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lunes, 13 de julio de 2026

El Mundial confirmó una verdad incómoda: Colombia aún no sabe perder.

Antes de hablar de cifras, hay que hablar de algo más profundo: el factor emocional. Colombia no sabe perder, y ese defecto no nace en la cancha, nace en la manera en que como país no hemos aprendido a reconocer el lugar que realmente ocupamos en el mapa futbolístico mundial. Nos cuesta aceptar que competir de tú a tú con potencias, dejar en segundo lugar a un gigante europeo, o llegar invictos a octavos de final, ya es en sí mismo un logro —no una antesala obligatoria hacia la gloria—. 

Hay una cuenta simple que casi nadie hace: de 48 selecciones que empezaron este Mundial, solo una lo gana. Si no ganar la Copa fuera sinónimo de fracaso, tendríamos que aceptar que 47 selecciones —incluidas potencias históricas, campeonas anteriores y semifinalistas— también "fracasaron". Esa aritmética debería bastarnos para entender que la eliminación de Colombia no es una anomalía vergonzosa, sino el destino estadístico de casi todo el planeta futbolístico cada cuatro años.

Colombia quedó eliminada del Mundial 2026 en los octavos de final ante Suiza, tras un frío 0-0 en los 120 minutos y una definición por penales que perdió 4-3. El golpe dolió más por el contexto: la selección llegó invicta —tres victorias y dos empates—, líder de su grupo.

Y en ese contexto hay algo que merece reconocerse sin matices, incluso en la derrota: la hinchada colombiana fue un ejemplo dentro del propio Mundial. No solo por el número —cerca de 65.000 espectadores por partido, con un total de 259.705 aficionados solo en los primeros cuatro encuentros—, sino porque logró algo que casi ninguna otra selección consiguió en este torneo: hacer sentir a Colombia como local en cada ciudad que pisó, de México a Miami y de Kansas City a Vancouver. Mientras muchas selecciones jugaban ante gradas mixtas o con apoyo intermitente según la sede, Colombia fue casi la excepción del Mundial: en todos y cada uno de sus partidos, sin importar el país anfitrión ni la distancia, el acompañamiento de su público fue masivo y constante. Ese respaldo no depende del resultado, y es una cifra que ninguna estadística de disparos o goles puede opacar.

Ese favoritismo, además, no fue solo una construcción local. En la fase de grupos, Colombia dejó en segundo lugar a Portugal —una de las selecciones más seguidas de Europa, con Cristiano Ronaldo como estandarte— tras empatar 0-0 en un partido donde fue el equipo que generó mayor volumen ofensivo, con 24 disparos, la mayor cifra de su historia en un Mundial. De hecho, un cabezazo de Dávinson Sánchez en el tiempo de reposición fue anulado por un fuera de lugar milimétrico tras revisión del VAR; de haber reconocido ese gol, Colombia habría cerrado el grupo con una victoria en lugar de un empate, y la lectura externa previa a los octavos habría sido todavía más favorable. Ese desempeño bastó para que buena parte de la prensa extranjera empezara a mirar a Colombia como un equipo a tener en cuenta camino a instancias más profundas. Y, como en 1994, también en un Mundial en Estados Unidos, cuando Pelé llegó a ubicar a Colombia entre los candidatos al título y el equipo se fue en primera ronda, ese favoritismo externo volvió a pesar más de lo que ayudó.

Ese paralelo de treinta y dos años no es casualidad: es un patrón. En ambos mundiales realizado en Estados Unidos, la ilusión alimentada por nombres  y una expectativa mediática —local y foránea— chocó contra un desempeño que no correspondió a esas proyecciones. Y ahí está la cifra que resume el 2026: según datos de Opta, Colombia anotó apenas con dos de sus últimos 79 disparos en la Copa del Mundo. Desglosado, contra Uzbekistán fueron 15 disparos y 3 goles; contra el resto de los rivales combinados, 79 disparos y solo 2 goles.

Ese dato tiene un capítulo particularmente paradójico: el de Luis Javier Suárez. El delantero samario llegó al Mundial como el máximo goleador de la Liga Portugal, con 28 goles en el campeonato local y 38 en total esa temporada, cifras que lo pusieron a la par de los grandes artilleros de Europa. Sin embargo, en este mundiial no logró convertir ni un solo gol, disputando minutos en casi todos los partidos sin lograr destrabar su puntería. Algo similar, aunque menos extremo, ocurrió con Luis Díaz: el guajiro cerró la temporada como uno de los goleadores y asistidores destacados de la Bundesliga con el Bayern Múnich —15 goles y 17 asistencias solo en el torneo local—, y aunque tuvo participación en algunas jugadas claras con la selección, su producción en el Mundial estuvo lejos de esos números que lo consagraron en Alemania. Que dos de los referentes ofensivos llegaran en el mejor momento de sus carreras en Europa y se apagaran justo en el escenario más importante del ciclo resume, mejor que cualquier otro dato, el "apagón" colectivo de la selección en la definición.

El propio técnico Néstor Lorenzo reconoció que el problema no fue de creación de juego sino de puntería, y recordó que en la fase de eliminatorias el mismo plantel había anotado nueve goles en dos partidos. No por nada Falcao, máximo goleador histórico de Colombia, señaló que el problema "empieza en la formación", no en la táctica de un partido puntual.

Sobre los desplazamientos y el desgaste físico, los datos matizan pero no sostienen la excusa como causa principal: Colombia fue la primera selección del torneo en jugar en los tres países anfitriones, y Suiza llegó con menos kilómetros recorridos. Aun así, las crónicas del partido coinciden en que el factor logístico apenas hizo mella en el rendimiento colectivo, que compitió de igual a igual durante los 120 minutos. Y en cuanto a los penales, tampoco es una fatalidad aislada: la definición desde el punto blanco es un talón de Aquiles reincidente para Colombia en instancias de eliminación directa, como ya había ocurrido en Rusia 2018 ante Inglaterra. Un patrón que se repite con distintos jugadores y técnicos deja de ser mala suerte para convertirse en una carencia de preparación específica que el fútbol colombiano no ha resuelto.

Hay otra cifra, sin embargo, que también merece leerse con calma antes de sentenciar el torneo como un fracaso: en la actualización del ranking FIFA tras el Mundial, Colombia escaló al puesto 11 del escalafón mundial, dos posiciones por encima de donde había arrancado el torneo, superando en la tabla a selecciones como Alemania y Croacia. Se trata de dos combinados con una tradición futbolística mayor y con un número considerablemente más alto de jugadores repartidos en las grandes ligas de Europa —Bundesliga, Premier League, Serie A, LaLiga— que el que puede mostra hoy la nómina colombiana. Que el ranking, que pondera resultados y nivel de los rivales enfrentados, ubique a Colombia por encima de esas selecciones es un indicio de que el desempeño colectivo del equipo estuvo lejos de ser un desastre: fue, más bien, una actuación sólida que no encontró premio en el marcador exacto donde más dolía.

Y aquí conviene ser justos con los números: la data no se equivocó. Antes de que comenzara la fase de eliminación directa, los modelos predictivos de Opta —basados en miles de simulaciones que consideran rendimiento reciente, estadísticas ofensivas y defensivas, y antecedentes históricos— ya señalaban a Francia, España, Inglaterra y Argentina como los grandes favoritos del torneo. Y así fue: los cuatro favoritos iniciales del certamen terminaron siendo, en efecto, los cuatro semifinalistas, algo que solo había ocurrido dos veces antes en la historia de los mundiales, en 1970 y 1990. Cuando el resultado confirma con esa precisión lo que el análisis previo señalaba, hablar de mala suerte como causa central de nuestra propia eliminación es, cuando menos, una simplificación cómoda frente a lo que las cifras venían diciendo desde antes de empezar: Colombia, según esas mismas probabilidades, nunca estuvo entre los verdaderos candidatos al título, y terminar en octavos no contradice ese pronóstico, lo confirma.

Pero hay una parte de "no saber perder" que no está en la cancha, y ahí conviene mirar hacia adentro. La historia ya lo advirtió en 1994: Andrés Escobar fue asesinado tras un autogol, en un crimen vinculado al narcotráfico que marcó para siempre al fútbol colombiano. Treinta y dos años después, el país no ha cerrado del todo esa herida, porque el patrón que la produjo —convertir un error futbolístico en una ofensa que exige castigo— solo cambió de escenario: de la calle a las redes sociales.

En este Mundial, Jáminton Campaz falló la ocasión más clara del alargue ante Suiza y luego denunció haber recibido amenazas de muerte contra él y su familia, incluida su hija de cinco años, al punto de no poder regresar a Colombia con el resto de la delegación. El jugador pidió respeto públicamente, y figuras del fútbol —desde compañeros hasta rivales como Ángel Di María— salieron a respaldarlo. Un periodista colombiano resumió la situación evocando directamente el caso de Escobar, y la comparación no fue casual: es la misma lógica social, tres décadas después.

Conviene resaltarlo: en ningún reporte serio hay indicio de que esa jugada fallada haya sido intencional. Fue un remate desviado tras un desajuste defensivo rival, en una definición mano a mano de alta presión, algo que le ocurre a cualquier delantero en cualquier liga. Que un sector de la afición lo haya tratado como si hubiese sido deliberado no es un dato futbolístico, es un síntoma: la misma incapacidad de reconocer nuestro lugar real —esta vez, la de no reconocer que un error humano en el minuto 114 no borra ni el mérito del torneo ni el aporte de ese mismo jugador.

Ese mismo mecanismo se repite en el periodismo que privilegia el titular emocional sobre el análisis estadístico, y en los patrocinadores y dirigentes que inflan expectativas antes del torneo —como ocurrió también en 1994 con las palabras de Pelé, y en 2026 con la prensa extranjera tras el liderato sobre Portugal— para después desentenderse de la derrota. Se vende la ilusión de la final y la Bota de Oro, pero nadie de ese aparato de expectativas asume su cuota de responsabilidad cuando el resultado no llega; la factura completa la termina pagando el futbolista que erró un disparo en el minuto 114.

Si hay resumir: las cifras —2 goles en 79 disparos fuera de un solo partido, el silencio goleador de dos referentes que brillaban en Europa, una maldición reincidente en los penales, un puesto 11 en el ranking FIFA por encima de selecciones con más jugadores en las grandes ligas, y una probabilidad previa que acertó con precisión a los cuatro semifinalistas reales— explican con crudeza por qué Colombia quedó donde quedó, exactamente donde los datos ya la ubicaban antes de empezar. 

Pero la parte de la historia que de verdad no hemos resuelto como país es otra: no saber medir nuestro lugar en el fútbol mundial, ni celebrar lo que sí conseguimos —un liderato de grupo sobre Portugal, una hinchada ejemplar que llenó estadios de local en tres países distintos, un invicto de cinco partidos, un ranking que confirma que competimos de igual a igual con selecciones de mayor tradición—, porque toda esa hazaña colectiva queda sepultada bajo la exigencia de un título que solo uno de 48 equipos se lleva. Mientras la afición no distinga entre criticar un rendimiento y amenazar una vida, mientras el periodismo —local y extranjero— no resista la tentación de inflar y luego linchar, y mientras el país no aprenda a medir el éxito con una vara realista, seguiremos siendo nosotros —no los que juegan— quienes de verdad no sabemos perder.

martes, 7 de julio de 2026

Nos vamos invictos, pero con el corazón lleno de gratitud: ¡Gracias, Colombia!

Duele despedirse así. Después de un Mundial lleno de ilusión, Colombia queda eliminada en una definición desde el punto penal, esa instancia donde tantas veces el fútbol demuestra que la justicia no siempre está de su lado. Entramos como favoritos al partido decisivo contra Suiza, pero el fútbol volvió a demostrar que los penales son una auténtica lotería.

El encuentro no pasó del empate sin goles, ni siquiera después del tiempo extra, y todo quedó en manos de la tanda de penales. El desenlace fue cruel: uno de los mejores jugadores del Mundial para Colombia,  Davinson Sánchez, terminó fallando uno de los cobros, mientras que, en el caso del Cucho Hernández, el arquero simplemente adivinó el lado y evitó el gol.

Tras la polémica arbitral del partido entre Argentina y Egipto, las miradas estaban puestas en el arbitraje de esta fase, que finalmente transcurrió sin controversias. Colombia salió con la misma nómina que tantas alegrías le había dado a lo largo del campeonato. Además, este duelo frente a Suiza trajo un recuerdo imborrable: fue ante este mismo rival que, en 1994, Andrés Escobar disputó su último partido con la Selección Colombia, treinta y dos años atrás, en un episodio que la historia recordaría por razones que trascendieron el fútbol.

Hicimos muy poco durante los noventa minutos y, en la prórroga, tampoco encontramos la contundencia que el partido exigía. Colombia se despide del Mundial tras mostrar una versión desconocida, muy lejos del nivel que había exhibido a lo largo del torneo. Nos vamos invictos, pero jugando el peor partido, precisamente cuando menos podía suceder.

Solo queda agradecer a esta selección por hacernos soñar. Fue un Mundial sobresaliente para Camilo Vargas y la consolidación de jugadores como Gustavo Puerta, Davinson Sánchez, Jhon Lucumí y Daniel Muñoz, quienes sostuvieron al equipo durante gran parte del torneo. Quedaron en deuda nuestros goleadores; con la excepción de Jhon Arias, faltó eficacia cuando más se necesitaba.

Gracias a todo el equipo por el esfuerzo, la entrega y por devolvernos la ilusión. Hoy duele la eliminación, pero también queda el orgullo por el camino recorrido. Nos vamos con la frente en alto, invictos y convencidos de que esta selección tiene presente y mucho futuro.

Y, finalmente, un agradecimiento muy especial a todos los que me leyeron y acompañaron durante este Mundial. Ha sido un gusto compartir cada análisis y cada historia alrededor de la Selección Colombia. Seguramente haré algún comentario sobre los partidos que quedan por disputarse, con la esperanza de que las sombras de duda que dejaron algunos arbitrajes no vuelvan a aparecer y que el fútbol sea el único protagonista.

¡Gracias, Colombia!


Suiza espera; Colombia cree: el sueño mundialista entra en una nueva dimensión

Hoy Colombia afronta un nuevo desafío en su destacadísimo recorrido por el Mundial, la cita en Estadio BC Place de Vancouver, El rival Suiza, una selección que merece todo el respeto y que obligará a mantener la misma intensidad, disciplina y compromiso que han permitido llegar hasta aquí. Si algo ha demostrado este equipo es que no puede relajarse ni un solo instante; la fórmula sigue siendo la misma: concentración, solidaridad y confianza en lo que se puede hacer. Además de haberse ganado el reconocimiento de propios y extraños.

Suiza llega a los octavos de final habiendo terminado líder del Grupo B y luego de eliminar a Argelia con un buen juego. Durante la fase de grupos, los suizos mantuvieron un rendimiento constante al golear a Bosnia y Herzegovina, empatar con Catar y vencer a Canadá, asegurando su avance gracias a su buena ofensiva mostrada en sus recientes encuentros

Aunque se trata de una selección con tradición futbolística, es la decimotercera participación mundialista, siendo su mejor actuación los cuartos de final alcanzados en 1934, 1938 y 1954.

En las últimos tiempos Suiza se ha consolidado como un equipo competitivo —aunque sin regresar a unos cuartos de final desde 1954—, pero todavía no ha logrado instalarse entre las grandes potencias del fútbol mundial, un aspecto que Colombia intentará aprovechar para seguir haciendo historia.

La selección suiza es dirigido por Murat Yakin, quien se basa en la fortaleza en el orden, la experiencia de su capitán Granit Xhaka y el poder ofensivo de Breel Embolo, Dan Ndoye, Rubén Vargas y Johan Manzambi. Si lugar a dudas es un rival disciplinado, difícil de desorganizar y con futbolistas habituados al máximo nivel europeo, pero no invencible.

Colombia llega con argumentos suficientes para ilusionarse. Después de terminar en el primer lugar de su grupo y de avanzar a octavos con el de Jhon Arias frente a Ghana, el equipo ha demostrado personalidad, equilibrio y capacidad para competir de igual a igual contra cualquier adversario. Si mantiene la intensidad, la solidaridad defensiva y la eficacia que lo han acompañado hasta ahora, existen razones para creer que puede superar a Suiza y seguir escribiendo páginas memorables en su historia mundialista.

Pero bueno de Suiza, el país, ¿qué podemos decir? Es una nación que despierta admiración por sus paisajes y su calidad de vida. Nacida como una confederación en 1291 y reconocida por su histórica neutralidad, cuenta con cuatro idiomas oficiales —alemán, francés, italiano y romanche— y alberga importantes organismos internacionales. Para los colombianos es, además, un destino relativamente accesible, ya que no se requiere visa Schengen para estancias cortas de hasta 90 días dentro de un período de 180, gracias al acuerdo de exención vigente desde 2015 .

Eso sí, conviene preparar el presupuesto: el franco suizo es su moneda y el costo de vida figura entre los más altos del mundo. A cambio, ofrece una experiencia inolvidable entre los Alpes, ciudades como Lucerna, Zúrich y Ginebra, un sistema ferroviario ejemplar y símbolos universales como el chocolate, los quesos y los relojes. Ojalá el siguiente paso sea una nueva celebración para Colombia y que este Mundial siga alimentando un sueño que hace apenas unas semanas parecía imposible.

Esperamos que la historia que se escriba en Vancouver vuelva a tener un final feliz para Colombia. Y si el siguiente nos encontramos con Argentina, también hay motivos para creer que es posible vencerla, ya les conocemos.

lunes, 6 de julio de 2026

Un Mundial bajo cuestionamiento: cuando el criterio arbitral deja de ser el mismo para todos

Este Mundial no solo ha estado rodeado de polémicas por lo ocurrido dentro del terreno de juego. Desde antes del pitazo inicial ya existían decisiones de la organización que despertaban un intenso debate. La ampliación del formato y la división de la competición en cuartos fueron cuestionadas por muchos, pero una de las medidas más discutidas ha sido la llamada pausa de hidratación. Aunque oficialmente se justificó por las altas temperaturas, para numerosos aficionados terminó convirtiéndose en una interrupción comercial que rompía el ritmo de los partidos y ofrecía una valiosa ventana para las cadenas con derechos de televisión. Es cierto que, cuando el calor alcanzó niveles extremos, la hidratación fue necesaria para proteger la salud de los futbolistas, pero en muchos encuentros la sensación fue que el espectáculo perdió continuidad.

También debutaron nuevas reglas destinadas a acelerar el desarrollo del juego. Castigar con tiro de esquina a los arqueros que retengan excesivamente el balón y sancionar con la pérdida del saque lateral a quienes demoren la reanudación son medidas que, en términos generales, han resultado positivas. El balón permanece más tiempo en movimiento y se reducen las pérdidas deliberadas de tiempo.

Sin embargo, no todas las modificaciones parecen responder a la misma lógica. Resulta difícil comprender que un futbolista agredido deba abandonar obligatoriamente el campo para ser atendido, mientras el responsable de la acción continúe jugando con total normalidad. En la práctica, la consecuencia inmediata termina perjudicando más a la víctima que al infractor, un contrasentido para una norma que debería priorizar la protección del jugador.

A este ambiente de desconfianza también han contribuido algunas declaraciones públicas del presidente de la FIFA, Gianni Infantino. En distintas intervenciones previas y durante el torneo elogió de manera reiterada a determinadas selecciones y figuras, algo que varios medios interpretaron como una imprudencia para quien representa al organismo encargado de garantizar la neutralidad de la competición. No se trata de afirmar que esas declaraciones hayan influido en las decisiones arbitrales, pero sí de reconocer que, cuando el máximo dirigente del fútbol parece mostrar simpatías por unos equipos más que por otros, cualquier decisión polémica termina siendo observada con mayor suspicacia.

Pero, por encima de cualquier otra discusión, el arbitraje ha sido el verdadero protagonista de este Mundial. Más que errores aislados, lo que ha generado malestar es la sensación de una preocupante falta de uniformidad en la aplicación del reglamento. En unas acciones se interpreta la norma con un rigor casi microscópico, mientras que en otras prevalece un criterio mucho más permisivo. Esa inconsistencia ha alimentado la percepción de que existe un reglamento para unos equipos y otro mucho más estricto para otros.

Los ejemplos sobran desde la fase de grupos. En el partido entre Suiza y Catar se concedió un penalti precedido por un posible fuera de juego cuya revisión nunca pudo apreciarse con claridad porque la transmisión oficial no mostró la animación semiautomatizada habitual y posteriormente se reconoció una falla técnica.

En el encuentro inaugural entre México y Sudáfrica, las tres expulsiones dejaron abierta la discusión sobre el criterio disciplinario aplicado por el árbitro.

En Argentina frente a Argelia, Lionel Messi permaneció en el campo pese a una entrada con los tapones sobre la pantorrilla de un rival que muchos consideraron merecedora de una tarjeta roja. Lo que más alimentó la polémica no fue únicamente esa decisión, sino que en otras acciones de características muy similares el criterio arbitral sí fue mucho más severo y terminó con la expulsión inmediata del infractor. Esa disparidad de criterios es precisamente una de las mayores críticas que ha recibido el arbitraje durante el torneo: una misma jugada no siempre recibe el mismo castigo.

Colombia ha sido uno de los equipos que más ha sufrido la rigurosidad del fuera de juego semiautomatizado. Frente a República Democrática del Congo y Portugal le fueron anulados goles por diferencias prácticamente imperceptibles. El caso más comentado fue el de Dávinson Sánchez, cuyo tanto fue invalidado porque una mínima porción de su zapato adelantaba la posición, mientras algunos especialistas incluso cuestionaron si el VAR seleccionó el fotograma correcto para realizar la medición. Irán también padeció una situación semejante frente a Egipto, una decisión que terminó condicionando sus opciones de clasificación.

A ello se suman episodios difíciles de explicar, como el partido entre Estados Unidos y Paraguay, donde el VAR modificó una tarjeta amarilla ya mostrada alegando una confusión de identidad , o la repetición del penal ejecutado por Harry Kane frente a Croacia hasta que finalmente logró convertir, una decisión que provocó fuertes críticas por la aparente diferencia de criterio.

La fase eliminatoria tampoco estuvo exenta de controversias. El gol del empate de Croacia frente a Portugal fue anulado tras una extensa revisión del VAR, desatando la indignación de jugadores e hinchas. En el duelo entre Francia y Paraguay también hubo cuestionamientos por la permisividad arbitral frente al juego brusco, mientras que el penalti favorable a los franceses solo llegó después de la intervención del videoarbitraje.

Existe, además, un aspecto que ha incrementado aún más la desconfianza. En varias de las jugadas más polémicas de los octavos de final, la realización oficial evitó mostrar inmediatamente las repeticiones y las imágenes utilizadas por el VAR para justificar sus decisiones. En una época en la que la tecnología debería aportar transparencia, la ausencia de esas imágenes terminó produciendo el efecto contrario: alimentar las dudas y las especulaciones.

El problema de fondo no es que los árbitros se equivoquen; el error humano siempre hará parte del fútbol. Lo verdaderamente preocupante es que el VAR, una herramienta creada para reducir las injusticias, esté generando una nueva fuente de controversias por la falta de uniformidad en los criterios y por la escasa transparencia en la comunicación de sus decisiones. Si todos los árbitros trabajan con el mismo reglamento, reciben las mismas recomendaciones de la FIFA y cuentan con la misma tecnología para revisar las jugadas, resulta difícil entender por qué acciones prácticamente idénticas terminan siendo sancionadas de manera diferente. Esa es la pregunta que la FIFA aún no ha logrado responder de forma convincente. Mientras no exista una explicación clara y criterios verdaderamente uniformes, seguirá creciendo la percepción de que unas jugadas se interpretan con un rigor extremo y otras con una flexibilidad difícil de justificar. Cuando jornada tras jornada queda esa sensación, la credibilidad del torneo empieza a deteriorarse.

La FIFA siempre ha defendido que el Mundial representa la máxima expresión de la justicia deportiva. Precisamente por eso, no basta con que las decisiones sean correctas; también deben parecerlo. La confianza del aficionado no se construye únicamente con tecnología, sino con coherencia, transparencia y un criterio uniforme. Porque el mayor patrimonio de una Copa del Mundo no son sus estadios, sus cifras de audiencia o los miles de millones de dólares que genera , sino la certeza de que los 48 equipos compiten bajo las mismas reglas y son juzgados exactamente con el mismo criterio.

Y precisamente por tratarse del evento deportivo más rentable del planeta, la FIFA debería preguntarse si una parte de esos enormes ingresos está llegando realmente a donde más se necesita: al fortalecimiento de las federaciones, al desarrollo del fútbol base, a la capacitación de árbitros, a la mejora de las competiciones nacionales y al acceso de más niños y jóvenes a este deporte. 

En cambio, la percepción de muchos aficionados es distinta. Mientras el Mundial bate récords de ingresos por derechos de televisión, patrocinios y plataformas de transmisión, cada vez resulta más costoso seguir el torneo de manera legal. Pareciera que el esfuerzo está más orientado a maximizar la rentabilidad que a facilitar el acceso al espectáculo para quienes, con su pasión y fidelidad, sostienen el fútbol. 

Un aficionado no debería tener que pagar cifras desproporcionadas para disfrutar de una Copa del Mundo. Si el torneo genera miles de millones de dólares, ese éxito económico debería reflejarse no solo en los balances de la FIFA, sino también en un mayor apoyo al desarrollo del fútbol mundial y en condiciones más justas para quienes hacen posible que este deporte sea el más popular del planeta.

martes, 30 de junio de 2026

Los elogios ya llegaron; ahora Colombia debe demostrar que no fue casualidad

Luego de que Colombia consiguiera, contra todo pronóstico, el primer lugar de su grupo y el paso a los dieciseisavos de final, la lluvia de elogios no se ha hecho esperar. Para algunos fue el mejor partido de toda la primera fase y, para otros, la selección practicó el fútbol más vistoso del torneo. Son apreciaciones que, por momentos, parecen algo exageradas toda vez que nuestros goleadores no han podido mostrar sus capacidades.

Los elogios más llamativos han llegado desde la prensa española y, de manera poco habitual, desde algunos medios argentinos, tradicionalmente reacios a destacar el fútbol de otras selecciones. Sin embargo, otros sectores de opinión prefieren mantener la cautela, conscientes de que los verdaderos exámenes apenas comienzan

En el ámbito nacional también se ha producido un cambio de discurso en buena parte de la prensa, aunque casi siempre acompañado del inevitable "pero...". Habrá que esperar a ver si esos mismos conceptos se mantienen cuando el rival sea de mayor exigencia, cuando la estrategia utilizada no encuentre los mismos espacios o cuando aparezcan esos partidos en los que el resultado termina condicionado por decisiones arbitrales o detalles que escapan al control de quienes están dentro del campo.

Lo cierto es que Colombia suele mostrar una versión más competitiva cuando enfrenta a selecciones de peso. Parece existir un incentivo adicional en los jugadores y, al mismo tiempo, estos rivales acostumbran a proponer partidos más abiertos, dejando espacios que favorecen las características ofensivas de nuestro equipo.

Ojalá que tantos reconocimientos sirvan como un estímulo y no como motivo de exceso de confianza. El desafío ahora será sostener ese nivel y demostrar que lo exhibido ante Portugal no fue un hecho aislado.

La próxima prueba llegará el viernes 3 de julio frente a Ghana, un rival de respeto que seguramente exigirá la mejor versión de Colombia. Como ocurre en cualquier partido de eliminación directa, ambos equipos deberán mostrar todos sus recursos futbolísticos para mantenerse con vida en el torneo. Nuestra selección habrá contado con casi ocho días para preparar este compromiso, estudiar las fortalezas y debilidades del rival y diseñar la estrategia que le permita seguir avanzando en este Mundial.

martes, 9 de junio de 2026

El Mundial empieza el 11. Colombia no llega a participar. Llega a competir


Copa Mundial de Fútbol 2026
Generada por ChatGpt
A partir del 11 de junio estaremos en modo Mundial. El debate político seguirá ahí, acompañándonos todos los días, pero por momentos compartirá protagonismo con el fútbol. Y como ocurre cada cuatro años, volverá la pregunta inevitable: ¿quién levantará el trofeo de campeón? Para responderla aparecen las predicciones, las simulaciones estadísticas y los análisis de expertos que intentan descifrar cuáles selecciones tienen más opciones de llegar hasta el final.

Los principales modelos de análisis futbolístico coinciden en algo: España, Francia, Argentina e Inglaterra aparecen hoy como las selecciones con mayores probabilidades de alcanzar las semifinales y pelear por el título. Proyecciones de Opta (Supercomputadora de Opta) y simulaciones basadas en rankings Elo (World Football Elo Ratings) ubican constantemente a estas selecciones en la parte más alta de las probabilidades. Los modelos financieros de Goldman Sachs , por su parte, coinciden en situar a España, Francia y Argentina entre los tres primeros candidatos, aunque difieren en el peso que le asignan a Inglaterra. 

Y no se trata solamente de nombres.

Detrás de esos pronósticos hay variables objetivas: profundidad de plantilla, rendimiento reciente, equilibrio entre líneas, edad promedio de los jugadores, producción ofensiva, solidez defensiva, experiencia internacional y capacidad para sostener el nivel competitivo durante un torneo largo.

España llega probablemente con el fútbol colectivo más elaborado del campeonato. Francia posee una cantidad de talento difícil de igualar y una profundidad de plantilla que pocas selecciones pueden mostrar. Argentina mantiene la estructura competitiva de un campeón que aprendió a sobrevivir a los partidos de eliminación directa. Inglaterra cuenta con una generación que, en términos de valor de mercado y calidad individual, está entre las más fuertes del planeta.

Sin embargo, los mundiales rara vez se definen únicamente por los favoritos.

También cuentan las debilidades.

Francia usualmente concede espacios que equipos rápidos pueden aprovechar. Inglaterra continúa cargando con la presión histórica de no transformar su enorme potencial en títulos. Argentina depende de mantener la intensidad física durante un torneo largo. España, aunque brillante con el balón, puede sufrir cuando enfrenta equipos que resisten bien y salen rápido al contragolpe.

Y es justamente ahí donde aparece Colombia.

Quizás no encabece las probabilidades de los grandes modelos internacionales, pero por primera vez en mucho tiempo tampoco llega como una selección sorpresa. Colombia ha construido una identidad competitiva, una base de jugadores consolidada en las principales ligas del mundo y una generación que combina experiencia con juventud.

Lo más interesante es que varias de las fortalezas de Colombia coinciden precisamente con algunas de las debilidades de los favoritos: velocidad para atacar espacios, capacidad física, jugadores desequilibrantes por las bandas, un mediocampo con recuperación y una mentalidad competitiva que ha crecido notablemente en los últimos años.

Además, mientras otras selecciones llegan con la obligación de ser campeonas, Colombia llega con una ventaja silenciosa: tiene mucho que ganar y relativamente poco que perder. Esa condición ha impulsado algunas de las campañas más memorables en la historia de los mundiales.

Por supuesto, sería irresponsable afirmar que Colombia es favorita al título. Las estadísticas todavía favorecen las cuatro selecciones mencionadas. Pero también sería un error seguir viendo a nuestra selección como una simple participante. Hoy Colombia tiene argumentos futbolísticos reales para competir de tú a tú con cualquiera y para soñar legítimamente con un lugar entre las mejores del Mundial.

A dos días del inicio del torneo, los modelos de Opta otorgan a España cerca de un 16% de probabilidad de ser campeona, seguida por Francia con alrededor del 13%, Inglaterra con cerca del 11% y Argentina rondando el 10%. El modelo de Goldman Sachs, construido sobre simulaciones del ranking Elo, va más lejos con España —a la que asigna un 26%— y sitúa a Francia segunda con un 19% y a Argentina tercera con un 14%. Las cifras varían entre modelos, pero el mensaje es consistente: esas selecciones dominan el mapa de favoritos.

Pero el fútbol tiene algo que ningún algoritmo ha logrado calcular completamente.

La presión.

La confianza.

La inspiración de una generación.

El momento exacto en que un grupo de jugadores empieza a creer que puede hacer historia.

Los mundiales no se juegan en las computadoras, ni en las casas de apuestas, ni en los rankings.

Se juegan en la cancha.

Y si algo ha demostrado la historia del fútbol es que siempre existe una selección capaz de romper los pronósticos.

Ojalá esa selección sea Colombia.