, color y carácter. Pescados que aún no aceptan su destino, frutas que desafían la fonética y hierbas capaces de prometer soluciones que la medicina moderna prefiere observar a prudente distancia. No es ordenado ni bonito, pero es auténtico. Y eso cuenta.

La Catedral de Nuestra Señora de Nazaret ofreció un contraste absoluto. Patrimonio de la UNESCO, columnas monumentales, vitrales disciplinando la luz tropical y una Virgen que observa con calma a creyentes y visitantes casuales, como sabiendo que no todos llegaron por fe, pero ninguno se va igual.

Un fragmento de selva apareció luego en plena ciudad: el Parque Zoobotânico del Museo Emílio Goeldi. La victoria regia evocó de inmediato al Jardín Botánico de Bogotá, confirmando que la memoria también cruza fronteras sin pasaporte. Tortugas, aves, simios, una nutria curiosa y un animal similar al capibara —aunque más pequeño y de nombre ya olvidado— completaban el recorrido.

El Teatro Experimental Waldemar Henrique mostró otra faceta de la ciudad: madera, iluminación precisa y un cuidado que contrasta con otras edificaciones públicas donde el tiempo ha dejado huellas menos poéticas.

El cierre llegó con la corveta-museo Solimões. Una nave pesada, armada hasta los dientes en su pasado, hoy reciclada con acierto. Se recorren camarotes, sala de máquinas y oficinas, todo muy didáctico y discretamente intimidante. La foto en el casco es obligatoria; nadie escapa a ese ritual.

El regreso a Bogotá fue tranquilo. La misión, cumplida. Quedó el deseo de volver, esta vez sin urgencias, sin incidentes técnicos y con el ánimo suficiente para disfrutar de Belém de Pará como merece: una ciudad compleja, amable y resiliente, habitada por personas dispuestas a hacer auténticos malabares lingüísticos para entender nuestro portugués limitado… o, en su defecto, nuestro español sin concesiones.

jueves, 22 de enero de 2026

Lo que el café negro te da (y lo que te quita): una verdad que todavía se está escribiendo


El café sin azúcar es una mezcla relativamente simple pero sorprendentemente poderosa. Está compuesto casi por completo de agua, cafeína y una serie de compuestos bioactivos como los polifenoles, los ácidos clorogénicos y pequeñas cantidades de minerales que pasan inadvertidos pero participan en diversas reacciones del organismo. Su ausencia de azúcares añadidos le permite mostrar sus efectos sin interferencias metabólicas, lo que lo convierte en una bebida particularmente útil para estudiar sus impactos reales sobre el cerebro. “El café es simple en ingredientes, complejo en efectos.” 

A partir de esta base química se derivan sus beneficios más conocidos. En los últimos años, diversos estudios han demostrado que el café negro favorece la atención, la velocidad de procesamiento y el estado de alerta gracias al bloqueo de los receptores de adenosina, un mecanismo que reduce la sensación de somnolencia y aumenta la actividad neuronal. También se ha observado que puede influir, aunque de manera moderada, en procesos relacionados con la plasticidad sináptica, lo que sugiere un papel potencial en la facilitación del aprendizaje, especialmente en momentos de fatiga o disminución cognitiva. Incluso los estudios poblacionales más recientes han encontrado asociaciones entre el consumo moderado de café y un menor riesgo de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o el Parkinson, lo que abre una línea de investigación prometedora. “No es magia: es neuroquímica en acción.”

Sin embargo, estos beneficios conviven con ciertos efectos adversos que conviene tener en cuenta. Cuando se consume en exceso o en horarios inadecuados, el café puede afectar la calidad del sueño, generar sensaciones de ansiedad, provocar palpitaciones o aumentar la irritabilidad en personas sensibles. Además, existe evidencia de que un consumo muy elevado, por encima de las cinco o seis tazas diarias, podría relacionarse con cambios desfavorables a nivel cerebral, aunque los resultados aún no permiten establecer conclusiones firmes. A esto se suma el hecho de que, al añadir azúcar, se altera el perfil metabólico de la bebida y se incrementa la inflamación sistémica, algo que puede afectar negativamente la salud cognitiva. “El problema nunca fue el café… casi siempre fue el azúcar.”

Por estas razones, la recomendación más razonable es mantener un consumo moderado, equivalente a una a tres tazas al día, preferiblemente en horas tempranas para no interferir con el descanso nocturno. También es útil observar cómo reacciona cada organismo, pues la sensibilidad a la cafeína varía ampliamente. En cualquier caso, evitar el azúcar sigue siendo una de las decisiones más importantes para conservar los efectos positivos del café sin introducir factores que perjudiquen la cognición o el metabolismo. “Tu cerebro quiere café… pero no quiere que te excedas.”

Finalmente, es importante recordar que, aunque la evidencia reciente ofrece resultados interesantes, aún estamos lejos de tener conclusiones absolutas. La investigación continúa, se refina y se ajusta con el paso del tiempo. Por eso, conviene mantener una mirada crítica y abierta:
«Diferentes investigaciones recientes apoyan esta idea, pero la ciencia avanza y aún no hay una verdad absoluta —estos resultados deben verse como evidencia creciente, no como certeza final.»
“El café da claridad, pero la ciencia exige cautela.”

jueves, 15 de enero de 2026

Entre el asfalto y el reflejo del bosque

Bogotá, memoria personal de una ciudad que creció más rápido que mis pasos

Hay ciudades que uno no elige: simplemente se meten en la vida, crecen al mismo ritmo que uno y, cuando menos lo espera, ya hacen parte de la memoria. Esta es la historia de mi Bogotá: la que conocí desde una ventana de bus, la que se expandió sin preguntar y la que hoy contemplo a punto de dejar.

En algún año de esa difusa década de los setenta pisé por primera vez lo que hasta entonces solo conocía por los libros de geografía e historia: la capital de la República. Viajé con mi madre, que iba a visitar a uno de sus hermanos; yo, en cambio, iba impulsado por esa curiosidad infantil que convierte cualquier trayecto en una expedición.

Pasé de las cuatro o cinco cuadras que componían mi querido San Miguel a un mundo de calles interminables. Tras varias horas de bus, apareció a nuestra derecha el estadio El Campín: imponente, majestuoso, enorme. Hasta ese día había existido únicamente en mi imaginación, alimentada por las narraciones de fútbol de los domingos a las 3:30 de la tarde.

Caminamos —supongo— hasta la calle 51, donde quedaba la casa del tío. Todo era asfalto, y más asfalto, acompañado por un ruido insistente de buses, automóviles y gente. Muy lejos quedaban el silencio, o al menos la tranquilidad, de nuestro municipio con sus calles terrosas y empedradas. Fue, sin duda, una visita marcada por la absoluta novedad.

Para 1979 la decisión de volver ya fue mía, y esta vez para quedarme. Me quedé unos cuarenta y cinco años. La ciudad se extendía entonces hasta Prado Veraniego, y la autopista tenía apenas tres puentes emblemáticos: el de la calle 100, el de la 134 y el de la 170. Hoy son solo referencias históricas: ya vamos por la calle 222.

Suba todavía era municipio y se viajaba en “flota”, como decíamos con cierto orgullo. Usaquén ya había sido absorbido por Bogotá, igual que Engativá. Tarde o temprano el turno les llegará a Cota, Chía y, con absoluta certeza, a Soacha. Es el destino habitual de las ciudades que crecen sin pedir permiso.

Como en muchas ciudades del mundo, el centro tenía poco verde. Claro que, en el caso de Bogotá, cuando Jiménez de Quesada la fundó no necesitó licencia ambiental alguna; hoy, para poner un ladrillo, hay que pedir permisos, conceptos y más permisos… y eso sin contar la decidida desidia de nuestros administradores.

Basta un ejemplo cercano: lo que llamamos “la autopista Norte”. Un auténtico monumento a las malas decisiones y a la falta de planeación. Se construyó una vía de seis carriles que, caprichosamente, se reduce a tres a la altura del terminal de transporte del norte, para luego volver a ser de seis casi llegando al peaje. De ida y de vuelta, igual.

Siempre me ha recordado un viejo experimento de Venturi de mis años de estudiante de ingeniería. Esta joya del urbanismo provoca que el sector sea un caos vehicular desde las seis de la mañana y que, en un trayecto de menos de cinco kilómetros, haya que circular a diez kilómetros por hora.

Pero bueno, es nuestra ciudad. Y, para no alejarnos demasiado de la autopista, al menos conserva un separador central que sigue siendo de los más verdes de Bogotá. Fue creado para recordar a seres queridos, sembrando un árbol en lo que se llamó “Horas Verdes”. Un gesto sencillo, cargado de sentido.

Aunque, si no se cuida, podría terminar convertido —muy a lo Escher— en otra cinta asfáltica con líneas blancas interrumpidas y algún reductor de velocidad disperso. Y para recordar que allí hubo verde, habría que levantar el asfalto e imaginarlo.

Puddle - Escher
A veces las obras viales dejan tan marcada su presencia que uno podría creer que la naturaleza ya se rindió. Pero Puddle, de Escher, nos desmiente con elegancia: en medio del barro pisoteado y de las huellas de las llantas —ese rastro inevitable de la modernidad— aparece, intacto, el reflejo del bosque.

Es como si Escher nos dijera que la vía puede ocupar el suelo, pero no necesariamente el cielo; que por más que insistamos en “progresar” dejando surcos, el entorno siempre encuentra un charco para recordarnos quién estaba primero. En el fondo es una lección discreta: no importa cuánto pavimento pongamos, la naturaleza siempre se cuela por alguna parte, aunque sea en un charquito que evitamos para no ensuciarnos los zapatos.- 

Después de muchos años de intentos, la ciudad por fin tendrá un transporte más eficiente: el metro. Probablemente será menos ruidoso, generará menos contaminación y traerá un cambio arquitectónico evidente. Su primera línea ya transformó la apariencia de algunos sectores; las siguientes, quizá, serán más discretas. Claro que siempre estarán las contradicciones habituales para inclinar la balanza hacia un lado u otro.

Por lo pronto, yo ya no me veré afectado ni por los beneficios ni por el caos que produzcan las futuras obras. Me iré a una ciudad mucho más pequeña, que, aunque es más grande que mi municipio natal, todavía permite recorrerla a pie. Un poco más alta, más fría, pero también —y quizá por eso— más acogedora.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

34 años en la UDCA: Un experimento de vida con variables controladas (o no tanto)

Tres décadas y media en la misma organización. En esta era donde la lealtad laboral tiene la vida útil de un yogur sin nevera, permanecer tanto tiempo en un solo lugar se considera un acto de heroísmo… o de terquedad. Quizá ambas. Pero aquí estuve: cultivando una carrera, combinando la docencia con la ingeniería y pasando unos pocos años en la administración. Como decía Borges, “uno llega a ser lo que es”, aunque sea a fuerza de insistir más que de iluminarse.

Llegué a la entonces CUDCA, esa institución sabanera donde el frío no era metáfora, sino una realidad térmica que exigía más capas que una cebolla. Con los años, aquella corporación universitaria joven —pero con energía de sobra— se transformó en la UDCA: universidad acreditada, con filosofía ambiental y suficientes comités como para justificar un tanto por ciento del consumo nacional de café. “La civilización es la multiplicación innecesaria de necesidades”, decía Twain; si hubiera conocido nuestros comités, habría escrito un tomo adicional.

Durante la mayor parte de mi tiempo trabajé como profesor. Eso sí, nunca formé parte del grupo de investigadores. No produje artículos científicos con factor de impacto sobresaliente, ni estampé mi nombre en revistas indexadas. Para algunos, no ser investigador equivale a no ser profesor universitario, pero esa discusión nunca fue conmigo. Lo mío fue la extensión: ese rincón noble (y subestimado) del mundo universitario donde uno se dedica a hacer cosas útiles para la gente del común, mientras otros debaten teorías en salones con aire acondicionado. Como decía Sagan, “en algún lugar, algo increíble espera ser descubierto”. Yo descubrí que lo increíble a veces era lograr que la gente mejorara su yogur sin aumentar el presupuesto.

Alguna madre cabeza de familia o algún campesino quizás recuerde que le ayudé a mejorar su yogur o su queso. Si llegué a tocar la vida de al menos una de cada diez personas, ese será, sin duda, un buen logro. Procesé cientos de litros de leche transformándolos en yogures, arequipes y quesos. Siempre con la misión —noble e ingenua— de reducir grasas, azúcares y sal sin que nadie lo notara. Spoiler: siempre lo notaban. Asimov decía que “el fracaso es la base para un futuro éxito”, pero en los lácteos el fracaso generalmente sabe a muy poca azúcar.

No todo fue color de rosa. Hubo logros que merecerían una memoria institucional en tapa dura y frustraciones que solo un tinto amargo podría digerir. Cientos de estudiantes pasaron por mis talleres. ¿Cuántos entendieron algo? Según mis cálculos, entre un tanto por ciento y el margen de error. ¿Cuántos pensaron que exageraba con eso de que “la zootecnia es una opción de independencia y no de empleabilidad”? Ojalá el tiempo me dé la razón. 

Algunos de esos estudiantes, hoy egresados, para mi sorpresa (y orgullo, claro), se convirtieron con el tiempo en mis jefes —nada como ser evaluado por alguien a quien uno le enseñó algo que, a mi juicio, fue útil—; otros se volvieron colegas en el noble y cada vez más heroico oficio de la docencia. Eso sí, sentí el peso de los años o de los kilos, cuando tuve en mis aulas a hijos de exalumnos. La vida da vueltas… como diría Darwin, no sobreviven los más fuertes, sino los que mejor se adaptan. Yo opté por adaptarme con calendario en mano.

En el camino compartí laboratorios, aulas y silencios incómodos con gente extraordinaria —la mayoría mujeres—: expertas en la producción de derivados… y en el arte de madurar chismes académicos con la precisión de un queso añejo. Galeano decía que “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Ellas hacían queso… y también cambiaban el humor de toda la planta.

Al despedirme de la vida académica formal, hay un vocabulario que dejo con alivio. Ya no tendré que escuchar, en cada seminario, la promesa solemne de que “ahora sí” tendremos sistemas robustos, esos mismos que colapsaban justo cuando el conferencista intentaba mostrar cómo funcionaban. También dejo atrás el noble ideal del benchmarking, que habría sido maravilloso si no fuera porque muchos seguían convencidos de que lo propio era un tesoro inédito que no debía compartirse… aunque a veces apenas era un PDF reciclado. Y luego vino la moda del ecosistema: como hablar de ecosistemas biológicos se volvió popular con el cambio climático, de repente todo debía ser un ecosistema... digital, pedagógico, institucional. Parecía que la palabra, como las cucarachas de Asimov, iba a sobrevivirlo todo. . 

La famosa innovación disruptiva tampoco la extrañaré: casi siempre era la misma idea de siempre, solo que envuelta en un nombre nuevo y acompañada de un video inspiracional. También la eterna invitación a ser “resilientes”, que en realidad significaba aguantar con paciencia los mismos problemas disfrazados de estrategias renovadas. Con certezas: esas palabras seguirán apareciendo en los seminarios…con los CEOs, pero ya no me tocará escucharlas. Veremos qué nueva expresión aparece, para que parezcamos actualizados. Decía Einstein, “no podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos”. Aunque igual lo seguíamos intentando. 

En aspectos más familiares, también viví las glorias y los retos de la paternidad. Celebré triunfos ajenos como propios y subestimé decisiones financieras como si fueran un alimento que llegó al fin de su vida útil. Por suerte, corregí a tiempo. Hoy me retiro de manera digna, como debiera hacerlo cada colombiano que ha invertido su vida en el servicio público sin perder la fe ni el sentido del humor.

Ya casi no quedamos personajes de los que conocimos la universidad formada por solo dos programas académicos, cuando todos nos tratábamos como si fuéramos una gran familia (o al menos eso decíamos). Ahora entro a las oficinas de la UDCA y me encuentro rodeado de rostros nuevos, igual que cuando me vinculé, solo que lo curioso es que hoy el recién llegado parezco yo. Los encuentro tan profundamente concentrados que no les queda tiempo ni para saludar; por lo visto, es una costumbre tan anticuada como los teléfonos de disco —o como ese humanismo del que hablaba Sábato, que se está evaporando mientras seguimos llenando planillas.

Y así, como quien cierra un tanque de fermentación tras una producción impecable (o al menos, pasable), me despido. Sin más actas que firmar, sin refrigerios que justificar, sin más sacos o chaquetas para el frío sabanero. Me llevo experiencias, anécdotas y aprendizajes que no caben en un informe de gestión… pero sí en una buena sobremesa con queso y vino.

Entregando la llave de mi oficina, siento que la vida en la UDCA se cierra ante mis ojos como en esa vieja canción que algunos recordamos: My Way, de Paul Anka. Me voy con la tranquilidad de haberlo hecho a mi manera; con errores y aciertos, y con esa sospecha —muy sabinesca— de que la vida duele, sí, pero siempre termina enseñando.

Agradezco a quienes compartieron este viaje: al Dr. Germán Anzola y a doña Marta, quienes fueron los responsables de mi paso por la UDCA; a ellos, otra vez, miles de gracias, pues fueron pilares humanos en un mundo de normas y protocolos. También a mis jefes, tanto los que me apoyaron como los que tuvieron que tolerar mi existencia por imperativo legal. De todos aprendí… aunque a veces doliera.

Mi más grande deseo para la UDCA: que crezca, que la Zootecnia se consolide como la carrera estratégica que este país necesita (y no como “la otra opción cuando no había cupo en Veterinaria o en MVZ”), y que —por el amor al saneamiento básico— alguien optimice los comités antes de convocar otro. Que la única política que se imite sea la institucional.

P.D. Si alguien llegara a extrañar mi presencia, puede darse una vuelta por la planta de lácteos: ese persistente aroma a queso fresco es, sin duda, parte de mi legado. Alguno más especulará que dejé otra huella imborrable: la influencia académica que sembré en mi compañera Andrea. Ella, por supuesto, podrá explicarlo con lujo de detalles… o, fiel a su personalidad, hacerse la desentendida y cambiar de tema con la misma destreza con que le da color a un yogur. 

Y así como decía Galeano: “al fin y al cabo, somos historias”. Esta es la mía en la UDCA.

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celio.pineda@gmail.com


sábado, 3 de mayo de 2025

La ciencia ficción tenía razón (y nosotros firmamos los términos y condiciones)

Mucho antes de que Siri nos ignorara con la elegancia de una recepcionista harta, o que Alexa interrumpiera un desayuno para informarnos sobre el clima en Osaka (aunque nadie lo pidió, además de ser inútil por donde vivimos), la ciencia ficción ya estaba ahí, sentada en primera fila,  maíz pira en mano, viendo cómo el futuro se escribía con sus viejas notas de servilleta. Nos advirtió, nos guiñó el ojo… y nosotros, obedientes, nos lanzamos a construir exactamente lo que nos dijeron que no debíamos construir. Como si ver el apocalipsis en cámara lenta nos pareciera un buen plan de domingo.


Orwell gritaba desde 1949 que "el Gran Hermano te observa", pero al parecer, mientras lo leíamos, alguien en Silicon Valley pensó: “¡Ey, qué gran idea para una startup!”. Hoy, tu casa tiene más micrófonos que un set de televisión: Siri te juzga, Alexa te delata, tu teléfono responde a lo que no preguntaste y el big data ya sabe que volviste con tu ex antes de que tú lo aceptes. Porque claro, nada dice ‘libre albedrío’ como aceptar las cookies sin leer.

William Gibson en 1984 con Neuromancer, dibujó un ciberespacio lleno de hackers con más estilo que ética, y nosotros dijimos: "Vamos a hacer eso… pero con tutoriales de YouTube y contraseñas como ‘1234’". El resultado: medio planeta queriendo entrar a la deep web sin saber que eso no es una piscina de inmersión.

Asimov nos regaló la psicohistoria: una ciencia para predecir el comportamiento de las masas. Lo que tenemos hoy es un algoritmo que sabe que vas a ver el sexto video de perritos con abrigos aunque jures estar demasiado ocupado para ver esas banalidades. Y todo eso, solo para mostrarte un anuncio de croquetas, por si acaso tienes perro… o lo estás considerando.

En 2001: Odisea del espacio" se nos presentó a HAL 9000, un encantador psicópata digital que decidió prescindir de los humanos. Hoy, nuestros asistentes virtuales —léase Siri, Alexa y, más recientemente, los chatbots —  logran hacerte sentir inútil cada vez que les pides algo que no entienden. Te dan una respuesta errada, pero tranquilo: están “aprendiendo”. Algún día te recordarán que fuiste tú quien los encendió… y los entrenó.

Minority Report nos enseñó cómo la publicidad personalizada podía arruinarte el día con precisión quirúrgica. Ahora tu celular te ofrece crema para arrugas a las 7:31 a. m., justo cuando ves tu cara en modo zombi. Tecnología con empatía, lo llaman.

Y luego están los hologramas. Gracias a Star Wars y Star Trek, soñamos con comunicaciones galácticas… y terminamos con videollamadas en Zoom, Teams o Meet (eso sí, olvidamos ya al precursor de todos estos: Skype), en las que tu jefe se convierte en una papa por accidente o tienes una teleconferencia familiar por WhatsApp con participantes en Colombia, Estados Unidos, Australia y Europa (y nos parece muy normal). El futuro, pero versión beta.

Los cómics, por su parte, eran la sección de I+D de la fantasía. Dick Tracy tenía un reloj con videollamadas cuando tú apenas soñabas con tener reloj. Hoy, el Apple Watch mide tu ritmo cardíaco para informarte que ver series en bucle no cuenta como cardio. Ya el  Superagente 86 (título original Get Smart), desde 1965, una comedia de espionaje durante la Guerra Fría, presentaba al torpe pero carismático agente Maxwell Smart (interpretado por Don Adams) y sus extravagantes inventos, entre los que destacaba el famoso zapatófono (el celular de hoy).

Mas recientemente Iron Man volaba en un traje de ensueño; ahora los ejércitos tienen versiones menos glamurosas pero igual de letales. Los cirujanos operan con gafas de realidad aumentada, y tú las usas para ver cómo se vería un mueble en tu casa que te vende IKEA. Prioridades.

Y Batman… bueno, él tenía un Batimóvil que se conducía solo. O KITT, El Auto Fantástico (Knight Rider, 1982–1986), que primero nos asombró y luego nos divertía con sus comentarios. Hoy, Tesla ofrece un auto con muchas de esas características… eso sí, intenta no atropellar conos de tránsito mientras actualiza su software en medio de la autopista. Claramente, algo se nos escapó en la traducción del futuro.

¿La conclusión? La ciencia ficción no predijo el futuro: lo redactó, lo diagramó, le puso efectos especiales… y nosotros nos lanzamos de cabeza al guion como actores de método con Wi-Fi. Así que, la próxima vez que tu tostadora te diga que estás bajo en fibra, no te asustes: solo estás viviendo en una distopía con asistente virtual y comandos por voz. Y lo más gracioso es que alguien ya lo escribió… y cobró por ello.

Curiosidades y anécdotas en la elección del Papa

Con la muerte del Papa Francisco, el Vaticano ha quedado temporalmente sin su líder, una situación que, como dicta la tradición, activa la maquinaria del cónclave: esa antigua práctica en la que un grupo de hombres mayores, vestidos de rojo y aislados del mundo exterior, debe decidir quién llevará sobre sus hombros el peso de 1.300 millones de almas… y alguna que otra expectativa geopolítica.

La elección del sucesor no es solo un asunto de fe: católicos fervorosos, católicos de ocasión y hasta ateos con redes sociales están pendientes del resultado, confiando en que el nuevo pontífice no solo mantenga el legado de Francisco, sino que —sin presionar, claro, pero…— lo supere. Porque, después de todo, el Papa no solo bendice, también opina, orienta, denuncia y, a veces, incomoda – Francisco incomodó hasta la misma iglesia -.

La influencia del pontífice no se limita a la esfera espiritual. Es tal su peso simbólico, que tras su fallecimiento varios líderes políticos, algunos de ellos poco cercanos a la moral vaticana, no dudaron en emitir comunicados de pesar. El protocolo es el protocolo. Más llamativo aún fue ver a algunos de sus más vocales detractores presentes en el sepelio, en lo que algunos interpretaron como un acto de reconciliación… o de buena prensa. Porque si algo deja claro cada elección papal es que la liturgia nunca está del todo exenta de estrategia.

El cónclave, esa reunión secreta donde los cardenales eligen al Papa —como si la decisión de liderar a más de mil millones de personas pudiera tomarse entre cuatro paredes sin susurros celestiales ni presiones terrenales—, tiene su origen en el siglo XIII. Fue una consecuencia directa del caótico episodio de Viterbo (1268-1271), cuando las divisiones políticas entre los electores prolongaron la elección durante casi tres años. Los ciudadanos, agotados por la falta de pontífice y quizás de paciencia, decidieron encerrar a los cardenales bajo llave (cum clave, en latín) y reducirles las provisiones de alimentos hasta que, movidos por el hambre o por la inspiración divina, eligieron finalmente a Gregorio X. Este Papa, decidido a que semejante espectáculo no se repitiera, estableció en el Concilio de Lyon II (1274) normas estrictas que incluían el aislamiento de los cardenales y la restricción de sus comodidades: nació así el protocolo del cónclave que, con retoques modernos, persiste hasta hoy.

Aunque en la actualidad se asocia la elección papal con la virtud y los méritos eclesiásticos, conviene recordar que, históricamente, el proceso fue menos celestial y más terrenal. Durante los primeros siglos, la designación del pontífice era influenciada por clérigos locales, nobles romanos e incluso emperadores. En la Edad Media, prácticas como la simonía (venta de cargos eclesiásticos) y el nepotismo (favoritismo hacia parientes) permitieron a familias influyentes —como los Borgia o los Médicis— promover candidatos según su conveniencia. Fue apenas en 1059, gracias a la Reforma Gregoriana impulsada por el Papa Nicolás II, que se reservó oficialmente la elección a los cardenales. Sin embargo, ni siquiera esto pudo blindar el proceso de las pasiones humanas: el Gran Cisma de Occidente (1378-1417), con varios papas autoproclamados en simultáneo, dejó en evidencia que la política no entiende de sotanas. Y aunque técnicamente cualquier varón católico puede ser elegido Papa, desde el siglo XV solo cardenales han ocupado el trono de San Pedro, por su experiencia en la Curia y —no menos importante— por ser una opción más manejable para alcanzar consenso.

Entre los rituales más emblemáticos del cónclave figura el célebre Habemus Papam ("¡Tenemos Papa!"), proclamado desde el balcón de la basílica de San Pedro. Este anuncio, hoy convertida casi en una puesta en escena litúrgica, simboliza la unidad de la Iglesia tras la elección. Curiosamente, en 2013, el recién elegido Francisco rompió el protocolo al aparecer sin la tradicional capa roja (la mozzetta), enviando desde el primer minuto una señal de austeridad que, para algunos, fue tan revolucionaria como su pontificado. No menos teatral es el humo, blanco o negro, que informa al mundo si se ha alcanzado un consenso o si, por el contrario, aún hay debate (o desacuerdo, o estrategia, o todo junto). Antiguamente, el color del humo dependía de la combustión de paja húmeda o seca, pero las ambigüedades del pasado —incluido un gris sospechoso en 1958— obligaron a incorporar productos químicos desde 2005 para garantizar que ni Dios ni la prensa se confundieran.

El sistema de votación, en sí mismo, es un ejemplo fascinante de solemnidad ritual: cada cardenal escribe en una papeleta la frase Eligo in Summum Pontificem ("Elijo como Sumo Pontífice"), la dobla y la deposita en un cáliz, mientras tres escrutadores leen los votos en voz alta. Si ningún candidato alcanza la mayoría de dos tercios, las papeletas se queman con aditivos para producir el consabido humo negro. Una vez elegido, el nuevo Papa es conducido a la llamad
a “sala de las lágrimas”, un pequeño recinto contiguo a la Capilla Sixtina donde se le ofrecen tres hábitos blancos de distinta talla, para que la elección no fracase por problemas de sastrería. El apodo de la sala no es gratuito: se le llama así porque allí, entre lágrimas —a veces de emoción genuina, otras de puro pánico existencial—, el elegido enfrenta por primera vez, a solas, el peso espiritual, político y mediático que implica ser el sucesor de Pedro. Se cuenta, por ejemplo, que Pío XII lloró desconsoladamente en ese espacio al ser nombrado Papa en la antesala de la Segunda Guerra Mundial. Y no era para menos..

La duración de los cónclaves ha sido tan variada como los temperamentos de los cardenales. El más largo, nuevamente el de Viterbo, se extendió durante 34 meses, obligando a Gregorio X a decretar que, tras cinco días, los cardenales solo recibirían pan y agua. Otros, sin embargo, han sido fulminantes: Julio II fue elegido en apenas diez horas. En tiempos más recientes, Benedicto XVI fue elegido en 24 horas, un récord de eficiencia que contrastó con su posterior renuncia en 2013, la primera voluntaria desde 1415, y que aceleró reformas para hacer el proceso más ágil y menos susceptible a sorpresas.

Las anécdotas históricas no tienen desperdicio. En 1903, el emperador Francisco José I de Austria vetó al cardenal Rampolla, favorito para el papado, lo que derivó en la elección de Pío X y, de paso, en la abolición del jus exclusivae (el derecho de veto por parte de monarcas católicos). En 1268, los ya mencionados ciudadanos de Viterbo no solo encerraron a los cardenales, sino que incluso les quitaron el techo del palacio para apurar la decisión. Como resultado, fue elegido Gregorio X, quien, en una ironía monumental, ni siquiera era cardenal. Más recientemente, en 2013, circularon rumores de que algunos cardenales usaban mensajes cifrados en X (antes Twiter) para filtrar información desde el interior del cónclave, lo que obligó al Vaticano a bloquear señales electrónicas en futuras elecciones. Así, la modernidad también tiene sus penitencias.

El juramento de secreto, obligatorio para todos los participantes del cónclave, ha sido desafiado ocasionalmente, más por humanidad que por rebeldía. En 2005, el cardenal Luis Antonio Tagle rompió a llorar al escribir el nombre de Benedicto XVI, gesto que, pese a las normas, trascendió al exterior. Reformas recientes, como el límite de edad de 80 años para participar en la votación y la reafirmación de la mayoría de dos tercios por parte del Papa Francisco, evidencian los esfuerzos por equilibrar tradición, transparencia y una dosis mínima —pero necesaria— de lógica organizacional.

Finalmente, el cónclave es mucho más que una elección: es un espectáculo litúrgico, un ejercicio de poder, un guiño a la historia y una metáfora de la Iglesia misma. Entre susurros, lágrimas y humo —ya no santo, pero sí certificado químicamente— se decide no solo quién guiará a los católicos del mundo, sino también cómo el Vaticano equilibra lo sagrado con lo estratégico, la fe con la diplomacia y el pasado con un presente lleno de redes, cámaras y, quién sabe, algún que otro tuit clandestino.

viernes, 15 de noviembre de 2024

Horas perdidas y estrés diario: El costo Invisible del transporte público en Bogotá

El uso del transporte público en muchas ciudades del mundo se ha convertido en una experiencia traumática para millones de personas, no solo debido a los largos tiempos de desplazamiento, sino también por la incomodidad del viaje. A esto se suman las deficientes condiciones de movilidad, la falta de aplicación de las normas y los abusos cometidos por algunos usuarios en detrimento de los demás, lo que agrava aún más la situación. Este panorama se hace aún más difícil para quienes, después de una jornada laboral agotadora, deben enfrentarse a la realidad de sistemas como el TransMilenio de nuestra Bogotá.

En ciudades como Nueva York o Tokio, los ciudadanos pueden tardar entre 45 y 50 minutos en el metro, o hasta una hora y media en automóvil, para desplazarse diariamente en trayectos de unos 20 km. En otras metrópolis, como Nueva Delhi o Ciudad de México, este tiempo puede ser incluso mayor. Sin embargo, en Bogotá, los tiempos para recorrer distancias similares son significativamente más largos, alcanzando las dos horas. Además, durante las horas pico, estos tiempos pueden aumentar considerablemente.

Este fenómeno se debe a una combinación de factores, como el cierre de vías para priorizar el transporte escolar, obras, los trancones provocados por incidentes menores, la alta presencia de motocicletas y la intervención de agentes de tránsito que favorecen el acceso a la mal llamada "autopista". Adicionalmente los retenes policiales en lugares poco apropiados que contribuyen a agravar aún más la congestión.

Ahora bien, ¿qué sucede en el transporte público durante estas largas horas? En el caso del TransMilenio, la situación es desalentadora. Es común encontrar cantantes, vendedores ambulantes, exconvictos y personas en situaciones difíciles, como quienes piden ayuda alegando estar a punto de ser desalojados. Si bien algunos de estos casos pueden ser genuinos y reflejan la dura realidad social del país, otros parecen tener la intención de conmover a los pasajeros.

Este ambiente contribuye al caos, especialmente en las horas pico, cuando las ofertas de productos se presentan tanto al frente como al fondo del bus, y las historias de quienes solicitan apoyo se expresan en un tono que, en ocasiones, puede percibirse como reproche, acusando a los pasajeros de indiferencia o grosería. Esta reacción, por lo tanto, no sorprende, dado el alto nivel de saturación que generan estas interacciones repetitivas. Además, en cualquier momento pueden aparecer olores desagradables que obligan a los pasajeros a intentar abrir las ventanas o las escotillas —si la estatura se lo permite—, o incluso cubrirse la boca con una prenda o la mano, aunque esto último resulte inútil para algunos. 

Evidentemente, no todo es negativo. Hay personas que suben al transporte llevando mensajes alentadores, promoviendo cultura a través de la venta de libros, cantando para evocar hermosos recuerdos, o transmitiendo mensajes sociales mediante el rap o con instrumentos que producen melodías armónicas y un volumen adecuado para ser disfrutadas.

Aunque algunos sugieren que el tiempo en el transporte público podría aprovecharse para leer o descansar, la realidad es muy distinta. Los equipos portátiles de sonido de los cantantes superan con creces los niveles de ruido recomendados, la falta de espacio obliga a los pasajeros a adoptar posturas incómodas, y los movimientos bruscos del vehículo aumentan la sensación de agotamiento y estrés. Estas condiciones, por lo tanto, hacen que el trayecto esté lejos de ser productivo o relajante. De hecho, según las normativas de transporte público, ni las ventas ni el uso de música a altos volúmenes deberían permitirse, ya que más que entretenimiento, esto se convierte en contaminación auditiva, afectando la salud de los usuarios.

El cambio es, por tanto, necesario e inevitable. Lo primero es recuperar el respeto hacia el ciudadano, ofreciendo planes y alternativas que mejoren la experiencia de quienes utilizan este servicio. Ahora que estamos bajo un gobierno que, en teoría, promueve la justicia social, tanto a nivel nacional como local, este es el momento adecuado para abordar seriamente estos problemas y poner fin a aquellas prácticas que fueron tan criticadas por quienes hoy ostentan el poder en la ciudad.

domingo, 10 de noviembre de 2024

Entre aguas turbias y solidaridad: crónica de un caos en la Autopista Norte

Desde el 13 de noviembre de 1985 no había vivido un evento con tanta tensión. En aquella ocasión fue la avalancha del Nevado del Ruiz, que se llevó a más de 23 mil personas. Hoy, esa angustia volvió a instalarse en mí, esta vez por otro desastre natural: una inundación en la Autopista Norte, entre las calles 190 y 222. Lo que experimentamos fue un reflejo de la inoperancia de nuestras autoridades distritales, e incluso de quienes ostentan los más altos cargos en nuestra querida república. No obstante, en medio del caos, también hubo un lado positivo: conocimos a personas que, de no ser por este suceso, jamás habríamos cruzado en nuestras vidas. Gente que ofreció su ayuda desinteresadamente, conformándose con un simple "gracias" como recompensa, lo cual fue una grata sorpresa en un día tan difícil.

El día comenzó como cualquier otro. Me levanté a las 4 a.m. con la radio encendida y me permití unos minutos de pereza, aprovechando que no tenía restricción vehicular. Salí de casa a la hora de siempre, encontrándome con el tráfico habitual. El horizonte se teñía de un tono rojizo, pero no le di mayor importancia. Sin clases presenciales por la salida de campo de mis alumnos, aproveché para dar indicaciones finales a algunos sobre sus proyectos. Luego, me sumergí en un curso virtual, seguido de una reunión online por la tarde. Al terminar mis obligaciones, llené un formulario crucial para mi vida y, con el día laboral cerrado, me dispuse a salir en mi carro, como de costumbre.

La lluvia de esa tarde parecía inofensiva al principio, solo una más de las tantas que mojan la ciudad. Pero al acercarme a la Autopista Norte, noté que la vía ya estaba encharcada y llena de huecos, algo que, siendo sinceros, es lo normal por aquí. Apenas avancé unos 100 metros sobre la autopista cuando nos quedamos todos atascados en un monumental embotellamiento. Lo que comenzó como una simple fila de autos pronto se transformó en un caos total. 

Lo primero que llamó mi atención fue ver cómo las motos invadían la ciclovía, buscando desesperadamente algún escape. La inundación no tardó en llegar; en cuestión de minutos, la vía se anegó y pronto no hubo más opción que abandonar los vehículos. Solté algún improperio cuando el agua me alcanzó "hasta la cintura" (aunque, siendo honestos, a otros quizás no tanto), lo cual tampoco dice mucho, considerando mi baja estatura. Para colmo, el agua estaba en un estado deplorable. Ya a salvo en la orilla, me encontré con Laura, una colega de la UDCA, que también estaba viviendo la misma odisea. Fue entonces cuando recibí la primera sorpresa positiva de la noche: su familia, que llegó al rescate, nos ofreció algo de comida y bebida. Un gesto sin duda muy grato en medio del caos.

A partir de ahí, el panorama fue de una solidaridad improvisada que, aún en la adversidad, dejó una impresión imborrable. La Cruz Roja, el cuerpo de bomberos, un grupo de altruistas en vehículos 4x4 y botes inflables se movilizaron para rescatar a niños y personas con movilidad reducida habían quedado atrapados en rutas escolares o que también habian tenido que abandonar su carros. 

La ciclovía se convirtió en una vía de emergencia para cuatrimotos, buggies y otros vehículos especiales que ayudaban en los rescates. Mientras tanto, dos helicópteros sobrevolaban la zona, sin que entendiera su propósito; desde abajo, parecía que con un solo sobrevuelo habría sido suficiente para evaluar la situación. Quemaron combustible inútilmente cuando la verdadera ayuda debía llegar por tierra, o mejor dicho, por el río improvisado en que se había convertido la autopista.

Hacia las once de la noche, cuando el nivel del agua empezó a bajar, comenzaron a remolcar los vehículos. Muchos con certeza la electrónica destrozada. Sin embargo, los más grandes —buses del SIT, volquetas y tractomulas— encendieron sin problema. Los voluntarios en sus todoterrenos, coordinando con bomberos y la Cruz Roja, se convirtieron en los héroes de la noche, dando instrucciones, enganchando carros y empujando con una energía inagotable. Logré llegar a la calle 198, donde, después de casi 10 horas en el frío, tomé mi primera bebida caliente. Creí que la hipotermia se apoderaría de mí, pero al menos un cigarro (sí, mal hábito, lo sé) me devolvió algo de calor.

Con la ayuda de un mayor de la policía, transferí el pago al conductor de la grúa, quien finalmente me permitió dejar el carro en un parqueadero para que el seguro lo tomara en custodia y realizara las evaluaciones correspondientes. Mi última sorpresa, y esta vez positiva, fue que los oficiales de policía se ofrecieron a llevarme hasta casa. No me hice rogar; a las 3:30 de la mañana del 7 de noviembre, por fin llegué. Un baño era necesario después de haber estado expuesto al agua contaminada del caño de la Autopista Norte. Luego, una taza de leche caliente con un toque de café, y a dormir.

Esta noche fue más que una prueba de paciencia; fue un recordatorio de lo que significa mantenerse en pie ante la adversidad. No se trató solo de cruzar una autopista convertida en río, sino de comprender que, a pesar de las fallas sistémicas de quienes administran nuestra ciudad, seguimos adelante. Al final, no sé si mi auto volverá a encender, pero sí sé que experiencias como esta nos enseñan que, aunque estemos a la deriva, siempre existen formas de encontrar un camino seguro, incluso si es gracias a la ayuda desinteresada de manos desconocidas.